EN UNA ESTACIÓN DE TREN por Robert Coover
El hurgón mágico, Barcelona, Anagrama, 1998.
A las 9.27 Alfred compra un billete al Jefe de estación para el
rápido de las 10.18 con destino a Winchester.
He aquí a Alfred: rechoncho, cargado de espaldas por el trabajo,
grueso bigote blanco en el labio superior, ojos de color azul claro,
cabello blanco con una calvicie avanzada en la parte superior de la cabeza,
cara y cuello bronceados y curtidos, aparenta unos cincuenta y dos años.
Lleva un traje gris pasado de moda, ancho y manchado de rodillas abajo, una
camisa azul a cuadros abotonada hasta el cuello sin corbata, gruesos
zapatos marrones de suela gruesa cubiertos de barro. En la mano izquierda
(con un anillo de oro) lleva su cuadrada gorra visera, mientras efectúa la
compra del billete con la derecha, mete apresuradamente el billete en el
bolsillo de la chaqueta, luego agarra el maletín que está a sus pies.
El tren rápido con destino a Winchester: ahora no está en la estación
y poco hay que decir sobre esto. Es principalmente de pasajeros y
casualmente es eléctrico. Tiene su salida a las 10.18 en la Vía 2.
Pues bien, suponiendo que tanto Alfred como en Tren Rápido son reales
(sin mencionar lo del contrato del billete), tal vez a alguien pueda
parecerle extraño que cuando el tren parte para Winchester exactamente
cincuenta y un minutos después de haber comprado Alfred su billete -es
decir, puntual- Alfred no haya subido.
Pero para volver...
Tras obtener su billete, ponérselo en el bolsillo con ese movimiento
torpe del viejo con-toda-la-mano-en-el-bolsillo y agarrar el maletín,
Alfred va, arrastrando los pies, de la taquilla al banco que hay enfrente
de la puerta de la Vía 2 con un reloj encima. Con excepción de Alfred y del
Jefe de estación, la estación está vacía. Un par de lámparas en el techo
despiden un brillo apagado. Una bombilla sin lámpara, protegida por una
pantalla verde de metal, ilumina violentamente el despacho del Jefe de
estación. La estación huele a madera mohosa.
Alfred pone el maletín en el banco y se sienta al lado. Al sentarse,
suspira, como si el simple acto de sentarse fuera para él un esfuerzo
terrible. Una vez sentado, vuelve a suspirar y mira fijamente la puerta de
la Vía 2 justo delante de él, con la gorra en las rodillas.
Detrás de él, el Jefe de estación escribe algo en un alargado libro
mayor, mientras lo hace echa un vistazo al reloj que hay encima de la
puerta de la Vía 2. Las 9.29. "Bonita noche", dice.
"Sí, bastante", dice Alfred. "Mañana puede llover."
"He oído que está avanzando un área de baja presión."
"Sí. Pero bueno para el campo", dice Alfred.
"¿Has pescado mucho últimamente?"
"No. Ha hecho demasiado calor para pescar."
"¿Qué es lo que más pescas?"
"Oh, róbalo." Todo el rato Alfred sigue mirando fijamente la puerta
de la Vía 2, desplomado en el banco y sin expresión, con la gorra en las
rodillas.
"Oh, ¿de veras? ¿Róbalo?"
"Sí", dice Alfred. "Son pequeños pero muy sabrosos."
"Es cierto. Bueno. ¿Y cómo está la familia?"
"No puedo quejarme. Mi mujer ha estado un poco delicada pero se
encuentra mejor, ahora que llega el verano."
"Oh, espero que no haya sido nada grave."
"¡No!", dice Alfred. "Trastornos de mujeres."
"Tiene buena cara esa comida", prosigue el Jefe de estación, subiendo
un poco la voz. "¿Te la ha preparado tu mujer?"
Alfred revuelve nerviosamente en el maletín, presenta una grasienta
bolsa de papel marrón. Saca de la bolsa una manzana, un huevo, una navaja y
una pequeña pata de pollo envuelta en papel encerado. Pone la manzana, la
navaja y el huevo dentro de la gorra; deja caer la bolsa al lado del
maletín y desenvuelve el pollo. Que está ya empezado. Sus manos tiemblan.
"Sí", dice en voz baja. "Es muy buena cocinera." Vacila, luego muerde
resueltamente la pata de pollo.
