La tardecita de las diosas

Por Fernando Bonsembiante


Etelvina estaba muy apurada. Primero lavó la vajilla, agarró un bol de porcelana, lo llenó con comida para gato y lo dejó en el suelo. Por la ventana del departamento entró esa bola de pelos blancos y rubios, y Etelvina pensó 'es cierto que los gatos son igual a sus dueños'. Indiferente a la importante cita que tenía su ama, estuvo un buen rato oliendo los bizcochitos con sabor a pescado, y cuando estuvo conforme, empezó a comerlos. Etelvina le explicó nuevamente que si no le aumentaban la jubilación, no iba a poder volver a comprarle la comida en lata que a él le gustaba. Panda, el gato, pensó que iba a comentarle ese asunto al ministro de economía la próxima vez que lo viera. Aunque la vez pasada, cuando salió en televisión, ya le había hablado y mucho caso no le hizo. Pero bueno, por lo menos el televisor es calentito y es lindo dormir encima de él. Pero Etelvina seguía estando apurada, así que cuando el gato terminó de comer, se acordó de que debía hacer las compras y llamó al supermercado. Encargó azucar, tomates (de los rojos, no esas porquerías que le trajeron la última vez), cebollas, carne picada, papas, media docena de huevos, agua mineral, y les dijo que como tenía muchas cosas que hacer, que trajeran el pedido recién a las ocho. Después, llamó a su nieta Josefina para recordarle que el martes tenían que ir al teatro. No pudo hablar mucho con ella, apenas media hora. Miró el reloj y ya eran las cinco y cinco, y su amiga Francisca debía estar muy preocupada. La llamó y le dijo que ya salía para allá, que preparase todo.

Etelvina salió de su departamento, cerró la puerta del pasillo con dos llaves, caminó al ascensor, apretó el botón y esperó. Por supuesto, no pasó nada, porque, como siempre, alguien estaba usando el ascensor. Siguió esperando y, al rato, el ascensor estaba disponible sólo para ella. Subió y apretó el botón del piso dos. Mientras bajaba los diez pisos que la separaban de su amiga Francisca, pensó en qué feo sería que se corten los cables del ascensor y que caiga hasta el sótano. En el sótano estaba el estacionamiento del edificio; hacía años que no bajaba hasta ahí, desde que la habían operado de la rodilla y la había traído su hijo mayor desde la clínica. También pensó que esa fue la última vez que había visto a su hijo mayor, o a cualquiera de sus hijos. Por suerte, los nietos todavía la visitaban.

En el piso dos tocó el timbre de Francisca y escuchó cómo luchaba con las llaves antes de abrirle. Etelvina se disculpó por la demora, eran casi las 5 y 10, nunca llegaba tan tarde a su cita diaria para tomar el té. La mesa estaba puesta, una tetera de porcelana, llena de agua caliente, las dos tacitas blancas y el cestito de mimbre con las facturas. Habían sólo seis, rigurosamente dos de cada una: dos tortitas negras, dos sacramentos con dulce de leche y dos churros. Etelvina siempre insistía en cambiar los churros por medialunas de manteca, pero ya estaba acostumbrada a los caprichos irracionales de su amiga y no se quejó demasiado. Antes tomaban el té con galletitas y dulce, esos dulces tan ricos de Grosella o de Frambuesa, pero ahora los dulces estaban muy caros y de todas formas ninguna de las dos tenía ganas de ponerse a cocinar galletitas.

Francisca miraba por la ventana que daba al edificio de al lado. Etelvina también miraba, tratando de que su amiga no se diera cuenta. La ventana estaba cerrada, la persiana baja, y no se oía ningún ruido. A eso de las 5 y 40 la persiana empezó a subir. Ahí están de nuevo, dijo Francisca. Etelvina no pudo disimular una expresión de asco, mientras movía su silla para quedar frente a la ventana, mirando a los dos chicos, de unos 12 años, que todos los días, después del colegio, se ponían a tocar la batería y la guitarra eléctrica en el departamento de enfrente.

El ruido era espantoso, y las dos amigas casi no podían oírse hablar. Como todos los días, les gritaron un buen rato a los rockeros, aunque por supuesto ellos no pudieron oírlas.

Al rato de gritar, se cansaron y cerraron la ventana y la persiana. El ruido se oía todavía, apenas. Etelvina insistió en que debían llamar a la policía o a los padres de los chicos, por lo menos. Francisca le dijo que estaba de acuerdo, pero que prefería que eso lo hiciera su sobrino, que era policía. Le repitió que la próxima vez que él viniera a visitarla le iba a decir. Etelvina se quedó mucho más tranquila y le pidió a su amiga que la próxima vez se acordara de cambiar los churros por medialunas de manteca. Quedaron en encontrarse nuevamente para tomar el té en el departamento del piso 2, al otro día, a las 5 en punto. Etelvina volvió al ascensor, apurada, debía llegar a tiempo para recibir el pedido del supermercado.





 

Logo de Ubik World Domination