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                                      e d i c i ó n   d i g i t a l
 
 
  trasmitida a partir de febrero de 1994
 
 
 
  dirigen daniel bugallo y horacio moreno; edita martín salías;
  dispersa fernando bonsembiante; y adoctrina tarik carson da silva.
 
  comunicaciones, suscripciones, y colaboraciones
  en FidoNet, a martín salías, 4:901/303.11
  en InterNet, a fernando bonsembiante, fernando@ubik.satlink.net
 
 
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  a continuación se detalla el material publicado en este número
  :
 
  cruzado, cuento de daniel vázquez, de 31 kilobytes
 
  primavera crepuscular, cuento de john collier, de 20 kilobytes
 
  hacia lo fantástico hiperreal, ensayo de luigi volta, de 20 kilobytes
 
  después del naufragio de un espacionavío, cuento de gustavo fredes
  pérez del cerro, de 46 kilobytes
 
  y
 
  ogedinrof, cuento de tarik carson, de 25 y medio kilobytes
 
 
 
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    o    t    r    o    s         m    u    n    d    o    s         3
 
 
 
 
 
 

  Í---------
  ¦
  ¦ CRUZADO
  ¦
  ¦ por Daniel Vázquez
  ¦
  ¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
 
                                         & ...dadme vuestras fuerzas,
                                          todas las que podáis darme;
                                         & ayudadme a gritar
                                         & con vuestras gargantas
                                         & y con vuestros deseos;
                                         & y recordándolo,
                                         & alegrémonos,
                                         & regocijémonos.
                                         & Y así, en la alegría,
                                         & feneceremos.
 
                                   Poema Religioso Andino - Fragmento
                                  (Transcripción de Juan de Santacruz
                                         & Pachacuti Yanqui, 1613)
 
 
  Al salir de la anomalía temporal, las estrellas dejaron de parecer
  espectros para hacerse realmente visibles.
      Leyó el tablero de comandos.
 
      Velocidad Actual:              3 PVL
      Tiempo de Misión:   00h 00m 05,8375s
      Tiempo Restante:   359h 59m 54,1624s
      Distancia Superficie:      52.007 Km
      Se estima Planeo Inercial suficiente
 
  -Justo sobre el blanco -pensó.
      En los monitores, las líneas amarillas de los corredores
  magnéticos envolvían la esfera celeste. Conmutó a modo de análisis
  geográfico y miró el mapa. Cuando se posicionó sobre la costa oriental
  del Atlántico, estacionó la nave en órbita geoestacionaria y preparó
  la cápsula de transbordo. Debajo, las viejas columnas de Hércules
  separaban el océano del Mediterráneo.
      Posó el artefacto en suelo español. Ocultarlo no fue poca tarea,
  pero sí suficiente. La cápsula quedó oculta entre ramas, piedras, y
  alguna que otra palada de tierra.
      Volvió a consultar su reloj. Le quedaba algo más de dos semanas.
  Si no volvía a su época en ese lapso, la disolución del agujero en el
  tiempo lo dejaría atrapado en pleno siglo XV para siempre.
      Dos semanas.
      En busca de una abadía, la caída del sol lo sorprendió en el
  camino polvoriento, tiñendo con sus rayos un no lejano caserío.
  Decidió pasar la noche en el hostal lugareño. No había mucha gente
  viajando por las rutas, donde cualquier lugar era bueno para sufrir
  algún percance, por lo que el hostal estaba casi vacío, sólo ocupado
  por algunos soldados que dejaban la lucha. Aunque aún los árabes daban
  sus últimas pruebas de resistencia, el día que los problemas acabasen
  en el sur el lugar moriría junto con la guerra.
      Se acomodó en una mesa vacía, lejos de la luz y del ruido que
  producían los guerreros, ocupados en vociferar largas canciones
  inspiradas en los vapores del vino y en el recuerdo de fogosas damas,
  que casi siempre ardían sólo en sus corazones.
      Alguien se le acercó y su corazón aceleró su ritmo, demostrándole
  que la empresa era difícil. Sólo al ver como la mesera se retiraba con
 

  el pedido pudo aflojar su tensión y respirar tranquilo. Después de
  todo había sido elegido por su conocimiento en las lenguas vivas y
  muertas del planeta, pero él sabía muy bien que siempre se mantiene,
  por lo menos levemente, ese ligero tono que delata a los forasteros.
      Notó inquietud en los soldados. Intentó escuchar cuál era el
  origen del problema y rio al darse cuenta de que él mismo era el
  causante de todo ese barullo:
      -¡Pero te lo juro, hombre! Esa terrible bestia voló sobre nuestras
  cabezas, y sus alas abiertas cubrieron el cielo.
      -¡Pues claro! ¡Y te saludó!
      -Pues déjame terminar. Tenía grandes ojos y rugía. Quizá tenga que
  ver con los monstruos que surcan los mares...
      Rio al escuchar como el resto de la patrulla no le daba
  importancia a la fábula creada por su compañero.
      -Pues toma menos vino Miguel, y verás menos cosas raras, que si
  hubiésemos estado más al sur hubieras pagado tu embriaguez a palos.
  ¡Mira si nos pescaban los moros!.
      Pensó en el trasbordador, pero dudó que lo encontrasen. De todas
  maneras casi nada podrán hacer al hallarlo, ya que el cerámico que
  recubría la nave para protegerla de la fricción atmosférica era tan
  resistente como las partes metálicas del fuselaje, la cerradura era
  totalmente inviolable y (lo más importante) estaba bien protegida.
      Cenó sólo lo suficiente como para mantenerse en buen estado, y
  discutió con el hostalero el precio de dos caballos y algunas viandas
  para consumir por el camino. Solamente logró convencerlo cuando le
  dejó por ellos dos pepitas de oro.
      -Toda mi fortuna por dos de sus jamelgos. Creo que han sido bien
  pagados.
      Partió antes del alba. Marchando en busca de un tal Padre
  González, llegó con el sol pegándole en la nuca, acalorado y cansado.
      El monasterio era una pequeña fortaleza. A su ingreso lo
  recibieron dos monjes.
      -Buenos días, buen hombre.
      -Buenos días hermano -dijo mientras bajaba del caballo.
      -¿Qué lo trae por aquí?
      -Tengo un pedido importante para los hombres de Dios.
      Ambos monjes se miraron, sorprendidos.
      -¿Podría hablar con vuestro superior?
      -El padre González no se encuentra en el monasterio. Pero por
  favor, pase. Fray Esteban le mostrará dónde instalarse.
      -Gracias hermanos, que Dios los bendiga.
      Dejó los caballos en manos de Fray Antonio mientras Fray Esteban
  lo condujo hasta un lugar donde podría refrescarse. Arrancó un poco de
  agua fría del manantial subterráneo para despojarse del pastoso polvo
  que había acumulado durante el viaje, disfrutando del rato como uno de
  los mejores de su no tan larga vida. Luego, calmó su apetito con la
  magra dieta que los frailes compartieron con él.
      Pidió disculpas y se marchó a descansar. Los monjes le cedieron
  una de las celdas dedicadas a los misioneros, un pequeño espacio de no
  más de dos metros de largo por uno y medio de ancho, con paredes
  blanqueadas a la cal y el piso de piedras emparejado a golpes, donde
  la mitad del espacio estaba ocupado por un duro tablón de madera que
  hacía las veces de cama.
      Registró en su mente cada detalle, ya que su ley le impedía
  transportar elementos extratemporales. Según sus cálculos, había
  llegado en el momento justo, ya que la mayor oleada inquisidora aún no
  había comenzado. Aunque a España llegaría con su mayor potencia, con
  la Iberia católica ocupada en arrojar judíos y moros fuera de sus
  fronteras.
      Doce días. Luego de la misa de la mañana, un calvo y obeso monje
  se le acercó para hablarle.
      -Buenos días, hermano. Yo soy el padre González.
      -Buenos días, padre.
 

      -Supe que me estuvo buscando, usted me dirá el motivo.
      -Traigo un pedido importante para los hombres de Dios.
      -¿Importante?
      -Así es, padre. Y lo traigo desde muy lejos.
      -¿Puede explicarse un poco más?
      -Verdaderamente lo lamento, pero no es posible. Sólo estoy
  capacitado para decírselo a vuestros superiores, de ser posible al
  mismísimo santo padre.
      -¿Al Sumo Pontífice?
      -Si padre. Debo llegar lo antes posible a él. El destino de la
  Iglesia está en sus manos. Y por favor no desconfíe: yo también soy un
  hombre de Dios.
      Al decir esto descubrió su pecho. Una enorme cruz carmín cruzaba
  su tórax y  lo partía en cuatro partes.
      -¡Santísima Trinidad! Pero ¿quién eres, forastero?
      -Pido que todo lo que llegue a saber quede bajo secreto de
  confesión.
      -Pero ¿quién eres? -volvió a preguntar, intrigado.
      -No soy más que un monje errante que viene de muy lejos. En nombre
  de Dios, ayúdeme a llegar hasta el Obispo.
      -¡Pero el Obispado se encuentra a tres días de viaje!
      -Con más razón entonces. Sólo me quedan once días para cumplir mi
  tarea y volver al lugar de donde partí.
      -Entonces parte ya mismo. Uno de los frailes quizá pueda
  acompañarte. Parte ya mismo con la bendición de Dios.
      -Pues es en su nombre que vengo viajando.
      -Que tengas suerte entonces.
      Partieron antes de que el sol cruzara el cenit. Fray Esteban lo
  acompañaba en uno de los caballos, llevando además una mula cargada de
  agua, queso y frutas.
      Nueve días. El obispo los atendió apenas llegaron, ya que las
  noticias volaban de boca en boca rápidamente.
      -Así que tú eres el Cruzado. Han llegado hasta mí algunas cosas
  extrañas sobre tu persona. Cosas muy extrañas.
      -¿Extrañas?
      -Si. Pero por favor, hablemos en privado. Ven conmigo.
      Caminaron hacia la sala privada del Obispo. El ambiente -todo lo
  visto desde su llegada- contrastaba en gran medida con la sala que él
  mismo había ocupado en el monasterio. Largos tapices abrigaban de las
  frías paredes de piedra, muebles que bien podrían ser objetos de arte
  se desparramaban por el lugar, y sobre el sillón que ocupaba el
  obispo, una Crucifixión de Jesús donde uno de los rostros -en muy
  adusta pose- no era otro que el del mismísimo dueño del cuadro.
  Siempre igual. El cumplimiento del voto de pobreza es inversamente
  proporcional al cargo ocupado.
      -Hablemos ahora Cruzado. ¿De dónde vienes?
      -Vengo del Este.
      -Ya lo sé. ¿Pero de dónde provienes?
      -Provengo de muchos lados; soy un hombre al que le gusta ir
  viajando por aquí y por allá.
      -Ya que vienes del Este... ¿No has oído nada sobre extrañas luces
  en el cielo?
      -No sé a qué se refiere.
      -Está bien. Pero adelántame algo, ya que yo mismo te acompañaré a
  ver al Papa.
      -¿Usted mismo?
      -Así es. Hay algunos asuntos que Su Majestad desea que trate con
  el Sumo Pontífice... Pero dime, muchacho, qué es lo que deseas tú.
      -Sé que durante la última reconquista de Jerusalén se recuperaron
  antiguos escritos pertenecientes a la ya mítica biblioteca de
  Alejandría. En ellos hay datos que pueden transformar la Historia de
  la Iglesia, acabar con la actual filosofía oscurantista y...
      -Ten mucho cuidado con lo que dices, hijo mío. Tomaré lo dicho
 

  como una confesión.
      -¡Pero Eminencia! Tengo pruebas de que lo que estoy diciendo no es
  ninguna locura.
      -¡Pruebas, pruebas! ¿Y de dónde las has sacado? Ve despacio, hijo,
  que la salvación de los hombres es algo muy delicado. Además los
  tiempos que corren no son los adecuados. Esto no es Francia, pero los
  recientes hechos acaecidos con Juana de Orleans aún están frescos en
  la memoria de muchos. Está bien que los reinos ibéricos se hallen en
  guerra con moros y judíos, pero recuerda al Santo Oficio.
      -Mi querido Monseñor, me quedan sólo ocho días para cumplir mi
  cometido.
      -Tranquilízate. Mañana partiremos. Ya mismo mandaré un mensaje al
  Santo Padre para que nos permita ver esos papeles. Si viajamos hacia
  donde él está no podremos volver hasta Toledo, donde creo que se
  hallan los papeles que buscas.
      -Entonces... ¿No llegaré hasta el Papa?
      -No lo creo necesario.
      -Pero... entonces...
      -Ahora debes descansar hijo mío. Mañana partiremos.
      -Le agradezco Monseñor, pero partiré ya mismo.
      Tomó sus cosas y saludó, con un torbellino de ideas difíciles de
  digerir bullendo en su cabeza. Salió del palacio sin despedirse de su
  compañero, sabiendo que había caído en una trampa. Lamentablemente, su
  temor se transformó en realidad: los guardias de la ciudad no lo
  dejaron traspasar las murallas de la misma.
      Lo arrastraron hasta un calabozo, respondiendo a sus preguntas
  solamente con fuertes golpes. Se encontraba tan mareado que perdió la
  cuenta del tiempo y del espacio. Unicamente pudo mantenerse consciente
  unos segundos, los suficientes para darse cuenta del tamaño del lugar
  en donde se encontraba, un oscuro pozo nauseabundo y húmedo donde el
  apestoso y rancio olor a orina y heces lo hizo caer, vencido, hasta
  desmayarse.
      Un día después los grilletes ya habían marcado sus muñecas y
  tobillos, pero no tanto como su mente.
      Unos murmullos se fueron acercando por el pasillo. Quejándose, los
  barrotes de la puerta se movieron, y la puerta se abrió con desgano,
  pesadamente. Tras una capucha espectral un oscuro monje ingresó a la
  celda.
      -Lamento que hayas merecido este trato.
      -Así que tú fuiste el que me traicionó.
      -No hermano, yo no te traicioné. Yo también cumplo órdenes.
      -¡Ordenes! Ahora entiendo a qué se refería el Obispo cuando
  hablaba de luces en el cielo. No solo yo he traspasado la anomalía.
      La capucha cayó dejando ver el rostro de McAinn.
      -De veras lo lamento, mi querido pero estúpido hermano. Te ha
  delatado la corriente energética que brotó de la anomalía en el
  momento en que la atravesaste. No tuve más que seguirte. Pero no
  cometí tu error, pues vine directamente hacia aquí. Sabía que era paso
  obligado en tu viaje. Hace ya un par de días que te esperamos...
  Realmente eres un desperdicio, tanta buena voluntad... De todas
  maneras, en caso de que hubieses alcanzado el triunfo también habrías
  desaparecido del universo conocido. Quizá nunca hubieses existido.
      -Pero la humanidad habrá crecido mucho mas rápidamente.
      -Habrá no; habría crecido mucho mas rápidamente. Quizá la Iglesia
  se hubiese transformado en un ejército de sabios bondadosos, ocupados
  en descubrir y enseñar todas las delicias del paraíso, mientras que
  nosotros, los políticos, nunca volveríamos a alcanzar nuevamente el
  poder. Ese sería un precio demasiado caro. La Confederación tiene
  derecho de nacer y desarrollarse. Mucho ha costado reunir todos los
  cristianos bajo un mismo emblema.
      -¿Pero nuestra religión, nuestro planeta? ¿Recuerdas de dónde
  venimos?
      -Si, lo recuerdo. También recuerdo y soy consciente de que nuestra
 

