Pastiches de Proust







EL ASUNTO LEMOINE

Marcel Proust: El caso Lemoine, Buenos Aires, Santiago Rueda Editor, 1946.


Quizás se haya olvidado, después de diez años, que Lemoine, que pretendió,
en vano, haber descubierto el secreto de la fabricación del diamante y
recibido, por ello, más de un millón de francos de manos de sir Julius
Werner, presidente de la Compañía De Beers, fue condenado, ante una
denuncia de éste, a seis años de prisión, el 6 de julio de 1909. Este
insignificante asunto de policía correccional, que apasionaba entonces a la
opinión, fue elegido por mí, totalmente al azar, como tema único de trozos,
en los que trataría de imitar el estilo de ciertos escritores. Aunque al
dar sobre esos pastiches, la menor explicación, arriesga uno disminuir su
efecto, recuerdo, para evitar el resquemor de legítimos amores propios, que
se supone que habla el escritor imitado, no sólo de acuerdo a su espíritu,
sino al lenguaje de su época. Para el de Saint-Simon, por ejemplo, las
palabras "buen hombre" y "buena mujer", no tienen de ningún modo el sentido
familiar y protector de hoy día. En sus Memorias, Saint-Simon dice
corrientemente, el buen hombre de Chaulnes, en lugar del duque de Chaulnes,
a quien respetaba infinitamente, y así lo hace con muchos atros.



POR GUSTAVE FLAUBERT


El calor se hizo sofocante, se oyó una campana, echaron a volar unas
tórtolas y cerradas las ventanas, por orden del presidente, se esparció un
olor a polvo. Era viejo, con un rostro de payaso, una vestidura demasiado
estrecha para su corpulencia y pretensiones de ingenio; sus patillas
recortadas que ensuciaba un resto de tabaco, le daban a toda su persona
algo decorativo y vulgar. Como se prolongaba la suspensión de la audiencia,
se esbozaron algunas intimidades; para entrar en conversación, los
maliciosos se quejaban en voz alta de la falta de aire y como alguien
pretendiera reconocer al ministro del Interior, en un caballero que salía,
un reaccionario suspiró: "¡Pobre Francia!" Un negro se acarreó
consideración sacando una naranja del bolsillo y por amor a la popularidad,
ofreció sus gajos a los vecinos, entre disculpas y sobre un periódico:
primero, a un eclesiástico, que aseguró "no haber comido nunca una fruta
tan rica; es excelente y refrescante"; pero una señora anciana, tomó una
expresión ofendida, les prohibió a sus hijas que aceptaran cosa alguna "de
alguien a quien no conocían", mientras que otras personas, ignorando si el
periódico llegaría hasta donde estaban, buscaban una actitud de disimulo:
varios sacaron sus relojes, una señora se quitó el sombrero. Tenía un loro
encima. Dos jóvenes se asombraron de ello y habrían querido saber si estaba
ahí como recuerdo o tal vez por afición a lo excéntrico. Ya los bromistas
empezaban a interpelarse de banco a banco y las mujeres, mirando a sus
maridos, se ahogaban de risa en un pañuelo, cuando se estableció un
silencio, el presidente pareció absorberse para dormir y el abogado de
Werner empezó su defensa. Comenzó en tono enfático, habló dos horas;
parecía dispéptico y cada vez que decía "Señor Presidente", se derrumbaba
en una reverencia tan profunda que diríase una joven delante de un rey, un
diácono abandonando el altar. Estuvo terrible con Lemoine, pero la
elegancia de las fórmulas atenuaba la aspereza de la requisitoria. Y sus
períodos se sucedían, sin interrupción, como las aguas de una cascada, como
una cinta que se desenvuelve. Por momentos era tal la monotonía de su
discurso que ya no se distinguía el silencio, como una campana cuya
vibración persiste, como un eco que se debilita. Para concluir, tomó por
testigos a los retratos de los presidentes Grévy y Carnot, colocados encima
del tribunal; y cuando todos levantaron la cabeza, comprobaron que el moho
los había manchado en esa sala oficial y sucia, que exhibía nuestras
glorias y olía a chiquero. Una amplia ventana la dividía por el medio y se
alineaban unos bancos hasta el pie del tribunal; había polvo en el piso,
arañas en los ángulos del cielorraso, una rata en cada agujero y tenían que
ventilarla a menudo, debido a la proximidad del calorífero y a veces por un
olor más nauseabundo. Al replicar, el abogado de Lemoine fue conciso. Pero
tenía una pronunciación meridional, hacía un llamado a las pasiones
generosas, se quitaba a cada instante los lentes. Oyéndolo, Natalia
experimentaba esa turbación a la que lleva la elocuencia; la invadió la
dulzura y habiéndose agitado su corazón, palpitaba la batista de su
corpiño, como unas hierbas al borde de una fuente dispuesta a surgir, como
las plumas de una paloma que va a echarse a volar. Por fin, el presidente
hizo una señal, se levantó un murmullo y cayeron dos paraguas: iba a oírse
de nuevo al acusado. En seguida lo señalaron los gestos de ira de los
concurrentes; ¿por qué no había dicho la verdad, fabricado diamantes y
divulgado su invento? Todos y hasta el más pobre, habrían sabido -era
verdad- extraer millones de ello. Hasta lo veían delante de ellos, en la
violencia de la lamentación con que se cree poseer lo que uno llora. Y
muchos se entregaron una vez más a la dulzura de los sueños que habían
formado, cuando atisbaron la fortuna, ante la noticia del descubrimiento,
antes de haber localizado al ladrón.

