EL CUENTO DE BORRACHOS EN ARGENTINA Idea y selección: Sebastián Bianchi








Dos borrachos, después de haber entrado en coma, le piden a la
Virgen un último favor. Un polígrafo, prendado de la novia de un
poeta enemigo, decide adulterar su correspondencia. A todo esto la
policía descubre un nido, se explica la moral del tránsfuga y la
fabricación de una moneda nacional. A propósito de su borrachera
ensaya una moraleja el narrador: "La puerta de Dios está siempre
abierta -dice- aunque sea que a la muerte se llegue en cuatro
patas."







SATURNINO FERNÁNDEZ, HÉROE

por Ignacio Covarrubias, en Más allá, N° 27, Agosto de 1955.


El 12 de diciembre de 1956, Saturnino Fernández abandonó la redacción de
"Crítica", a las 18, y cruzó al "Whisky Bar", situado enfrente, donde
comenzó a beber a su salud, práctica que realizaba invariablemente desde
hacía 30 años. Por regla general, bebía dos o tres copas de caña, pasaba
después al vermouth y luego seguía ya con lo que se terciara. Alrededor de
la medianoche su lengua estaba estropajosa pero su mente, colmada de una
celestial serenidad, sentía que el cuerpo a que estaba atada era capaz de
realizar cualquier cosa.

En tan feliz estado de ánimo dormía hasta mediada la mañana, momento
en el cual desayunaba con un par de aspirinas y se preparaba para su
cotidiana labor de reportero. Era una vida metódica, si no mesurada, y con
tan singular régimen esperaba alcanzar los cien años de edad, basado en un
claro razonamiento de orden científico.

-Todo puede conservarse mejor por medio del alcohol.

Empero esa noche precisamente -la del 12 de diciembre- ofrecería
cambios singulares en su destino, le causaría la muerte y lo tornaría
célebre en la historia del mundo, marcando su nombre un hito entre el
pasado y el futuro y creando nada menos que el "Gobierno Mundial", esfuerzo
en el que fracasaran todos los teóricos y todos los políticos, desde
Alejandro Magno hasta Atila, desde Genghis Kan hasta el Mahatma Gandhi, con
diversos métodos.


Esa noche ocurrieron tantas cosas que resulta difícil narrarlas con una
cierta lógica. El 12 de diciembre, en Buenos Aires -y especialmente en la
avenida de Mayo- hacía un calor de todos los demonios. De todos los
demonios, en cambio, era el frío que hacía en Groenlandia. En la base
aeronaval del "Proyecto Bronx", punto indeterminado por la censura militar
del Pentágono, Washington, el piloto Dave Richardson emprendió vuelo en un
aparato de retropropulsión "Flash", de ocho turborreactores y capaz de
desarrollar "3 Machs", o sea, 3 veces la velocidad del sonido.

Ascendió verticalmente hasta 10.000 metros, aprisionado por el traje
compensador de presión, y aspiró el oxígeno de los tubos especiales en un
vuelo que habría de ser pura rutina, destinado únicamente a probar un nuevo
sistema descongelador del fuselaje.

Dave cruzó la barrera supersónica, invirtió los mandos y siguió
volando en línea recta y con rumbo este-nordeste mientras se comunicaba con
la base.

"Altura, 10.000; velocidad, 3 Machs; vuelo normal; temperatura
exterior, 36 grados bajo cero..."

Sus palabras llegaban monótonamente a la base cuando de pronto cambió
el tono de voz. Se hizo tensa la expresión, los que controlaban la prueba
oyeron exclamaciones impropias de un piloto en vuelo -máxime que en caso de
accidente podía morir con ellas en la boca, lo que no era recomendable para
el alma, ya que lo del cuerpo no tendría compostura- y pensaron en los
primeros momentos que el infortunado Richardson se había vuelto loco.

-¡Frente a mi proa, veo una nave extraña! ¡Creo que es un plato
volador! ¡Como aquellos de 1951! Se precipita hacia delante... ya no la veo
más... ¡Diablos! Otra... y otra... a 190 grados una formación.... son
docenas... el cielo está cubierto... acabo de esquivar una... tenía una
luminosidad celeste... una velocidad de 20 Machs... ¡qué barbaridad! ¡Eh,
hijo de perra... casi me arranca un ala! Están dejando caer algo. Parecen
copos de nieve... o algodón... No, parecen plumones blancuzcos... ¡Cuidado
abajo...! ¡Lancen la voz de alarma! ¡Alarma...!

No se lo escuchó más ni se lo volvió a ver. Dave Richardson, de
acuerdo a los historiadores, fue la primera víctima.


Lord Evanston, adventista del Séptimo día, era también abstemio además de
gobernador británico de Singapur. El 12 de diciembre de 1956 se encontraba
en la veranda de la casa de gobierno conversando con su esposa, mientras
ambos bebían un refrescante vaso de jugo de lima -importado de Inglaterra,
por supuesto- y comentando los sucesos del día.

-Creo que sir David debiera tener más cuidado con su personal. Me
parece que su nuevo ayuda de cámara es comunista y eso es peligroso, mucho
más en Malaya.

En ese preciso momento, eran las 23.1, cayó en el jardían de la
residencia una extraña lluvia de algo parecido a plumones blancos. Pero no
se trataba de materia inerte. Al caer, comenzaban a arrastrarse como si
fueran hojas empujadas por el viento y a formar montoncitos que poco a poco
tomaban una forma esférica del tamaño de una pelota de fútbol.

Lord Davidson quedó con la mano en alto, el vaso empuñado, la boca
abierta. Lady Davidson lo miró con espanto.

-¿Qué te pasa, darling...?

No pudo ella terminar la frase, inmovilizada a la manera de las
figuras de cera del Museo de madame Tussaud.


Tovarish Bulganin -dijo Molotov-, la situación es insostenible. Los
norteamericanos se arman y nosotros también. ¿Cuándo vamos a comenzar la
guerra? Creo que esta primavera sería lo más indicado. Nuestros depósitos
de bombas atómicas...

Bulganin sonrió con toda la boca, con buen humor y picardía.

Después se aproximó a una de las ventanas de doble cristal, del
Kremlin, para ver cómo caía la nieve en uno de los patios interiores. El
espectáculo lo atrajo en tal forma que no escuchó más a Molotov.

-Eh, Tovarish, ¿qué le pasa? -gritó Molotov.

-Mire... mire aquello...

Entre los copos de nieve, caían otros, algo mayores, lentos también,
pero se los veía a la luz de los reflectores encendidos para evitar toda
sorpresa, tomar una forma esférica y agruparse.

-¿Qué es eso? ¿Serán las nuevas armas que nuestro servicio de
informac...?

Ninguno terminó de hablar. Habían quedado petrificados. Eran las 23.6
de la noche del 12 de diciembre de 1956.


Esa noche, a las 23 en punto, hora local -¡siempre hora local!-, el
reelegido presidente de los Estados Unidos, Dwight Eisenhower -al grito de
"I like Ike again", "me gusta Ike otra vez"- estaba a punto de calzar las
pantuflas en su dormitorio de la Casa Blanca, mientras charlaba con su
esposa Mamie.

-Odio el invierno -dijo Mamie.

