LUCES DE BOHEMIA -- Chamico: El ingenioso hidalgo, Buenos Aires, Eudeba, 1965.
En el Buenos Aires de hace treinta años deambulaba por las
borracherías y las redacciones donde era tan inseguro el pago de las copas
como el cobro de los artículos, un personajes extravagante y encantador. Su
nombre lo había perdido con el ojo derecho, sustituyendo el primero con el
natural apodo de el Tuerto, y el segundo con uno de vidrio. La forma en que
había perdido el ojo dependía de la cantidad de copas tomadas y del tipo
del interlocutor. Para unos el ojo había desaparecido en la punta de una
lanza, durante una revolución del Uruguay, su patria; para otros, se lo
arrancó con las uñas una amada celosa y bravía, y alguna noche le oí decir
que se lo sacó él mismo, por apuesta. Por suerte nunca se supo la verdad, y
así pudimos escuchar muchas interesantes versiones. Su ojo verdadero era de
un celeste pálido, de lejanía marina, lo que unido a sus finos y ralos
cabellos rubios y a su rostro pecoso dábanle un vago aspecto nórdico; pero
su ojo de vidrio era del color del tiempo, cambiante, tornadizo y frívolo,
pues con frecuencia lo empeñaba, vendía o traspapelaba -o mejor sería decir
trascopaba- en una noche turbulenta y de alta presión alcohólica, y
entonces se ponía uno usado, comprado en los cambalaches de la calle
Talcahuano. Así muchas veces apareció en las tertulias con ojos absurdos,
como uno que nunca olvidaré: negro profundo y rasgado que evocaba a las
huríes del Profeta. Los clientes no habituales del "Puchero Misterioso" se
sorprendieron muchas veces al oir gritar a un mozo en el mostrador:
-¡Una caña doble y el ojo del señor!
Era simplemente que el Tuerto lo había dejado en empeño la noche
anterior, y ahora, ya en fondos, lo rescataba.
Y ya que hablamos de fondos, veamos cómo un ojo ausente bien
administrado puede ser fuente de recursos.
Cuando las cosas andaban muy mal, el Tuerto se decidía a hacer lo que
él llamaba la gran jira. La gran jira consistía en lo siguiente: Como ya he
dicho, el Tuerto era uruguayo y veterano de varias revoluciones del Partido
Blanco. Las anécdotas en que Aparicio Saravia lo mandaba llamar a su carpa
y, despidiéndose del estado mayor, lo consultaba sobre un difícil asunto de
estrategia, fluían de sus labios como agua de manantial. De aquella época
legendaria conservaba buenas relaciones con algunos respetables y bien
ubicados compañeros de armas, a los cuales les recordaba de tanto en tanto
con un sablazo los tiempos heroicos. Pero como con el andar de los años los
damnificados habían aprendido a parar el golpe, el Tuerto ideó un truco,
que, puesto en práctica con largos intervalos, daba buen resultado. Se
quitaba el ojo de vidrio, si es que lo tenía, se presentaba en casa de las
víctimas y exponía su caso:
-Comandante, se me ha presentado la ocasión de dirigir un diario en
el interior, pero no puedo presentarme así, sin el ojo.
-No está tan mal -decía el otro a la defensiva-; yo creo que con un
parchecito negro...
-¡No faltaba más! ¡Para que los del diario enemigo digan que ha
venido un pirata a orientar la opinión pública!
-Usted tiene pluma suficiente para responder a eso y mucho más. ¡No
se achique, amigo!
Pero él no era hombre de achicarse y entonces sacaba el argumento
definitivo:
-Es que resulta que el diario es en Venado Tuerto y yo sin el ojo
sería una ofensa andante a la sociedad local, un sarcasmo viviente, una
blasfemia lanzada contra el espíritu localista del lugar.
Y el otro, acosado y sin argumentos se entregaba con armas y bagajes.
Y el ingenioso tuerto salía con quince o veinte pesos, que era lo que en
aquellos tiempos costaba un ojo de la cara de vidrio.
En la generosidad de sus antiguos compañeros entraba por mucho el
deseo de que se alejara de la ciudad y verse libres de él. El Tuerto lo
sabía, pero no era hombre de ofenderse por eso: era un filósofo.
Pero el ojo de vidrio tenía muchas otras aplicaciones y no le faltaba
más que hablar, como él decía.
Cierta vez quiso entrevistarse con un alto personaje, un ministro o
algo así, del que había sido compañero de bohemia periodística en lejanos
años. Lo más seguro es que el otro hubiera olvidado su nombre. Llegó a la
antesala, y cuando el imponente ordenanza le dijo:
-¿A quién anuncio?
El Tuerto, con un gesto del que él solo era capaz, se quitó el ojo y
se lo puso en la mano.
-Lléveselo: ésa es mi tarjeta.
Fue inmediatamente recibido.
El Tuerto murió como un santo en un hospital de Montevideo. Su última
carta decía: Los médicos dicen que tengo tuberculosis bilateral a los dos
pulmones y están muy afligidos. Pero yo les doy ánimo. ¡Pobres muchachos!