Buscando al señor Porcel por Sebastian Bianchi







El primer número de "Tía Vicenta" debía aparecer el martes 13 de agosto,
pero por inconvenientes técnicos de impresión su lanzamiento se pospuso una
semana. El último salió el 17 de julio de 1966, fecha en que fue clausurada
por el gobierno de Onganía. Tras varios intentos de reflotarla, tuvo una
salida episódica en 1976 y su director nos habla de una "Tía Vicenta"
apócrifa que circuló sin pie de imprenta durante la Revolución Libertadora,
cuya autoría atribuye a la SIDE. Costello entró a trabajar en la revista
por intermedio de Basurto. Él y Costello se conocían de "Primera Plana" y
habían hecho trabajos conjuntos para alguno de los cursos que daba
Garaycochea. El día que encontraron su cadáver colgando en la escalera del
subte, dijeron que se trataba de un suicidio. Pero una investigación
paralela llevada a cabo por el propio Costello vino a confirmar la
hipótesis a la que desde un comienzo se aferró la viuda de Garaycochea. Era
una tarde fría de invierno. Las calles de Buenos Aires estaban repletas de
colectivos y de autos y el humo de los escapes se mezclaba con los tubos
del Ital-Park hacia el este, igualando la torre del Kavanagh al obelisco
blanco y sinuoso. Costello miraba por el vidrio de la redacción. La mano
inconsciente hacía cuadrados en una hoja. El hastío lo tenía ensimismado y
no encontraba las últimas líneas que le faltaban a una nota para quedar
terminada. En eso sonó la alarma del conmutador. La voz pastosa de su
secretaria le anunció que acababan de encontrar el cuerpo de Armendáriz
flotando en una bañera. Sobredosis, pensó Costello. Hizo un cuadrado encima
de otro, se puso el impermeable y salió a la calle. Las luces del atardecer
veteaban el cielo de amarillo. A pocos metros de la esquina dos cirujas
estiraban un pescado. Entró a la claridad de un bar. Se sentó en la mesa y
pidió al mozo Cinzano con ingredientes. Una rubia desde la barra le hacía
señas. ¿A mí?, pensó Costello. Sí, a usted. Vení vos, dijo Costello. La
mujer se acercó y fingiendo que acariciaba una parte de tela de su traje,
deslizó un papel en el bolsillo. Costello vació el contenido del vaso.
Pidió otro y abrió el mensaje arrugado. Humedezco con agua el uniforme del
general Majó. Interjección etíope que significa un papelón. Ver una sueca
desnuda a las tres de la tarde. Igual que 17 horizontal. Dobló el papel, lo
guardó en el impermeable. Con la mirada buscó a la rubia. ¿Será posible?,
se preguntó. Ernesto, le dijo al mozo, ¿no viste a la rubia que me hacía
señas? ¿Le sirvo otro, maestro? A medianoche volvió achispado a la pensión.
Durmió como un tronco. Se despertó con acidez. Por la cabeza sentía que
arrojaba un yo-yo. Escribió en su libreta: Porcel, la carnada del anzuelo
comunicativo se engancha en esa promesa de un premio. Campeonato Mundial de
Gordis. El cráneo está coronado por una gorra militar que en la ficha 15
dice "CEREBRO, podría llegar a ser útil". Terminó la nota, la metió en un
sobre y salió para la redacción. En el trayecto hizo algunos llamados
telefónicos. Atravesó el sector de tres mecanógrafas, el escritorio estaba
desordenado y los cajones revueltos. La secretaria le dijo que
contradiciendo las predicciones de Chamico él qué vinculación tenía con la
edición agotada. Peralta me llamó de parte de Ernesto Sábato, explicó
Costello, a quien en la época de la Libertadora le dieron a dirigir una
revista de peluquería que vendió más de 100 mil ejemplares. La secretaria
lo miró y le hizo un gesto por lo bajo como si quisiera compartir un
secreto. Esta escisión aparente en el seno mismo del Consejo de Redacción,
¿se sabe algo de Porcel? Bajó al bar. El mozo veía en los gestos de
Costello signos de preocupación. Una inquietud. Lo conocía hacía mucho y
sabía que esa hosquedad no era propia de él. Le ofreció un cigarrillo.
Costello se lo llevó a la boca y mecánicamente lo prendió con el
encendedor. No cierra. No, no cierra. Las instrucciones están alteradas.
Los signos son adrede invertidos. Puede adjudicarse la invención y puesta
en circulación de por lo menos tres sobrenombres. Anoche anduvo la Morsa
por acá. Sí, supongo. Sobreimprime las huellas. Apagó el cigarrillo
