LA TEMPESTAD -- Andrei Bítov: La Casa Pushkin






Barcelona, Tusquets, 1991.


Sucedió hace tiempo, mucho tiempo, en los días de mi lejana juventud,
cuando estaba enamorado de una muchacha. Se llamaba Nastienka. Quizá no
fuera tan hermosa, ni tan atractiva, incluso puede que no fuera tan
inteligente como las demás, pero yo la amaba como sólo puede amar el
ardoroso corazón de un joven. La amaba con locura, apasionadamente,
frenéticamente; la amaba, como suele decirse, hasta el crimen. Y al mismo
tiempo me daba cuenta de la imposibilidad de mis sueños, de la inutilidad
de mis impulsos.

Yo era pobre, incluso muy pobre, y esto me impedía realizar mis
esperanzas y ser más osado y decidido. Al final, incapaz de contener por
más tiempo mi pasión y mis honestas intenciones, caí a los pies de
Nastienka y le pedí su mano y su corazón.

Nastienka no se sorprendió, no se turbó ni cayó en mis brazos. Sólo
me respondió: "Hable con papá. Sin permiso de papá no puedo responder".

Por duro que fuera, me vi obligado a hacerlo.

Como era de esperar, recibí una negativa. Una negativa rotunda y
categórica.

Estaba furioso, humillado, dispuesto a pegarme un tiro, y de pronto
el azar, o puede que el mismo Destino, vino en mi ayuda, me colmó de
esperanzas con sus rayos de oro y me empujó a buscar la felicidad por otro
camino.

Un amigo, mi mejor camarada de la escuela, me aconsejó "raptar" a la
novia, casarme con ella en secreto, pasando por encima del deseo de sus
padres... Me agarré a esta idea como un loco, corrí a ver a Nastienka y le
confié mi plan. Nastienka se asustó terriblemente, gesticuló, pero al final
aceptó e incluso se interesó por el futuro viaje.

Todo estaba dispuesto para el día y hora señalados. Tanto la
carretela, como el par de buenos caballos, como el cochero fiel. Y ya
Nastienka y yo subimos al coche y nos dirigimos a una aldea separada de
nuestra ciudad por unos 50 o 55 kilómetros. Viajábamos en silencio,
alicaídos, y por si fuera poco soplaba un tiempo muy malo, se arremolinaba
la ventisca por los caminos cubriendo todos los pasos y encrucijadas...
Nieve, viento... En una palabra, nos sorprendió la ventisca, la tempestad,
y no se veía nada de este mundo de Dios.

Nastienka estaba nerviosa, se mordía los labios, pero guardaba
silencio, no preguntaba nada. Yo contenía mi furia, estaba dispuesto a
cortarle el cuello a cualquier criatura que nos saliera al paso -una fiera,
un caballo-, estaba dispuesto a destrozar la ventanilla del coche y
estrangular a la maldita tempestad con mis propias manos.

Instaba al cochero, discutía con él, me enfurecía, pero los caballos
no se movían, la ventisca aumentaba cubriendo implacablemente tanto las
huellas como mi carretela.

Oscurecía ya cuando entramos en una aldehuela completamente
desconocida. La ventisca se había calmado. Había dejado de nevar. Salió la
luna en el cielo, una luna grande y clara como una rublo de plata o un
plato sopero.

Nastienka lloraba y pedía que la llevara a casa. "Quiero ir con mamá,
quiero ir a casa", sollozaba a cada momento, y exigía con insistencia el
regreso.

Y yo... Yo comprendía lo inconsolable de aquel auténtico dolor, lo
irreparable de la situación. Estaba abatido por la desgracia, engañado por
el implacable Destino, y nada podía hacer bajo el horror que se apoderaba
de mí.

Con grandes dificultades, llegamos a la ciudad al anochecer.
Nastienka bajó del coche sin despedirse siquiera de mí.

No volví a verla. El recuerdo de la desgraciada aventura vive todavía
en mi corazón, me desasosiega y me obliga a revivir el pasado.

Como si fuera ahora, veo a Nastienka sentada en el coche, envuelta en
su pelliza, llorando suavemente. Veo sus ojos azules, la expresión confusa
de su simpático rostro, veo sus labios infantilmente caprichosos, hermosos,
temblando de nerviosismo, veo sus lágrimas, claras como el cristal,
deslizándose por debajo de sus oscuras y densas pestañas.

Sucedió hace tiempo, mucho tiempo, cuando yo era joven y estaba
enamorado, y como todas las personas jóvenes y enamoradas debo merecer sin
duda el perdón por mis frivolidades y mis frenéticos impulsos juveniles.
Pero no pedí perdón, ni siquiera busqué la compasión en ciertos ojos. Ahora
soy ya demasiado viejo para cambiar costumbres y gustos.

Y sin embargo, todo esto es muy triste, mi querido lector.




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