-Mamie, no digas eso -sentenció Ike-. Ojalá el invierno durara toda
la vida. Creo que en la próxima primavera las cosas comenzarán a marchar de
mal en peor. Cada vez que veo caer la nieve, me alegro.

Se ajustó el cinturón de la bata y antes de apagar la luz, acercó el
rostro a la ventana. Y allí quedó, pegado de narices al cristal empañado.
Mamie estaba recostada, en la cama, con los ojos abiertos y no notó nada.


Saturnino Fernández había llegado a un grado de beatitud por el cual pagaba
todo el dinero que podía percibir como reportero y cubría el saldo con su
propio hígado, porque la felicidad alcohólica exige un alto precio. Miró el
reloj. Eran las 23.9 -hora local, por supuesto-, cuando notó un revuelo
entre los parroquianos.

Oyó los gritos, vio correr a la gente de un lado al otro, mirando
hacia el cielo.

-¿Qué pasa?

De pronto, se acalló todo. Un ómnibus número 164 subió a la acera y
barrió con las mesas instaladas en ella. Hubo tres o cuatro muertos y
varios heridos. Nadie se movió. Los que sufrieron el impacto cayeron, los
demás quedaron inmóviles. Saturnino Fernández pidió una copa más al barman.
El barman -José Antonio López, español de 21 años, con 2 residencias en el
país- estaba con la cocktelera en el aire, ojos y boca abiertos,
sorprendido en el instante de mezclar un San Martín seco.

Por la avenida de Mayo comenzaban a verse unas extrañas pelotas de
plumón blanco. Saturnino se rascó la cabeza. Con paso inseguro, eso sí,
pero mente apacible, trató de levantar a un herido que no se quejaba aunque
le sangraba profusamente la cabeza. No lo logró. Pidió ayuda a un
transeúnte paralizado y éste no pareció oírlo.

Decidió entonces que debía afrontar la situación con calma. Retornó
al mostrador del bar, pasó por encima del mueble y tomó una botella de la
cual bebió un largo trago sin necesidad de usar el vaso.

-Eh... ¿Qué pasa?

Una voz aguardentosa desde el fondo, lo interpeló.

-Tráigame un trago, compañero.

Era un sujeto de barbas, con los ojos inyectados en sangre, el que
reclamaba algo más de bebida. Saturnino se unió al barbudo y ambos
terminaron de beber la botella mientras discutían la situación.

-Lo que me parece -decía el barbudo- es que vos estás muy borracho.

-Por cierto que lo estoy -respondió Saturnino-. Pero eso no me impide
ver esas pelotas blancas. Y toda la avenida de Mayo está paralizada. Nadie
se mueve. Debe ser alguna peste.

Saturnino, del brazo del barbudo, comenzó a recorrer la ciudad. Al
rato de andar, tomaron un automóvil, bajaron al chofer paralizado y lo
condujeron por turno. Ninguno de ellos era chofer avezado, pero cuando el
auto se detenía o se abollaba contra cualquier obstáculo, se apoderaban de
otro.

También detenían la marcha de vez en cuando para descender ante un
bar, con toda la gente paralizada, y apoderarse de algunas botellas,
reserva de combustible imprescindible. Hasta que poco a poco, con la lógica
de los ebrios consuetudinarios, llegaron a una aterradora conclusión.

-Oye, barbudo -dijo Saturnino-, ¿te das cuenta de que la ciudad está
paralizada?

-Me doy -respondió el barbudo con un laconismo hipante.

-Y que hasta ahora, ¿quiénes no han sido afectados?

-Nosotros dos.

-Además de nosotros, los demás que hemos encontrado aún en actividad
son los borrachos.

-Es cierto.

-De modo que... ¡salud!

Sin nada de la modareción homeopática, ambos siguieron un tratamiento
a fuerza de botellas. Y muy pronto relacionaron la paralización de la
ciudad con las bolas blancas que estaban en todas partes. En las calles, en
las plazas, en algunos balcones.

-Lo que tenemos que hacer es destruir estas cosas -decidió Saturnino.

Manos a la obra. Comenzaron en la plaza del Congreso. A puntapiés y
luego con un camión municipal barredor, hicieron una alta pila de bolas de
plumón y le prendieron fuego. La pila ardió magníficamente. Luego otra y
otra. A la madrugada, fatigados, proseguían su labor.

Pero habían reclutado a un centenar de borrachos que con paso
inseguro se dedicaban a la labor, estimulados por constantes tragos.
Saturnino y el barbudo iban y venían, de los bares más cercanos, a varios
puestos improvisados, reabasteciéndoles de bebidas. Y al cabo de dos días,
despejado un terreno aproximado de seis manzanas, vieron con estupor que
los paralizados comenzaban a revivir.

Quienes daban señales de movimiento eran enrolados de inmediato,
previa dosis de bebidas estimulantes y una vez bien borrachos, se los
lanzaba a la lucha.

La lucha, en Buenos Aires, duró nueve días, pues en proporción
geométrica, los grupos de Saturnino y el barbudo se convirtieron de
patrullas en regimientos, de regimientos en divisiones, de divisiones en
cuerpos de ejército. Se tambaleaban, hipaban, dormitaban un ratito, siempre
vaso en mano y armados con abundantes bebidas, continuaron su avance.

Conquistada la ciudad, se reconquistó el interior y se lanzaron
expediciones al resto del mundo.


En aviones que zigzagueaban, conducidos por pilotos ebrios, partieron las
fuerzas de choque de Saturnino enarbolando la bandera que ostentaba una
efigie de la Libertad con gorro frigio y una botella en la mano.

Llegaron a otras ciudades y otros países. Se liberó América primero,
después Europa; poco a poco, los hombres de la botella limpiaron al mundo.

En la Academia de Ciencias de París, en la Comisión de la Energía
Atómica de Estados Unidos, en el Centro de Investigaciones Lenín de Moscú,
se estudió el caso. Una comisión internacional de sabios dio su dictamen:

"Aparatos no identificados provenientes del espacio, lanzaron sobre
la tierra un material que no ha podido ser analizado totalmente, pero del
cual se guardan muestras, que paraliza la mente de los seres humanos. Con
tan simple armamento, los invasores hubieran podido apoderarse de la Tierra
fácilmente. No calcularon, en cambio, que las mentes de las personas
afectas al alcohol, quedaban por tal hecho inmunizadas a tales efluvios
nocivos. La sangre, con alto dosaje alcohólico, los preservó de caer
vencidos, su mente, acostumbrada a los vapores vínicos, pudo actuar a la
perfección."

Los historiadores gloriaron la figura magnífica del héroe y mártir
Saturnino, caído gloriosamente en la defensa de nuestro planeta, a
consecuencia de una cirrosis hepática, complicada en las últimas horas de
su agonía con las visiones apocalípticas de un delirium tremens de órdago.


Un mes más tarde, el 12 de enero de 1957, Bulganin y Eisenhower almorzaban
en "algún lugar de Europa". El vodka y el whisky corrieron, claro está,
como "preventivo" contra cualquier otra invasión. Pero de ese almuerzo y de
muchos otros surgió el Gobierno Mundial, se borraron las fronteras y ondeó,
junto a las banderas de todos los países, la bandera de la Libertad con la
botella.

