NO HABÍA LUNA ESA NOCHE por Guillermo Cácharo
No había luna esa noche, Buenos Aires, Ediciones Simurg, 2000.
Acaso la promesa de una historia sea más incitante que la historia misma.
Eso era lo que había pensado Crescenti, mucho tiempo antes de escuchar el
estruendo del disparo final, mucho antes de saber que miraría al cuerpo
deshacerse, desarmarse resbalando hasta el piso como si el abandono
absoluto de la voluntad pudiera parecer voluntario.
Eso era lo que pensaba Crescenti al ver transpirar a chorros a su jefe
delante de la boca del revólver con el que Kaspersian le apuntaba desde
hacía muchos minutos. Que eran muchos lo sabía porque Gómez Armenta ya
había dejado de indignarse, de pedir explicaciones, de hacer preguntas y de
suplicar sin haber entendido aparentemente la empecinada quietud de quien
lo amenazaba. Las gotas caían engordadas a lo largo del rostro hasta la
barbilla, y casi no tenían tiempo de brillar junto a la única lámpara
encendida, una pequeña pantalla de escritorio amarillenta que apenas
calentaba las hojas que se apilaban junto a su pie. Tal vez el sudor ya
estuviera confundiéndose con las lágrimas del sollozo que los hombros
delataban con su movimiento. Pero Crescenti adivinaba que no era eso lo que
hacía sonreír en ese momento a Kaspersian, sino su propia satisfacción. El
jefe debía saber tanto como Kaspersian que ya no eran los mismos que dos o
tres horas antes. Sin embargo, sólo éste conocía los porqués, y eso lo
volvía inmensamente superior, porque era el único que podía medir los
límites de esa historia. Él había decidido el momento de su inicio y
parecía ser también el que le daría fin cuando y como quisiera.
Quizá fuera más exacto suponer que sí, que Gómez Armenta debía estar
comprendiendo. También era cierto que era la propia Crescenti la que a esas
alturas estaba dando forma a una explicación más o menos satisfactoria para
esa extensa escena muda. Estaba en una posición altamente favorable para
reflexionar sobre lo que veía: desde adentro del baño de la oficina, con la
puerta entreabierta, observaba las imágenes de ambos prácticamente de
perfil. En realidad tenía una imagen más completa de Kaspersian. Además de
verlo de cuerpo entero, la absoluta inmovilidad de éste le permitía
analizar detalle a detalle todos los aspectos de su figura. Gómez Armenta,
en cambio, se había ido dejando caer, blandamente, a medida que sus
diferentes estados de ánimo habían fracasado en el intento de modificar la
actitud del agresor. Crescenti pensó que la palabra "agresor" no era la más
eficaz para describir a una persona que se había limitado a apuntar con un
revólver a otro durante un largo tiempo. Lo cierto es que a causa del lento
deslizamiento del jefe, Crescenti perdía parte del poco voluminoso cuerpo
de Gómez Armenta detrás del escritorio de González. Sólo era perceptible
completamente desde la cabeza hasta la mitad del torso, y de las rodillas a
los pies. Pero aun esa visión tenía algo de esfumado, algo de irrealidad
que otorgaba la semipenumbra de la oficina.
No había luna esa noche. Crescenti observó eso, y también que en invierno a
ella le resultaba imposible pensar que la luz del sol se terminaba antes
que la tarde. La nocturnidad le parecía incongruente con la ropa de
oficina, por eso se había acostumbrado a aprovechar los beneficios de ser
la secretaria del jefe marchándose antes que el resto. Pero hoy, casi al
final de la jornada, la menstruación -que se adelantaba varios días a sus
cálculos- la obligó a demorarse bastante más de lo acostumbrado en el baño.
Al abrir la puerta los había visto, y se detuvo sin hacer un solo gesto ni
una exclamación.
Ninguno de los dos la había notado. Ella sabía que Gómez Armenta
acostumbraba irse muy tarde a su casa, pero el resto del personal salía
apenas finalizaba el horario. Así que en el primer momento, a Crescenti le
asombró más la presencia tardía de Kaspersian en la oficina que el arma que
empuñaba. El brillo entre los dedos parecía casi natural. El brillo de los
ojos, no. Pero el jefe no parecía haberlo notado de entrada.