arrastrando la punta por el cenicero. Subió al auto, era un Taunus cupé.
Los periódicos utilizaron la foto a la mañana siguiente. El rostro de
Armendáriz se veía desdibujado, habían cambiado la cara a tiempo. Los
periodistas informaban sarcásticamente que ahora que Costello estaba en
escena el misterio parecía casi resuelto. Las notas tenían una misma
intención: lo elogiaban demasiado, detractaban la labor del departamento de
policía en un par de párrafos. Era una antigua treta, trataban de
entorpecer su labor haciendo que la policía se sintiera desplazada por él.
Antes de salir recibió un llamado de Basurto. Quería saber si había visto
los periódicos. Maldijo por lo bajo y contestó que sí. También los ha visto
Bonano, teniente a cargo del caso. Quería avisarte qué clase de tipo es él,
dijo Basurto. ¿Qué clase? Mantenéte lo más alejado posible, concluyó
Basurto. Encendió el auto y se dirigió a la casa de Kochane. Se detuvo
frente a un alto portal de rejas. A cada lado había un cerco que se
extendía por el resto del lote. La parte superior de la casa, de tejas
rojas, coronaba un bloque macizo de estuco blanco. Tocó el timbre, un ruido
hizo en alguna parte detrás del cerco. Apareció un hombre joven de cara
achatada. A través de las barras de hierro se alcanzaba a ver dibujada la
bahía de Hollywood. Soy el detective Costello, busco al señor Kochane,
David Kochane. Pase, lo estábamos esperando. David Kochane era la clase de
hombre con el que uno se sentía a gusto desde el primer momento. Su
vinculación con "Tía Vicenta" se debía a los premios que se daban por cada
campeonato. Tenía una sastrería muy popular en esa época y contactos con
funcionarios del gobierno, gente del espectáculo y personajes famosos. La
revista lo tenía como uno de sus principales anunciantes y de a poco Landrú
lo fue introduciendo como un personaje de existencia incierta en el staff.
A él había acudido Costello en busca de información. Estoy buscando a
Porcel. Hace días que no aparece por la redacción. Y no soy el único, la
gente de la Morsa y el departamento de policía andan detrás de él.
Efectivamente, dijo Kochane. Ayer estuvieron por acá. Les dije que no sabía
nada. A Porcel siempre le gustó el mar, el ruido de las olas, la playa
amarilla como si la llevara un hilito, tanto en Ostende como en Claromecó.
Costello estrechó la mano del sastre. Subió a su coche y condujo velozmente
hacia la playa. Se detuvo en el Bristol, abrió la puerta de la habitación.
El caño de un revólver le apuntaba a la boca. El hombre que lo empuñaba era
grandote y alto. Tenía un sombrero de fieltro y un sobretodo que se abría
para dejar paso a su ancho abdomen. Una luz débil y lejana recortó sus
espesas cejas y la nariz picuda. Detrás de él había otro tipo. El alto le
dijo: esto es un arma que dispara balas, ¿querés probarla? Costello lo miró
con frialdad. Bonano, ¿verdad? ¿Cómo diablos te diste cuenta? Tenés la cara
de policía. Sintió que el puño de Bonano se estrellaba contra la boca y el
otro tipo lo pateó hasta desmayarlo. Cuando recobró el sentido el sol
estaba por irse detrás de un oscuro médano. Había un perro confianzudo que
le frotaba la cara. Hizo un gesto breve de asco, se acomodó la ropa y subió
al auto. En un bar tomó una gaseosa y leyó los diarios. Se quedó helado al
leer un titular: El cuerpo de Costello fue hallado en Mar de Ajó. Presenta
hematomas en los tobillos y una marca de cuerda alrededor de las muñecas.
El inequívoco dibujo de Landrú aparece con su firma. Lo muestra en un
extremo del goriducto como un enano narigón con anteojos, según reza el
decreto firmado por el presidente: "Se prohibe la aparición de un
suplemento humorístico que aparece en un matutino..." Debe ser otra broma
de la revista, pensó Costello. Para cerciorarse se palpó el pecho y sintió
que todavía por adentro latía vida. Tosió. Terminó la gaseosa. Salió a la
oscuridad de la noche. La luna proyectó un rayo de blancura sobre él. El
ruido del Taunus le devolvió la confianza. Debo encontrar a Porcel, se
dijo. Y dirigiendo el auto hacia la ruta, la noche negra se lo tragó como a
un fantasma.


Sebastián Bianchi

El resorte de novia y otros cuentos

Paradiso ediciones - 2002




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