"Es un hombre afortunado el que tiene una buena mujer y una buena
comida y un buen trabajo", dice el Jefe de estación.
Alfred arranca un trozo de la pata de pollo y lo mastica despacio,
distraído. Hasta aquí, no ha apartado la vista de la puerta de la Vía 2. El
reloj marca las 9.33. Deja de masticar, abre la boca como si fuera a
hablar, pero no lo hace.
El Jefe de estación lo mira a través de la taquilla. Al cabo de un
rato dice: "Y una..."
"Y una...", dice Alfred, con la boca todavía llena de la pata a medio
masticar. Pero sus ojos muestran perplejidad y no prosigue.
"Y una buena..."
"¡Y una buena esposa!", grita Alfred. Los dos hombres ríen. Alfred
vuelve a masticar.
"Bueno, parece que el de las 10.18 será puntual esta noche", dice el
Jefe de estación volviendo a su libro mayor.
"Estupendo", contesta Alfred. "Estupendo. No quisiera llegar tarde a
casa. No un sábado por la noche." Envuelve la pata de pollo en el papel de
cera arrugado, la pone de nuevo en la bolsa, junto con la manzana y el
huevo. La manzana tiene unos cuantos mordiscos que se han puesto marrones.
Hace tiempo que alguien ha probado la manzana. El huevo está todavía sin
empezar. Vuelve a abrir el maletín de lona en el banco de al lado,
escudriña dentro, pone apresuradamente la bolsa de papel, cierra el
maletín. Suspira. Entonces se da cuenta de que la navaja está todavía en la
gorra, sobre las rodillas. La mira hoscamente. De pronto, como
aterrorizado, agarra la navaja, abre el maletín, la mete dentro, cierra el
maletín de golpe. Visiblemente agitado se incorpora y, mirando fijamente
una vez más la puerta de la Vía 2, sigue masticando mecánicamente el mismo
trozo de pata de pollo.
Los dos hombres permanecen un momento callados. El Jefe de estación,
finalmente, cierra el libro mayor, echa un vistazo al reloj. Las 9.42.
"¿Cómo van los tomates este año?", pregunta.
"Oh, bien, lo que se podría esperar. Necesitan un... ¡mira!" De
pronto Alfred se vuelve para enfrentarse con el Jefe de estación, los ojos
de color azul claro húmedos, como si estuviese llorando. "¿No crees que
quizás esta vez podría...?"
"Se necesita un poco...", entona el Jefe de estación dulcemente pero
con firmeza.
Alfred suspira, se vuelve hacia la puerta, mueve las mandíbulas
masticando el pollo. "Se necesita un poco de lluvia", dice taciturno.
"Toda la zona se podría aprovechar un poco de la lluvia", responde el
Jefe de estación.
Justo entonces, a las 9.44, la puerta de la estación se abre de golpe
y entra un hombre dando traspiés. Es alto y delgado, pelo oscuro sin peinar
y barba de dos días. Pantalones color caqui, camiseta gris, playeras, los
cordones rotos aprovechados. Introduce con él un intenso olor a bebida
rancia y sus ojos, aunque azules y como pensativos, no se concentran en
algo concreto. Avanza tambaleándose en busca de un banco, no lo encuentra,
choca contra la pared. Apoyado allí, respira, con los ojos en blanco.
Alfred lo ha estado mirando todo el tiempo. Su cara ha palidecido, le
tiemblan las manos. El jefe de estación mira a Alfred.
"Amadísimos", grita el intruso sonriendo estúpidamente y haciendo un
esfuerzo para apartarse de la pared. Camina haciendo eses. "El tema de mi
plática es..." Vuelve a golpear violentamente contra la pared, jadeando con
angustia. Alfred lo mira, paralizado. "El tema... el tema... ¡Oh, a la
mierda", y el hombre cae de la pared, se desploma en el banco más cercano.
Alfred mira con inquietud al Jefe de estación que lo sigue observando
con calma, mira luego al hombre alto doblado sobre el banco, luego el reloj
(9.54), de nuevo al hombre.
El desconocido levanta lentamente la cabeza, hace un esfuerzo para
mantenerse medio erguido con las manos contra el banco, mira hacia Alfred,
pero con ojos legañosos, sin concentrar. "Padre nuestro", grita, luego
sorbe la baba de los labios y se la traga. "Padre nuestro que estás en los
cielos... en los cielos... ¡se come a sus propios hijos!" Y, mirando
aterrado el banco, vomita encima, se revuelca en el suelo, queda allí
tendido con las manos en la cara.
