Tres cuentos de Gabriela Bejerman
UN DÍA PERFECTO PARA ANDAR EN PEZ BANANA
Sentada muy quieta en lo alto, Ángela veía caer la lluvia sobre los
hombres en remera de manga corta. Los había de remera color verde agua,
azul eléctrico, rojo, blanco. No pasaba ninguna mujer. Su mirada era la
única mirada femenina capaz de supervisar a los hombres, y todos usaban
remera de manga corta. Esta mañana nadie tenía camiseta, ningún hombre se
sentía suficientemente acalorado como para salir sin camisa. Los pantalones
no importaban mucho, desde la perspectiva del balcón Ángela estaba segura
de que era más importante darse cuenta de que todos los hombres llevaban
hoy remera, de manga corta. Después trató de concentrarse en otra cosa,
tenía que ser algo real, como sus plantas, bien erguidas cada una en su
maceta. Pero debía evitar dirigirse a las causas, o a las consecuencias. El
objetivo de Ángela era no pensar, porque tenía la certeza de que así podría
ver, lo que ella llamaba ver.
El cactus mayor la entretuvo largo rato, divisó sus pequeñas agujas
suspendidas, su color que parecía amarillear, quizá estaba por terminar el
verano. Mientras estudiaba sus canaletas llenas de pelitos diminutos oyó a
los hombres hablar y eso la distrajo. ¿Sería una buena idea tirar la maceta
con el cactus, ahora que parecía poder morir alguna vez? ¿O era a causa de
los hombres que tal vez era una buena idea tirar el cactus por el balcón de
su segundo y último piso?
Adentro, el departamento silencioso servía de jaula a sus tres gatos,
uno blanco, uno negro y uno atigrado. Ángela esperaba que los gatos no
maullaran por un rato largo, así no perdería su concentración. Puso tanto
esfuerzo en pensar que los gatos no maullaran que uno a uno fueron saliendo
al balcón. Se movían un poco y luego se quedaban quietos -activando sólo
las narices que olían el aire de la mañana-, muy impresionados pero
afectando indiferencia. Ángela se sentía distraída por los hombres y los
gatos. Sólo sus plantas la tranquilizaban, porque crecían tan lentamente
que su movimiento era imperceptible. Sonó el teléfono. El vestido de
Ángela, blanco con lunares verdes, voló hacia la mesita de madera trabajada
que había hecho su abuelo. Ella descolgó el teléfono y apoyó el tubo junto
al aparato. Desde donde estaba parada apenas escuchaba una vibración
intermitente de alguien que quería hablarle. Ángela trató de no pensar en
quién sería y se repetía: equivocado, equivocado, y cada tanto también se
decía: soy una mujer que vive sola.
Después de volver a apoyar el tubo sobre el teléfono tocó mucho
tiempo su vestido, el resto del cuerpo quieto, las manos percibiendo una y
otra vez una textura lisa que no daba cuenta del estampado. Ángela podría
haber llorado, siempre podría estar a punto de llorar, pero ahora no iba a
medicarse en contra de las lágrimas. Antes de pensar volvió al balcón y
enumeró sus plantas, primero con números, después los nombres vulgares y
finalmente en latín. Esta última lista fue entonada, como si estuviese
cantando. Pero Ángela tampoco quería poner un disco. Quería simplemente no
querer nada. No recordar que se estaba nutriendo de ausencias forzadas.
Contuvo la respiración, cerró los ojos y trató de diferenciar olfativamente
y a distancia las distintas especies vegetales.
Abajo, los hombres ya no estaban, y no había rastros de sus remeras
de colores, de mangas cortas. En cambio, una mujer gorda de vestido rosa
barría su vereda y parecía que recién había hecho el amor, porque cantaba
una antigua canción de aventuras del corazón. Con un pañuelo en la cabeza y
ojotas viejas se la veía muy feliz. Tanto la observó Ángela tratando de
imitar su sonrisa desde lo alto que lo logró. Por un instante fue como si
Ángela misma fuera la mujer gorda barriendo feliz porque un hombre acababa
de entrar en su cuerpo y dormía la mañana larga del domingo detrás de la
ventana, donde las cortinas se inflaban y desinflaban rítmicamente, como la
canción de la señora. Ángela tocó sus pechos con inocencia y se repitió la
palabra amor como si dijera: paz, o como si dijera: mi leche para el niño.