  religión no es más que una deformación de la única verdadera, donde
  cambiamos su símbolo original por una sufriente cruz. Pero, ¿qué
  pretendes? ¿Dejar en la masa la idea de la reencarnación, sin cielo
  eterno y sin infierno? Ellos cumplen su función, así el premio y el
  castigo son eternos. La idea es falsa, pero necesaria. Las masas
  ignorantes son más manejables. ¿Cómo podrías amenazar a alguien que
  sabe que si se equivocó va a tener otra oportunidad, que si olvida
  cumplir con lo que nosotros le pedimos no sufrirá eternamente en las
  profundidades del Averno?
      -No seas necio. En nuestro siglo la rebelión ya está en marcha. La
  Conspiración Silenciosa ya casi ha triunfado, así que sólo lograrás
  retrasar la historia. Tarde o temprano las verdades siempre se
  alcanzan.
      -¿Pero no te das cuenta que este mundo aún no está preparado? ¿Te
  imaginas el tremendo shock filosófico al darse cuenta de que no se
  está solo? ¿Has pensado qué pasaría si esta humanidad tan enferma
  recibiera tremendo impulso tecnológico?
      -¿Y quiénes somos nosotros para juzgarlo?
      -Los representantes del Hacedor en la Tierra.
      -¿Lo somos realmente?
      Silencio.
      La capucha regresó a su lugar inicial, ocultando el rostro en su
  secreto. Giró sobre sí mismo y atravesó el umbral para volver al
  pasillo y permitir que el prisionero recobrase su tremenda soledad.
      En el calabozo, la noche duró varios días.
      Se despertó con el chillido de las ratas que huían del enemigo que
  se acercaba. Los grilletes se abrieron. Lo arrastraron a través de un
  largo pasillo, donde la repentina aparición de la luz lo lastimó hasta
  hacerlo llorar, y las lágrimas arrastraron el jugo de sus ojos
  supurados. Un punzante hormigueo recorría su cuerpo, y las piernas no
  le respondían lo suficiente, amenazando con doblarse a cada paso, y
  casi lográndolo con el primer empujón de quienes lo custodiaban.
      Tras el largo pasillo, el tribunal del Santo Oficio preparaba sus
  afiladas y bendecidas garras. Pedantes y vanidosos señores vestidos
  con sus mejores pompas eclesiásticas lo escudriñaban salvajemente,
  realizando por lo bajo los más variados comentarios.
      McAinn observó cómo el que hacía las veces de fiscal atacaba y
  hundía a su hermano palabra tras palabra, y cómo la autodefensa del
  mismo fracasaba risa tras risa.
      -¡Así que tú eres un enviado del Señor! -exclamó el fiscal. -¿Y de
  dónde vienes, eh?
      -Provengo del futuro -contestó.
      Una carcajada resonó como respuesta.
      -¡Del futuro! ¿Os parece a vosotros posible que alguien provenga
  del futuro? ¡Sólo un hereje puede ser capaz de tamaña afirmación!
      Vio cómo, febrilmente, el pobre trató de encontrar algo entre sus
  recuerdos.
      -Pero tengo pruebas que...
      -¡Demuéstranos alguna!
      -Podría demostrar que la Tierra es mayor y diferente de lo que
  vosotros pensáis...
      -¡Blasfemas!
      -¡No! Fijáos en la Luna, en el Sol que es redondo, una esfera de
  fuego alrededor de la cual giramos...
      -¡Todo el mundo sabe que la Tierra es el eje alrededor del cual
  gira el resto! ¿Acaso osas decirnos que las esferas celestiales no
  existen?
      -¡Tomad una nave, dirigiros hacia occidente y veréis que con el
  tiempo alcanzaréis tierra firme!
      -¡Mentiras! ¿Qué es lo que pretendes brujo infame? ¿Qué demoníaco
  impulso te lleva a intentar que hombres buenos caigan en el Infierno
  para bien de tu Señor?
      -¿Mi Señor? ¡Cuán grande es tu equivocación!
 

      -¿Y qué significa esa cruz que luces en tu pecho? ¿A qué orden
  eclesiástica pertenece esa distinción?
      -Esa orden aún no existe.
      -¿Y quién eres acaso? -preguntó riendo. -¿Su presunto fundador?
      -No, no. Por favor...
      Oculto tras las sombras McAinn tocó su pecho. Su mano se alegró de
  que sus superiores hayan creído oportuno enmascarar su cruz con una
  capa de piel sintética.
      El fiscal volvió a la carga. -Y con respecto a eso que
  supuestamente vienes a buscar. ¿Podrías decirnos de qué se trata?
      -Os lo repito. Puedo encontrar algunas pruebas de lo que vosotros
  me pedís, y otras que demuestran que la Iglesia ha tomado un rumbo
  equivocado...
      -¡Cierra tu boca hereje!
      -...habiendo matado en nombre de Dios cuando Nuestro Señor ha
  muerto por nosotros. Habéis matado y lo seguiréis haciendo,
  exterminando a pobres víctimas inocentes cuyo único mal es poseer
  otras creencias y otra historia.
      -¿Tratas acaso de defender la causa mora?
      -No. Aún no conocéis a vuestras futuras víctimas.
      -Escucha impostor... ¿Qué clase de ángel eres que se te ha visto
  cabalgar sobre un enorme pájaro de piedra, que más que a un pájaro a
  mí me recuerda a una horrible gárgola? ¿O no venías montado en ella,
  sacudiendo el aire con fuertes ruidos parecidos a truenos? ¿No es
  acaso una de esas demoníacas criaturas el transporte que te
  proporcionó tu apestoso señor para cumplir con tu aberrante misión?
      -¡No! No soy un ángel.
      -¿Lo veis? Reconoce no ser un ángel -señaló triunfalmente al
  tribunal.
      -¡Pero tampoco soy un demonio!
      -No eres un demonio, pero no eres un ángel. Tampoco perteneces a
  ninguna iglesia, ya que eres único en tu orden y tú no la has
  creado... ¿Entonces eres un farsante?
      -Si yo soy un farsante ¿Vosotros qué sois?
      -¿Pero que pretendes acaso? ¿Juzgarnos tú a nosotros?
      Un murmullo resonó en toda la sala para ser reemplazado por un
  profundo silencio.
      La voz de Rabelais rasgó el aire por última vez, acusadora.
  -Destruirán una gran cultura.
      Tras el flagrante juicio inquisidor llegó la condena. Tras la
  condena, la hoguera.
      -Antes del fin, hermano mío, tendrás un pequeño premio. ¿Puedes
  acompañarme?
      Caminaron por un largo pasillo que los llevó hasta una escalera en
  espiral. En lo alto, las puertas se abrieron. Ante su vista, una gran
  pila de plaquetas cerámicas, papiros y papeles apergaminados crecían
  hacia el techo, mezclados con antiguos y extraños aparatos que
  pasearon ante sus ojos mostrándole maravillas de otros tiempos y otros
  hombres, ocultas para siempre.
      -¡Santo Dios!
      Sus ojos recorrieron los restos de la Biblioteca donde se
  revelaban algunos de los misterios de su fe. De todas. Tan cerca, y a
  la vez tan lejos.
      -Por lo menos morirás habiéndola encontrado -oyó decir a su
  hermano mientras un nudo se le instalaba en la garganta. -Fuiste
  demasiado cándido, demasiado idiota como para confiar en estos
  retrasados. Sólo les interesa el poder, y con lo que les ofreces lo
  perderían. En cambio yo les ofrecí aumentarlo. ¿Puedes creer que
  quince bolsas de oro fueron suficientes?
      Calló con un gesto a Rabelais e hizo silencio al escuchar que se
  acercaban unos pasos.
      La voz del Obispo resonó en el lugar.
      -Como no se ha comprobado tu relación con la Santa Iglesia,
 

  tremendo hereje, la hoguera te consumirá y devolverá al tenebroso
  fuego que te ha engendrado. El Eterno así lo desea.
      Mientras los papeles y las supuestas pruebas del juicio eran
  celosamente guardados, la pira fue preparada en la plaza central,
  donde la plebe morbosa tuvo la posibilidad de admirar el espectáculo.
  Niños y no tan niños tuvieron oportunidad de afinar su puntería antes
  de que el fuego hallara la primera astilla.
      Las ardientes lenguas de fuego lo alcanzaron rápidamente. Ninguna
  voz, ningún sonido brotó del cuerpo agonizante. Sólo las lágrimas se
  mezclaron con el sudor y la sangre mientras esos peligrosos papeles,
  hasta ese día tan celosamente guardados, ardían bajo el cuerpo de
  Rabelais. La cruz de su pecho brilló más que nunca.
      El eterno y tan humano ritual triunfal de McAinn se repetía una
  vez más. En dos días habría atravesado la anomalía en sentido inverso.
  Las huellas de la rebelión desaparecerían totalmente. La historia y la
  especie no cambiarían su rumbo, y su nuevo cargo lo esperaba entre los
  festejos.
      Salió de la anomalía, y ésta se cerró a sus espaldas. En ese
  momento se dio cuenta de su error. El había sido un idiota al
  confundir el plan de su hermano.
      En la pira, la agonía de Rabelais se agitaba con las últimas
  cenizas. Cenizas que no eran únicas. Varios siglos adelante, la ciudad
  de las siete colinas caía arrasada por completo.
 
                                         & ----À
                                         & ¦
                                         & Daniel Vázquez, 1992 ¦
                                         & ¦
  ¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
 
 
 
 

  Í---------
  ¦
  ¦ PRIMAVERA CREPUSCULAR
  ¦
  ¦ por John Collier
  ¦
  ¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
 
                    Manuscrito encontrado en una carpeta
                    de 25 centavos, comprada por la señorita
                    Sadie Brodribb en el Supermercado Bracey
 
 
  21 de febrero - Hoy lo decidí. Voy a dar la espalda de una vez y para
  siempre a este mundo burgués que no tiene más que odio hacia los
  poetas; voy a irme, a desaparecer, a romper los puentes...
      Está hecho... ¡Soy libre! ¡Libre como un átomo danzando en un rayo
  de sol, libre como una mosca doméstica viajando en primera en el Queen
  Mary! Libre como mis poemas, libre como los alimentos que voy a comer,
  como el papel en que voy a escribir, como las chinelas forradas de
  piel que voy a llevar.
      Esta mañana no tenía ni para el colectivo; esta noche estoy acá,
  vestido de terciopelo. Seguramente, ustedes querrían saber dónde
  queda, organizar excursiones hasta acá, mandar a sus suegros,
  ensuciarlo, quizá venir ustedes mismos. De todos modos, hay pocas
  posibilidades de que este diario vaya a parar a sus manos antes de mi
  muerte, así que se los voy a decir.
      Estoy en el centro del enorme Supermercado Bracey, contento como
  un ratón adentro de un queso gigante. El mundo no va a oir hablar de
  mí nunca más. De ahora en adelante voy a tener una vida segura y
  feliz, tras una majestuosa pila de tapices, en un lugarcito tranquilo
  que pienso decorar con edredones, pieles de Angora y tantos
  almohadones como los de la cama de Cleopatra. La voy a pasar muy bien.
      Me colé en este santuario a última hora de la tarde y casi en
  seguida oí cómo cerraban el supermercado. Desde ahora, mi única
  preocupación va a ser jugar a las escondidas con el sereno: los poetas
  saben jugar a las escondidas.
      Hice una primera exploración a mis dominios. Yendo en puntas de
  pie, me aventuré hasta la sección papelería y, algo tímido, me batí en
  retirada rápida llevando los elementos imprescindibles para todo
  poeta: algo para escribir. Ahora los voy a guardar para pasar a
  procurarme otros objetos de primera necesidad: comida, vino, los
  cómodos muebles para mi escondite y un elegante smoking. Este lugar
  estimula: acá voy a escribir muy bien.
 
      Al día siguiente, amanece - No creo que haya alguien en el mundo
  que se haya sorprendido más, alterado más, que yo mismo en esta noche.
  Es increíble.
      Salía reptando de mi escondite, cuando me encontré con que el
  supermercado estaba sumido en una tiniebla luminosa. El pasillo
  central estaba iluminado a medias; las escaleras mecánicas habían
  pasado de lo práctico a lo imaginario. Las sedas y terciopelos
  brillaban como fantasmas. Cien maniquíes con pantalones de encaje
  regalaban sus mohines y abrazos al aire vacío.
      Al pasar al lado de los corredores transversales que se hundían en
  tinieblas más profundas, me sentí como un pensamiento romático errando
  en el cerebro de una bailarina de music-hall al final de su carrera.
  Evidentemente, ningún cerebro es tan grande como el Bracey. Y ahí no
  había nadie a quien querer. De hecho, no había absolutamente nadie
  para nada.
      Nadie, salvo el sereno. Se me había ovidado. Un ruido, sordo y
  regular, que podía haber sido mi propio corazón, sonó a un par de
 

  pasos de mí. Rápido como un rayo, tomé una lujosa capa, me la puse
  sobre los hombros y me quedé quieto como un ídolo de bronce.
      Un éxito. Pasó al lado mío, haciendo tintinear la cadenita de la
  llave maestra, silbando, con los ojos aún inundados por los reflejos
  del día mundano. "Siga su ruta, habitante del mundo", murmuré,
  permitiéndome una sonrisa.
      Una sonrisa que se me congeló en la cara. Se me detuvo el corazón.
  Tenía miedo de volver a moverme. Tenía miedo de mirar a mi alrededor.
  Tenía la sensación, casi certeza, de que alguien me observaba. Era una
  sensación completamente distinta a la normal inquietud provocada por
  el normalísimo sereno. Mi impulso más razonable me inclinaba a mirar
  lo que había a mis espaldas. Pero mis ojos sabían más. Me quedé muy
  quieto, con la vista fija al frente.
      Mis ojos intentaban decirle a mi cerebro algo que éste se negaba a
  creer. Y tenía razón. Porque estaban viendo otro par de ojos, ojos
  humanos, pero grandes, chatos, luminosos. Había visto ojos parecidos
  en los animales nocturnos, esos que se arrastran bajo la luna llena
  azul y artificial de los zoológicos.
      Su dueño estaba a unos tres metros de mí. Sin embargo, no me había
  visto. Claro, yo había estado con la vista fija en él durante varios
  minutos. Y tampoco lo había visto.
      Estaba apoyado a medias contra un pabellón alto, una especie de
  plataforma donde se exponían bufandas y pañuelos. Uno de ellos le
  rozaba el hombro. Los pliegues le tapaban una oreja, el hombro y parte
  del perfil derecho. Estaba vestido con un pulover neutro con cuadros
  grandes, muy moderno, unos zapatos de piel de antílope y una camisa a
  rayas verdes y grises. Era tan pálido como un bicho encontrado bajo
  una piedra. Tenía los brazos flacos, terminados en unas manos que
  flotaban como trocitos de muselina vaporosa o como alas lánguidas y
  transparentes.
      Habló; su voz no era una voz, sino el eco de un susurro.
      -No está mal, para un principiante.
      Me di cuenta de que elogiaba irónicamente mi disfraz. Tartamudee:
      -Lo siento mucho. No sabía que acá viviera alguien más-. Mientras
  hablaba, me di cuenta de que estaba imitando el susurro sibilino del
  tipo.
      -Claro que sí- dijo. -Todos vivimos acá. Es una maravilla.
      -¿Todos?
      -Por supuesto, todos nosotros. Mire.
      Estábamos cerca del borde de la primera galería. Hizo ondular la
  mano fina en un gesto que abarcaba todo el supermercado. Miré, pero no
  vi nada. Tampoco escuché nada, salvo las pisadas tenues del sereno
  sonando desde los pasillos del subsuelo.
      -¿No ve nada?
      ¿Ustedes conocen esa sensación que provoca el ver un vivero a
  media luz? Uno ve piedras, cortezas, algunas hojas, nada más. Y de
  pronto, una piedra respira: es un sapo. Ahí, hay un camaleón; más
  allá, una serpiente enroscada, una mantis entre las hojas; toda la
  vitrina estalla de vida, como un mundo completo. Uno ve la cabeza de
  uno, la pierna de otro.
      Eso pasó en el supermercado. Miré, y estaba vacío; miré de nuevo,
  y había una viejita detrás del reloj de pie. Había tres damas
  ingenuas, viejas, increíblemente demacradas, con el pelo como novillos
  de seda, contándose chismes en la puerta de la perfumería. Había un
  hombre frágil, incoloro, con aspecto de coronel meridional, que me
  observaba inmovil, mientras se acariciaba un mostacho que hubiera
  honrado a un langostino de cristal. Una mujer con una túnica de gasa,
  obvia amante de la literatura, nadaba hacia mí entre revuelos de tela.
  Tenía los ojos grandes, con un brillo opaco. Noté que los iris eran
  incoloros.
      -¡Qué aire de principiante que tiene!
      -Es un detective. ¡Llamen a los Hombres Negros!
      -No soy detective. Soy poeta. Acabo de renunciar al mundo.
 