La humanidad se había unido contra los invasores espaciales y
brindaba por la concordia y por la paz. Hubo, es cierto, una época de
grandes emigraciones en masa, pues muchas eran las personas que creían
vivir mejor allí en lugar de aquí.

Después se recuperó el equilibrio y todo marchó mejor. La mayor parte
de los presupuestos de guerra se destinaron a fabulosas destilerías y la
estatua de Saturnino Fernández, con su rostro ascético y su vaso alzado
hacia el cielo, como desafío a los desconocidos de otros mundos, está en
todos los lugares venerado y admirado.

Desde el lugar donde escribo estas líneas diviso su silueta en medio
de la plaza. Son las 23 y he terminado. Beberé media botella de whisky y me
marcharé a casa.

Primero tengo que estar algo alcoholizado, si no las patrullas
policiales me detendrán. La sobriedad es una infracción grave en nuestro
nuevo, pacífico, amable y magnífico mundo.


Bs. Aires, diciembre 12 de 1959.

(Escrito para el Boletín Internacional

de Estudios Históricos, edición destinada

a conmemorar a Saturnino Fernández,

Apóstol de la Botella.)



COCKTAIL PARTY

por Arturo Cancela: Campanarios y Rascacielos, Buenos Aires, Espasa-Calpe,
1965.


El "Boston Grill" estaba en uno de sus grandes días: festejábase la
abolición de la "Ley Seca", y los saxo-americanos de su parroquia
celebraban apropiadamente el fasto. Dado el carácter rememorativo del
"meeting" no se consumían en él sino mezclas coetáneas de las primeras
máquinas de coser: "Mint-julep", "Stars and Stripes", "Whisky stone fence"
y el venerable "Cherry gobbler", cuya fórmula inmortalizó Dickens en su
"Martin Chuzzlewit".

En medio de esos nombres, gloriosos, Nasute-Pedernera, tocado con su
patriótico sombrero, se asociaba a la demostración con la misma deferencia
con que la bandera argentina participa en las festividades exóticas:
"Thanks-givings-day", "Empire Day", "Año Nuevo Judío", "Centenario de la
defenestración de Praga" y otros acontecimientos igualmente macabros o
lejanos. (Con la inocencia de una niña que hojea un libro de historia, la
bandera argentina ondea en los balcones, ignorante y despreocupada de lo
que festeja. Asomada a la calle parece estarle mostrando la ciudad a las
camaradas forasteras, cuyos colores llaman la atención de los transeúntes.)

Mas, a la inversa de la bandera nacional, que en las solemnidades
extranjeras sobrepuja en número a las exóticas, Agamenón Toribio estaba en
minoría en aquella mesa de café. Lo rodeaban dos saxo-americanos, un anglo-
sajón y un escandinavo. Como hacía rato que estaban reunidos, se habían
acabado los pretextos para beber, o sea los "toasts" y bebían en silencio.
De pronto, Nasute alzó los ojos y vio en la pared frontera un grabado de
claros colores. Representaba una diligencia, desde cuyo interior asomaba
una cara conocida.

Poniéndose en pie, el hijo de Ulises alzó la copa y con los ojos
fijos en la figura, bebió a la sueca, calladamente.

-¿Por quién brinda usted? -le preguntó el escandinavo, que entendió
la ceremonia.

-¡Por mister Pickwick! -repuso Nasute. ¡Por el primero y más ilustre
de todos los turistas!

-¡Por mister Pickwick! -respondió el cuarteto a coro, poniéndose a su
vez en pie como un solo hombre y bebiendo como ocho hombres. ¡Por mister
Pickwick!

Desde el interior de la diligencia, en camino a Ipswich, el anciano
sonrió bondadosamente al joven catamarqueño. Nasute-Pedernera creyó oír el
tintineo de los cascabeles y el restallido del látigo del mayoral "¡Hop!
¡Hop! ¡Hop!"...



SOMBRA LARGA

por Jorge Di Paola: El arte del espectáculo, Buenos Aires, Adriana Hidalgo
editora, 2001.


-Se llama espejo -dijo el pulpero a los paisanos, mostrando.

-Parece agua quieta -dijo Morales.

-Yo ya conocía. Si se rompe trae una punta de desgracias, dicen.

A dos cuadras del rancho, apenas, se veía la mole gris del fortín de
piedra. El cañón metrallero apuntaba al Sur, de donde los indios venían
mansos por la huella. Cuando venían en malón, nadie sabía de dónde.

Había que correr el cañón para el Norte o para el Este, a los santos
cuetes.

Ahora estaba todo tranquilo en la frontera. Tratados, decían. Pero
más que todo el Remington, de bala tan ligera. Estaba todo tranquilo y con
aires de paz.

La indiada venía a cambiar pieles por yerba o azúcar. A veces, oro
grueso. De dónde lo traían no lo sabía nadie. En una de ésas, de Chile.
Pero era poco, algún puñadito, nomás.

Venían al trueque. También se llevaban ginebra, a montones.

En una de ésas, entró un soldado al boliche. Vio su figura y se
quedó, mirándose. Ahí, en la pared del fondo, se rascó la barba. Se vio
rascar la barba.

Estaba sorprendido el hombre.

Se saludó y rumbeó pa´ la reja.

-Dos giniebras -dijo-; una pa´ mí y otra también pa´ mí.

Las tomó de golpe, primero la primera, segundo la segunda.

En eso entró Ojeda, a los apurones.

-Andan diciendo que trujeron una cosa de Francia, que refleja lo que
uno es. ¿A verla?

-No la va´ ver -dijo Morales-. No es cosa. Pongaselé adelante, y ése
es usté. Qué le va´ hacer. A mí me pasa lo mismo y dicen que a tuitos los
que se ponen por delante.

-Este espejo -dijo Quintana, que conocía de antes- hace que el chino
se vea chino, que se vea crestiano el crestiano.

-¿Y el indio? -preguntó Morales.

-Ningún indio se miró entuavía. Vaya´ saber.

Maciel, el pulpero, miró por la ventana y vio al dinamarqués
levantando el plano del pueblo. Medía todo con una cinta, o soga, y eso que
era casi de noche. Andaba clareando pero todavía brillaba alguna estrella.

Maciel pensó que el dinamarqués iba a traer el progreso. Ya andaba
moliendo harina. Con éstos, pensó, mirando a los paisanos, poco se va a
hacer acá. Algún entrevero, verlos matar o morir como si nada. Era una cosa
como respirar, la vida, o morir. Así nomás, una cosa de nada en la
frontera. Y mientras tanto, se iba tirando.

En eso, entró Brianti. Derecho pa´ la reja, ni miró el espejo. Pidió
una. Era el primer italiano que estaba viniendo.

Toro el hombre. Casi ni hablaba, para que no se le notara el acento.
Cuando sacaba el cuchillo sacaba cortando. Lo supo primero uno que ya no
habla, después lo supieron todos.

La empinó de un trago y pidió otra.

Se notaba que andaba queriendo hablar. Pero escuchaba, nomás.

En eso se animó y dijo, señalando con el vaso:

-Spechio. Lo conosceva da bambino.


Menguaba ya la penumbra. El claror era luz de sol, redondo y rojo en
el horizonte, grande, como que se le venía a uno encima.

Madrugadores los paisanos. Arriba con el lucero.

