EL ESCUCHADOR -- (Jorge Colonna)
El viejo Chancay descendió trabajosamente por el pedregoso y apenas
transitable camino que conduce desde los altas y castigadas mesetas de la
Puna hasta el fértil valle, en el que se realiza la tradicional feria
dominical. En ese mercado, quinientos años después de que los españoles
conquistaran los pueblos andinos , la milenaria fórmula del trueque resiste
y el comercio se realiza sin dinero.
Chancay se sentó a descansar y, mientras silbaba un carnavalito, observó el
animado intercambio que realizaban los aborígenes de su comunidad. Los
habitantes del valle ofrecían el tan preciado maíz y las papas que allí
cultivaban, por su parte los pobladores de las alturas habían traído carne
de llama, cueros, sal , rústicas telas de lana de llama , frazadas de
vicuña y otros delicados tejidos de alpaca, todos trabajos realizados en
sus propios telares. La unidad de medida que utilizaban para el
intercambio de productos a granel era la misma de sus antepasados, es
decir, la carga de burro. Así, una carga de granos valía tres de sal,
elemento imprescindible para evitar la deshidratación de personas y
animales.
Al cabo de un rato, mientras Chancay se frotaba las manos para mitigar el
frío que le calaba los huesos, una mujer coya se sentó a su lado. Cansada,
satisfecha pero triste, la mujer le pidió que siguiera silbando porque esa
música le hacía recordar pasajes emotivos de su vida, ya que era la misma
canción que su esposo solía tocar con la quena.
Luego comenzó a contarle:
- Me llamo Yunga y caminé toda la noche , acarreando un pesado bulto que
contenía mis trabajos de lana de llama .
Con esa lana áspera y grasosa ella había hecho hilados en un
característico color blanco-café , con los que había tejido gruesas mantas
de abrigo, bolsas durables para llevar carga, cuerdas y cabestros para
llama. Sus manufacturas habían tenido mucha aceptación y a cambio de ellos
había obtenido harina de maíz, papas, charqui, sal, grasa, velas de sebo y
hasta una botella de chicha. Pero su éxito comercial estaba empañado por la
ausencia de su esposo, quien había fallecido poco tiempo atrás, de modo que
éste era su primer viaje sola.
En este tramo de su relato, Yunga contó pormenorizadamente cómo había
conocido a su marido y lo felices que habían sido.
Después, habló del casamiento y la fiesta:
- Me casé en agosto, el mes de la Pachamama, la música nos envolvía, todo
era danza, canto y movimiento. Los graves tambores cubiertos por piel de
llama competían con las quenas, las flautas de hueso y las ancaras de
junco. Yo llevaba cascabeles en los brazaletes y en las pulseras de los
tobillos. En ese momento de éxtasis tuve la sensación que mi plegaria había
sido oída, y mi matrimonio sería fértil y feliz.
Luego, Yunga describió su vestido de bodas :
- Yo lo había tejido con lana de alpaca blanca y me llegaba hasta las
sandalias, ceñido en la cintura con un cinto multicolor. Sobre esa prenda
llevaba una capa hilada con la más fina lana de vicuña. Lucía mi pelo
trenzado, atado con listones de algodón de distintos colores, y en las
orejas perforadas llevaba unos aros que habían sido de mi madre.
La mujer continuó relatando la llegada del primer hijo y su pérdida por
desnutrición, los otros hijos que tuvieron luego y cómo éstos emigraron
hacia las ciudades en busca de una supuesta vida mejor.
Finalmente, contó la larga enfermedad de su esposo como consecuencia del
insalubre trabajo en las canteras de sal, la inutilidad del tratamiento
casero con plantas terapéuticas y la imposibilidad de hacerlo ver por un
médico de la lejana ciudad. Mencionó la muerte, el entierro junto a su
rancho de adobe, en una tumba que se fue cubriendo por las distintas
flores que ella reponía durante todo el año.
- Todas estas imágenes volvieron a mi memoria gracias a su silbido -
alcanzó a balbucear la mujer, antes de comenzar a sollozar.
Chancay la consoló abrazándola dulcemente, hasta que Yunga se repuso.
Fue cuando ella le preguntó:
-¿Y a usted cómo le fue en la feria?
Chancay sonrió y le dijo:
- Yo sólo vine a mirar , me aburro estando tanto tiempo solo en la
montaña. Y no tengo nada para ofrecer aquí. En mi huerta cosecho unos
pimientos hermosos, pero desde que un puma mató a mi burro, ya no puedo
traer mis productos a la feria. Estoy demasiado viejo como para transportar
esa carga y tampoco puedo competir con los jóvenes cuando existe alguna
posibilidad de trabajo aquí en el valle.
- ¿No pensó en tocar algún instrumento y aprovechar que tiene tan buen oído
para la música?
- Hasta hace unos años tocaba bastante bien la quena, pero mis dedos
se han vuelto lentos y torpes .
Y moviendo la cabeza volvió a decir :
- ¡ Ya no tengo nada que ofrecer!
- ¡Pero usted tiene un don! - dijo la mujer. - ¡Usted sabe escuchar a la
gente, y la escucha con el corazón! En la actualidad ya nadie escucha,
todos hablan y hablan, pero no escuchan. El único diálogo es el mínimo
imprescindible para el trueque: "dame y te doy, no te conozco , ni me
interesa conocerte" . Sólo usted tuvo la paciencia de escucharme con
atención y me hizo sentir respetada .Yo llegué cansada y triste, pero luego
de haber compartido con usted todo lo que me ha pasado, ya me siento mejor
.
Yunga suspiró y agregó:
- Tengo ganas de regresar a mi casa, renovar las flores y ponerme a tejer
en mi telar para poder volver el domingo próximo a intercambiar mis
productos y luego sentarme a su lado y contarle mis cosas, porque estoy
segura de que usted me escuchará . Así, ya no me sentiré tan sola .
Dicho esto , la mujer le entregó la botella de chicha y se levantó.
- Señora, yo no puedo aceptar este regalo - dijo Chancay.
- No es un regalo, es un trueque - respondió Yunga , y se marchó .
Chancay, sorprendido, se quedó un largo rato pensando en las palabras de la
mujer. Finalmente se levantó, buscó un pedazo grande de cartón, un trozo
de carbón, y, con grandes letras, escribió una sola palabra .
Volvió a sentarse en su lugar inicial, puso a su lado el cartel que decía
"ESCUCHADOR" y, con un silbido, esperó que llegara su primer cliente.