      -Es un poeta. Se vino con nosotros. Lo descubrió el señor Roscoe.
      -Debe admirarnos.
      -Es necesario que conozca a la señora Vanderpant.
      Me llevaron con la señora Vanderpant. Parecía la Gran Vieja Dama
  del supermercado y era casi transparente.
      -Así que usted es poeta, señor Snell. Aquí usted va a encontrar
  inspiración. Yo, por supuesto, soy la residente más antigua de este
  lugar. Tres cambios de firma, la reconstrución completa del
  supermercado, y no han podido deshacerse de mí.
      -Cuéntele, cuéntele como vino usted un pleno día, querida señora
  Vanderpant, y de cómo estuvieron a punto de comprarla como la "madre"
  de Whistler.
      -¡Ah!, era otra época, antes de la guerra. Yo entonces era más
  robusta que ahora. Pero, en la caja, los clientes se dieron cuenta que
  no tenía marco. Y cuando volvieron para verme otra vez...
      -Ya no estaba ahí.
      Tenía una risa como la que tendría el fantasma de una langosta.
      -¿Dónde está ella? ¿Dónde está mi sopa?
      -Ahora se la trae, señora Vanderpant. En un minutito viene.
      -Esa criaturita terrible. Nosotros la adoptamos. Es huérfana
  ¿sabe, señor Snell? Absolutamente no es de nuestra clase...
      -¿En serio?
      -Vivo aquí, señor Snell, desde la época terrible de los '80. Era
  muy jovencita por aquel entonces. Una belleza, según decían, cuando el
  pobre papá perdió su fortuna. Imagínese lo que era el Bracey para una
  chica joven, en el Nueva York de aquella época, señor Snell. Me
  parecía terrible no poder seguir viniendo aquí como de costumbre. Me
  asusté mucho cuando los demás también empezaron a venir, después del
  crac de 1907. Pero eran el querido juez, el coronel, la señora
  Bilbee...
      Me los presentaron.
      -La señora Bilbee escribe obras de teatro, y desciende de una
  antigua familia de Filadelfia. Con nosotros se va a divertir, señor
  Snell.
      -Es un privilegio, señora Vanderpant.
      -Y, naturalmente, nuestros jóvenes llegaron en 1929. Sus pobres
  padres se tiraban de los rascacielos...
      Me deshice en saludos y cumplidos.
      Las presentaciones llevaron bastante tiempo. ¿Quién hubiera
  imaginado que vivía tanta gente en el supermercado Bracey?
      -¡Ah! Ahí está ella con mi sopa.
      Entonces noté que los jóvenes de aquel lugar no eran tan jóvenes,
  pese a sus sonrisas, sus modales, sus atenciones ingenuas. Ella era
  una adolescente auténtica; estaba vestida unicamente con ropas de la
  sección saldos y sin embargo parecía una flor viva en un cementerio o
  una sirena entre pulpos.
      -Apúrate, taradita.
      -La señora Vanderpant espera.
      No era pálida como los otros, esa palidez de lo que reluce y se
  agita cuando uno levanta una piedra. Era pálida como una perla.
      Ella. Perla de aquella caverna obscura, fantástica entre todas las
  cavernas. Sirenita rodeada por objetos de un blanco fatal, más fatal
  que el de los tentáculos de un pulpo... Ya no puedo seguir
  escribiendo...
 
      28 de febrero - Bueno, parece que me estoy acostumbrando rápido a
  mi nuevo mundo crepuscular y a mis extraños vecinos. Aprendí el
  complicado código de silencios y disfraces que regula las reuniones
  aparentemente casuales del clan de medianoche. ¡Cómo odian al sereno,
  cuya existencia pone trabas a su festival de ocio!
      -Es una criatura odiosa, vulgar. De cada poro exhala la grosería
  del sol.
      En realidad es un buen tipo, un poco joven para sereno. Pero a
 

  ellos les gustaría hacerlo pedazos.
      Conmigo, sin embargo, son toda amabilidad. Están contentos de
  tener un poeta entre ellos. Pese a todo, sinceramente no puedo llegar
  a quererlos. Se me hiela la sangre cuando veo que hasta la más vieja
  de las damas puede deslizarse de balcón en balcón con la perversa
  facilidad de una araña. ¿O, quizá, la verdadera razón es que son tan
  distintos a ella?
      Ayer jugamos al bridge. Esta noche se dá una obra de la señora
  Bilbee: "Amor en el país de las sombras"... ¿Ustedes lo pueden creer?
  Otra colonia, que vive en otro supermercado -Wanamaker's- va a asistir
  en masa a la representación. Aparentemente, en todos los supermercados
  vive gente. Consideran la visita de los de Wanamaker's como un gran
  honor; una tilinguería intensa reina entre los habitantes del
  supermercado. Hablan con espanto de un hombre que abandonó un
  supermercado de primera en la avenida Madison para acabar como
  barrendero en una boutique del barrio alemán. Y relatan de manera
  trágica el caso del hombre de "Altman" que sentía una pasión tan
  grande por una prenda de ropa interior de lana que se dejó ver para
  arrancársela de las manos a un cliente. Parece que toda la colonia de
  "Altman", ante la posibilidad de una investigación, fue desterrada por
  el círculo mundano a una peletería de saldos.
      Bueno, tengo que ir a prepararme para la función.
 
      1 de marzo - Finalmente encontré una oportunidad para hablar con
  ella. Todavía no había tenido el valor. Acá uno tiene siempre la
  sensación de que unos ojos pálidos lo están espiando. Pero anoche,
  durante la obra, tuve un ataque de tos. Se me invitó con un poco de
  severidad a que fuera a esconderme al subsuelo, entre los tachos de
  basura, donde el sereno no va nunca.
      Ahí, entre las tinieblas frecuentadas por ratas, oí un sollozo
  ahogado.
      -¿Qué pasa? ¿Quién está ahí? ¿Ella, sos Ella? ¿Qué te pasa,
  querida, por qué llorás?
      -No me quieren dejar ver la obra.
      -¿Y eso es todo? Vení, calmate.
      -Soy tan desgraciada...
      Me contó su historia. Una tragedia. Cuando era nena, una nenita de
  apenas seis años, se perdió y se quedó dormida detrás de un mostrador,
  mientras su madre estaba probándose un sombrero nuevo. Cuando se
  despertó, el supermercado estaba sumergido en la obscuridad.
      -Grité, y ellos corrieron y me agarraron. "Si la soltamos, va a
  hablar", dijeron.
      Uno opinó: "Llamemos a los Hombres Negros". "Déjenla- dijo la
  señora Vanderpant-, a mí me puede servir. Una criadita me vendría muy
  bien".
      -¿Quienes son los Hombres Negros, Ella? Ya se los oí mencionar a
  alguien cuando llegué.
      -¿No sabe quienes son? ¡Son... son horribles!
      -Decímelo, Ella; compartamos el secreto.
      Tembló.
      -¿Usted conoce los almacenes de las pompas fúnebres, los de "El
  final del camino", los que proveen a las casas donde va la gente que
  se muere.
      -Sí, Ella.
      -Bueno, ahí, en ese almacén, como en "Gimbel's" y en
  "Bloomingsdale's", también vive gente.
      -¡Qué espanto! Pero, ¿de qué viven, Ella, en una empresa de pompas
  fúnebres?
      -A mí no me pregunte. Allá mandan a los muertos para que los
  embalsamen. ¡Allá hay criaturas horribles! Incluso la gente de acá les
  tiene miedo. Pero si alguien se muere, o si algún pobre ladrón entra
  en el supermercado de noche, entonces...
      -¿Entonces? Seguí.
 

      -Entonces llaman a los Hombres Negros.
      -¿Y?
      -Y ponen el cadaver o al ladrón, si se trata de un ladrón, bien
  atado, en la sección enfermería, y cuando llegan los Hombres Negros
  todos se esconden. Entonces entran los Hombres Negros... Yo los ví...
  son negros como sombras chinescas... Es horrible... Y los Hombres
  Negros van a la sala donde está el pobre ladrón. Y llevan cera y todo
  tipo de cosas. Y cuando se van, todo lo que hay sobre la mesa es uno
  de esos maniquíes de cera. Y entonces nuestra gente les pone ropa o un
  traje de baño y lo mezclan con los demás, y así nadie se entera...
      -Pero, esos maniquíes, ¿no son más pesados que los otros? Tendrían
  que ser más pesados.
      -No, no son más pesados. Creo que les sacan muchas cosas de
  adentro...
      -Pobrecita, ¿eso era lo que querían hacer con vos cuando eras
  chiquita?
      -Sí, pero la señora Vanderpant quiso que fuera su sirvienta.
      -Esta gente cada vez me gusta menos, Ella.
      -A mí me pasa lo mismo. Me gustaría tanto volver a ver un
  pájaro...
      -¿Por qué no vas a la sección de animales domésticos?
      -No es lo mismo. Yo quiero ver a uno volando libre, o sobre una
  rama...
      -Ella, ¿por qué no nos vemos seguido? Escondámonos acá y veámonos
  seguido. Yo voy a hablarte de los pájaros, de los árboles y de la
  libertad...
 
      10 de marzo - "Ella, te quiero". Se lo dije, exactamente así. Nos
  vimos muchas veces. Soñé con ella durante días enteros. No pude llevar
  al día mi diario y no hablemos de escribir poemas...
      -Ella, te quiero. Nenita, vamos a la sección de ajuares. No pongás
  esa cara de desconcierto, querida. Si vos querés, nos podemos ir de
  acá para siempre. Podemos vivir en los bares del Parque Central; ahí
  hay miles de pájaros.
      -No, Charles, no...
      -Pero te quiero, te quiero...
      -No tendrías...
      -Estoy completamente seguro de lo que digo. No puedo evitarlo.
  Ella, ¿acaso querés a otro?
      Ella lloró un poco.
      -Sí, Charles...
      -Otro. Ella... ¿a uno de esos? Creía que te daban asco. Debe ser
  Roscoe. Es el único que tiene algo de humano. Hablé con él de arte, de
  la vida, de cosas de ese tipo. Y pensar que me robó tu corazón...
      -No, Charles, no; él es como los demás. Los odio a todos... Me dan
  escalofríos.
      -¿Quién es, entonces?
      -El...
      -¿Quién?
      -El sereno.
      -¡No puede ser!
      -Si. Tiene olor a sol.
      -¡Ella... Ella, acabás de romperme el corazón!
      -Podés ser mi amigo, si querés.
      -Voy a serlo, voy a ser tu hermano. Pero, ¿cómo pudiste enamorarte
  de él?
      -¡Ah, Charles, fue tan maravilloso! Pensaba en los pájaros y
  estaba distraída... No se lo digás a ellos, me castigarán.
      -No, no. Seguí.
      -Estaba distraída y él pasó por ahí. Hacía su ronda. No había
  ningún lugar para que me pudiera esconder. Yo tenía el trajecito azul.
  Y ahí no había otra cosa que maniquíes en ropa interior.
      -Seguí.
 

      -No podía hacer otra cosa, Charles; me saqué la ropa y me quedé
  quieta.
      -Ya entiendo.
      -Entonces, él se paró delante mío, y me miró, y me acarició el
  mentón.
      -¿Y no se dio cuenta de nada?
      -No, yo tenía el mentón frío. Pero, Charles, me dijo: "Querida, me
  gustaría que ellas estuvieran hechas como vos, allá en la Octava
  avenida..." ¿No es adorable decir eso?
      -Personalmente, yo hubiera dicho Avenida Park.
      -¡Charles!, no seas como ellos. A veces pienso que te estás
  convirtiendo en uno de ellos. La calle no importa, Charles. Era tan
  lindo que me dijera eso.
      -Si, pero tengo el corazón roto. Y ¿qué podés esperar de él? El
  vive en un mundo distinto.
      -Si, Charles, la Octava avenida... Ahí quiero ir yo. Charles,
  ¿realmente sos mi amigo?
      -Soy tu hermano, pero tengo el corazón roto.
      -Quiero decírselo, es necesario que se lo diga: voy a esperarlo
  acá. Entonces, él me va a ver...
      -¿Y después?
      -Quizá vuelva a hablarme...
      -¡Mi pobre nenita! Te torturás vos sola. Lo único que vas a
  conseguir es empeorar las cosas.
      -No, Charles. Porque voy a responderle. Y me va a llevar con él.
      -Ella, no puedo aguantar esto...
      -Shhh. Viene alguien... Voy a ver los pájaros, las flores que
  crecen... Ahí está, ya viene... Andate, por favor.
 
      13 de marzo - Estos últimos tres días fueron un infierno. Esta
  noche estalló. Roscoe -el primero a quien conocí acá- se me acercó.
  Siempre hubo una vacilante simpatía entre nosotros.
      Me dijo:
      -Tiene aspecto de preocupado, mi amigo. ¿Por qué no va a
  "Wanamaker's" a practicar un poco de esquí?
      Su delicadeza exigía una respuesta franca.
      -Es más que preocupación, Roscoe; ya no puedo comer, ni dormir, ni
  siquiera escribir. Ya ni siquiera puedo escribir, mi amigo.
      -¿Qué le pasa? ¿No se acostumbra a tener que ayunar durante el
  día?
      -No, Roscoe, no. Estoy enamorado.
      -¿Alugna de las empleadas, Charles, o alguna clienta? Sabe que eso
  está absolutamente prohibido.
      -No, nada de eso, Roscoe. Pero no es mucho mejor.
      -Amigo querido, no soporto verlo así. Déjeme compartir su
  angustia.
      Entonces, todo salió de golpe. Estallé. Confié en él. ¡Creí que
  podía confiar en él. De verdad pienso que no tenía la inteción de
  traicionar a Ella, de impedir su fuga, sino de retenerla acá hasta que
  Ella me entregase su corazón. Lo juro, si tuve esa intención, fue
  subconciente... Se lo dije todo. Se mostró comprensivo pero, debajo de
  esa máscara, adiviné una reserva sospechosa.
      -No se lo va a contar a nadie, ¿verdad Roscoe? Esto debe quedar
  entre nosotros. Secreto.
      -Tan secreto como la tumba, amigo.
      Seguramente, fue directo a ver a la señora Vanderpant. Esta noche,
  algo ha cambiado en la atmósfera. Están ahí, dando vueltas, sonriendo
  nerviosos, como con una exaltación sádica. Si les hablo, responden con
  evasivas, tiemblan, se alejan. Una sesión de ballet ha sido pospuesta.
  No puedo encontrar a Ella; voy a buscarla. Tengo que encontrarla.
 
      Mas tarde - ¡Dios santo! Pasó. Desesperado, fui al despacho del
  director, cuyas ventanas de cristal dominan todo el supermercado.
 