Ya en el boliche y con tres ginebras al amanecer.

También había algunos que mateaban al rescoldo, listos para montar.

Las vacas se juntaban en el campo abierto, y se pialaban. El que
enlazaba marcaba a fuego para el patrón. Cada día era una fiesta aunque no
hubiera un patacón ni un cobre.

Por el Norte, decían, empezaron a alambrar. Mala cosa para el gaucho
libre que juntaba hacienda por acá o por allá, o andaba arriando por unos
pesos para seguir cortando estancias y ofreciéndose pa´ servir.

Y ahora el asunto este del espejo. Cosa de ricos que le mostraban a
los pobres, vaya a saber por qué.

Quintana, el avispado, que sabía leerle cachos del Martín Fiero a
tanto matrero que caía por el fogón, andaba triste.

Lo miraba al Brianti este. Pensaba: "Gringo y todo, piala como el que
más, jinetea y es hombre de facón, como lo supo el muerto. Y ya va´ prender
a hablar como crestiano. Si estará cambiando la provincia... ya no hay
guerra para el gaucho y se apaisana. Y tantas gentes nuevas que vienen de
las Uropas. Hasta andan sembrando trigo y casi no hay malón".

El sol debe haber subido mientras tanto, porque un rayito de luz
refuciló contra el espejo, y lo alumbró a Ojeda.

Cayó apurado Aquiles Corvalán, el payador, alegre en la mañanita.

-Oiga, Maciel -le dijo al pulpero, señalando el espejo-, se corrió la
bola, va´ venir todo el pueblo a verse áhi. Yo me quedo juera, cerca´ el
palenque. ¿Me empriesta una silla?

Brianti miró al recién llegado y lo saludó tocándose el sombrero. Le
caía simpático el hombre que hablaba o cantaba en verso como si nada.

Para poetas él tenía al Dante, y a veces le sonaba algún verso,
alguna estrofa. Pero esta era una tierra salvaje, con analfabetos que se
sabían todas las palabras de oídas y las rimaban. Del pueblo venían, brutos
pero inspirados.

Mientras tanto venían pasando un montón de paisanos que se miraban en
ese temblor de luz del fondo, se tomaban una ginebra, o dos, y se iban a
buscar conchabo.

"Muchos -pensaba Quintana-. Muchos sin tierra y sin trabajo. Y los de
ajuera cada vez son más. Más vascos, aura un italiano. No nos van a dejar
lugar ni en el camposanto. Haberá degüello si nos rejuntamos y salimos en
malón, una noche d´estas, como dice el Tata Dios. Éramos güenos pa´ tropa,
pa´ hacerle frente al indio, que al fin es medio hermano nuestro, aquí
nació."

Eso pensó, y se tomó otra. Ni miraba al Brianti ese, que lo miraba
mirar, en silencio, paladeando el trago.

Maciel, detrás de la reja, andaba contento, vendiendo ginebra y
cañas, juntando centavos y más centavos.

Aquiles Corvalán, afuera, bordoneaba. Se andaba acordando de versos
de otro, de Monte, pero juraba que eran de él. Tenía la guitarra triste y
el vino pendenciero. Achispado, sentía como un veneno en la sangre. "Mejor
canto pa´ dentro."

Mujeres no venían, casi; había pocas, en la cocina. Las fortineras se
asomaban arriba de las murallas.

Apurado, alto y fuerte, entró el dinamarqués Fugl, que los paisanos
llamaban Fus o Mus, a ver la novedad, el espejo, y felicitar a Maciel.

-´Toy con el progreso -dijo el pulpero, y convidó. Por el espejo
brindaron y porque el pueblo iba a tener calles. Fugl mostró el plano,
pidió opiniones. A Maciel le gustó quedar tan cerca de la iglesia, por la
salida.

Hubo un remanso en la pulpería. Salió Fugl y por un rato no entró
nadie.

El sol andaba calentando el lodo, haciendo polvo.

Brianti seguía quieto, como pintado ahí, acodado en el estaño. Iban
cinco ginebras y no se decidía. Si la sexta o si se iba. El mar de Cerdeña
le reverberaba acá atrás. Tenía que conchabar paisanos para sembrar, pero
les recelaba. Se andaban retobando, cada día un poco más.

Fugl terminó de medir, enfiló hacia donde tenía el zaino, montó y
salió al trote para el molino.

De repente la guitarra de Corvalán se puso rápida, irónica. En la
música se oía que no venía cualquiera. Y así era.

En la luz de la puerta una figura alta largó su sombra hasta la reja.
Maciel miró con alarma y Brianti se dio vuelta.

Estaba quieto el hombre, el indio.

Oscuro, torazo, daba miedo mirarlo aunque venía al trueque, con unas
pieles en un atado. Y capaz que oro de Chile en una bolsita.

Se lo veía cacique, no indio del montón.

Tenía unos aperos de gaucho mezclados con unos cueros, y las crenchas
muy largas. Un sable sin vaina en el cinto.

Saludó y empezó a entrar. Miró hacia la pared del fondo y se quedó
quieto.

Lo miraba una figura fiera, bien plantada, que no se movía y ni
pestañeaba. Levantó una mano y el otro también.

Pegó un salto y el otro también.

Entonces lanzó una carcajada.

-Como en el charco, pero parau -dijo-. Cosa de huincas.

Se arregló un poco la crencha.

En el espejo, el boliche miraba al boliche.

Se andaban mirando todos, allá en el fondo.

Quiroga lanzó una bruta risa.

-Veanlós, quietitos.

Se acercó a la reja y pidió otra.

-´Tamos como priesos en el vidrio ese -dijo. Levantó la copa, brindó,
miró a todos, la empinó de un trago.

-Ya vamo´ a salir -dijo-, a salir levantando polvareda.



DISCUSIÓN ANTIGUA ACERCA DE LAS POSIBILIDADES DEL CUCHILLO Y EL REVÓLVER EN
LA PELEA

por Santiago Dabove: La muerte y su traje, Madrid, Libertarias/Prodhufi,
1993.


Como entre criollos se discutieron mucho las posibilidades que podían
ofrecer a los contendientes el cuchillo y el revólver, yo también daré "mi
aporte" como suelen decir ahora.

Cuchillo y revólver sirven para moverse entre carnes y huesos: el
cuchillo lento, el revólver rápido.

-Aquí, en este mostrador de estaño, entre la décima o vigésima copa,
no sé bien, me pronuncio en favor del revólver, mientras lo tanteo en mi
bolsillo.

En eso me acordé de esos dos mozos, poco entrados en años, que
pelearon con revólver por una mujer, a tan corta distancia que los dos se
mataron. Una lástima. El revólver es arma de ganar distancia o perderla.

Tiene también su pedana. Si se da por sentado el coraje -"coraje"
viene de cor, corazón, cuore- yo creo que teniendo buen arma, el revólver
"l´emporte" sobre el cuchillo... Ma... filosofando (estoy en la copa
veintiuna) si el cuchillo se alarga en pasos y el revólver se acorta en
tiros, ¿quién caerá primero?

Además, pensemos en los casos singulares: Si me mata un ciego y sordo
de nacimiento, y yo también soy ciego y sordo, ¿cómo sabré si me mataron
con revólver o cuchillo?