Alfred, masticando frenéticamente, revuelve en el maletín, mira el
reloj: 10.01.
El hombre que está en el suelo se estremece, se levanta con un gran
esfuerzo. Le bizquean los ojos y un hilo de vómito le cuelga de la boca. Se
limpia la boca, deja caer flojamente las manos a los costados, se retuerce
como no sabiendo si vomitar o no. Tiene la cara blanca, le brilla la
barbilla sin afeitar. Da un paso vacilante hacia Alfred, se detiene, da
otro paso. Alfred abre el maletín. "¡Pido la salvación!", grita el hombre
alto, concentrado en este instante la mirada en Alfred; luego retrocede
tambaleándose, los ojos en blanco, y pierde el equilibrio hacia Alfred.
Alfred suelta el maletín, alarga los brazos, sostiene al hombre en su
caída, lo extiende con cuidado en el suelo. Con la excitación, se ha
tragado sin darse cuenta el trozo de pollo, se mira las manos con
remordimiento, baja la mirada. Le tiembla el labio inferior.
"¡Alfred!", lo reprende el Jefe de estación. "¡Alfred! ¡Qué
vergüenza, qué vergüenza!"
Hay lágrimas en los ojos de Alfred. Vuelve la cabeza hacia el reloj,
se limpia las lágrimas. Las 10.13. Da un grito de dolor, toma el maletín de
lona, lo revuelve. Saca violentamente la bolsa de papel, busca dentro, la
tira. De nuevo busca en el maletín de lona, saca la navaja, arroja el
maletín, se agacha hacia el hombre caído. Las 10.14.
"¿Y ahora qué?", pregunta severamente el Jefe de estación. "¿Y ahora
qué, Alfred?"
Alfred cierra los ojos con fuerza, respira hondo, con desesperación.
Abre los ojos, se agacha rápidamente junto al hombre en el suelo. Abre la
navaja con un golpe seco, agarra el pelo del hombre caído. El hombre está
durmiendo desasosegadamente. Bajo el bigote blanco, los labios de Alfred
están separados, los dientes apretados. De ellos escapa un gemido animal de
lamento. Afuera, uno puede oír en efecto cómo llega en Tren Rápido de las
10.18 con destino a Winchester.
El cuchillo cae de la mano de Alfred. Está llorando. Aprieta las
manos contra la cara.
El Jefe de estación sale de su despacho, se arrodilla junto a Alfred,
recoge la navaja. "Ahora mira, Alfred", dice. "¡Mira!"
Alfred mira por entre las manos, llorando, gimiendo, mientras el Jefe
de estación corta la cabeza del desconocido alto con tres navajazos
rápidos. Los ojos de la cabeza se abren de pronto y el cuerpo se mueve
espasmódicamente por un momento. La sangre sale gorgoteando del cuello del
hombre, manchando los pantalones del Alfred por donde está arrodillado.
Alfred sigue sollozando junto al largo cuerpo, que se retuerce todavía con
pequeños movimientos autónomos, mientras el Jefe de estación lleva la
cabeza a su despacho. Vuelve, se echa el cuerpo a la espalda y sale por la
puerta. Se puede oír cómo el cuerpo rueda por las escaleras.
Cuando el Jefe de estación vuelve, Alfred está todavía arrodillado en
el suelo, llorando. El reloj de la puerta de la Vía 2 marca las 10.18, y
afuera puede oírse el silbido del tren, luego cómo arranca. El Jefe de
estación mira a Alfred, suspira ligeramente, mueve la cabeza, se dirige
luego a la puerta de la Vía 2. Hay una silla que el Jefe de estación
coloca, arrastrándola, debajo del reloj. Se pone de pie en la silla, abre
el cristal que protege la esfera del reloj, da vueltas a las manecillas
hasta que marcan las 9.26. Baja de la silla, la arrastra para dejarla donde
estaba antes, vuelve a su despacho. Alfred examina el reloj, se estremece.
Recoge abatido sus cosas esparcidas y las pone de nuevo en el maletín de
lona. El Jefe de estación vuelve a abrir el libro mayor. Alfred se dirige a
la taquilla, con la gorra en la mano.