Parecía una virgen de pelo largo, alborotado porque no le gustaba peinarse
hasta la noche.
Dejó caer sus manos a los costados del vestido. Notó cuánto pesaban
cuando estaban inactivos, esos mismos brazos que podían alzarse y circular
su cuerpo en un masaje espiritual o realista. Sus brazos eran largos y
estaban bronceados. Muchas pulseritas metálicas tintineaban cuando los
movía, como un ademán sonoro que acompañara los instantes en que Ángela
decidía usarlos. Ahora no, calma, inacción. Ángela volvió a concentrarse
pero temió. Temió de pronto. La lluvia caía con más fuerza. La señora de
abajo entró en su casa y Ángela quedó sola. Quería que los gatos se
escondieran en su vestido para así confundir su cuerpo con el de los
animales. Quiso y deseó que los gatos la vistieran un rato, librándola de
su incómoda humanidad que quería suspender sin morir, sin dejar de
entregarse a la monotonía del paisaje conocido. Se arrodilló y los acarició
y vio qué fácil era contentarlos. Ronronearon sin darle tampoco excesiva
importancia al asunto. Iban y venían entre sus pantorrillas como si no
hubiera pasado, presente y futuro. Iban y venían hasta que volvieron a
echarse en la alfombra. Ángela pensó que si pudiera pedirles permiso o
consejo a sus mascotas sería más feliz. Pero, ¿por qué tenía que ser feliz?
¿Por qué alegre? Una vez más se dijo: no hay ningún reflejo aquí (mientras
se miraba en el cristal). Su cuerpo era hermoso, capaz de amar y dar a luz,
pero estaba solo entre felinos.
Ángela bajó la persiana, cerró las ventanas y se recostó en el piso
enroscándose a su vez en la somnolencia de los gatitos. El vestido le
cubría las piernas. Se descalzó y cerró los ojos en la oscuridad. En
sueños, o casi sueños, la mujer de abajo hacía el amor con los hombres de
remera de manga corta mientras su marido miraba la escena con el control
remoto en la mano. El hombre se reía cada vez que uno de los invitados
eyaculaba, como si estuviera viendo una comedia familiar. Ángela quería
gritar, pero estaba despierta. Tenía miedo de esas imágenes, ahora que la
oscuridad la enfrentaba a sus propias y terribles fantasías. La sensación
era: deseo de abandonarlo todo. Suicidio espontáneo por medio del llanto,
necesidad de desaparecer de las ausencias. Odiándose a sí misma por su
debilidad (pensar), se levantó, tomó su cartera del día anterior y salió a
la calle. Por la hora creyó que lo más razonable era tomar una taza de café
y enterarse de las noticias.
Caminó algunas cuadras hasta un bar frente a la playa. Algunos
jóvenes paseaban en banana acuática y eso le levantó el ánimo. Mientras
preparaban su desayuno se acercó a la casilla de tickets y averiguó por un
paseo en banana. ¿Cuántos son, señora?, le preguntó el encargado. Ángela se
negaba a declarar que estaba sola y se quedó en silencio mirando al hombre,
expectante, con la ilusión de que él descubriría por sí mismo la respuesta.
¿Tiene algún acompañante?, insistió el joven, sorprendido y como agotado.
Ella siguió sin responder. El hombrecito no volvió a hacer ninguna pregunta
y le dijo el precio del viaje grupal en banana. Ella sonrió alegremente y
le dijo que volvería después del desayuno. No exagere con eso, dijo él
contento de que la mujer se normalizara. La vio alejarse unos metros y
volvió a supervisar aburrido el paseo del gigante flotador.
Mientras Ángela volvía por su café pensó: un día perfecto para andar
en pez banana. Y, muy contenta con esta frase, parecía otra persona cuando
miró las tapas de los diarios y luego leyó los chistes. ¡Qué fácil era
cambiar de estado de ánimo!, sólo se necesitaba un pequeño proyecto que le
quitara las ganas de no pensar y le infundiera el deseo de pensar solamente
en una cosa, algo pequeño y bonito como un vestido nuevo. Las pulseras
repicaron mientras Ángela tamborileaba los dedos en la mesa de vidrio. Ya
había terminado su café. Las migas de la medialuna rellena parecían alegres
sobre el platito plástico color celeste y al recordar las mangas cortas de
los hombres le pareció que era una buena idea para un cuadro que ella no
habría de pintar, pero quizá alguien... En eso vio que llegaba la gran
banana.