Hay cuchillos lejanos en manos poco salidosas y revólveres viejos con
plomos trancados, en manos vacilantes. Viéndolo bien, el cuchillo es arma
de fuego. Véaselo al ser afilado en piedra rápida.

El revólver con seis relámpagos y sus seis truenos, es más elocuente.
Pero los plomos indigeribles del revólver deben ser puestos a la luz. Aquí
el cuchillo gana.

Copa número 22, los dos patitos.

Aparente ventaja del cuchillo: puede ser espejo del revólver y,
siempre, el espejo nos espera con la cara de lo que hemos hecho.

Revólver: Júpiter que truena - Cuchillo: Hércules limpiador de tripas
y establos.

Ma... me siento poeta: si el cuchillo quiere "intestinarse"
encontrará el espanto abierto, y en cambio, tú, revólver, más bien que
afuera derramas hacia adentro la vida.

Ma... Cuchillo y Revólver actuando quieren un tiempo terminante.

Van en contra de la sabia afirmación de Spinoza. El tiempo del hombre
no es finito ni infinito, sino indefinido.



NOCTURNO DE LA AVENIDA DE MAYO

por Juan Carlos Ghiano: Los rostros nativos, Buenos Aires, Editorial de
Belgrano, 1982.


¿Para esto se había venido a Buenos Aires? Sentada, esperando que abran el
comedor, en donde tendrá que ocupar una mesa solitaria, enfrentada a la
puerta por si acaso apareciera algún conocido, uno cualquiera, leyendo en
La Razón noticias que no le interesan, porque ya ha visto todas las
películas estrenadas en las semanas últimas y no sabe ir a otros sitios de
diversión. La ciudad que tanto había anhelado desde la muerte de su marido,
una realidad a la que había podido llegar, malvendiendo la heredada
confitería, la mejor de Concordia, poniendo el dinero en diversas cuentas a
plazo fijo, dejando atrás a los parientes y los amigos, instalándose al fin
en un hotel de la Avenida, no demasiado cómodo, apenas suntuoso, con
suntuosidad que se iba deteriorando visiblemente.

¿Para esto vivía en Buenos Aires? Al menos en Concordia tenía las
canastas de los jueves, las reuniones en el Club Social, las fiestas en
casa de parientes y amigos, la confitería frente a la plaza, un marido que
le había durado casi treinta años. Y aunque no fuese de lo mejor
físicamente, era trabajador y fiel, de una lealtad muy semejante a la de su
perrita. ¿Qué tenía en Buenos Aires? Añoranzas de lo que había perdido en
su ciudad ribereña y añoranzas de todo lo que no podía alcanzar en Buenos
Aires. Acaso de lo que nunca sería suyo, una mujer con cerca de sesenta
años, sin parientes ni amigos en la ciudad, con tres depósitos a plazo
fijo, naturalmente en el Banco de Entre Ríos, a donde se presentaba los 3
de cada mes, para la renovación por otros treinta días. Algunas visitas a
una peluquería y salón de belleza, también mensual. Todas las tardes, o
casi todas, cines en Corrientes o Lavalle, que rara vez se atrevía a
caminar por otras calles.

¿Era esto Buenos Aires? Y el diario de la tarde con noticias que a
ella no le importaban, que no podían importarle. Noticias de países a los
que nunca iría, de personas a las que nunca conocería, precios de cosas que
nunca tendría. Y unos pocos crímenes, casi nunca atrayentes.

Suspiró con suspiro de gorda, porque indudablemente estaba
engordando, por el mucho chocolate en tabletas, por los copetines que
tomaba, sola en su mesa, en la confitería de la esquina, donde abundaban
los platitos tentadores. Sin un perro para pasear, sin un marido para
discutir, y lo demás, sin jugadoras de canasta. Si no hubiera estado
sentada en el antecomedor del hotel, habría sido capaz de llorar, sin
importarle ni las pestañas postizas, ni el rimmel con que se las aseguraba,
ni el rubor en las mejillas. De desocupada que se sentía, ¿no estaría
pintándose demasiado? Tal vez así la confundiera alguien con lo que no era
y pudiese comenzar una vida distinta, sorpresas y emociones que serán las
últimas, porque estaba llegando a los sesenta y comenzaba a engordar.
¿Tendría que consultar algún médico? Una amiga de Concordia le había
recomendado, a ver, sí, al doctor Teodoro Juanidis, el mejor dietólogo, un
hombre joven y al parecer muy buen mozo. ¿Podría desnudarse ante él, con el
desborde de sus carnes, que ya no eran firmes? Qué complicado le resultaba
todo. Hasta las noches que había intentado leer, de aburrida. Hasta las
muchas revistas que le ofrecían en el kiosco de la esquina.

Cerca de la ventana del hotel temblaba la rama de un plátano,
abundante en hojas amarillecidas, anunciándole que era el fin del otoño.
¿Qué querían decirle esos amarillos vacilantes en la noche ya ventosa? Qué
ganas de tirarse en la cama y echarse a llorar, cansada.

Dejó caer La Razón y miró hacia la escalera del vestíbulo, por donde
subía la silueta de un hombre alto, trajeado de gris verdoso, con el
sombrero puesto. Cuando la silueta entró en la luz abundante del
antecomedor, reconoció la semejanza del recién llegado con Gary Cooper. El
Gary Cooper de A la hora señalada. Su misma altura, su manera de caminar,
su cara totalmente varonil, los ojos claros. Ojalá me mire -lo dijo tres
veces, con costumbre aprendida en sus años en el Colegio del Huerto. No le
temía a la abundancia de las luces de neón, más antipáticas que crueles.

No sólo la había mirado, sino que caminó hacia ella, para dejarse
caer en un sillón cercano. ¿La hablaría? Ella levantó el diario y simuló
que se entretenía con los titulares de la primera página.

¿Alguna noticia interesante? Era la voz de él, un español mezclado
con ecos del inglés que ella tantas veces había oído en sus películas
preferidas. ¿Se lo había preguntado a ella o era una simple exclamación
dirigida a sí mismo? Con cierto recelo ante las posibilidades de un
diálogo, dobló cuidadosamente el diario y se lo alcanzó. Al tomarlo, él le
agradeció en inglés. ¿Cómo podía contestarle? Ahora se arrepentía de no
haber asistido a los cursos de la Asociación Inglesa de Concordia. Tiempo
no le había faltado, sino voluntad. Después de haberse casado, todo lo que
no fuera el cuidado de su casa y del marido le había parecido inútil. Como
si ya hubiera alcanzado su destino. Sólo al quedarse viuda, había entendido
que había otras cosas. Y que esas cosas podían llamarse Buenos Aires.

