PERDEDORES -- Jorge Colonna
2002-09-23
(I)
Eran las 4 de la mañana y llovía torrencialmente. Sonó el despertador y
Luca Perdente hizo un esfuerzo para liberar su brazo derecho que estaba
aprisionado bajo su voluminoso abdomen. Cuando pudo estirarlo buscó a
tientas la mesa de luz, y luego de un par de intentos fallidos, interrumpió
de un manotazo el sonido de la campanilla. La lluvia repiqueteaba sobre el
techo de chapas. Puteó contra el clima y maldijo su profesión de policía.
A las 4.10 todavía estaba con la luz apagada, pero ya había logrado
sentarse en la cama. Evaluó diferentes excusas para no ir a trabajar, pero
al recordar que perdería el premio al presentismo comprendió que era
estúpido faltar un día 26, justo en ese mes en el que todavía no había
tenido inasistencias.
De un envión se paró y recorrió el metro que lo separaba del baño. Al
prender la luz, el brillo de la lamparita - ubicada a la altura de su
frente- lo encegueció, obligándolo a cerrar rápidamente los ojos.
Comenzó a orinar e inmediatamente maldijo a la mujer que había traído la
noche anterior y que, al irse, había dejado el inodoro tapado. Sin poder
parar su chorro, levantó la tapa, hasta que el ruido familiar de dos
líquidos que chocaban entre sí, le confirmó que ahora estaba embocando.
Ya su ojos estaban entreabiertos, con agua fría se mojó la cara , las
axilas y la entrepiernas. Agarró la toalla y frunció la nariz ante un vaho
de olor a almizcle que los flujos femeninos, mezclados con perfume barato,
habían dejado en el gastado pedazo de tela.
Retornó a la pieza y comenzó la lucha cotidiana para ponerse un uniforme
que parecía cada día más chico. Cuando intuyó que estaba presentable, sin
confirmarlo ante el espejo, pasó a la cocina.
Encendió la luz e incontables cucarachas huyeron en busca de sus oscuros
refugios.
Puso la pava a calentar , mientras se llevaba a la boca un pedazo de pan
que había quedado sobre la mesa. Sin cambiar la yerba del día anterior, se
cebó tres mates amargos, se puso el capote, se calzó la gorra y salió a la
calle.
Eran las 4.50 . Instintivamente miró hacia ambos lados; como vivía en una
cortada mal iluminada era habitual encontrar parejas , de a pié o en auto,
que aprovechaban la complicidad del tranquilo paredón. Pero sólo vio, bajo
la lluvia, un Peugeot con dos hombres en actitud sospechosa en su interior.
Luca empuñó su arma reglamentaría y se acercó lentamente.
(II)
Eran las 4 de la mañana y llovía torrencialmente. Sentado en el umbral de
un bar ya cerrado, apenas protegido del agua, Angel Perdant revisó
nuevamente sus bolsillos y confirmó lo que ya sabía; no le quedaba más
dinero.
Sin contención ni afecto, en plena adolescencia, había abandonado la vida
familiar para ingresar en ese sórdido universo marginal donde cada uno debe
sobrevivir con lo que tenga a mano.
La droga se le había presentado como el remedio para todos sus males
anímicos y afectivos. Los efectos que en un principio conseguía con
pequeños consumos, luego requirieron dosis más altas, cuya obtención - a su
vez - exigía cada vez más dinero.
Cuando su sueldo de motoquero resultó insuficiente para cubrir sus
apremiantes necesidades económicas - como empujado por una corriente que no
podía dominar - ingresó en el delito. Comenzó transportando en su moto a un
arrebatador, con el que compartía lo robado. Pero poco a poco su actividad
delictiva creció en agresividad y ferocidad mediante el uso de armas.
Seguía lloviendo, estaba sin dinero, solo , y necesitaba droga. Fue cuando
decidió robar un auto y canjearlo por cocaína.
Lentamente, un Peugeot pasó frente a él. Era un modelo buscado por los
desarmaderos, dada la fácil reventa de sus partes a taxistas y remiseros.
Angel subió a la moto y, con las luces apagadas, siguió al auto.