Para unos, era el abandono de sus negocios, un palacio en la avenida
del Bosque, influencia en la Academia; y hasta un yate que los condujera en
verano a los países fríos, no al Polo sin embargo, que es curioso, pero
cuya comida huele a aceite, el día de veinticuatro horas debe ser molesto
para dormir y además ¿cómo ponerse a cubierto de los osos blancos?

A algunos no les bastaban los millones; los hubieran jugado en
seguida a la Bolsa; y comprado valores al curso más bajo, la víspera del
día en que volverían a subir -un amigo los informaría- verían centuplicar
su capital en pocas horas. Ricos entonces, como Carnegie, se cuidarían
mucho de ir a dar en la utopía humanitaria. (Por lo demás, ¿con qué objeto?
Mil millones repartidos entre todos los franceses, no enriquecerían a
nadie, ya se ha hecho el cálculo.) Pero dejando el lujo a los vanidosos,
sólo buscarían el "confort" y la influencia, se harían nombrar presidente
de la república, embajador de Constantinopla, tendrían en el cuarto un
acolchado de corcho que amortiguase el ruido de los vecinos. No ingresarían
al Jockey-Club, estimando en su valor a la aristocracia. Un título papal
los atraería mucho más. Tal vez se pudiera conseguir sin pagarlo. Pero
entonces, ¿para qué tantos millones? En una palabra aumentarían el dinero
de San Pablo, a tiempo que criticarían la institución. ¿Qué puede hacer el
papa con cinco millones de puntillas mientras se mueren de hambre tantos
curas campesinos?

Pero algunos, pensando que la riqueza hubiera podido llegar hasta
ellos, se sentían dispuestos a desfallecer; porque la habrían puesto a los
pies de una mujer que los desdeñara hasta entonces, y que por fin les
entregara el secreto de sus besos y la dulzura de su cuerpo. Se veían con
ella en el campo, hasta el fin de sus días, en una casa de madera blanca,
sobre el triste ribazo de un gran río. Habrían conocido el grito del
petrel, la llegada de las nieblas, la oscilación de los barcos, el
desarrollo de las nubes y se habrían quedado horas enteras con su cuerpo en
las rodillas, mirando crecer la marea y el choque de las amarras, desde su
terraza, en un sillón de mimbre, bajo un toldo con rayas azules y bolas de
metal. Y acababan por ver únicamente dos racimos de flores violetas,
bajando hasta el agua rápida, que rozan casi, en la cruda luz de una tarde
sin sol, a lo largo de un muro rojizo que se descascara. El exceso de la
desesperación, les quitaba a esos la fuerza de maldecir al acusado; pero lo
odiaban todos, estimando que les había truncado la corrupción, los honores,
la celebridad, el genio; quimeras, a veces, más indefinidas -lo que
ocultaba cada uno de más profundo y más dulce- desde la infancia, en la
tontería particular de sus sueños.



POR HENRI DE REGNIER


No me gusta el diamante. No le hallo belleza. La escasa que le agrega a la
de los rostros no es tanto efecto de la suya como reflejo de la de ellos.
No tiene la transparencia marina de la esmeralda, ni el azul sin límites
del zafiro. Prefiero el rayo amarillo del topacio, pero sobre todo el
sortilegio crepuscular de los ópalos. Son dobles y emblemáticos. Si el
claro de luna irisa una mitad de su faz, la otra parece tinta en los fuegos
rozados y verdes del poniente. No nos distraemos con los colores que nos
figuramos. A quien sólo sabe encontrar más allá de sí mismo la forma de su
destino, le muestran el rostro alterno y taciturno.