Entre el ruido de las hojas del diario, la voz del hombre la fue
enterando de su nombre, Peter Fox, de su condición de norteamericano, de
Chicago, de sus negocios en Buenos Aires, de su presencia en ese hotel, en
donde estaba solo, porque su mujer y las dos hijas habían quedado en
Chicago. Todo un monólogo, con breves interrupciones, que no parecía
dirigido a ella, sino a la necesidad de comunicarse con alguien, con
cualquiera que hubiese estado sentado allí, tan cerca. ¿Qué podía hacer
ella sino escucharlo, con cierta dificultad para entenderlo? También él
estaba solo, sin ser un solitario. Igual que ella, quien nunca había tenido
que dialogar con un desconocido. Si ella hubiera tenido capacidad de
discriminación intelectual y ciertas dosis de lecturas habría sabido lo
mucho que se ha escrito de los solitarios que ambulan por Buenos Aires.
Hubiera podido hacer referencia a los ensayos de Scalabrini Ortiz, de
Martínez Estrada, de Mallea. Hubiera podido evocar a protagonistas de
Gálvez, de Mallea, de Verbitsky, de Sábato, de tantos otros. Pero sólo
podía elegir la respuesta de su atento silencio, tan breves y lamentables
resultarían sus experiencias de solitaria en Buenos Aires.

Mientras se enredaba el monólogo informativo, en que Peter Fox abundó
en referencias a su mundo chicaguense y a los muchos negocios que lo
obligaban a viajar constantemente, en tanto ella se conformaba con unas
referencias aisladas, en las que intentó resumir particularmente sus pocos
años de viudez, la mujer no dejaba de detallarlo con la mirada ansiosa,
como si le fuera imposible creer que tenía tan cerca, al alcance de sus
manos casi, a esa perfecta réplica de Gary Cooper, con una gran ventaja
sobre el actor, ya que lo estaba oyendo hablar en español.

Cuando se abrió la puerta del comedor, el norteamericano le propuso
que compartieran la mesa de la cena. Ella se apresuró a aceptar, no sin
imaginarse lo que podrían pensar de su aceptación sus hermanas de
Concordia. Ya sabía el resumen en que ambas, la mujer del mayor Montoya y
la del abogado Piacenza, coincidirían: es una suerte que se haya decidido a
usar sólo el apellido de casada.

La cena fue más ceremoniosa que divertida, a pesar de la abundancia
de las copas de vino y de algún roce de las piernas bajo de la mesa. ¿Quién
había buscado a quién? Ella nunca se hubiera atrevido a tomar la total
responsabilidad de tales encontronazos, que habían llegado a enervarla, con
evidente temblor de manos, casi como si sintiera unos avisos de gripe.

Ya en el ascensor que los llevaría a su piso, ambos habían
descubierto que ocupaban habitaciones en el tercero, el mister la invitó a
tomar un wisqui, naturalmente en su habitación, donde tenía una botella y
hielo. Aceptó, por segunda vez esa noche, con precipitación que no le
hubiesen disculpado sus parientas concordienses, las únicas que tenía por
otra parte. Temblaba cuando salieron del ascensor y comenzaron a caminar
sobre la espesa alfombra roja.

Llegaron al cuarto 306, que él abrió con estudiada parsimonia. Ya en
el interior, todo comenzó con mucha ceremonia de Peter, como él le había
pedido que lo llamase. ¿Volverían a repetirse los roces de las piernas?
Desde uno de los sillones, muy lejos para su gusto, ella observó que la
mesa en donde descansaban la bebida y el balde de hielo, era pequeña y
demasiado baja.

Casi sin darse cuenta, ella había bebido tres vasos de wisqui, cada
vez servidos con menos hielo. Peter había bebido lo mismo, porque empezaba
a tararear una canción, desconocida para ella. Cuando el hombre le
alcanzaba el cuarto vaso, sintió toda la presión de sus piernas sobre las
de ella, el cuerpo que se derribaba calculadamente sobre el suyo, un abrazo
de impositiva violencia, una lengua hábil penetrando en su boca
sorprendida. Sin palabras, como si de pronto fueran sólo dos cuerpos
ansiosos, la mano de él, con gran habilidad, le había corrido el cierre
relámpago que cerraba su vestido por la espalda. Entonces la mujer
comprendió que tendría que desnudarse; lo intentó, poniéndose de pie junto
a la cama, molesta porque él no apagaba la luz abundante de la araña que
centraba el cielorraso.

Ella siempre se había desnudado sentada y ya descalza. Con los kilos
de ahora y los tacos muy altos le resultaba más difícil. Tanto, que cayó de
espalda sobre la cama.

Era el segundo hombre que veía en calzoncillos, pero los de Peter
eran mucho más breves que los que había usado su marido. Si no hubiera
estado tan mareada, habría pensado que eran indecentes en su brevedad y
colores.

Su marido nunca la había abrazado con esa violencia, nunca la había
besado con tal apremio. El abrazo y el jadeo junto a su oreja izquierda. Un
jadeo que era la ampliación de su propio ritmo respiratorio.

Sintió un mareo más fuerte que su voluntad de entrega, desasosiego
estomacal, náuseas. Un fuerte vómito, alcohólicamente fétido, que cayó
sobre el hombre, sobre su pelo entrecano, sobre su cara sorprendida, sobre
su pecho hirsuto. Sintió la fuerza de una bofetada sobre la cara abotagada
y una ristra de insultos en inglés, a los cuales se mezclaba un gorda
puerca que le dolió más que el golpe, más que el tirón del brazo con que él
la levantaba de la cama, sin dejar los insultos.

El hombre abrió la puerta de la habitación y la empujó hacia el
pasillo. Después le arrojó el vestido, la ropa íntima, los zapatos. La
puerta del 306 se cerró con violencia.

Sosteniéndose en la pared del pasillo, con miedo a un nuevo vómito,
cargada con sus ropas y calzado, casi una ciega, se dirigió a su
habitación, al fondo del pasillo. Ya no se animaba a pensar lo que podrían
imaginar sus hermanas en Concordia.



OTRO INTERVENCIONISMO

por Wimpi: La taza de tilo, Buenos Aires, Editorial Freeland, 1978.


Parece que en los Estados Unidos hay 2.000.000 de bebedores
inveterados. Exceptuando a los de los sábados, a los que festejan fechas, a
los que se llevan la botella para la casa y recién vuelven a aparecer
cuando están en franca convalecencia, los demás son 2.000.000.

Así las cosas, el doctor Fred M. Mayer, médico director del hospital
Elliot Square de Boston, resolvió suscitar en los citados dos millones
-claro que agarrando a los tipos de a uno y llevándolos engañados- el ya
popular "reflejo condicionado" estudiado por Pavlov, el extinto sabio ruso.

Pavlov estableció ese reflejo condicionado de la siguiente manera:
puso un apetitoso trozo de carne ante un perro al tiempo de tocar una
campanilla y de contralorear en el perro la secreción de jugo gástrico que
la vista del alimento producíale. Repetida la operación cincuenta veces,
asociábase de tal manera en el perro el estímulo auditivo de la campanilla
con el estímulo del manjar que, con sólo oír la campanilla, y aunque el
manjar se le ocultara, lo mismo demostraba el perro su inquieta apetencia.

Y bien; la idea del doctor Fred M. Mayer, con respecto a los
bebedores que hacen gala de puntualidad y veteranía, es la siguiente:
aprehende a uno, le lleva a una destartalada pieza oscura y le da una
inyección de una mezcla de emetina, efedrina y pilocarpina. Y una botella
de whisky.

Y el whisky que el hombre bebe después de la inyección le produce
náuseas.

Repetida la operación cincuenta veces -arguye el doctor- el bebedor,
asociando al whisky la tristeza de la pieza obscura y el estado ocasionado
por la inyección, detestará al whisky por "reacción involuntaria".