  Estuve en vela hasta la medianoche. Entonces vi que un grupito de
  ellos, en procesión como hormigas, llevaban un bulto. Era Ella. La
  llevaban a la sección enfermería.
      También llevaban otras cosas.
      Cuando corrí hacia acá, la horda me atropelló con su torbellino de
  murmullos. Corrían a esconderse, mirando por sobre el hombro, muertos
  de miedo. Y yo, yo también me escondí. ¿Cómo describir a las siluetas
  inhumanas que me rozaron, mudas como sombras? Iban hacia... ¿Dónde
  está Ella? ¿Qué puedo hacer? Tengo que hacer algo. Voy a buscar al
  sereno. Entre él y yo, la salvaremos. Y si nos domina la multitud...
  Bueno, voy a dejar este diario sobre un mostrador...
      Mañana, si sigo vivo, sabré volver a encontrarlo. Si no, ustedes,
  los que están leyendo esto, miren las vidrieras. Busquen tres
  maniquíes nuevos: dos hombres, uno de aspecto sensible, y una chica.
  Ella tiene los ojos azules como aguamarinas y en el labio superior
  tiene una curva encantadora...
      ¡Busquennos!
      ¡Quémenlos! ¡Destruyanlos a todos!
      ¡Venguennos!
                                         & ----À
                                         & ¦
                                         & John Collier, 1935 ¦
                                         & ¦
  ¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
 
 
 
 

  Í---------
  ¦
  ¦ HACIA LO FANTASTICO HIPERREAL
  ¦
  ¦ por Luigi Volta
  ¦
  ¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
 
  La ilusión y el éxtasis
 
  Lo hiperreal nos rodea para consolarnos de las dificultades para
  interpretar la realidad y convivir con ella, "para crear un vacío
  alrededor de la realidad, extirpar su psicología, su subjetividad"
  (Jean Baudrillard, L'échange symbolique et la mort, p. 85). Por esta
  razón lo hiperreal jamás puede producir miedo, sino sólo excitar,
  llenar la mente con sonidos y colores, producir esa impresión de
  extrañamiento que se puede tener frente a una holografía. Lo
  fantástico contemporáneo está compuesto por imágenes que hacen de todo
  para llenar la mente, para que no se piense, y, en consecuencia, para
  que no se pierda tiempo en la interpretación. No se necesita ninguna
  interpretación, ninguna ambigüedad, ninguna vacilación. Todo tiene que
  estar como iluminado por una luz absoluta.
      En efecto, ¿qué se interpreta frente a las entidades
  sobrenaturales descriptas en sus mínimos detalles en los cuentos de
  Stephen King, o frente a los demonios tridimensionales y
  polisensoriales del horror film, de la ciencia ficción psicodélica de
  estos últimos años? Son recuerdos del pasado las grandes narraciones
  del miedo ideologizado que pedían una participación ética, como
  Drácula de Bram Stoker, como La guerra de los mundos de Herbert George
  Wells con sus fronteras tan estrictamente delimitadas entre el bien y
  el mal, pero capaces de producir una gran excitación, cuando se
  verificaba una transgrasión cualquiera. Algo muy disitinto buscan el
  viscoso monstruo de Alien o el "coche infernal" de Christine, junto
  con el ejército infinito de demonios, mutantes y muertos vivientes.
  Estos "nuevos" monstruos se imponen con la solidez de holografías para
  demostrar que las palabras se han vuelto secundarias, que sirven para
  acompañar imágenes en vez de crearlas. Es como si las culturas
  occidentales hubieran solucionado -finalmente- su ansiedad y pesimismo
  proverbiales con la simulación total y la glorificación de la imagen.
      Este "nuevo" fantástico se opone al clásico por el hecho de
  valorizar un "mythos" hecho de acción y movimiento como fines en sí
  mismos, aptos para sorprender y dejar estupefacto. Ya no se trata de
  enseñar, ni de suscitar aprobación o reprobación. Así parece correcta
  la interpretación que da Leslie Fiedler de la literatura masiva
  moderna, la cual constituiría, más que una estética, una "extática":
      "ékstasis, en el sentido de éxtasis, rapto, profunda alteración de
  la conciencia en la cual los límites normales de la carne y del
  espíritu parecen disolverse" (Leslie Fiedler, What was literature?, p.
  139)
      El culto de la imagen puede fácilmente producir una sensación
  semejante, poruqe las imágenes ofrecen valores que se reciben según
  una fruicción sensoria y motora fuerte e inmediata, es decir que estas
  imágenes no son fácilmente traducibles en palabras: no se dejan
  verbalizar. Más bien, en una época de confusión crónica de códigos,
  estas imágenes ilusionan en el sentido etimológico de la palabra,
  "in-ludere", es decir, hacen entrar en un juego. En este juego se
  trata de reconstruir una mítica realidad que Occidente jamás cesó de
  buscar. No esa realidad tradicional, la idea tradicional del
  conocimiento como movimiento desde "adentro" hacia "afuera", sino una
  idea del reconocimiento a través de un movimiento interior que
  conduzca a sensaciones de místicas simbiosis, de indecibles contactos,
  de mezclas, de homogenización.
 

      Se puede decir que no sólo lo fantástico, sino todo el mundo de
  los medios masivos parece anunciar una nueva extraordinaria proxémica
  que favorece el acercamiento del hombre occidental, más que el aumento
  de esa distancia que es tan útil para el progreso científico. Lo
  fantástico es un modo entre los tantos para expresar la utopía del
  acercamiento que se anuncia hoy a través de los medios electrónicos,
  los cuales, anulando el mundo silencioso y aséptico de la palabra
  impresa ofrecen sensaciones de extrañas cecanías y síntesis.
      Las viejas intuiciones de Marshall McLuhan parecen ahora
  proféticas, a pesar de haber sido muy criticadas. Recordemos,
  resumiendo, tu tésis-slogan formulada en 1964: "El medio es el
  mensaje", cuya variante-contraste de 1967 es "el medio es el masaje".
  Y así explica McLuhan en La Galaxia Gutenberg: "En las disitntas
  épocas de la era mecánica habíamos efectuado una extensión de nuestro
  cuerpo en sentido espacial. Hoy, luego de un siglo de empleo de la
  electricidad, hemos extendido nuestro sistema nervioso central en un
  abrazo global, que, por lo menos en lo que concierne a nuestro
  planeta, anula el tiempo como el espacio. Nos estamos acercando
  rápidamente a la fase final de la extensión del hombre: aquella en
  que, a través de la simulación tecnológica, el proceso creativo de
  conciencia será extendido colectivamente a toda la sociedad humana,
  del mismo modo que a través de los diversos medios, hemos extendido
  nuestros sentidos y nuestros nervios" (Marshall McLuhan, The Gutenberg
  Galaxy, p. 25). Y esta fase última él la llama "implosión".
      Quizás, puesto que estamos estudiando el problema de un género
  particular, lo "fantástico", ¿por qué no ver, aprovechando esta teoría
  tan sugestiva, lo fantástico clásico como un fenómeno extensivo,
  favorecido por la "escritura" y sobre todo por la imprenta? El horror
  por lo "impuro" es la temática obsesiva y recurrente de lo fantástico
  clásico, y está basado en la idea de los "límites" (casa, castillo,
  cementerio) y al mismo tiempo de la "escritura" (libro maldito, pacto
  dioabólico firmado con el diablo, etc.), y por la ciencia-ficción,
  están los límites del país/planeta/humanidad, y en vez del "libro"
  está la ciencia con sus normas y prescripciones. Por el contrario, la
  revolución electrónica favorecería una inédita utopía del contacto, de
  la mezcla, y finalmente de la transformación (todos estos aspectos,
  como los llamaría McLuhan, implosivos para la mente) junto con el
  banadono de los viejos sistemas de pensamiento dominados por el culto
  de la dicotomía.
      En el fondo, es la sinestesia, o unificación de los sentidos, la
  temática de las grandes utopías fílmicas de estos últimos años, desde
  Encuentros cercanos del tercer tipo de Spielberg con sus alienígenas
  deseosos de tocar y de sentir, hasta cualquier otyro filme que nos
  pueda venir a la mente. Los nuevos monstruos parecen proponer una fase
  de vida "cercana", absolutamente inaudita para el occidental
  tradicionalmente aséptico y reservado. Esa cercanía reduce el aspecto
  perturbador del monstruo, cuya otredades vista tan de cerca que causa
  la exclusión total del misterio. Así, no se siente miedo a lo
  desconocido, sino un oscuro reconocimiento interior, cuando se asiste,
  por ejemplo, al acercamiento de la "cosa" en Alien de Ridley Scott o
  en The Thing de John Carpenter. Una secuencia de este último filme
  muestra al alienígena que literalmente hunde sus manos en la cara del
  hombre que está por poseer o imitar (en una versión horror de Zelig de
  Woody Allen); o cuando se asiste a la imagen colectiva tan querida por
  David Cronenberg y por George A. Romero, en todos sus filmes, de
  brazos tendidos hacia la simbiosis del Uno con los Muchos.
      No hay asimismo que maravillarse si en la modernidad post-moderna
  la "entidad" indecible del ochocientos encerrada en su castillo o en
  su casa embrujada, la cual constituía un claro campo oposicional,
  circula ahora por las metrópolis contaminadas, autopistas, como en
  Trucks de Stephen King, donde camiones, vehículos y máquinas de todo
  tipo adquieren vida propia para atacar a un grupo de hombres sitiados
  en un diner en la autopista. A pesar de que todo aquí sea absurdamente
 

  cómico, se logra excitar al lector con un ideal horror sinestésico,
  con el tipo de lenguaje usado, extremadamente simple, que acentúa las
  imágenes, con los sonidos y las sensaciones de todo tipo. La idea
  básica de la invención de King es que en el centro de este mundo
  hormigueante ya no se encuentra el hombre, sino esa fuerza sin nombre,
  y fuera de toda trascendencia, que hace posible este vértigo. El
  hombre es absorbido hacia un centro mítico donde desaparece toda
  diferencia. Según la misma idea regresiva, se llega a la síntesis
  total, a la máxima homogeneidad con el mundo, como le sucede, por
  ejemplo, a Scott Garey en The Shrinking Man (1953) de Richard
  Matheson. Este modesto "everyman" del suburbio americano, que sin
  clara razón empieza a achicarse tres milímetros cada día, debe
  soportar cualquier tipo de abyección antes de llegar al "éxtasis"
  final. Antes que nada, al inicio, cuando se ha achicado unos pocos
  centímetros, él soporta la compasión de su esposa frente a lo que ella
  considera una enfermedad; pero ya no hay huella de compasión en las
  fases ulteriores, tras haberse convertido en un hombrecito minúsculo.
  En estos momentos sólo encontramos el desprecio o la distraida
  indiferencia de su hija. Además, la vida para Scott se ha vuelto una
  pesadilla. A medida que él desciende en la escala animal, tiene que
  combatir contra el gato de la casa que trata de comérselo, o contra
  arañas y otros insectos que para él son ogros gigantescos. Sin
  embargo, al final Scott Garey llega a su propioparaísos sumergido en
  la luz: un "universo interior" que se parece al vientre materno de un
  sueño infantil, donde se confirma la circularidad infinita:
 
  En la naturaleza no existen ceros. La existencia continuaba en ciclos
  infinitos. ¡Era tan simple! Nunca sería un desaparecido, porque en el
  universo no había puntos de no existencia.
 
      Así, Scott puede completar su propia regresión:
 
  De repente, empezó a correr hacia la luz. Cuando llegó, se quedó sin
  palabras frente al nuevo mundo, con penachos de vegetación y colinas
  resplandecientes y árboles altísimos, y un cielo mutable, como si la
  luz del sol se estuviera filtrando a través de lentes móviles de color
  pastel. El país de las maravillas.
 
  * * *
 
  Los fantasmas capaces de inspirar esta nueva "extática" tienen que ser
  muy consistentes, como los íconos alucinatorios del discurso
  delirante, que logran incorporarse a la realidad, convirtiéndose en
  "verdaderos". Debe ser posible evocarlos con la máxima facilidad, de
  manera que puedan representar cualquier instancia: desde la sexualidad
  brutal del fantasma de The Entity (1978) de Frank de Felitta, que
  viola repetidamente a la heroina, hasta la pura y simple sed de poder
  y de invasión de los muy concretos vampiros de King en Salem's Lot
  (1975), que actúan como si fueran persinajes de una novela realista, y
  lo mismo podría decirse de los replicantes de Philip K. Dick.
      Estamos frente a una iconolatría colectiva que hoy ha llegado a un
  nivel que seguramente era desconocido en la época de lo fantástico
  clásico. La imagen romántica era siempre un poco frágil: era una "fría
  pastoral" como las figuras cantadas por Keats en su Ode on a Grecian
  Urn, o como en general lo son todos los fantasmas románticos, que
  raramente se representan a sí mismos en cuanto cuerpos sometidos a
  transformaciones incontrolables, sino en cuanto ideas y abstracciones,
  en una última manifestación de la confianza de "representación", en el
  sentido de una afirmación, típica del clasicismo, ética y concreta de
  lo real.
      De ahí se comprende la tendencia en aquel fantástico a encerrar al
  monstruo o fantasma en un espacio reservado y de alguna menra
  protegido: una medida que debía ser útil para crear una cierta
 

  distancia de seguridad para la imagen fantástica, reduciendo así su
  peligrosidad. ¿Qué peligro podía representar el mosntruo/alienígena
  encerrado en su castillo/ataúd/libro maldito o su planeta/nave
  espacial/ciencia destructiva, etc.? El horror propuesto era ante todo
  moral; y la ideología que transmitía ese tipo de fantástico era que el
  horror tenía que estar encerrado con toda seguridad dentro del espacio
  limitado del castillo o de cualquier otro lugar igualmente cerrado.
  Después de todo, los espectros con sus cadenas en la soledad del
  castillo estaban allí a la espera de la salvación que los anulara como
  imágenes ambiguas, llevándolos a la paz de la tumba. Hasta Drácula
  parecía agradecido al final de la novela de Bram Stoker, por ser
  matado con la clásica estaca y por morir con una "buena" muerte, como
  aparece en el diario de Mina Harker:
 
  Mientras viva será feliz porque en el momento de la disolución, en su
  cara tuvo una expresión de paz que nunca hubiera podido imaginar.
 
      Todos esos fantasmas parecían destinados a desaparecer frente a la
  luz del día. No eran resistentes como los fantasmas de hoy. El
  fantasma moderno lleva consigo la certidumbre alucinada de un juego de
  vértigo: desprovisto de intenciones didácticas, quiere sobre todo
  transmitir sensaciones. Así, lo fantástico se ha convertido en la
  "feria" de la modernidad, el lugar por excelencia en el que existe el
  permiso de jugar como uno quiera, donde los libros y los filmes
  (desaparecen hoy las diferencias entre medios) son los toldos en los
  cuales se pueden probar los placeres que involucran más a los cuerpos
  que a las mentes. Los monstruos que se ofrecen a la vista, desde la
  mujer-cañón hasta el hombre-esqueleto (con todas las otras variantes,
  infinitas, de monstruos posibles), quieren ser más verdaderos que lo
  verdadero, para desafiar a la mirada y a los otros sentidos.
      Pues hoy falta una reconciliación general entre el hombre y el
  mundo, se asiste a una acentuación del nivel de la percepción con la
  revalorización de las formas, de los colores y de los olores, y
  también con la idea de que los contrarios ya no se consideran
  contradictorios, sino elementos complementarios de un mosaico.
      La lógica está ausente, junto con la secuencialidad
  lógico-temporal, en el mundo polisensorial de este "fantástico". La
  transformación que se verifica es la del animal: la del hombre como un
  animal sin proyectar. Encontramos muy a menudo este proceso de
  animalización en la cultura moderna. Lo hemos visto en Kafka con su
  Samsa que se transforma en escarabajo; lo vemos en Cortázar donde la
  animalización es un proceso constante de deshumanización. Se
  convierten casi en vegetales los dos hermanos que se quedan en su casa
  tomada en el cuento homónimo de Cortázar, incapaces de reaccionar,
  cuando día tras día van quedando excluidos de todas las habitaciones.
      Importa notar que ya sea para la "casa" de Cortázar, o para el
  "escarabajo" de Kafka, se tratan de pesadillas visuales caracterizadas
  por una extrema riqueza de detalles que no se dejan reducir a la
  palabra, y que así escapan a la interpretación mítica. La cultura
  moderna parece destinada a vivir cada vez más y más exclusivamente de
  imágenes, las cuales, como escribe Susan Sontag:
 
  parecen invitar al lector a acordar sus significados simbólicos y
  alegóricos seguros, pero, al mismo tiempo, rechazan tales
  atribuciones; y cuando se examina la narración, esto no muestra más de
  lo que significa literalmente. El poder de su lenguaje deriva
  precisamente del hecho de que este significado es extremadamente
  pobre. (Susan Sontag, The Aesthetics of Silence, en A Reader,
  Harmondsworth, Penguin, 1983, p. 201).
 
