EL REGISTRO por Robert Coover







El hurgón mágico, Barcelona, Anagrama, 1998.


De las siete personas (Jason, su mujer, el agente de policía y los
cuatro ayudantes), sólo Jason y su mujer están en la habitación. Jason está
sentado en un sillón con un libro en la mano, un libro que sin duda ha
estado leyendo, si bien ahora está mirando cómo su mujer se prepara para
acostarse. Sobre Jason: es alto y varonil, unos 35 años, de manos fuertes y
callosas y nariz de persona sensible. Está muy enamorado de su mujer. Y
ella: es linda, afectuosa, y tiene un modo directo y encantador de hablar,
si la oyéramos hablar. Parece encontrarse siempre a gusto.

Ahora desnuda, se mueve con ligereza por la habitación, dobla un
suéter en un cajón, cuelga la campera que Jason ha tirado en la cama,
recoge un peine del suelo que había caído de la cómoda. No se mueve con
afectación ni con timidez. Sea cual fuere el significado de sus
movimientos, existe en el movimiento mismo, y no en las deliberaciones de
ella.

Por último, dobla las mantas de la cama (que está en el lado opuesto
a donde se encuentra Jason), se alisa con las manos el corto cabello rubio,
se mete gateando en las frescas sábanas, sacude con delicadeza las
almohadas, luego se echa boca arriba, con las manos bajo la cabeza, mirando
a Jason que está en el otro lado de la habitación. Lo mira, con el mismo
placer aparente en el más pequeño movimiento, cómo de nuevo agarra el
libro, encuentra el pasaje, y pone un registro. Él se levanta, devuelve la
mirada durante casi un minuto sin sonreír, y luego sonríe, colocando al
mismo tiempo el libro en la mesa. Se desnuda. Coloca los pantalones en el
respaldo del sillón y arroja el resto de la ropa en el cojín del asiento.
Antes de apagar la luz, detrás del sillón, mira una vez más a su mujer, al
otro lado de la habitación, su bronceado cuerpo alegre y reposado, un ritmo
de líneas suaves en el ancho lienzo blanco de la cama. Ella sonríe, en un
sutil reconocimiento tal vez del placer que él encuentra en ella. Apaga la
luz.

En la oscuridad, Jason se detiene un momento delante del sillón. La
imagen de su mujer, como la acaba de ver, se desvanece lentamente (como
cuando, tirado en el playa, uno mira el reflejo del sol en la combada
espalda del mar, luego cierra con fuerza los ojos, dejando que la imagen
del sol reflejado pierda su brillo, se vuelva verde, se evapore luego
lentamente en el limbo de ciertas asociaciones), para, del cuerpo desnudo
que hace crujir la frescura de las sábanas limpias, transformarse
gradualmente en el de la Belleza, indistinto y sin textura, como si
estuviese emergiendo todavía de alguna profunda bruma ocre, pero sin
embargo sin definición, una Belleza abstracta que de algún modo contiene la
destructora belleza y los ojos musicales de su mujer. Jason todavía mirando
hacia la cama, camina resueltamente hacia allí, la mano derecha delante de
él para buscarla a tientas en la oscuridad. Cuando llega al lugar en el que
espera encontrar la cama, le sorprende no encontrarla. Vuelve sobre sus
pasos y tropieza con... ¿qué? ¡La cómoda! Reorientado ahora por la cómoda,
avanza de nuevo y, al poco rato, toca una pared. Empieza a llamar a su
mujer, pero de pronto oye su risa. Está tramando alguna broma, se dice
medio sonriendo. Camina resueltamente hacia la risa para encontrarse -con
gran sorpresa suya- de nuevo en el sillón. Busca a tientas la lámpara y
aprieta el interruptor, pero la luz no se enciende. Aprieta el interruptor
varias veces, pero claramente la luz no funciona. La habrá desenchufado, se
dice, pero sin verdaderamente creerlo, ya que no puede imaginar ningún
motivo que la haya inducido a hacerlo. De nuevo se coloca delante del
sillón y atraviesa la habitación hacia la cama. Esta vez, sin embargo, no
camina con confianza, y si bien casi estaba esperando algo parecido, no por
ello se alarma menos cuando llega, no a la cama, sino a una puerta. Avanza
palpando la pared, pasa por delante de un radiador y de una papelera, hasta
que llega a un rincón. Empieza a recorrer la segunda pared, ahora
metódicamente, pero no ha dado más de cinco pasos cuando oye junto a su
oído la risa dulce de su mujer. Se vuelve y encuentra la cama... ¡justo
detrás de él!