Dos hombres ayudaban a las chicas en bikini a bajar. Las señoritas
parecían muy contentas con su paseo y se fueron corriendo por donde había
varios kilómetros de playa. Llamó al mozo con una sonrisa y un dedo alzado
(clin clin las pulseritas). Decidió comentarle al muchacho su plan de
viajar en banana. Creo que se necesitan al menos tres personas o cuatro
para dar ese paseo, le dijo él con preocupación. Pero Ángela se sentía
demasiado alegre para dejarse echar abajo y mintió diciendo que el joven de
la banana había hecho para ella el día de hoy una excepción. Se fue
saludándolo satisfecha de su actitud y porque esa minúscula mentira parecía
tan real que estaba a punto de cumplirse.
Volvió canturreando a la casilla del joven y de pronto se atrevió a
decirle que tenía la voluntad de viajar sola y ahora en la banana inflable.
El joven le dijo cuándo valía y ella sacó los billetes de su bolsillo con
naturalidad. ¿Va a dejar su ropa aquí?, le preguntó él. Oh, no, quiero
hacerlo con este vestido, creo que es un buen vestido para navegar, ¿no te
parece? Él asintió sin aclararle que se iba a mojar, pero se la imaginó a
la vuelta, empapada, y sonrió pensando que era una mujer estúpida. Ella, en
cambio, entusiasmada, recibió su sonrisa con la mejor de las bienvenidas y
correteó hasta donde el otro muchacho, el que conducía la lancha, esperaba
de cara al sol con los ojos cerrados.
Era un muchachote fornido, sus músculos parecían trabajados por el
mismísimo sol, de lo cual él se sentía orgulloso y privilegiado. Enseguida
quiso seducirla aunque era bastante más joven que ella y con mucha
amabilidad la ayudó a subirse al primer lugar. Agárrese fuerte, le dijo
mientras le colocaba el salvavidas. Oh, no creo que este salvavidas sea muy
elegante, dijo ella tratando de disculparse por su aspecto. No importa, a
usted le queda bien, además, es obligatorio, sonrió él dirigiéndose a su
puesto con una renovada sonrisa.
El motor arrancó y pareció que los músculos del joven vibraban de
placer al volante. Entonces Ángela sintió el sacudón de la ancha soga que
unía a su banana con la lancha y rápidamente se vio envuelta en agua
salpicante, olas verdes y zumbido de viento. Ah, ah, gritaba Ángela, qué,
ah, ah, interrumpía sus frases con saltos de banana. Su pelo se agitaba
despeinado, parecía un animal acuático que visitaba hoy a sus primos
hermanos. Su sonrisa tragaba agua aireada y los ojos verdes se dejaban
seducir por el paisaje veloz. Abajo, la espuma beneficiaba sus pies con
grandes gotas pesadas que resbalaban interminablemente por sus piernas. El
vestido, totalmente mojado desde un principio, iba transparentando poco a
poco su piel bronceada. La banana daba grandes vueltas por la bahía, una
vuelta y otra más y otra más también. Las casas sobre la playa parecían
lejanas, alegres como insectos, silenciosas. El mar y el viento, en cambio,
bullían formando un gran vestido blanco que hacía volar un globo en el
firmamento. Las manos de Ángela estaban rojas de aferrarse a las manijas
negras. Escuchaba los coletazos de la banana contra las olas grandes y
pequeñas. Sus pulseras brillaban ahora que el sol parecía asomar del todo
detrás de las pomposas nubes. Su sonrisa sellaba cada instante
invariablemente y sus labios pronunciaban vocales en todos los idiomas sin
cesar.
Cuando el joven de adelante bajó el ritmo del motor, y el sonido se
aplacó, Ángela le gritaba cuánto se había divertido, le agradecía con
palabras halagüeñas su excelente manejo de la lancha y, por lo tanto, de la
gran banana acuática detrás. Fueron acercándose de a poco a la orilla,
donde el joven la ayudó a descender. Ángela estaba tan ansiosa por
abrazarlo y besarlo que simuló tropezar y se colgó de su fuerte cuello.