  En breve, en el fondo, el pasaje desde el vacío kafkiano hasta la
  moderna simulación sin profundidad. Como no se puede vivir en un mundo
  de objetos incompresibles, se trata de atribuir una vida autónoma a
 

  los mismos objetos otorgando valores a sus características físicas y
  formales. De tal manera, se favorece ese efecto de fetichismo que ya
  fue denunciado por Marx y Engels: los objetos empiezan a vivir por su
  cuenta, en cuanto irreductibles a un sistema de valores. Devienen
  fetiches, presencias mágicas, "creaciones inconscientes de su creador,
  que pueden ser ora repudiadas, ora adoradas" (Jean Goux... ) Y no sólo
  se transforman los objetos: también las palabras adquieren un espesor
  distinto. Por lo que concierne a la literaturta fantástica, los
  "topoi" del miedo moderno salen finalmente de la ambigüedad y de la
  incompletud de estampa freudiana, es decir, simbólica y ética, para
  efectuar una mitopoiesis de tipo nuevo. Sobre los escombros de los
  mitos primitivos, se forma una extraña mitificación: ya no basada en
  el ethos, en el estudio del carácter y la moral que indicaba sólidos
  puntos de referencia, sino en el mythos de una acción gloriosamente
  situada en el vacío de mundos paralelos como la "tierra media" de
  Tolkien.
      Lo fantástico de masas de hoy, lejos de inspirar miedo y angustia,
  ataca la razón principal de miedo y de angustia. Desafía lo invisible
  y lo no-representable, reduciéndolo, gracias al efecto especial y a
  una escritura que puede enfrentar cualquier argumento, no importa cuan
  inverpsímil sea. Así puede describir lo inconcebible, la luz
  enceguecedora de los finales de filmes como El abismo, de Cameron, o
  de la novela The Sentinel de Jeffrey Konvitz. Como escribe Rosemary
  Jackson:
 
  En una cultura que asimila lo "real" con lo "visible" y privilegia al
  ojo respecto de los otros órganos de sentido, lo no-real es algo
  in-visible. Lo que no es visto, o que amenaza con no poder ser visto,
  puede sólo tener una función subversiva men relación con un sistema
  epistemológico para el cual "yo veo" es sinónimo de "yo comprendo".
 
  Sin embargo, hay otro elemento quye revoluciona la visión moderna
  respecto de la del pasado. La intensidad y la solidez se producen
  revistando obstinadamente los mismos lugares. La repetición de
  palabras, ideas, frases, imágenes o nombres lleva a un
  acostumbramiento tal que inclina a aceptar la presencia y existencia
  de lo que se repite.
      En lo fantástico, más que el horror físico conectado con las
  imágenes de violencia (vivimos después de todo en un mundo
  desacralizado que desde hace tiempo mató a los fantasmas junto con lo
  metafísico, y que ahora no puede sino encarnizarse contra el cuerpo),
  importan las modalidades mismas de existencia de estos seres
  fantásticos: su capacidad de regresar siempre iguales, incluso con
  nombres distintos, pero con una naturaleza inmortal que tranquiliza al
  lector, un poco como todos los otros productos de la cultura
  industrial, con su idea de mágica atemporalidad del no-muerto y
  no-vivo, del nosferatu o del replicante, deviene así uno de los juegos
  posibles que el imaginario tecnológico refina para desafiar la
  temporalidad de la finitud.
 
 
  Los "nuevos" vampiros de la ciencia-ficción
 
  El fenómeno más evidente en la actual cultura de masas es la
  contaminación que está afectando todos los géneros. Esto se verifica
  en particular en la ciencia-ficción, que se revela centro de atracción
  para escritores y lectoresw, y campo preferido de experimentación
  estética a causa de sus hibridaciones de ciencia, fanatasía y
  realidad. Por otra parte, aún no ha desaparecido la idea de misión
  educadora que el género ha tenido desde la época del pionero Hugo
  Gernsback. Lo que la ciencia-ficción puede enseñar ahora con su
  inmenso poder plástico y alucinatorio, sobre todo gracias al cine y a
  los efectos especiales, son las bases híbridas de nuestra cultura
 

  contemporánea: su relativismo, hedonismo y su idea del conocimiento
  como archivo y museo. (Cfr. Douglas Crimp, "On the Museum's Ruins", en
  Hal Foster (ed.), Postmodern Culture, Pluto Press, London, 1983).
      El texto contaminado es meláncolico, pues propone algo que queda
  incompleto como en un museo donde ya no existen pasiones y donde lo
  heterogéneo nunca puede aspirar a una síntesis cualquiera. Hay
  melancolía en la trilogía de las aventuras de Indiana Jones de Steven
  Spielberg o en las películas tipo Star Wars: repeticiones y mezclas de
  motivos sacados de revistas e historietas que ahora ya no se re-editan
  sino para adultos nostálgicos, pero que en la película son
  restructurados y adaptados para el gusto de los nuevos adolescentes
  educados en la imagen polisensorial y el rápido ritmo de la TV.
 
                                         & ----À
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                                         & Luigi Volta ¦
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  ¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
 
 
 
 

  Í---------
  ¦
  ¦ DESPUES DEL NAUFRAGIO DE UN ESPACIONAVIO
  ¦
  ¦ por Gustavo Fredes Pérez del Cerro
  ¦
  ¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
 
  ASUNTO: DESASTRE DEL "PRESIDENTE BARBICANE"       folio 32
 
  MEMORANDUM INTERNO                       CLASIFICACION: 03
 
  DE: GUARDIA ESPACIAL              A: MINISTERIO DE DEFENSA
      DPTO. DE INTELIGENCIA            INTELIGENCIA ESPACIAL
 
  Ref/// BORIS INCLAN; Interrogatorio A/G 18.452-01
         (desgrabación) RESUMEN
 
  COMIENZA EL INTERROGATORIO.
  I01: Bueno, ¿vas a confesar que fuiste el ejecutor del atentado?
  B.I.: ¿Qué atentado? ¿Entonces, fue un atentado?
  I02: ¡Nosotros hacemos las preguntas!
  B.I.: ¡Aaah!
  I03: Qué vinculación tenés con la E.E.K.A.?
  B.I.: ¿Qué cosa?
  I02: ¡Contestá, idiota!
  /// ... ///
  SE APLICA TORTURA
  I02: ¿Por qué te llevaste una cápsula del nivel 4 en vez de ir en la
  de los tripulantes?
  I03: Pensabas irte a donde te rescataran tus amigos, ¿eh?
  B.I.: ¡Yo sólo estaba en ese nivel! ¡Aaah!
  I01: ¿Qué hacías en ese nivel? ¡No nos vas a decir que te encamaste
  con una pasajera!
  B.I.: No me acuerdo... Sólo sé que vi el pasillo... con las luces
  rojas y, última, en el fondo, estaba la cápsula. Era para mí...
  I02: Si no confesás, macho ¿no vas a volver a cojer en tu vida!
  B.I.: Cojer... yo no me la había cojido... era de todos, emnos de
  mí...
  I03: ¿Nos estás tomando el pelo? ¡Tomá!
  B.I.: ...
  /// ... ///
  /// PRIMERA REVISION MEDICA ///
  El interrogado no presenta demasiadas escoriciones a raíz de los
  medios de interrogación. Presenta un cuadro de shock no relacionado
  con los medios de interrogación: estupor, mirada fija, pupilas
  dilatadas, discurso incoherente, aparente insensibilidad.
  ///
 
 
 
 
 
 
  ASUNTO: DESASTRE DEL "PRESIDENTE BARBICANE"       folio 33
  ///
  Hay varias punciones en sus antebrazos. Extraemos sangre para
  verificar la presencia de sustancias especiales. Negativo. Puede
  continuar el interrogatorio.
  /// ... ///
  B.I.: ¡Ah, Lúwa, ah! ¡Hermosa! ¡Sí, sigue... sigue..!
  /// ... ///
 

  B.I.: ¿Qué es ésto? ¡Es riquísimo! Será raro como desayuno pero...
  /// ... ///
  /// SEGUNDA REVISION MEDICA ///
  Se profundiza el estado delirante del interrogado. Insensibilidad,
  delirio, mirada ausente. Nuevo análisis hematológico. Negativo, según
  procesos más avanzados disponibles en esta estación. Psicólogo
  recomienda aplicación combinada de ETC cerebral y cardíaco. Inyección
  de cloropromazina. Lesiones de regular gravedad. Puede continuar el
  interrogatorio.
  /// ... ///
  /// TERCERA REVISION MEDICA ///
  Aparente fracaso de las técnicas de interrogación. Continúa el
  delirio. Debilidad. Taquicardia. El interrogado presenta lesiones
  profundas y se conviene contnuar con el interrogatorio ante la
  posibilidad de que la droga X que lo mantiene en shock sea mortal.
  /// ... ///
  /// AUTOPSIA ///
  Causas de la muerte: paro cardíaco, previa insuficiencia, paro
  respiratorio y estado comatoso. El cuerpo presenta graveísimas
  lesiones propias de los métodos de interrogación. No se hallan
  evidencias directas o por biodegradación de narcótico alguno.
  /// DICTAMEN FINAL ///
  El interrogado aplicó técnicas autohipnóticas o actuó bajo los efectos
  de psicotrópicos de nueva generación no identificads. Probabilidad de
  génesis exocultural: INDETERMINABLE. Revisar todo el procedimiento de
  detección, neutralización e interrogatorio para precisar disparador
  hipnotico o momento de ingesta de la droga. Buscar también en sus
  pertenencias trazas mínimas del posible vehículo de la droga. Procurar
  la interrogación de miembros de la E.E.K.A. ' Brazo Científico y
  releer con atención declaraciones archivadas de otros elementos, que
  echen luz sobre desarrollos o procedimientos secretos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  Boris Inclán giró su cabeza con dificultad, a causa de la
  desaceleración, y vislumbró el misterio de una esfera verdosa contra
  el negro espacial, a través de la escotilla de la izquierda. A pesar
  de la tragedia ocurrida pocas horas antes, su espíritu no parecía
  hallarse turbado ni intranquilo por lo que le deparase el destino. Por
  el contrario, se diría que estaba sosegado, en paz. Peo tampoco era
  así.
      La pérdida de velocidad había cesado y los movimientos, a pesar
  del traje, se volvieron inusualmente libres. "¡Ah!", suspiró, "¡qué
  hermosa es la falta de gravedad! Todos los viajes deberían ser así...
  " Muy hermosa, en verdad, peo bastante nociva para el cuerpo; en
  esecial s uno ha de viajar por largos períodos como Boris. "Así sí se
  disfrutaría la vida a bordo", insistió.
      Volvió a observar la cara de ese planeta olvidado en el rincón de
  algún mapa, donde cabía la esperanza de la vida o una cápsula de
  cianuro. El verde -que para algún novato podía equivaler a cielos de
  metano e hidrógeno sobre un mar de gas licuado- no representaba para
  él una amenaza. No es que nuevamente se dejara dominar por el abandono
  de la nada que a menudo experimentase en la nave. Este era otro tipo
  de verde Un matiz aterciopelado con zonas más oscuras pero que no
  formaban bandas u orden alguno sino que se fundían suavemente, y que
  se decoloraba hacia los bordes hasta formar la huella de una atmósfera
  blanquecina.
 

      Sintió un leve tirón y supo, aún antes de ver las luces del
  tablero, que la pequeña burbuja había iniciado las maniobras de
  descenso. El asiento columpió hasta adoptar el ángulo más conveniente
  para u humanidad y quedó frente a sus ojos la escotilla de acceso, con
  la ventanuca de grueso cristal, dividida en dos por una viga. desvió
  al punto su vista hacia los restantes asientos, vacíos, y luego sola
  volvió sobre la entrada. Había un cartel amarillo con letras rojas
  sobre la viga y de pronto la oscuridad del Universo pareció ceder a
  una figura, a una cara detrás del vidrio.
      Boris recordó a la muchacha, a la hermosa muchacha de la cara.
  Recordó la última vez que la vio, cuando sus finos rasgos se deshacían
  por el terror; y sus blancas manos y sus uñas nacaradas, chocaban y
  arañaban -sin que le llegase ningún sonido- la claraboya de la puerta
  exclusa, que daba al pasillo de escape iluminado por las llamas, y que
  ya sólo él podría abrir.
      Dejó las imágenes sobre su cabeza para contemplar la superficie
  del astro que le daría refugio. Se apreciaba ahora una suerte de bruma
  que se teñía de verdor desde abajo, pero a través de los girones
  pasaban límpidos pedazos de amarillo, de azul claro y de verde. En el
  tablero los instrumentos realizaban un rápido análisis de las
  características del planeta para determinar su habitabilidad.
      "Es curioso", pensó, "pero no puedo imaginarme sus gritos; porque
  ella gritaba... " Otra vez miraba la portezuela. ¡Tantas veces había
  escuchado su voz! pero en otras circunstancias. Cantando alegremente
  entre un grupo numeroso; bromeando apoyada sobre el hombre de algún
  oficial; dirigiéndole una vez una frase fría, para que reparara su
  intercomunicador, estando él de servicio... y otra vez una voz helada
  cuando él estaba de franco. "¡Ah, me las pagaste, aldita!", tremó,
  "¡tanta humilación a mí, a mí! ¡Y ahora qué destino les espera a todos
  mis enemigos en la infinidad del espacio! Entonces yo teía algo que te
  interesaba ¡algo que nunca antes había representado para tí!: ¿dinero?
  ¿posición?, no; ¿atracción? ¿beleza física?, tal vez, pero no era eso
  lo buscado: ¿seguridad, eso era! La última cápsula del nivel ¡yo ya
  estaba dentro! Te vi en la clarabya y me dije: '¿Dónde está el
  protagonista de esta velada? ¿acaso te ha dejado sola?' ¡Qué
  oportunidad para ser un caballero! ¿no? ¡Qué oportunidad para ser
  usado! ¡Yo te maté!; inicié el proceso de eyección después de verte...
  " Un brillo demencial se fue apagando en sus ojos. Desviando la vista
  prosiguió: "No, yo jamás he matado a nadie... ¿pero no sería a mi a
  quien fueses a usar!"
      Boris hizo silencio, si es posibe silenciar alguna vez la mente,
  si no queda algún pensamiento en una sala discurriendo. El primer
  informe de los sensores era que no habrían gases decididamente nocivos
  para els er humano. El ingreso pasaba a la fase II: en quince minutos
  estaría sobre la superficie.
      Ese tiempo lo pasó mayormente redordando cosas de su reciente y
  anterior vida (pues era claro que ahora el Destino imponía un nuevo
  rumbo en el timón). Las charlas con sus compañeros, ajenos a su vida
  tanto como él al mundo de los pasajeros y la oficialidad; aunque él
  más cercano. ¿Cómo es que surgían tipos como él, despojados, no
  pertenecientes a nada, que miran desde afuera la vida pasar, pero
  defienden con orgullo su persona y resienten el trato omún que a los
  inferiores se da? Pero se interrumpía a cada tanto para reafirmar el
  cambio, lo nuevo, aquello distinto que podía hacer que su vida tuviera
  un algo insospechado en la sociedad en que vivía. Allá abajo, cada vez
  más cerca, un mundo salvaje que le caía simpático con antelación a
  cualquier sondeo científico, dónde sería el único ser humano -estaba
  seguro de que ninguna otra navecilla había seguido su dirección- le
  daba la bienvenida. ¡Adiós al pasado!
      Súbitamente se sacudió todo a bordo y tuvo la sensación de peso
  sobre el cuerpo. El asiento tomó un nuevo ángulo y la escotilla quedó
  a su espalda. Ya podía verse un verde familiar desde esa altura: el
  verde de la selva con claros amarillentos como de dunas y una cuenca
 

  azulceleste en la distancia. Afuera, sobre la esfera blanca, tres
  paracaídas enormes sustentaban el salvavidas de Boris. Y brilaban
  claramente en medio del cielo.
 