Se encontraban en gran cantidad en la ciudad a la que me condujo
Hermas. La casa que habitábamos valía más por la belleza del lugar que por
la comodidad de los seres. La perspectiva de los horizontes estaba mejor
dispuesta que hábilmente lograda la distribución de los lugares. Era más
agradable soñar que dormir. Más pintoresca que confortable. Agobiados por
el calor durante el día, los pavos reales dejaban oír toda la noche su
grito fatídico y burlón que, a decir verdad, es más propicio al ensueño que
favorable al sueño. El ruido de las campanas impedía encontrar, por la
mañana, a falta de aquel que no se saborea si no es antes del alba, un
segundo que repare, a lo menos en cierta medida, la fatiga de estar
enteramente privado del primero. La majestad de las ceremonias cuyas
campanillas anunciaban la hora, compensaba mal el contratiempo de verse
despertar a aquella en que conviene dormir si es que uno quiere aprovechar
luego las restantes. El único recurso era entonces abandonar la tela de las
sábanas y la pluma de los almohadones para pasearse por la casa. La
empresa, a decir verdad, si ofrecía encantos, también presentaba peligros.
Uno prefería repudiar su placer antes que perseguir la aventura. Los pisos
que trajera de las islas el señor de Séryeuse, eran multicolores y
separados, resbaladizos y geométricos. Su mosaico era brillante y desigual.
El dibujo de sus rombos, ya rojos, ya negros, ofrecía a las miradas un
espectáculo más regocijante que el maderamen, que aquí levantado, allá
roto, no garantizaba a los pasos un seguro caminar.

El placer del que podía dar uno por el patio no se compensaba con
tantos riesgos. Descendíase a eso de mediodía. El sol recalentaba los
pavimentos o la lluvia goteaba desde los tejados. A veces el viento hacía
chirriar la veleta. Delante de la puerta clausurada, monumental y verdosa,
un Hermes esculpido le daba la forma de su caduceo a la sombra que
proyectaba. Las hojas secas de los árboles próximos descendían revoloteando
hasta sus talones y plegaban sobre las alas de mármol sus alas de oro.
Votivas y panzudas, se encaramaban unas palomas en los arcos de la
arquivolta o en el alfeizamiento del pedestal y dejaban caer a menudo una
bolita insulsa, escamosa y gris. Aplastaba sobre la grava o el césped su
masa intermitente y graneada y pringaba con la hierba que había sido,
aquella en que abundaba el césped y de la que no carecía el sendero de lo
que el señor de Séryeuse llamaba su jardín.

Lemoine venía a pasearse a menudo en él.

Ahí lo ví por primera vez. Parecía más bien ajustado en el casacón
del lacayo antes que tocado con el bonete de doctor. El pícaro pretendía
serlo, sin embargo y en varias ciencias, en las que es más provechoso
lograr éxito, por lo que con frecuencia resulta prudente entregarse.

Era mediodía cuando llegó su carroza describiendo un círculo delante
de la gradería. El pavimento retumbó con los vasos de los caballos, un
lacayo corrió al estribo. Unas mujeres se persignaron en la calle. Soplaba
el viento. Al pie del Hermes de mármol, la sombra caducea había adquirido
algo fugaz y solapado. Perseguida por el viento, parecía reír. Tocaron unas
campanas. A través del voleo de bronce de una campana mayor, un carillón
aventuró a contratiempo su coreografía de cristal. En el jardín chirriaba
una hamaca. Unas semillas secas estaban dispuestas sobre el reloj de sol.
El sol brillaba y desaparecía alternativamente. Agatizado por su luz, el
Hermes del umbral se oscurecía más por su desaparición que por su ausencia.
Sucesivo y ambiguo, vivía el rostro marmóreo. Una sonrisa parecía alargar
los labios expiadores en forma de caduceo. Un olor a mimbre, a piedra
pómez, a cineraria y marquetería se escapaba por las persianas cerradas del
gabinete y por la puerta entreabierta del vestíbulo. Hacía más pesado el
ocio de la hora. El señor de Séryeuse y Lemoine seguían conversando en la
gradería. Se oía un ruido equívoco y puntiagudo como una carcajada furtiva.
Era la espalda del gentilhombre que golpeaba la retorta de vidrio del
espagirista. El sombrero de plumas de uno, guarecía mejor del viento que el
bonete de seda del otro. Lemoine se resfriaba. De su nariz, que olvidaba
sonarse, algún moco cayera sobre el alzacuello y el traje. Su núcleo,
viscoso y tibio, había resbalado por el lienzo de uno, pero adherido al
paño del otro, mantenía en suspenso sobre el vacío, la franja plateada y
fluida que goteaba. El sol, al atravesarlos, confundía la viscosa mucosidad
y el licor diluído. Ya no se distinguía más que una sola masa jugosa,
convulsiva, trasparente y endurecida; y en el brillo efímero con que
decoraba el traje de Lemoine, parecía haber inmovilizado el prestigio de un
diamante momentáneo, todavía caliente, si puede decirse, por el horno de
que había salido y del que esa jalea inestable, corrosiva y viviente que
era todavía por un instante, parecía a un tiempo, por su belleza fementida
y fascinadora, presentar el emblema y la burla.