Estando así, tan cerca, lo besó en los labios. El hombre, muy sorprendido
por su osadía, primero no se movió, pero enseguida la abrazó por la
cintura. Y juntos se fueron caminando hasta el departamento de ella, bajo
un diplomático sol que se escondía nuevamente para ceder su puesto a la
lluvia que los mojaría bastante antes de llegar.
LA MUJER QUE ME GUSTA LLEGA TARDE A LA PLAYA
1.
La mujer que me gusta llega de noche a un hotel de una pequeña ciudad
marítima. Baja, va al kiosco, compra una lata de coca, sube y desde el
balcón ve una calle por la que ya pasa poca gente. Se prueba unas nuevas
calzas con mar y palmeras fucsia. Al día siguiente está tomando agua de
coco.
2.
La mujer que me gusta trabaja en una fábrica de osos de peluche en una
pequeña ciudad marítima. De 7.30 a 6. Apenas sale va a la playa, corcovea
en el mar, camina kilómetros ida y vuelta. Su barrio tiene antiguas plantas
en flor y casas color pastel. Le gusta usar ropa ancha, pero se la
distingue por sus reflejos en corto pelo castaño. Ve la novela nacional,
prefiere salir, disfruta especialmente de la oscuridad.
3.
El martes a la tarde las dos mujeres que me gustan se cruzan por la playa.
Una de las mujeres que me gusta se acerca a la otra y organiza el flirt de
modo tal que la otra mujer que me gusta se presta al juego recordando que
cortó con su novia porque era muy celosa.
4.
La mujer que me gusta consigue su cometido. Está besando (una fugacidad) a
la mujer que le gusta. Yo estoy contenta por eso, a la otra mujer también
le gusta. Las mujeres deben separarse, a una de las dos su ex la espera más
allá surfando.
5.
La mujer que me gusta vuelve al hotel y encuentra en la guía telefónica la
dirección de una fábrica de peluches. Marca la página, mezcla la pequeña
guía entre los libros religiosos, vuelve a tomar agua de coco. Se le cae
sobre la remera dos veces, se siente tonta pero se divierte pensando
posibles encuentros con la mujer que podría localizar y le gusta. Mañana al
mediodía la irá a buscar a un lugar que no conoce, tomará el ómnibus con la
facilidad de una viajera empedernida. Mañana.
6.
La mujer que me gusta encuentra a la tarde, cuando vuelve de almorzar, un
cartel en el reloj donde ella y sus 19 compañeras marcan tarjeta. Pero
antes que ella lo vio su jefa que la llama a la oficina para pedirle
explicaciones. En el aire acondicionado glacial ella parece muerta y
congelada. La mujer que me gusta atina a pedir servilmente disculpas y
ofrecer ojitos indefensos. La vieja bruja la perdona con desgano, sin
bostezar, tensa como un perro guardián enano. La mujer que me gusta vuelve
al galpón de trabajo pensando que esto podría hacer tambalear su situación
en la fábrica, pero no tiene miedo, trabaja bien. A la noche comenta lo
sucedido a su ex, con quien vive, lo cual va caldeando el terreno para algo
que la mujer que me gusta no quiere precipitar pero su ex sí: el retorno,
la reconciliación.
7.
La mujer que me gusta no logra ver al mediodía a la mujer que le gusta.
Deja un cartel en el reloj y luego toma una excursión. Visita una ciudad.
Saca fotos, bebe latas de cerveza en varias oportunidades. Compra
chucherías tachando nombres de una lista escrita a mano, toma un barco
turístico con gran resolución. En el ómnibus de vuelta muda ve el ovni del
atardecer. Agradece a las vírgenes que recuerda con sonrisa cómplice, como
si la estuvieran acompañando en este momento tan especial. Da vueltas por
el pueblo pesquero durante dos horas esperando encontrar a la mujer que le
gusta, pero ella no llega. Tampoco consigue un lugar donde pueda uno tomar
café y fumar un cigarrillo al mismo tiempo. Refunfuña hasta quedarse
dormida viendo televisión en la sala del hotel. Después despierta un poco
como para volver a su habitación, desvestirse y darse una acariciada
intermedia antes de yacer con peso máximo hasta mañana.
8.