Para su satisfacción, el vehículo se fue alejando de las calles
principales, hasta ingresar y detenerse en una cortada mal iluminada.
Protegido por la penumbra y la intensa lluvia, sorprendió al conductor y,
apuntándole, ingresó al auto.
(III)
Eran las 4 de la mañana y llovía torrencialmente. José Loser se puso un
piloto viejo, se calzó las botas de goma y traspuso el pasillo que
comunicaba la cocina con el garage. Abrió la puerta de su auto, vació la
guantera, retiró el pasacasete y guardó estos elementos en un armario. Con
un destornillador sacó las chapas patente y, luego, arruinó la cerradura
de la puerta del vehículo. Levantó el capot , con una pinza rompió la traba
de seguridad y , después, cortó el cable que conectaba la alarma a la
batería. Bajó el capot y lo apoyó suavemente .
Entreabrió el portón del garage y miró detenidamente para ambos lados;
empujó las hojas metálicas, ingresó al vehículo, encendió el motor y salió
marcha atrás hasta estacionarlo pegado al cordón de la vereda. Cerró el
portón , subió al auto, accionó el limpiaparabrisas y se alejó lentamente.
Eran las 4.35 horas.
Diez minutos después, detuvo su bien cuidado Peugeot frente al paredón de
una poco alumbrada calle sin salida y guardó la llave de encendido. Seguía
lloviendo en forma torrencial. Sacó una gorra del bolsillo del piloto, se
la colocó y cuando iba a descender, un joven armado abrió la puerta del
acompañante e ingresó al auto.
(IV)
Perdente era un ser frío, gris y hosco. Con su legajo repleto de actos de
patoterismo, exacciones ilegales, y todo tipo de corruptelas, necesitaba
compensarlos mostrando algún logro en la disuasión, prevención o represión
del delito. Frente al proceso de saneamiento de la institución policial,
que se había iniciado por la reacción social frente a las atrocidades
cometidas por sus colegas , Luca necesitaba hacer buena letra. Tal vez,
dentro de ese Peugeot estacionado frente a su casa encontraría la
oportunidad de lucirse.
Loser era una hoja más en la tormenta que durante años venía sacudiendo a
la sociedad. Su esposa lo había abandonado luego que quedó sin trabajo y
perdió la indemnización apostando al Dólar contra el Euro justo la semana
previa al atentado contra las Torres Gemelas. Los restantes ahorros
estaban atrapados en el corralito. Intentó vender el auto pero dada la
agobiante iliquidez sólo recibió ofertas de revendedores, que le pagaban la
mitad del valor real del vehículo.
Como estaba al día con la cuota del seguro, pensó que sería una buena
noticia que le robaran el auto, pero en esa ciudad donde desaparecían 200
vehículos por día nadie parecía interesarse en su Peugeot. Fue entonces
cuando comenzó a pensar en simular un delito ; si lograba hacer desaparecer
su auto y denunciarlo como robo , podría cobrar el seguro y recomponer por
un tiempo su desesperante situación financiera.
Por primera vez iba a hacer algo ilegal y su conciencia se lo recriminaba,
aunque, frente a las perversas modalidades delictivas que saturaban los
medios de comunicación, el hecho de abandonar su auto, sin identificaciones
, con algunos signos de haber sido violentado, parecía un simple pecado
venial.
Eran las 4 de la mañana y llovía torrencialmente, José se convenció de
que había llegado el momento de ejecutar su plan .
Perdant estaba fuera de sí, los terribles síntomas del síndrome de
abstinencia acrecentaban su agresividad. Mientras intentaba que ese idiota
dejara de darle explicaciones y se bajara de una vez del Peugeot, vio la
silueta del policía que se acercaba apuntándole. Angel comenzó a disparar
ferozmente, al tiempo que el policía hacía lo propio.
Alarmados por el intenso tiroteo, los vecinos de la mal iluminada cortada,
solo atinaron a llamar por teléfono a la policía y esperar, espiando por
sus ventanas.
Cuando llegó el patrullero, encontró varias cápsulas servidas, un auto
acribillado y tres cadáveres.
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