¿Está permitido eso, por ventura, en la "Carta del Atlántico"?



CABECITA NEGRA

por Germán Rozenmacher: Cabecita Negra, Buenos Aires, CEAL, 1972.


A Raúl Kruschovsky


El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y
fumaba enfurecido, muerto de frío acodado en ese balcón del tercer piso,
sobre la calle vacía, temblando encogido dentro del sobretodo de solapas
levantadas. Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas
y de ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se
había vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.

Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos,
agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro de
verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana
con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al
amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas
pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose
entre las casas de uno o dos a siete pisos y se perdía, entre los pocos
letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles,
calle abajo.

Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría
abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa
idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que
para quedarse ahí, fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurría hacer esas
cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se había hecho para
dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía despierto
en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía
moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien.
Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo
cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio
de la noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para
joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho
cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban por
delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si estuviera su
mujer ya le habría hecho uno de esos tes de yuyos que ella tenía y santo
remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a
pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la
sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo pensó, no le iban tan
mal las cosas. No podía qúejarse de la vida. Su padre había sido un
cobrador de la luz -un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber
llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un animal y ahora
tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en propiedad horizontal
y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que ahora estaba
abajo, en el garaje y había gastado una fortuna en los hermosos apliques
cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba muy
bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las
vacaciones. No no podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo
se recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica
distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En
tiempos como éstos donde los desórdenes políticos eran la rutina había
estado varias veces al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba
el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar
muchas cabezas para sobrevir porque si no, hubieran hecho lo mismo con él.
Así era la vida. Pero había salido adelante. Además cuando era joven tocaba
el violín y no había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por
delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de humillaciones y miseria y
tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la
vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino
recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces todo lo que
había hecho en la vida había sido para que lo llamaran "señor". Y entonces
juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había ido
tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él
tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en
paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo
desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era
más espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido.
Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie,
fumaba, adormeciéndose.


De pronto una muier gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a
todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras,
gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio
un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la
neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor
Lanari quiso hacerla callar, era de noche, podía despertar a alguien, había
que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto la mujer gritó de
nuevo, reventando el silencio y la calma y el orden, hacienclo escándalo y
pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre, anterior a las
palabras, casi un vagido de niña, desesperado y solo.

El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado.
Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas,
hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en
el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso "Para Damas" en la
puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre
la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera
sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una
botella de cerveza bajo el brazo.

-Quiero ir a casa, mamá -lloraba-. Quiero cien pesos para el tren
para irme a casa.

Era un china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón
de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.

El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que
así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrio, sacó
cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando
vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las
manos en los bolsillos, despreciándola despacio.

-¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? -la voz era dura y malévola.
Antes que se diera vuelta ya sintio una mano sobre su hombro.

-A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la
via pública.

El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de
complicidad al vigilante.

-Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se
embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.

Entonces se dio cuenta que el vigilante también era bastante
morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.

-Viejo baboso -dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito
despectivo, seguro v sobrador que tenía adelante-. Hacéte el gil ahora.

El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.

-Vamos. En cana.

El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó
violentamente y le gritó al policía.

-Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy
cara. ¿Usted sabe con quién está hablando? -Había dicho eso como quien pega
un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.

-Andá, viejito verde, andá, ¿te creés que no me di cuenta que la
largaste dura y ahora te querés lavar las manos? -dijo el vigilante y lo
agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y
que dejaba hacer, cansada, ausente y callada mirando simplemente todo. El
señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él con todo
eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y
entonces no lo creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había pisado
una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no pisar una
comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio había tenido la culpa Y no
había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy
extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía
confiar. No. A la comisaría no. Sería una verguenza inútil.

-Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer -dijo
señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban
ellos dos, del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada,
para peor, era la única culpable.

De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y
que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes,
inyectados y malignos, bestiales con grandes bigotes de morsa. Un animal.
Otro cabecita negra.

-Señor agente -le dijo en tono confidencial y bajo como para que la
otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca,
acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan
aplastada que ya nada le importaba.

-Venga a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver
que todo lo que le digo es cierto. -Y sacó una tarjeta personal y los
documentos y se los mostró-. Vivo ahí al lado -gimió casi, manso y casi
adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni
siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era
mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de
embromar.

El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el
señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo
y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando
llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le
mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se
tiró y se quedó profundamente dormida.

Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus
parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de
todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un
escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo y nadie le creería su
explicación y quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo
no hice nada mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la mañana,
porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos
negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura
cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.

-Dame café -dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió
que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso,
para que no lo atropellaran y así de repente, ese hombre, un cualquiera, un
vigilante de mala muerte lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo
que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no
supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría porque
aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía que había venido a
robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido en años y
años de duro trabajo, todas sus posesiones, y encima humillarlo y
escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de
hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la
biblioteca, Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una
amenaza espantosa que no sabía cuando se le desplomaría encima ni cómo
detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca
abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para
leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía su cultura. Había
terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre
encuadernada en cuero. Aunque no había pedido estudiar violín tenía un
hermoso tocadistos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música
del mundo se hacía presente.

Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con ese
hombre. Pero ¿de qué líbros podría hablar con ese negro? Con la otra
durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía
un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe
se sorprendió que justo ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El
policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y
se puso a tomar despacio.

El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado
alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo
mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que esuviera ahí
su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían
despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía
ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada.
Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que
deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo
estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese
hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era policía, ahí,
tomando su coñac. La casa estaba tomada.

-Qué le hiciste -dijo al fin el negro.

-Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración.
Así que haga el favor de... -el policía o lo que fuera lo agarró de las
solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió
cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le
estaba haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche
entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era
un manicomio.

-Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa ella se vino a
trabajar como muchacha, una chica una chiquilina, y entonces todos creen
que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy
apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas.
Quién iba a decirlo, todo un señor...

El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a
sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de
hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpear]o, a
patear]o en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la
cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y
lo miró y le dijo al hermano:

-Este no es, José. -Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada,
pero definitiva. Vagamente el señor Lanari vio la cara atontada,
despavorida humillada del otro y vio que se detenía bruscamenté y vio que
la mujer se levantaba, con pesadez, y por fín, sintió que algo tontamente
le decía adentro "Por fin se me va este maldito insomnio" y se quedó bien
dormido. Cuando despertó, el sol estaba alto y le dio en los ojos,
encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le
dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que
estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un
torbellino. De pronto se precipitó a revisar todos los cajones, todos los
bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba,
desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer a quién recurrir?
Podría ir a la comisaría, denunciar todo pero ¿denunciar qué? ¿Todo había
pasado de veras? "Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada", trataba de
decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas
arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido
violado. "La chusma", dijo para tranquilizarse, "hay que aplastarlos,
aplastarlos", dijo para tranquilizarse. "La fuerza pública", dijo, "tenemos
toda la fuerza pública y el ejército", dijo para tranquilizarse. Sintió que
odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría
seguro de nada. De nada.



SUSANA

por Daniel Moyano: El estuche del cocodrilo, Buenos Aires, Ediciones del
Sol, 1974.