  Cuando la estrella anaranjada que reinaba sólo había recorrid u cuarto
  de celo, ya Boris había dejado su primer campamento y se internaba
  entre la vegetación. A través de un follaje arborescamente no tan
  tupido como lo supusiera a priori, marchaba rumbo al mar vislumbrado
  durante el descenso. Vestía un traje ligero, en vez de la escafandra,
  en favor de la movilidad y el clima templado; además, nada lo señalaba
  como tripulante.
      Antes, al amanecer, habíacalentado una ración de emergencia (al
  igual que el día anterior a la hora de cenar) sobre una hoguera de
  ramas secas. Aunque lamentara cortar algunos miembros de esos árboles,
  que le traían la imagen del paraíso perdido, debía cuidar las fuentes
  de energía, como las batería almacenadas en la navecila, más a
  proposito de otros fines. De hecho, todas sus provisiones, el mes de
  raciones, el agua potable, los medicamentos básicos y los pocos
  instrumentos elementales para el náufrago, le prolongarán la vida pero
  en condiciones muy precarias y degradantes a menos que una rápida
  acción, como la emprendida, tuviera lugar.
      Durante su primer desayuno y a guisa de la ancestral y civilizada
  costumbre, se impuso de las noticias que la computadora había
  elaborado a lo largo de la noche: el día duraba 30 horas, el planeta
  había sido identificado (con una probabilidad de 0,97) como
  5-X-Aquilae, lo cual significaba que estaba realmente alejado de
  cualquier ruta habitual y propiamente en los confines del conocimiento
  terrestre (por lo que la antena que emitía señales de socorro era un
  formalismo) y algo más interesante: estaría habitado.
      Este era un tema que excitó su imaginación desde el primer
  momento, en aquel claro de suelo arenoso en cuya pendiente había
  encayado la cásula, y continuaba haciéndolo a lo largo de su actual
  derrotero hacia el mar. No es que fuera una novedad tratar con un
  extraterrestre. Boris había conocido a muchos en sus largos viajes por
  el cosmos, atracando en puertos donde se hablaba de la "colonia
  terrestre" y visitando naves extrañas en la alta noche del espacio.
  Pero había algo de misterioso en los escuetos comentarios que
  imprimiera el cerebro electrónico.
      Eran tan pocos los contactos que ni estaba muy definida la
  diatriba amistad-hostilidad, huésped habitual de los partes militares.
  Tampoco estaba muy clara la extensión de sus dominios , si bien
  parecía que ese no era el planeta madre. Se sbrayaba, sí, su alto
  desarrollo intelectual y tecnológico, y una curiosidad: eran
  humanoides evolucionados a partir del correlato de un félido
  terrestre. En definitiva, todo un enigma. Algo así como la masa oculta
  de un iceberg que de inmediato se nos representa, ambigua, en la
  mente. Boris pensaba en los reinos del Oriente que antaño desvelaran a
  sus ancestros.
      Se preguntaba por sus costumbres. ¿Abrirían sendas, trazarían
  caminos? El había estado avanzand por una ruta sinuosa cuya dirección
  constataba con la brújula, aunque todo indicaba que era tan natural
  como el bosque. Sólo una sucesión de claros unidos por pequeñas
  quebradas; acaso un río de arena fluyendo entre los montecillos y las
  colinas. ¿Y respecto a la comida? ¿Cuál sería su caza? ¿Surcarían el
  mar? ¿Levantarían ciudades en las bahías? ¿Qué cultura crearía un
  pueblo más rudo y belicoso que el hombre? ¿Cómo vería el mundo un
  cazador nato?
      Un rugido lo sacó de sus pensamientos. a los pocos segundos se
  repitió. Saliendo de su estupor, corrió hasta un árbol grande y se
  echó junto a su tronco al tiempo que ampiñaba la pistola.
  Nerviosamente revisó la caraga y con la otra mano aferró el bulto con
  las municiones. Se quedó muy quieto escchando. Silencio. El mismo
  silencio que durante la noche lo llevara a tomar el arma y disponer el
 

  parque. ¿No habrían animales en ese planeta? Uno por lo menos sí. Se
  lo imaginaba como un oso asesino o mayor aú, como algún carnicero
  prehistórico. No se atrevía a moverse. Sabía que no tenía oído tan
  fino ni el olfato como una bestia; apenas un arma y or eso la
  aferraba, el dedo dentro del guardamonte, sobre el gatillo. Durante
  mucho oyó sólo el murmullo de las hojas, en las altas copas movidas
  por el viento.
      Sobresaltado, se despertó dos horas después. Miró en todas
  direcciones. Tenía la mano entumecida de apretar la pistola. El sol
  naranja bajaba del cénit. La fina arena blanquecina conservaba las
  huellas de sus pisadas, sus últimas zancadas y el revolcón. Buscó
  alguna otra marca, pero nada. Convino en que el animal habría estado
  muy lejos y que el viento arrastró su reclamo, o bien era torpe e
  incapaz de hallar una resa silenciosa. Maldiciéndose por su descuid se
  puso de pie para seguir adelante. Esa clase de errores debía evitarse
  si deseaba sacar partido de su suerte. Debía estar bien atento para
  adivinar los resquicios en los que un extraño pudiera medrar en esta
  civilización desconocida.
      Antes de retomar la marcha bebió de su cantimplora. X-Aquilae se
  inclinaba ya sobre el techo del bosque cuando echó otro trago. Le
  peocupaba el no haberse topado con ningún arroyo, pero más aún pesaban
  las doce horas de nche que se acercaban. Supo que no podría hacer en
  una jornada la búsqueda del mar desde el comienzo, pero a la mañana,
  dentro de la navecilla, no contó con que el temor irracional padecido
  esa noche se reeditaría al ocaso. No conseguía aclararse el origen de
  su miedo; cierto que a bordo el "día" y la "noche" eran arbitrarios,
  que en una base orbital o una ciudad la oscuridad nunca era tan
  completa ni tan desamparada. También estaba la compañía impuesta
  -curioso ropaje de la soledad- siempre alguien, tabique de por medio,
  o en la otra litera; acaso resentá su ausencia y temía. A pesar de su
  cansancio, pospuso el campamento mientras hubiera luz.
      Sin embargo, la carpa hecha con tela de paracaídas no llegaría a
  armarse porque, antes de que el sol transpusiera el horizonte,
  recibiría una sorpresa. Venía remontando una cuesta muy suave desde
  hacía una hora. Un suave declive que el follaje ocultaba debido a lo
  irregular de la senda. Al llegar al tope noto que el suelo se
  endurecá. La arena era aquí una fina capa que interrumpían grandes
  trozos de roca. Se detuvo un par de veces a contemplar unos cuarzos
  enormes; parecían abundar en esta zona. Más adelante halló otras
  piedras veteadas, mármoles y ágatas que le parecían maravillosas.
  Distraído como estaba, rodeó un alto risco sin cuidado alguno. Este y
  una loma empinada formaban una garganta curva, pero de lo que había
  más allá nada podía adivinarse.
      Se encontró de pronto en un llano, un claro en el bosque. Acá
  crecía hierba y sobre ella reposaban grandes lajas de piedra blanca.
  Al fondo el suelo era quebrado y creyó ver por lo menos una arcada
  bajo la terraza en que ontinuaban los árboles. Pero algo más
  importante: a cincuenta metros, tres figuras manipulaban un artefacto
  parecido a una araña blanca. Lo vieron inmediatamente.
      Por un instante vaciló. Hubiera echado a correr de vuelta. No
  había previsto ningún encuentro hasta hallar las costas, cuando menos.
  Para esa ocasión hubiera preparado frases más o menos solemnes,
  vocacionalmente memorables. En cambio así; los tres extraterrestres se
  habían parado y lo miraban expectantes. Tenían largas colas como de
  gato y las agitaban nerviosamente. Sus ojos resaltaban pese a la
  iluminación mortecina.
      Levantó la mano derecha abierta en señal de amistad. Se preguntó
  si conocerían la lengua comercial, el dialecto orph. En él articuló su
  presentación.
      -Me llamo Boris Inclán y vengo de la Tierra. Soy humano y vengo en
  paz -dijo según la fórmula habitual. -Mi nave naufragó y el azar me
  trajo a este mundo.
      -Acércate, humano, para que podamos verte -le replicaron en el
 

  mismo idioma aunque pronunciado con dureza.
      Obedeció. Una de las cosas que siempre le habían maravillado era
  la similitud entre los pueblos humanoides del espacio. Pese a haberse
  desarrollado en planetas remotos, las distintas razas parecían tratar
  de imitar un patrón único y universal. Se comprendía que los antiguos
  buscaran un nexo. Aquí su asombro era mayor, puesto que aún con sus
  colas y otros rasgos felinos, estos especímenes eran indiscutiblemente
  humanos. Acaso la impresión era más vívida por ser los tres
  alienígenas mujeres y marcarles las ropas ajustadas curvas y bellas
  proporciones. Bellas desde el punto de vista humano. Boris recordó a
  la joven de la uñas nacaradas.
      Una de las humanoides se quedó frente a él; las otras avanzaron
  cuando él se detuvo y lo examinaron quizá con demasiada insistencia.
  Se leerizaron los pelos de la nuca pero se mantuvo inmóvil.
      -Yo soy Lúwa -dijo por fin la que estaba al frente- y nada haas de
  temer. Te damos la bienvenida, náufrago del espacio. Captamos las
  señales de tu cápsula y ahora mismo desplegábamos este aparato para
  precisar el sitio en que se originaban. En la mañana hubiéramos salido
  a buscarte.
      Boris agradeció y le pareció que el recibimiento era propio de
  quienes están familiarizados con el trato con extraños del cosmos. Una
  de las otras dos continuaba no obstante mirándolo con curiosidad. La
  joven era hermana de Lúwa y se llamaba Lúghid. La otra era amiga de
  ellas y su nombre era Gathrud.
      -Hay más de nosotras en la casa. Si nos sigues, compartirás
  nuestra mesa y te llevaremos al arroyo para que te refresques.
 
 
  Dentro de una depresión del piso había un hogar circular,
  circunscripto por piedras surcadas de minerales. Ardían las últimas
  brasas y los sitiales tallados sobre las paredes de la concavidad sólo
  acogían a Boris y Lúwa. Atrás habían quedado la cena y las
  presentaciones. Conoció a Balrínay, dáhyid y Jánah, las otras tres
  miembros de una hermandad matriarcal con fines ambiguos. Resultó que
  había calculado mal la distanca al mar: hubiera precisado tres
  jornadas par la costa. Pero las ciudades no eran tan características
  en esta cultura, y dar con una habría sido tarea mayor. Recordó entre
  divertido y triste cuando le pregntaro si era vegetariano por su larga
  masticación de la carne. ¿Cómo explicarles que un técnico de a bordo
  veía pasar esos platos hacia la mesa de la superioridad y los
  pasajeros ricos? ¿Y la falta de dinero para encargar la prótesis
  dental? No les dijo que le extarjeron ocho muelas sino que se había
  acostumbrado a la comida sintética, y continuó mordisqueando el
  apetitoso asado frecido en largos espetones.
      Al retirarse las otras a la sala del fondo, atenuaron las luces
  que desde cavidades de roca translúcida, alumbraban la caverna.
  Estaban detrás, por supuesto, de la arcada vista en el claro. Lúwa le
  ofreció una copita de un licor fuerte y fluido de color rojizo. No
  disminuía su asombro por los alienígenas y sus costumbres. ¡Qué
  hospitalidad! ¡qué calidez! Aun en la caverna soberbiamente
  acondicionada. Se pregunaba si el hombre realmente habría sido así
  antes de que lo mensuraran, lo programaran, lo ataran a la noria. Si
  acaso en el Medioevo estas maneras nbles y directas podrían haberse
  dado. Pero en estas cazadoras no había atraso ni brutalidad; se veía
  que su tecnología trataba de igual a igual a la terrícola, y exhibía
  detalles refinados y de mejor gusto que la ostentación de las naes de
  lujo. ¿Qué habría hecho la diferencia?
      Ahora hablaba con la muchacha que se había quedado sobre su mismo
  cojín desde que escanciara. Las dimensiones de la cavidad lo
  permitían. El trato cordial le había soltado la lengua y la risa y no
  reparaba en la extraña mirada de Lúwa. Mientras comentaba las
  impresiones que es planeta le indujese, dejaba que sus ojos fueran
  llevados por el hinótico movimiento de su cola de gata. Poco a poco
 

  fue perdiendo el hilo de la conversación -especialmente cuando ella
  explicó el amor por la naturaleza que su pueblo sentía- y tomando
  consciencia de la sensualidad de su cuerpo. Más allá de las
  diferencias, de las oreas en punta, de la cabellera salvajemente
  erizada y veteada, de las pupilas como na hendija vertical, de los
  dedos sin uñas o la dentadura particular, era sorprendente la armonía
  de las curvas de sus piernas y sus senos. En eso nada debía envidiar a
  la muchacha que abandonara en el pasillo de escape...
      Levantó de golpe la vista y apuró de un trago el resto de la copa.
  Ella bscó la vasija de cuarzo para servirle más. Sintió el calor de
  sus manos cuando ella le sostuvo la suya temblorosa. Quedaron en
  silencio un momento, mirando el fuego. Igual que toda la velada, de
  fondo llegaba una sinfonía de instrumentos de cuerda muy agudos y con
  extrañas cadencias. La cola cilíndrica y flexible, rubia con anillos
  más oscuros, ahora se apoyaba en su pierna zquierda. Y mientras la
  veía se enrlló en torno a su muslo. Boris sintió un escozor en el
  estómago, Lúwa le sacó la copita "porque debía tomar con precaución" y
  entonces él empleó esa mano libre para recorrer el pelo suave de su
  cola. "Tuvise serte al hallar este lugar, luego de la frialdad del
  espacio", le oyó decir. La sintió vibrar como una gata, aunque se
  parecía más a una pantera. De repente y sin una palabra, Lúwa le pasó
  las suaves palmas por la cara. Boris veía sus ojos amarillentos
  extasiado y antes de que udiera pnsarlo se habían acercado a
  centímetros.
      Ella dio un flexible salto y le metió la lengua e la boca. Luego
  la pasión no pudo controlarse y en ningun momento Boris se detuvo en
  ruritos raciales. Al contrario, mientras se besaban aferrados el uno
  al otro, sus diferencias alentaban el deseo. Desde que se embarcara en
  el Barbicane no había conocido el sexo más que por el vergonzoso
  desahogo de la masturbación. Creía estar soñando cuendo la extraña le
  bajó el cierre de su traje y se quitó ella misma la ajustada
  casaquila. ¡Dios!, exclamó Boris y le pareció que la luz rojiza, bajo
  la cual sus cuerpos se encontraban, provenía de los erectos pezones y
  no de los tizones.
 