Al otro día la mujer que me gusta recuerda la nota que dejó en la fábrica
de muñecos de peluche. Busca excusas para no hacer absolutamente nada
durante el día y cuando llega la hora se produce un poco para el posible
encuentro. Toma el ómnibus hacia su barrio. Esta vez la encontrará. Se
encuentran. Permanecen en la playa besándose entre algas, juncos y, por qué
no, estrellas de mar. ¡Qué bien me hace todo esto! Las mujeres que me
gustan prometen encontrarse mañana pero no intercambian muchos datos más
acerca de cómo ubicarse ni de quiénes son además de un cuerpo enamoradizo y
cachondo.
9.
La mujer que me gusta suda desnuda destapada. Un espectáculo infantil que
han tenido la mala idea de montar frente al hotel la despierta temprano.
Maldice a los niños antes del desayuno. La mujer que me gusta espera
nuevamente la hora. Al salir por la tarde no repara en el clima, sólo a
tres cuadras piensa "podría haber traído el paraguas". Cuando llega al mar
llovizna. Deja que el frente de tormenta se acerque con una cola de cielo
verde por detrás tronando. La empapa. Pero no encuentra a la mujer que
busca, una pared de precipitaciones las separa. Espera que pase la gota
gorda, sale a la plaza con esperanza, camina hacia el atardecer. Cuando
cansada da la vuelta ve el arco iris entero. Sigue rumbo al arco de
regreso. No ha encontrado a la mujer que le gusta pero el cielo hace ahora
de sus hábitos una bebida poco corriente.
10.
La mujer que me gusta lo intenta otra vez. Pero hoy es sábado, la fábrica
está cerrada. Sale la jefa mala con un marido mudo. Dice que hoy es sábado,
la fábrica está cerrada y la mujer que me gusta no está. Le pregunta si
anda sola de vacaciones y que dónde está su familia. Ella inventa rápido
que está con las primas y sale a la playa. Atraviesa un barrio, trata de
que un milagro ocurra: encontrarla. La marea está muy llena, se come todo
lo que antes había de arena. La mujer que me gusta avanza rauda con pies
descalzos mojados.
11.
La mujer que me gusta sale a caminar por la playa. Ella y su ex están
volviendo a la punta de piedras. En el camino una ha dicho cosas románticas
que siempre funcionan. La mujer que me gusta piensa "y bueno". Restablece
su vínculo suspendido, ¿porque vive, come y habla con ella todo el día sin
parar? Porque alguien capitalizó la emoción de su nuevo romance. Le dice
que si se encuentra con la mujer que conoció en la playa tendrá que darle
una explicación.
12.
Las mujeres que me gustan se encuentran. Una de las mujeres que me gusta le
dice a la otra que ahora no pueden irse juntas, que adoró estar con ella
pero que ahora no da, no puede, es imposible, ni siquiera mañana, antes de
que ella se vaya de la ciudad. La mujer que me gusta la mira sin llegar a
especular con la idea de la histeria, prefiere localizar ahí un brillo
leal. La mira fijo sin lograr borrar de la mujer que le gusta a su ex ex.
Se le trasluce el amor que queda a pesar de que a cincuenta metros las mira
la celosa, cautiva ya su presa predilecta.
13.
La mujer que me gusta le da un beso en la mejilla apretando "push" con un
cachete indio y japonés. La presión destella. Las mujeres que me gustan
emprenden caminos separados que nunca se han de volver a encontrar. Sin
embargo las mujeres que me gustan tendrán muchos otros romances fugaces.
14.
El mar ha decidido rebajar la marea de a poco, esta tarde no hay arco iris
en el mismo camino de vuelta. El ómnibus que toma hacia el hotel no es el
que da toda la vuelta. Tarda apenas cinco minutos en volver. Pero el tiempo
se ha quedado corto sólo porque ella llegó a la playa un par de horas
tarde.