POR MICHELET


En diamante puede extraerse a profundidades singulares (1.300 metros). Para
conseguir la piedra, tan brillante, que es la única que puede desafiar el
fuego de una mirada de mujer (en Afghanistan, el diamante se llama "ojo de
llama") sin cesar, habrá que descender al reino sombrío. ¡Cuántas veces ha
de extraviarse Orfeo antes de sacar a Eurídice a la luz del día! Ningún
desaliento, sin embargo. Si flaquea el corazón, ahí está la piedra que con
su llama, muy distinta, parece decir: "Valor, otro golpe de pico y soy
tuya". Por lo demás, una sola vacilación y es la muerte. La salvación sólo
está en la velocidad. Emocionante dilema. Para resolverlo se agotaron
muchas vidas en la edad media. Se planteó más duramente al comienzo del
siglo veinte (diciembre de 1907 - enero de 1908). Contaré algún día este
magnífico asunto Lemoine, cuya grandeza no sospechó ningún contemporáneo,
mostraré a ese hombre pequeño, de manos débiles y ojos quemados por la
terrible búsqueda, judío probablemente (El señor Drumont lo aseguró, no sin
verosimilitud; todavía hoy los Lemoustiers -contracción de Monastere- no
son escasos en el Dauphiné, tierra de elección de Israel, durante toda la
edad media), conduciendo durante tres meses toda la política europea,
doblegando a la orgullosa Inglaterra para que consienta en un tratado de
comercio ruinoso para ella, con tal de salvar sus minas amenazadas y sus
compañías desacreditadas. Que nosotros entregáramos al hombre y sin vacilar
ella lo pagaría al peso de su carne. La libertad provisoria, la mayor
conquista de los tiempos modernos (Sayous, Batbie) fue denegada tres veces.
El alemán, muy deductivamente, frente a su pote de cerveza, viendo bajar
cada día las cotizaciones de la De Beers, volvía a recobrar ánimo (revisión
del proceso Harden, ley polaca, denegación de contestar al Reichstag).
Conmovedora inmolación del judío a lo largo de las edades. "Me calumnias,
me acusas obstinadamente de traición contra toda verosimilitud, en tierra y
en mar (asunto Dreyfus, asunto Ullmo); y bien, te doy mi oro (ver el gran
desarrollo de los bancos judíos a fines del siglo XIX) y más que el oro, lo
que a peso de oro no siempre podrías comprar: el diamante." -Grave lección,
la meditaba yo con profunda tristeza, durante ese invierno de 1908, en que
la misma naturaleza, abdicando toda violencia, se hacía pérfida. Nunca se
vieron menos fríos intensos; sólo una niebla que ni siquiera a mediodía
llegaba a penetrar el sol. Por otra parte, una temperatura muy dulce -tanto
más mortífera. Muchos muertos -más que en los últimos diez años- y desde
enero, violetas bajo la nieve. Perturbado el espíritu por ese asunto
Lemoine, que se me apareció muy justamente en seguida como un episodio de
la gran lucha de la riqueza contra la ciencia, iba al Louvre, donde por
instinto se detiene el pueblo frente a los diamantes de la Corona, más a
menudo que delante de la Gioconda de Vinci. Más de una vez me costó
acercarme. ¿Habrá que decirlo?, ese estudio me atraía, no me gustaba. ¿Su
secreto? No sentía la vida en ello. Siempre fue mi fuerza esa necesidad de
la vida, y también mi debilidad. En el punto culminante del reinado de Luis
XIV, cuando el absolutismo parece haber aniquilado toda libertad en
Francia, durante dos largos años -más de un siglo- (1680-1789) extraños
dolores de cabeza me hacían creer cada día que me vería obligado a
interrumpir mi historia. Sólo recobré en verdad mis fuerzas en el juramento
del Juego de Pelota (20 de junio de 1789). En forma similar me perturbaba
frente a ese extraño reinado de la cristalización en que consiste el mundo
de la piedra. Aquí, nada ya de la flexibilidad de la flor, que en lo más
arduo de mis investigaciones botánicas, muy tímidamente -tanto mejor- no
dejó nunca de darme valor: "Ten confianza, nada temas, estás siempre dentro
de la vida, en la historia."




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