 
  Poco antes de despertar soñó algo relacionado con su vida de a bordo.
  Debió ser desagradable porqe se interumpió bruscamente y de inmediato
  lo olvidó. En su afán de capturar el sueño se internó en una seri de
  rcuerdos, imágenes y pensamientos que fueron su rutina hasta que aquel
  impulso afortunado lo pusiera en el pasillo de escape. El brusco
  sacudón sólo lo había colocado en un estado próximo a la vigilia así
  que esos pensamientos, viscosos, aceitosos, discurrieron por su propia
  cuenta.
      No se trataba tanto del desprecio en que él y sus compañeros eran
  sumidos. Acaso fuese significativo que una relación insincera
  envolviese a los pasajeros, los más ricos y los menos, los aventureros
  y a la oficialidad. Un juego en que el poder, como dinero o autoridad,
  era carta de triunfo. Lo seguían en una baraja enloquecedora, naipes
  marcados en lances de antemano perdidos para gente como él, siendo
  ésta la única regla que sabía segura. Las demás podía intuirlas en la
  falsedad, en la simulación, en la obsecuencia, la humillación y la
  servidumbre. El placer, la diversión, la alegría eran cosas muy
  distintas según a quien correspondiesen; eran también moneda de
  cambio.
      Y un dearraigado como él tenía a la soledad por fiel compañera,
  indeseable compañera. Muchas veces hubiera deseado que alguien se
  acercara hasta su litera y lo abrazara. Que hubuera mitigado su
  soledad si no con esa combinación de propiedad y amor -eso no le
  correspondía- al menos con fugaces momentos donde el contacto de la
  piel extraña le diera algo de calor. Que, por instantes, unos brazos
  lo retuvieran en un refugio cálido, para restañar heridas y poder
  seguir al día siguiente. No era mucho pedirle a una mujer que lleva a
 

  su cama un día a uno, un día a otro. Pero las prostitutas tienen su
  tarifa, no hacen nada por amor. Y las despreciables mujerzuelas que
  daban la nota y coronaban al vencedor, ésas, como la chica de las uñas
  nacaradas que en su delirio tratara un día de seducir, mal disimulaban
  su función y su estatuto. ¡Y, Dios, eran las únicas mujeres, las
  únicas que podían llebar un alma! Pero llevaban la flor de lis. ¿Cómo
  podrían un día llegar hasta él y rehabilitarse ante sus ojos? No le
  quedaba ya el recurso del jugador, que al ganar una fortuna piensa que
  es un cambio de suerte todo lo demás; él sabía que los dados estaban
  cargados.
      Sin embargo, cuando abrió los ojos notó que algo había cambiado.
  La luz desde claraboyas iluminaba el interior de esa sala troglodita y
  desgarraba como un cuchillo también la esfera de su mundo antiguo. Una
  sensación plena y dichosa invadía su cuerpo relajado. No era ahídonde
  se había dormido ¿pero qué importaba?. Junto a él yacía Lúwa y más
  allá, en distintos lugares de un enorme e irregular lecho, reposaban
  desnudas las otras cinco compañeras de la hermandad. Acarició la tersa
  espalda de su anfitriona y vio marcarse sus músculos y luego quedar en
  otra posición al ella aberrujarse. Al seguir su caricia por el brazo,
  su palma se abrió y se le salieron las uñas. Lúwa se había despertado.
  Lo abrazó y lo besó.
      ¿Por qué lo hacía? No tuvo tiempo de contestarse si era
  hospitalidad, hedonismo o la lectura exacta de sus deseos y la
  generosidad de materializarlos. Balrínay, una sensual pantera negra,
  delgada y flexible, se había acercado hasta él y le pasaba con
  suavidad las uñas por la cintura y -para su sorpresa- las nalgas.
      Lúwa se rió y Balrínay deslizó desde atrás la mano, bajando por la
  raya, hasta aprisionar su pija. Asombrado como estaba, no podía
  contener sin embargo la erección. Como en un filme prono vio su mirada
  celeste al emtérsela en la boca. Y luego la deliciosa sensación.
  Chupar, chupar, chupar...
      Las demás se levantaron en silencio, sólo cruzaron alfgún
  comentario en su extraño idioma y salieron de la recámara.
      Por toda una larga hora estuvo entre las dos mujeres como un
  juguete, como un robot cuya misión fuera satisfacerlas. Y espo le
  agradó. Fue hermoso reposar sobre las rodillas de Lúwa y la cabeza
  entre sus pechos, mientras alzaba rítmicamente la pelvis para conmover
  las entrañas de la negra. Gozó con los gritos de placer y con las
  lágrimas -porque ambas lloraban-. Estas mujeres, al llegar a una
  especial forma de éxtasis, soltaban unas lágrimas y el verlas correr
  por la cara de Balrínay le hacía sentirse poderoso; lo hacían hombre.
      Como expertas amantes retardaron su goce, pero al hacerse
  incontenible el clímax, lo abrazaron fuertemente. Lúwa por delante y
  Balrínay desde atrás, pero empujándolo con sus caderas como un
  metrónomo. Le daban lo que siempre deseara -la pantera también le
  besaba el cuello-. Y lloró. Lloró como si fuera una de ellas;
  saltándole con su leche una rancia angustia que se escapaba, y ya no
  volvía.
      Su llanto continuó aún después de un rato. Las mujeres lo
  acariciaban consolándolo pero Balrínay preguntó:
      -¿Siempre es así en los humanos?
      Lúwa hizo un gesto negando. Boris se sacudía en irregulares
  espasmos, pero lo que la negra dijera le hizo gracia y así es que pudo
  controlarse y responder: -Nunca antes me había pasado.
      En eso, Lúghid se asomó; estaba ya vestida. Hizo una pregunta en
  su idioma, que a Boris le pareció maliciosa por la forma en que sus
  dos amantes rieron. Algo le contestaron y al fin Lúwa le tradujo que,
  si quería seguirlas, le servirían el desayuno en una sala contigua, a
  la que llamó "biblioteca".
      Boris aceptó, aunque dificílmente se separaba de ese abrazo
  tiierno. Sería su segunda comida con ellas.
 
 
 

  Aunque Boris se sentía contento, casi entusiasta, en compañía de las
  felínidas, por momentos vacilaba y se interrogaba por su lugar, su
  posición. Trataba de explicarse lo que estaba pasando, cómo un viajero
  podía llegar a un sitio donde se lo recibiera y colmara de atenciones
  y se lo llevara al lecho sin más. En alguna parte encajaban sus
  diferencias...
      Sin embargo, eran ellas tan dulces, tan sensuales y respetuosas, y
  él había estado siempre tan solo, que por momentos, cuando alguna de
  ellas estaba cerca, sentía la necesidad de palpar su calidez; y la
  mujer no lo desairaba, No eran de hacer preguntas, se conformaban con
  saber lo que él les contaba. Parecían confiar en su palabra, dando
  crédito antes que recelando del desconocido; íntimamente, se sentía
  culpable por las omisiones y distorsiones que consideró menester
  incluir en su relato. Pero ahora dudaba de la real necesidad de
  hacerlo. Era evidente que sobre bases muy distintas establecían sus
  relaciones, distintas de lo que para él había sido habitual.
      En la pantalla de video que había en la "biblioteca", le habían
  mostrado bastante material antropológico almacenado desde que supieron
  de su interés. Lamentablemente pudo extarer muy poco porque todo
  estaba en la lengua de ellas, y dado lo complejo de la información no
  servía el traductor comercial. Aquélla o aquéllas que lo aompañaban le
  traducían, peor cada cual tenía un estilo diferente y los mitos eran
  en verdad rarísimos. Se le impuso no obstante la impresión de un
  contenido místico, que subyacía en el coito o cualquier otra actividad
  sexual. Esto le sorprendió mucho puesto que a bordo había llegado a
  cavilar en una filosofía del placer, donde el acto sexual fundara la
  solidaridad humana. Cierto que entonces el entorno, y él mismo,
  escarnecían sus reflexiones.
      Los recuerdos de su vida anterior habían perdido en parte su
  facultad de alterarlo. Alguno de tanto en tantyo más intenso, por lo
  general en relación a la chica del pasillo, lo alcanzaba con angustia.
  Es que flaqueba el juicio condenatorio que había alzado contra las
  mujeres (y que sentenciara a aquélla) por su trato con las
  extraterretres. ¡Aunque éstas eran otra clase de mujeres!
      Hacía pocos días que habitaba con ellas ebn esa casa pero a todas
  les había hecho el amor. O a la inversa; pues la blanca y distante
  Jánah lo había cojido de tal forma, que no se le podía más que
  conceder un verbo activo. Lúghid, la joven y nerviosa hermana de Lúwa,
  la única que faltaba, lo había tomado apenas esa tarde, junto al
  arroyo.
      Tenía la mente algo confundida de tantas experiencias recientes.
  Ahora que volvían a la caverna, caminaban separados. Ella,
  alegremente. El, dentro del mono que trajera puesto, todavía húmedo
  por el lavado. Infantilmente, la tomó de la cola larga y flexible. Y
  se le heló la sangre. Entreviendo un terrible aspecto de sus
  anfitrionas comúnmente oculto. Pero fue sólo un instante. Al
  siguiente, la tigresa lo estaba abrazando con ternura, aunque le
  advertía precaución al excitar sus reflejos.
      Caía la noche y ella notó que un bulto inusual se formaba al final
  del largo cierre a cremallera de Boris. En alguna medida la reacción
  felina lo había excitado. Con la misma velocidad, como un relámpago,
  el cierre estab bajo y con las dos manos le sostenía lo que le
  chupaba. Enseguida Lúghid liberó sus formas de toda prenda y le
  ofreció sus nalgas para que él la lamiera a su vez. Las zarpas
  rascaban, marcaban el tronco del árbol donde ella se apoyaba. La cola
  venteaba y de cuando en cuando le azotaba a Boris los hombros.
  Entonces ella le pidió en un orph deformado por sus gemidos que
  separara con su carne el rojo frunce de sus nalgas. Suava, suave y
  tiernamentye, pero que llenara con su carne su culo caliente. Un flash
  -un recuerdo- puso a Boris en un puerto, pidiéndole a una puta
  adolescente que le dejara tentar su cola blanca; ella le había pedido
  el doble y él no podía gastarse todo eso... Pero ahora sus huevos
  tocaron la piel ardiente de la gata, quien clavaba sus manos en el
 

  tronco, hacia adelante y hacia atrás se balanceó. Cada segundo
  transcurrido, cada empujón, cada leve movimiento, todo apeteció al
  hambriento Boris.
      Ya brillaban las estrellas, cuando aferrado al talle fino de la
  tigresa, tumbado, rendido sobre quien era su sometida, se zambulló al
  agujero negro, agujero blanco, vertiéndose, derramándose, dejando ahí
  todo su aliento. Y en lo oscuro de la noche vio en ella sus ojos reír,
  sostenido por el triángulo de su espalda. Lúghid reía, feliz. Pero él
  no la soltó, como si fuese a desbaratarse sin ella.
      Volvieron abrazados. El como un ciego, dependiendo de la mirada
  brillante de la joven.
 
 
  Boris apretaba los párpados. Los labios tensos ponían al descubierto
  sus dientes. La boca entreabierta dejaba escapar un estertor. Dáhyld y
  Gathrud lo tenían por los hombros, apretando su espalda contra el
  lecho mullido. Pese a sus corcoveos no se podía levantar; las dos
  mujeres eran fuertes. Pro fin un grito se le escapó y Jánah, la leona
  blanca, hizo unos pocos movimientos más para estirar su goce. Se quedó
  en horcajadas sobre su vientre, el lascivo fluido de sus cuerpos en el
  beso de su vulva. El se había entregado y así las cuatro lo
  acariciaron. Recién al rato Lúwa le retiró el rabo del esfínter. Pero
  ese último estremecimiento de las vértebras nudosas quedó en él un
  tiempo, fue recordado en su interior.
      X-Aquilae asomaba en el horizonte. Los tragaluces se inflamaron de
  rojo y Lúghid atenuó los focos de la alcoba. Boris miró en su muñeca
  el reloj: era martes en la Tierra. Llevaba como un mes entre las seis
  hermanas, casi treinta días de ese quinto planeta. Parecía toda una
  vida. Antes estuvo muerto, eso era claro. Aun los triunfadores no eran
  más que cadáveres revividos. ¿Quién en la maldita, la repugnate
  Tierra, tuvo jamás lo que él tenía? Estaba saciado, extenuado. Conoció
  perversiones vedadas a los machos; pero con ellas ¿qué era eso?: había
  que se hombre. Varios puntos rojos en sus brazos marcaban el sitio
  donde los afrodisíacos le habían sido inyectados, pero igual no daba
  más. Era tanto placer que casi no recordaba los pesares de su vida;
  recordaba sí que no había sido vida. Pero eso no contaba. Había
  experimentado con drogas, sensaciones exclusivas de la elite. Y eso
  tampoco contaba. Ni la mezcla psicodélica que el sexo y los
  alucinógenos pueden proveer era el punto. Ahora era alguien. No Boris
  Inclán, técnico de tercera clase. Era Boris, a veces Borisj, no tenía
  rango ni inserción social, pero en alguna forma era amado. No sabía si
  todas de igual manera, quizás algunas no, Jánah y Gathrud, las leonas
  eran muy especiales, quizá Lúwa más que ninguna, pero esas mujeres de
  una raza esplendorosa le daban un tipo de amor que nunca pudo conocer.
  No amaban una abstracción hecha de signos, una conjunción de variables
  científicas, sólo querían a un hombre. Un cariño animal si se quiere,
  pero trascendía una espiritualidad auténtica que un hombre de carne y
  hueso podía sentir.
      Enredado con los cuerpos de sus anfitrionas, entrelazado con sus
  miembros, vio aclararse el cielo. Habían puesto de esa música aguda,
  con un ritmo cambiante pero obsesivo. Su cuerpo recibía tiernas
  caricias y las devolvía sobre los cabellos salvajes.
      Luego trajeron carnes frías y bebidas fuertes; un extraño
  desayuno. Junto a él, Lúghid y Balrínay se quedaron sobre la piel
  carmesí de lo que era piso plano, acolchado y tapizado de la cueva.
  Era el lecho como una medialuna, aunque en algunos sitios la
  naturaleza de la caverna avanzaba en puntas y espolones. Las otras
  mujeres se sentaron sobre los promontorios más próximos.
      -Esta noche haremos un festejo especial -le habló Lúwa. -Noto que
  has cambiado... un poco, desde tu llegada.
      Boris respondió tan sinceramente como pudo.
      -Hay cosas muy dolorosas detrás de mí -dijo. -Quisiera no hablar
  todavía de eso.
 

      -No te pido que sufras. Pero ¿hemos hecho algo para mitigar tu
  pena?
      Boris irguió el torso, quería verla a los ojos; las dos que lo
  abrazaban, al seguirlo en su postura, quedaron como apuntalándolo.
      -Las adoro a todas -contestó muy serio. -En este mes he sido más
  feliz que en toda una vida.
      Lúwa se arrodilló a su lado y lo besó.
      -En oeph lo llamarían orgía -agregó- pero es un rito tradicional.
  Te necesitamos.
      -Haré todo lo que me pidan.
 