-¡Qué le pasa, Kaspersian! -había dicho Gómez Armenta. Kaspersian no
contestó. Kaspersian no se movió. El otro pareció querer acercarse un poco,
o tal vez moverse hacia un costado, pero la rigidez de la mano que veía a
unos pasos de su cuerpo lo detenía.
-¡Déjese de tonterías, Kaspersian! -fue lo siguiente que dijo-. ¿No le
parece que está demasiado grande para estas bromas pesadas?
La frase era acertada si se refería al tamaño, pero no si pretendía aludir
a la edad. "De hecho", siguió pensando ella en ese momento, "aunque la
altura de Kaspersian es desmesurada si se la compara con su cara de
veinteañero prematuro, tiene la edad exacta para andar haciendo bromas
tontas en el trabajo". Pero también era cierto que el chico jamás había
dado muestras de gustar de ellas. Tampoco había dado muestras jamás de buen
humor, o mejor, de ningún tipo de humor, salvo una blanda melancolía. Por
lo tanto Crescenti también encontró inconveniente la situación, aunque por
otros motivos que el jefe: no creyó que el revólver fuera un buen
instrumento para desentristecerse.
-Déjese de tonterías, Kaspersian -cambió el tono del jefe, y a ella la
enterneció-. Dígame qué le pasa. Por favor.
Fue el único momento en que Crescenti vio movimiento en el cuerpo de
Kaspersian. Notó cómo el arma se afirmaba entre los dedos de la mano
derecha, mientras la otra iba hacia uno de los bolsillos del saco. Ella,
mirando el brillo de los ojos, estuvo segura de que reaparecería con un
pañuelo. Pero lo que traía la mano izquierda era un paquete de cigarrillos.
Kaspersian lo acercó a la boca, lo sacudió apenas y mordió un cigarrilo sin
dejar de sostener la mirada ansiosa del jefe. Luego guardó el paquete y la
misma mano llevó el encendedor hacia arriba.
Después de un par de pitadas, como si cambiara de idea o cediera a una
repentina, le tiró el encendedor a Gómez Armenta, que lo atajó
automáticamente sorprendido. El paquete de cigarrillos le llegó antes de
que se repusiera.
-Gracias -dijo, con el tartamudeo de quien sabe que está pronunciando una
tontería.
La roja intermitencia del cartel publicitario de neón que ya se había
encendido en el edificio de enfrente les quitaba dureza a las sombras de
los dos hombres. Gómez Armenta dejaba que el cigarrillo acumulara un gusano
de ceniza antes de repetir una nueva y corta pitada, que hacía caer ese
polvo gris sobre su pantalón. Eliminando mentalmente sus figuras, Crescenti
pensó que en esa indecisa penumbra deben verse iguales una oficina de
Buenos Aires y una de Oregon. Y que seguramente hay diferencias, pero tan
ligeras que sólo un ciego sabría encontrarlas con el olfato, o el oído, que
obligan a ser más exacto. Volvió a mirarlos. Deseó que la historia
terminara para poder irse a su casa.
Acabado el cigarrillo, Gómez Armenta lloraba sin ruido, como si hubiera
descubierto que se le había concedido fumar como un último acto previo a su
ejecución. Sentado en el piso miraba a Kaspersian, seguramente sin verlo
demasiado ya que los anteojos estaban notoriamente empañados. De haber
estado en otra posición, Crescenti habría visto reflejada en ellos la
sonrisa de Kaspersian abriéndose apenas para dejar al caño del revólver
entrar en la boca, un segundo antes de que el ruido del disparo pareciera
salir de sus labios.
Gómez Armenta no reaccionó, no intentó incorporarse ni acercarse, fascinado
por el espeso torrente que derramaba la coronilla de Kaspersian, fascinado
por la borrosa figura de Crescenti que se acercaba al cuerpo como si
estuviera evaluando la escena, por esa figura que ahora levantaba despacio
el revólver y con una oculta serenidad le apuntaba y hacía fuego.
Antes de salir Crescenti colocó nuevamente el revólver en la mano de
Kaspersian. Notó que la oficina había cambiado un instante de apariencia
bajo el fulgor del disparo. Le extrañó que no hubiera sucedido con el
anterior, pero no tenía tiempo de detenerse a considerar las razones de esa
diferencia. La sangre la urgía inminente entre sus piernas, y ya podía irse
a su casa.