Si bien en esta extraña búsqueda ha perdido el apetito por el acto
amoroso, lo recupera rápidamente con el sonido de su risa alegre y el tacto
en la oscuridad de sus muslos frescos. En efecto, la experiencia, la
ansiedad y sus enigmas parecen haber creado una nueva urgencia, un deseo
casi brutal de engullir, por un momento, la razón y sus insuficiencias, y
permitir a la pasión, noble o no, su hambrienta expresión. Le sorprende
encontrarla seca, pero la entrada es reposada y cede el paso a su resuelta
penetración. En un momento de alarma se pregunta si es realmente su mujer,
pero ya que no hay otra posibilidad de alternativa, rechaza sus dudas como
absurdas. Se inclina sobre ella para besarla, y al hacerlo percibe un olor
extraño y desagradable.

En este momento se enciende la luz y el agente de policía y sus
cuatro ayudantes irrumpen en el cuarto.

"¡Qué es eso!", grita el agente de policía deteniéndose bruscamente.
"¡Es francamente repugnante!"

Jason baja los ojos y ve que en efecto quien está debajo es su mujer,
pero que se está descomponiendo. Sus ojos están abiertos, pero vidriosos,
mirándolo fijamente, sin expresión, pero salidos, como aterrorizados por
él. La carne de la cara es amarillenta y aparece estirada hacia las orejas.
Tiene la boca abierta en una sonrisa extrañamente cruel y Jason puede ver
que las encías están secas y separadas de los dientes. Los labios son
negros y el cabello rubio, ahora largo y enmarañado, está esparcido por la
almohada como un estropajo de orinal puesto a secar. Hay una materia
vellosa como moho en torno a los pezones de los pechos contraídos. Jason
intenta desesperadamente liberarse de su cuerpo, ¡pero descubre lleno de
horror que está pegado a él!

"Esta mujer hace tres semanas que está muerta", dice al agente con
auténtica repugnancia. Jason da golpes furiosos contra los muslos de ella
en un esfuerzo por liberarse, sacude una pierna de ella fuera de la cama
para dejarla colgando, desarticulada y balanceándose, las largas uñas
amarillas arañando el suelo de madera. Los cuatro ayudantes agarran a Jason
y lo arrancan violentamente del cadáver de su mujer. Por un momento el
cuerpo de ella lo acompaña en el movimiento como un castigo, cual una hoja;
luego, liberado por su propio peso, cae en el montón de sábanas sucias. Los
cuatro hombres llevan a Jason a la mesa donde sigue el libro con el
registro. Lo apoyan contra la mesa y el agente de policía, sin
contemplaciones, saca los genitales de Jason, los coloca encima de la mesa
y los machaca con la culata de la pistola.

Deja a Jason retorciéndose en el suelo y se vuelve para salir, junto
con sus cuatro ayudantes. Ya en la puerta vacila, se vuelve hacia Jason. Un
destello de compasión brilla por un momento en sus ojos.

"Comprenda, naturalmente", dice, "que no soy, en el sentido más
estricto de la palabra, un tradicionalista. Quiero decir que no reconozco
la tradición qua tradición como santificada en sí misma. Por otro lado, yo
no comparto la opinión de quienes encuentran inherente a la tradición algún
mal maligno, y en consecuencia consideran una terrible necesidad que es
preciso extirpar a todo trance todas las costumbres. Personalmente estoy
convencido, si me lo permite, de que hay una vía intermedia, en la que
reconocemos que las innovaciones encuentran su terreno abonado en las
tradiciones, que se justifican a la vez por las innovaciones que las han
creado. Opino, pues, que la ley y la costumbre son esenciales, pero que el
cometido constante de uno es examinarlas y revisarlas. A pesar de esto, sin
embargo, ¡todavía hay cosas que me hacen vomitar!" Se vuelve, rojo de
rabia, a sus cuatro ayudantes. "¡Y ahora, desháganse de ese jodido
cadáver!", chilla.

Tras enjugarse la frente rosada con un pañuelo, se lo lleva a la
nariz, vuelve la espalda a la cama mientras los hombres arrastran por los
pies el desarticulado cuerpo de la mujer de Jason. El agente ve el libro en
la mesa, el libro que Jason ha estado leyendo, y se acerca para tomarlo.
Está ligeramente salpicado de sangre. Lo hojea rápido con una mano,
mientras que con la otra sigue manteniendo el pañuelo en la nariz, y si
bien en su cara hay una expresión de ligera curiosidad, es difícil saber si
es sincera. El registro cae al suelo junto a Jason. El agente pone el libro
en la mesa y sale de la habitación.

"¡El registro!", jadea Jason desesperadamente, pero el agente de
policía ni le oye ni quiere oírle.




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