UN BUGGY NO PUDO SALVARLA
Para esa semana Eli prefirió el pequeño pueblo donde sólo se escucha
música alegre. Hip hop por la mañana, hip hop por la tarde, hip hop por la
noche. Eli era novia de un importante escritor que en pocos días se le
uniría en aquella tierra azulada por el mar. Había dejado que ella
eligiera. También fue pensando en él, y en una de las fantasías más
presentes en sus textos, que se acercó al Bugaluga del pueblo para alquilar
un buggy. La decisión no era sencilla, un lindo descapotable naranja
parecía sonreír a Eli cuando lo vio, escondido en un triángulo de sol al
fondo de la playa de exhibición. Otro, verde con flores, a pesar de
gustarle con entusiasmo no le pareció acorde a un escritor de temas serios
como lo era su novio. Pero cuando vio el buggy blanco y negro se facilitó
la elección. Sus paneles eran brillantes, parecían recién pintados, pero la
estructura del buggy era auténtica, antigua como una foto de otro tiempo.
-¡Eliane! -gritó él enternecido al ver que ella lo recibía en el
aeropuerto manejando ese modesto ciclón-. ¡Qué idea estupenda! -y después
tomó un geniol sin agua porque el viaje lo había mareado.
Ella manejaba, su pelo corto negro se rompía en el viento. Pero él,
que no tenía oído, no pudo preocuparse porque en todo el pueblo no se
escuchaba otra cosa que no fuera hip hop. Iba en babia, sin escuchar ni
blanco ni negro y ponía su mano en el lomo, en el muslo de su amada. Estaba
completamente enamorado, y si alguna vez había dudado si le era conveniente
noviar con una chica tan despistada, tan valiente, por decirlo de algún
modo, con la hilación de su vida salvaje, ahora que juntos atravesaban la
tarde del pueblo, ahora que ella conducía su buggy soñado hacia la casita
de un pescador, ahora se dejaba amarla con la mayor serenidad infantil de
que era capaz. ¡Y tanto veía la piel cobriza de su muslo mulato!, ¡tanto
acariciaba con la mano la brillante curvatura del espejito del buggy
reflejando sin límites la velocidad del paseo iniciático..!
Aquí, se dijo, escribiré una nouvelle y pondré en ella una carrera de
buggys aunque espero que nadie tenga que morir. O bueno, no sé, siempre me
resisto a los momentos trágicos, pero si desembocan en una ancha columna de
bien y aprendizaje, quién sabe... Disfrutaba alternar la caricia ingrávida
que posaba a cada rato sobre sus bocetos de escritor, con la más tangible
celeridad de olfatear el cabello de Eli chapuceando rúbricas en el aire
tajado por el buggy. Al volante, sus esmaltadas uñas de posible
guitarrista. Pero ella no era nada, o sí, algo era, Eli era una superficie
sobre la que las cosas se encandilaban pronunciando minuto a minuto el
murmullo propio de la palabra vida. Ella sólo vaciaba su tiempo porque tan
ancha era la vasija en que transportaba las aventuras de su alma, que se
agenciaba con un cuerpo solarmente fértil, imbricado hacia adentro y hacia
fuera.
De pronto, eran las seis de la tarde, apareció una porción de arco
iris en la panza de una nube rellena. Ella eligió con rapidez un lugar
sobre el acantilado y estacionó. Él se quedó sentado, con su muñeca de
reloj sosteniendo la cabeza. Eli bajó del auto, se sentó en el piso y dejó
sus pies colgando por la pared del precipicio. Lanzó una piedra sin mirarla
y la escuchó apenas sonar mientras el arco iris desaparecía
imperceptiblemente. Se dio vuelta para mirar a su novio, que le sonreía. Al
regresar al buggy prendió la radio: hip hop. ¡Cómo le gustaba el hip hop!
Le comentó a Fronha la posibilidad de hacerse cantante, que él aclamó con
palmas y un cigarro especial, ya pronto.
Hicieron el amor toda la noche, en siete posiciones. La primera, él
arriba y ella acostada. La segunda, ella arriba y él acostado. La tercera,
él acostado y ella sentada con la espalda dando hacia el pecho de él. La
cuarta, ella en cuatro patas y él desde atrás. La quinta, los dos de pie,
de frente. La sexta, ella sentada en una mesa, él, parado. La última, él
acostado, ella sobre él, de espaldas.
A la mañana siguiente salieron a conocer las playas de la zona
andando en buggy. Él no quiso manejar (tampoco sabía hacerlo muy bien).