Llovía esa noche que golpeó débil en la puerta, buenas noches con su
permiso y su voz raquítica, y después de varios rodeos me pidió que le
pusiese una inyección pero que no podía pagar, mi papá no ha cobrado
todavía.

Hoy en este pueblo nadie se acuerda de Susana.

Yo había empezado a beber, pero el pulso era firme todavía, con un
gesto le señalé el diván, imposible acordarme ahora de su cara. Los latines
combinados del prospecto decían que a Susana le faltaban vitaminas, calcio,
hierro, fósforo y todo lo demás.

Los vellos de su piel resplandecían bajo la lámpara, temblaba como el
animal cuando comprende que va a ser sacrificado, es un temblor que no le
pertenece, viene de afuera, del que va a matar o del cuchillo, quién lo
sabe.

Cuando advirtió el desprecio profesional con que la traté perdió un
poco el temblor y me dijo que no bebiera, que por más solo que uno
estuviera en la vida, como por ejemplo ella, etc., y dijo todas esas
estupideces que dice la gente cuando usa las palabras soledad o felicidad,
palabras que, estrictamente, pertenecen a los locutores de radio y a su
espantosa filosofía de broadcasting. No sólo esas palabras me molestaron,
sino su preocupación por términos tan abstractos cuando su verdadero
problema eran las vitaminas. La receta del médico indicaba tres cajas. Ella
dijo desde la puerta que parecían muchas mirando la botella y el vaso sobre
la mesa, vaya tranquila, mañana paso por su casa.

A mí me gusta beber cuando no entiendo nada. Desde el momento que
comprendo, el alcohol se mezcla a esa comprensión, y entonces en vez de
vino uno está tomando rabias, deseos o recuerdos. Susana esa noche, con sus
estupideces, agregó lástima a mi vino. Así que guardé la botella en el
armario y me acosté pensando en las figuras que se pueden hacer usando
puntos ubicados en el espacio, y tuve unas terribles pesadillas
euclidianas.

La tercera caja era de inyecciones endovenosas. De eso me acuerdo
bien: la sangre de Susana penetrando previamente en la jeringa para
asegurar que la aguja estaba en vena, y viendo residuos al final de la
inoculación, por favor, devuélvame toda la sangre, no deje nada en la
jeringa, no quiero perder una sola gotita.

La cara de Susana puede ser cualquier figura euclidiana; pero dos de
sus hermanas son perfectamente reconstruibles, tienen vida propia, pueden
ingresar en el espacio del alcohol sin perturbarlo. Mientras yo ponía la
inyección o bebía en la cocina el vaso de vino con que pagaban mis
servicios, ellas se hamacaban en el patio, bajo un árbol, cantando
canciones relacionadas con el amor y la felicidad, oídas en la radio. No me
molestaban los términos en esa circunstancia, porque lo cantaban de tal
manera que simplemente parecían una imitación de una felicidad ficticia en
un mundo inventado con colores azules. En Susana, en cambio, me hubiera
molestado, posiblemente porque ella creía en todo eso. Creo que la cara de
Susana es irrecuperable sobre todo porque cuando le ponía las inyecciones
toda mi atención se concentraba en devolverle hasta la última gota de
sangre que había entrado en la jeringa con el pinchazo. Otra de las razones
puede ser la distracción que me producían las canciones de sus hermanas en
la hamaca, en las que hablaban de casarse, de tener hijos para este mundo y
ser felices de acuerdo con lo que los anuncios radiales expresaban. No
puedo recordar adónde estaba ni qué hacia Susana mientras yo bebía y oía
las canciones. Puede ser que estuviera detrás, o a mi lado. Quién lo sabe.

Y suponiendo que las canciones no me hubieran distraído, suponiendo,
por ejemplo, que las hermanas, más dotadas que Susana para aspirar a
aquellas felicidades entrevistas, no me hubieran distraído, por ejemplo, es
decir, yo tampoco me hubiera fijado de ninguna manera en Susana, porque por
aquellos tiempos, igual que ahora, era difícil una comunión plena, porque
estaban pasando cosas muy feas en el mundo, y uno estaba feo por dentro y
por fuera de toda esa fealdad, de los que morían y de los que mataban y de
todo lo demás que bien se sabe.

Con la última inyección, que aparentemente debía restituir el vigor a
Susana (supuesto que ella hubiese tenido previamente un vigor), concluyó mi
trabajo. Hubo excesivos agradecimientos de toda la familia y pusieron ante
mí una botella entera.

Hablamos mucho esa noche, hablamos de esas cosas intrascendentes que
mencionan las personas cuando no tienen qué decirse. Las hermanas de las
hamacas desarrollaron su tema favorito, la felicidad, dándome la sensación
de que la palabra no podía llegar siquiera a su propio alcance. Pero de
todos modos la alusión parecía una felicidad bastante divertida. En un
momento, cuando el tema estaba agotado y nos quedamos sin saber para dónde
agarrar, Susana, que había quedado sola conmigo, me habló de su soledad;
pero no pude entender cabalmente sus palabras porque ya el vino había
alterado mis sentidos.

Tomé mis instrumentos y salí procurando reconstruir mentalmente el
significado de las canciones que sus hermanas habían cantado tantas veces
entre el vaivén de las hamacas.



LA PESCA

por Enrique Wernicke, en Cuentos argentinos con humor, Buenos Aires, Plus
Ultra, 1984.


Tres eran auténticos deportistas. El cuarto, no, y por lo tanto,
intimidado, no intervenía en la conversación. Sin embargo, precisamente por
su situación de extraño al tema, todos se dirigían a él, tocándole un
hombro o clavándole un dedo en las costillas.

Como siempre sucede cuando los hombres se entusiasman, la
conversación era confusa y todos hablaban a la vez.

- ... Porque che, cuando estás frente al mar embravecido...

- Y hace frío...

- Y vos con la caña, atento, esperando el pique...

- Te mandás un trago de ginebra...

- Dos...

- Y tres también. ¡Si con el frío ni la sentís!

- Y de pronto... ¡Zas! ¡Pique...! ¡Pica de veras!

- A recoger... ¡Dale, dale!

- Sí... ¡Meta dar vuelta a la manija! Y los amigos te envidian.

- ¡Es un tiburón! ¡No, es una corvina!

- ¡Dale, que la tenés!

- Y vos, con cuidado para que no se te escape... Y enseguida la tenés
en las piedras.

- Si es muy grande, los demás ayudamos con el bichero...

-¡Y después! ¡Uh! ¡Qué modo de chupar... santo cielo!

- ¡Qué tranca nos agarramos!

- ¡Qué modo de festejar! ¿Te acordás?

- Nos comimos un chupín...

- Y seis botellas de vino... ¿Te acordás?

- Cómo no me voy a acordar, si yo te llevaba a la rastra...

- ¡Jua, jua, jua! ¿Tomamos otra?

- ¡Sí, claro! Por los recuerdos...

Y con los ojos llenos de lágrimas, los tres amigos apuraron la vuelta
y pidieron a gritos que trajeran la botella.

El cuarto sonrió con tristeza y dijo:

- No se imaginan cómo los envidio... Pero, ustedes saben... yo nunca
fui deportista.



NOTA: Si desea sumar textos al proyecto "El cuento de borrachos en
Argentina", comunicarse a bianchiseb@yahoo.com




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