Mientras ella avanzaba, él parecía beber de a sorbos la inspiración
necesaria para su nuevo libro. Iban andando por una ruta desierta que
corría paralela a la costa, y después de varios kilómetros desde la última
playa poblada, vieron que una persona caminaba a la vera del camino. Al
irse acercando notaron que se trataba de alguien pequeño, de hecho, cuando
estaban ya a poca distancia, reconocieron la figura de una niña. La niña
llevaba con las manos, arrastrándola por la banquina, una pequeña moto.
-Oh, oh, oh -dijo él sacándose el cigarro de la boa y acomodando sus
anteojos en forma terminante-. ¡Una niña!
-¡Con una moto!
Eli fue frenando hasta alcanzarla. Ella en un principio no los
miraba, su vista apuntalaba el horizonte como un animal estático, pero
finalmente se dio vuelta hacia ellos y la sonrisa con que los saludó fue
demasiado sabia. Ella bajó del auto para ofrecerle ayuda.
-Hola, niña.
-Hola -dijo ella. Su voz era aguda y seria, alzó la vista y señaló
sin decir nada.
-¿Vas para allá? -preguntó Fronha. Asintió la niña-. ¿Y la moto?
-Soy motoquera -respondió ella. Él tuvo el impulso de guiñarle un ojo
y por eso quedó como un tonto. Pero la niña comprendió. En cambio Eli
decidió actuar por sus propios medios.
-Escucha, niña. ¿Por qué no dejás que te ayudemos con la moto? ¿Qué
pasa, no tiene nafta?
-Tiene, sí, pero no funciona.
-¿Allá vas a conseguir quién te la arregle?
-Allá voy a enterrarla, ya no anda más.
-¿Ya no anda más? -se entristeció él-. No es posible. Alguien tiene
que arreglarla.
-No -sentenció ella-. No -repitió y empezó a caminar, como recordando
un mandato.
A su derecha se deslizaba, silenciosa y sometida, la pequeña moto.
Eli sintió que la arrancaba de sus manos y arrojaba a la niña contra el
pasto de la pena que sintió por la motito. Mientras tanto Fronha se
arrugaba el mentón con los dedos tratando de sacar una conclusión acertada
de lo que ocurría, con el objetivo de aprender algo real y luego enseñarlo
en un cuento. De su ensoñación se despertó al ver que la niña se alejaba de
ellos y que la inmovilidad de Eli no era normal. Lloraba. Sin cubrirse el
rostro mostraba el llanto con honesta desolación. Ahogó un grito, ahogó
otro y gritó. Entonces corrió hacia la niña y la tomó de los hombros.
-Por dios, niña, ¿no es posible arreglar esa moto? ¿Tenés que
desecharla totalmente? ¿No podrías seguir usándola de algún modo?
-No, déjeme. No, no, no.
Fronha se puso al volante y, aprendiendo a manejarlo, se acercó a la
asimétrica pareja que luchaba a la vera de la ruta. Entonces empezó a sonar
una canción de hip hop, justo cuando llegaba a ellas y podían escucharla.
La niña soltó su brazo de las garras de Eli y, apoyando rápidamente la
motito contra el piso, se subió al capot del buggy haciendo que Fronha
frenara y, sin caerse, los hipnotizó bailando su tema favorito.
La canción de hip hop era larga, repetitiva, con dos partes distintas
enganchadas. En una cantaba una mujer y en la otra un hombre y así, en
diálogo, cantaban alguna pena de amor en inglés. El baile de la niña era un
baile de ojos cerrados, saltitos y manos en las caderas. También movía la
cabeza y los labios adoptando el personaje que cantara en cada momento.
Durante el estribillo apoyaba las manos sobre las rodillas y se zarandeaba
como en una tabla de surf, sonriendo aún con ojos cerrados y el pelo de
negrita amuchado contra los hombros.
Cuando terminó la canción y el locutor llenó cada segundo con su voz
grave y afectada, la niña saltó del auto, tomó el manubrio de su medio de
transporte muerto y prosiguió, con tanta calma como si nada hubiera
ocurrido, como si nunca los hubiera encontrado. Eli, bufando, entró al
buggy, corrió a su novio de asiento sin mirarlo, pues no quería reconocer
su derrota, y arrancó. A la máxima velocidad que alcanzaba el rugiente
buggy dio una vuelta en U y siguió exagerando lo que podía hacer con el
acelerador mientras una figura morocha adosada a una máquina de caños
plateados y goma disminuía su tamaño al mismo ritmo en el espejo
retrovisor.