 
  Al mediodía, los rayos compactos de X del Aguila contagiaban un tono
  pastel a toda la recámara. Despertaron y fueron a lavarse al arroyo.
  Volvieron entre risas a ultimar los preparativos para la noche.
      Boris tomó unas pastillas para compensar la energía que venía
  derrochando y la que habría de gastar. Pasó el resto de la tarde en la
  biblioteca -solo, hasta que Dáhyld se terminó de ataviar. Las otras
  tardaron algo más en vestirse según los ritos y luego se dedicaron a
  la preparación de alimentos.
      Al caer la tarde lo llevaron a la sala del fogón y le sirvieron
  una variada cena. Contra lo habitual, era exclusivamente de vegetales.
  Ellas comieron muy poco, preparándose para las danzas que Boris vería
  ejecutar. Bebieron un vino rojo intenso que las excitaba. Aún no
  tomaba el cielo los azules de lanoche, cuando lo despojaron de su ropa
  y le pusieron otra; primitiva, tribal, le cubría sólo los genitales.
  También lo adornaron con collares y trazaron sobre su carne líneas.
      En una poco frecuentada sala con el piso plano pulido en la
  piedra, sonó la música aguda, fuerte, cadenciosa, rítmica. Sentándole
  en el centro comenzaron a bailar. Se agitaban sus senos con los
  mivimientos convulsivos, cada músculo en sus piernas o sus espaladas
  era una pincelada brillante de un todo armónico, que le repercutía en
  su estómago y le creaba un raro apetito. Boris se imaginó un sultán,
  rodeado de su harén, o un domador, en la jaula de las fieras. Ambas
  ideas eran excitantes. Hasta él llegó rodando la joven Lúghid y lo
  envolvió en su pelo largo y lacio. Jánah llegó luego, arqueándose
  sobre su espalda, como una gata que ofrece la panza para que la
  acaricien. La mirada perdida denotaba el trance en que la agitación
  las sumía. No habían tomado drogas pero los pasos sueltos y extraños,
  los giros sensuales, las expresiones de sus caras eran de entrega.
      Hubo un momento en que las tenía a todas alrededor. Lo
  acariciaban, lo besaban. Lúghid le pasaba la lengua por el torso y
  Gathrud le había incluso apresado la cerviz entre las mandíbulas, y
  apretaba los afilados colmillos para que sintiera un escozor
  eléctrico. El taparrabos estaba henchido con su pija dura. Las manos
  de ellas pasabn a menudo por ahí. Y aun la leona de cabellera salvaje
  y oscura la mantuvo aferrada, mientras las otras lo alzaban y
  transportaban al dormitorio colectivo.
      No tardaron en arrancarle esa minúscula prenda, no así los
  colgantes simbólicos. Ni en mezclar sus lenguas con la suya. La música
  lo aturdía con sus cadencias extrañas que jugaban con el tiempo. No
  hubo narcóticos.
      La primera en montarlo fue Dáhyld. El pelo corto y moteado de la
  cabeza se le erizaba. Las orejas giraban como buscando un sonido y de
  los ojos sólo se vislumbraba una línea clara entre los párpados.
  Pronto Balrínay y Lúghid  le ofrecieron sus sexos, los labios húmedos
  e hinchados. Su boca tuvo que besarlos para escuchar las dulces voces
  agitarse.
      Era todo voluptuosidad. Cambiaba de pareja cuando lograba
  arrancarle unas lágrimas a la anterior. A unas las tomaba con fueria,
  golpeando como un toro, con Lúghid fue tierno en recuerdo del recuerdo
  que su juventud restañó. Lúwa lo sometió a él con todo el fuego de sus
  entrañas. Con Jánah se debatió por el poder: rodaban sobre la piel del
 

  lecho y cuando ella quedaba abajo lo azotaba con el rabo. Sobre la
  leona fue, sin embargo, que derramó su primera leche, sobre sus pechos
  y su pelo albino, de rodillas, casi cayéndose de bruces por los
  fuertes tirones con que su garra lo exprimía.
      No se detuvieron por eso. El siguió excitándolas con sus manos y
  su boca. Siguió con su lengua las sinuosas fronteras entre lo negro y
  lo blanco, sobre la piel de Gathrud. Se demoró en su culo tenso y
  hermoso. Ella lo apartó de un empellón pero en él renacía la lujuria.
  Se arrastró siguiéndola; salvajemente agazapada ella lo rehuía. Tuvo
  que servir al ardor de Balrínay, mientras la leona se paseaba frente a
  sus ojos acariciándose. Fue la pantera quien por fin lo sostuvo al
  entrar en el hueco; Boris con su verga roja en Gathrud, en las nalgas
  redondas cruzadas por un manchón negro. Cayeron de costado y así fue
  asaltado por Jánah, quien vengándose de su anterior resistencia, le
  hizo buscar refugio entre lo brazos de la otra, al poseerlo con su
  cola desnuda.
      Lúwa se encargó de inyectarle el afrodisíaco luego de esta primera
  etapa. Y un estimulante, pues la dosis de esta vez era mayor que
  nunca. En oleadas se daba el galvanismo entre sus cuerpos. Fue
  retenido por la fuerza cuando reaccionó. Querían aumentarle al máximo
  la tensión para que más feroz fuera el rayo.
      La noche transcurría lenta y tormentosa. Parecía interminable. "Al
  detenerse el tiempo", pensó Boris en un fugaz momento de calma, "se
  está en la Eternidad. Este debe ser el Paraíso, que me ha sido
  deparado como un don, luego de mis días de galeote". Una y otra vez
  los relámpagos los iluminaron, en los valles, en las colinas. Hasta
  las vigorosas felínidas se tomaban un resuello con signos de cansancio
  y satisfacción. Jánah y Dáhyld, Balrínay y Gathrud reposaban en torno
  al grupo, vaciando los cuarzos de vino rojo. Y en la tardía noche, una
  hora antes del alba llegó el turno de lo épico. Boris inclinado sobre
  Lúwa, sostenido por dos pilares de Jonia, el cuello preso de torneados
  tobillos, las plantas y dedos se arqueaban, y su hermana Lúghid
  auxiliándolo cuando sus piernas flaqueaban y diciéndole al oído las
  obcenidades más duras que en orph, puta alguna pudo pensar.
      Y el momento llegó. Como el despegue luego del calentamiento. Como
  el salto al espacio que rasga la oscuridad igual que una supernova.
  Como el sol marciano asomado en los vendavales de arena. Es presión
  que se siente en el cuerpo. Una onda de choque: y las palmas de la
  niña masajeando sus riñones y diciendo:
      -¡Vamos! ¡Dásela toda, no te quedes nada! ¡Este es el polvo de tu
  alma! ¡Vamos! ¡Vamos!
      Después, entre la niña y la hermana lo ayudaron a acostarse. Casi
  se había desvanecido -el esfuerzo y ese supremo éxtasis. Jadeaba, su
  corazón dando tumbos. Pero con ternura, las dos gatas lo acariciaron,
  y Lúwa le alcanzó una copita con el cordial de la primera noche.
      Entonces las demás vinieron, Dáhyld le ofreció sus rodillas para
  que descansara la cabeza. Boris reposaba extenueado pero feliz,
  relajado, gozoso, escoltado por esa guardia de corps. Paulatinamente
  fue recuperando el aliento. Lúwa lo masajeaba y le habló en un
  susurro:
      -Boris, querido ¡qué bien lo has hecho! No te hemos de olvidar...
  Dime ¿estás satisfecho? ¿quieres más?
      A él se le humedecieron los ojos, le habían dejado el corazón
  blando, sin asperezas, como el de un niño. Enredó sus dedos en los
  cabellos veteados.
      -¡No! ¿qué más podría querer? Estoy lleno y estoy vacío -le tendió
  a Lúghid una mirada cómplice. -¿Es qué hay algo más que pudieran
  hacerme?
      Por alguna razón no le gustó la respuesta afirmativa de la
  tigresa. Vino armonizada con unas risitas nerviosas. Ella lo miraba
  con un extraño brillo en las pupilas -hipnótico. "Sí que podemos
  hacerte" escuchó comentar a Gathrud tal vez. Lúwa fue bajando la
  cabeza hacia su vientre, sin quitarle los ojos de encima. Le estaban
 

  corriendo escalofríos y cuando la tigresa abrió la boca -¿acaso para
  lamerlo? sintió deseos de huír como la primera vez que las viera y se
  revolcó violentamente para lograrlo. ¿Escapar? ¿a dónde?, a los brazos
  de Lúghid. Ella lo retuvo con las palmas abiertas pero a él le había
  entrado pánico por sus garras, tan de repente que parecía locura.
  Buscó ganar la puerta, pero entre las dos hermanas y Balrínay lo
  tumbaron, inovilizándolo.
      -¡Calma! ¡relájate, Borisj! -le decían- ¡no luches! ¡eres nuestro!
  ¡no luches más! ¡Boris, pequeño!
      Finalmente, a su pesar lo extendieron en el lecho. No usaron sus
  zarpas, eran todo suavidad. Pero sus músculos lo estaquearon contra en
  suelo. Lúwa quedó con las manos libres y retomó los masajes y las
  caricias tratando de calmarlo. Poco a poco lo consiguió: a él no le
  quedaban fuerzas.
      -No queremos que sufras -le dijo su anfitriona. -No te dolerá; ni
  te darás cuenta. No queremos que dejes esta vida debatiéndote.
  Relájate, acéptalo en tu alma, no te haremos sufrir.
      El balbuceaba frases incoherentes: "¡No! ¿Por qué?" se preguntaba
  "¿entonces era ésto lo que buscaban? ¡Yo las amaba!". Lúwa lo
  reconfortó diciendo:
      -No fuiste como cualquier otro. Gustosas hicimos todo para aliviar
  tu dolor. En alguna medida he llegado a quererte, y si las costumbres
  tienen fundamento, tu alma y las nuestras se han de ligar.
      Boris se aflojó sobre el regazo de Lúghid. Una improbable
  esperanza. Ahora también Jánah le deshacía las contracturas con sus
  dedos; ¿acaso sus ojos verdes estaban lagrimeando? Se le ocurrió que
  su carne estaría dura si lo mataban en tensión. La felicidad siempre
  tenía un precio. Y ¿por qué no? Aún en ese trance, veía los movimiento
  sensuales en sus cuerpos hermosos y la memoria de su vida junto a
  ellas, de su vida, se hacía presente. Al fin y al cabo, si le habían
  enseñado a vivir ¿no podían, también, mostrarle el último camino? Todo
  en ellas había sido considerado; hasta en sueños. Como ese en que la
  guardia espacial lo había seguido y lo requería ahí, en esa misma
  casa, por un delito incierto: Lúwa, mostrando conocer a la Tierra y su
  Federación, le inyectaba una fuerte droga de efecto retardado para que
  no sufriese la tortura. También le decía "Yo velaré por tus sueños".
  ¿Qué más podían hacerle?
      Una cosa más, como dijera Lúwa.
      Y sintió el filo de sus dientes cortando sus abdominales. Lúghid
  le acariciaba la cara. "¡Es un instante, Borisj!". La siguientes
  dentellada fue más profunda pero el dolor se hizo soportable. Se
  desangraba. Le bajaría la presión y moriría. Sus rostros sensuales no
  revelaban ninguna ansiedad salvaje por el cercano festín -antes sí,
  tristeza. ¿Qué las hacía superiores? Lo acariciaban tiernamente.
      Hasta el final las escrutó como para no olvidarlas. Nunca.
 
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                                  Gustavo Fredes Pérez del Cerro, 1991 ¦
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  ¦ OGEDINROF
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  ¦ por Tarik Carson
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  Tuvimos que aniquilarlos.
      Habían huido al monte, abandonándolo todo. La mayoría eran gordos
  pusilánimes, deficientes congénitos; los demás sí, eran sabandijas,
  radicales, elementos difíciles de roer.
      Entramos de madrugada a sus casas. Veinte o treinta hombres
  armados con escopetas de alto calibre, rompemandíbulas de acero,
  cuerdas de piano, cachiporras de plomo, alambre para atar. Rompiendo
  puertas y lo que se entrepusiera, empezando por las hijas. Hablaron, y
  anotamos, de paso, algunas comprobaciones sicológicas, estadísticas.
  Hubo dos o tres sujetos que no hablaron, tras los culatazos, tirados
  en el piso, maniatados con alambre. Les rompieron los dientes con las
  manoplas. No hubo algo mejor. Luego los colgaron afuera, con las patas
  hacia arriba. Gritaron como cerdos, pero sin la resistencia de los
  cerdos al primer tajo en la arteria. Así fue como  las envasadoras
  chuparon a la "vanguardia" de ese grupo. Yo observaba y oía desde el
  auto, quieto, en la penumbra; pocas veces modificaba las instrucciones
  y las órdenes bien practicadas y calculadas para que suscitaran el
  efecto deseado. (No recuerdo ningún caso histórico en que el ejercicio
  halla fallado a favor de una actitud opuesta.)
  Después, los perseguidos padecieron más o menos lo mismo.  Primero, se
  perdieron en la trama del monte; luego, los primeros cautivos
  hablaron, sin alternativa. Los arreamos hacia una empalizada. Se caían
  en la dura y polvorienta tierra de los caminos, sudados,
  ensangrentados; pero obedecían aún, a medias; tenían esperanzas de
  vivir. No se puede con eso. Una vez juntos, sacrificamos al jefe. Le
  quitamos con profesionalidad la piel y las vísceras, le introducimos
  con molesto esfuerzo un palo puntiagudo que le salió por la boca. Lo
  asamos. Luego de tantos días de campo, había hambre. Toqué mis labios
  con un pedacito de carne. No estaba mal; algo dura, quizá.
      Obligamos a los demás a caminar hasta el ejido. Clavamos estacas
  gigantes, mientras avisábamos a la gente del pueblo para que se
  acercara. Los empalamos con lentitud. Luego llegaron los camiones
  refrigerados, de acero inoxidable, lanzando los destellos del maligno
  sol.
  No hubo ni atisbos de protesta y el Comité decidió dejar la parte del
  león, cabezas, tripas, sexos, en las casas de las víctimas. El
  argumento, dudoso a mi entender, fue que así se eliminarían
  resentidos: con la carne de los padre adentro, los hijos, antes de
  convertirse en sabandijas rebeldes, tendrán que suicidarse. (Afirman
  los tecnócratas que el género humano funciona siempre así.) Es la
  tendencia de la Naturaleza.  El cielo y la tierra están aislados y los
  preceptos teóricos de aquél no nos afectan; si Dios hubiera querido
  que así fuera, nos los indicaría en su inmensa misericordia.
      Todo ocurrió con la perfección de la relojería antigua. Las
  difusoras de información, con los hábiles comunicadores, enviaron el
  enema cerebral que diseñamos. El porvenir, con la comprensión popular
  suscitada se nos fue rindiendo día a día una vez más. Cesó la crisis
  famélica, los frigoríficos y las enlatadoras trabajaron día y noche.
  La protesta inconsciente, delatada por los soplones electrónicos
  caseros, fue dejando poco a poco de latir.
      Por enésima vez los hombres del Consejo de Seguridad Nacional
  sobresalieron en la televisión. Los más poderosos, o los con una mayor
  vanidad, ocupaban, con distintos argumentos, día y noche la pantalla
  de la televisión. Al cansarse, venían sus hijos, o sus protegidos,
 

  como si fueran extraños. Y siempre la tensión creada fue perfecta,
  repitiendo y repitiendo el mismo lavaje en infinidad de envases.
  Naturalmente, ante una imagen de la felicidad y la evasión mágica que
  está en todas las hogares a bajísimo costo, ¿quién querrá negarse?
      Como el batallón de tareas estaba a mi mando, el tedioso informe
  recae sobre un servidor. Se archivará en el Banco Histórico. Puedo
  entonces entregarme a mi libertad mental, y no habrá represalia de los
  enemigos internos. Temo, sí, que mi hembra me delate ante el Confesor
  Mensual, si llega a presentir algo extraño. Nuestros métodos, por
  desgracia, no son perfectos aún y llegan hasta casa; mi mujer y mis
  reproducciones no imaginan otro mundo, el mundo verdadero que es el
  mundo más oculto. No pueden verlo (no pueden saber ni ver algo
  distinto a lo que ven en la caja mágica) y yo no puedo socorrerlos.
      Tal vez, estos dichos se presenten como las vergonzosas
  confesiones de un disidente, de un carnero traidor, una maldita
  sabandija. Pero, no es así, ni es una defensa ni una justificación. Se
  debe a un pensamiento de una posibilidad de futuro distinta de las
  estipuladas como justas por el Consejo. En parte, debo reconocerlo,
  son debilidades, pequeñas disidencias, insuficiencias de la Escuela de
  Adaptación Mental; mis enemigos internos  dirían que son  rastros
  malditos del pasado, desobediencia a los Mayores, en fin, acaso
  brechas en la esfera universal que aún creemos perfecta.
      De todas maneras, es improbable cualquier adversidad. Si hay algo
  seguro en nuestra Tierra es el Banco; yo lo protegeré más después del
  informe; ahora otros lo protegen por causas similares. Aún no hemos
  vislumbrado la etapa histórica en que podremos soltar la imaginación
  para expresar lo que presentimos como  verdad, sin temor que ésta
  destroce nuestra posición en el mundo.
      Para los hombres de la cúpula, jefes del futuro (el Banco
  publicará esto dentro de cien años), es importante la tranquilidad de
  saber que hacia atrás en el tiempo, como hacia adelante, sus dinastías
  fueron y serán aseguradas. Se cambiaron los nombres, nada más. Si no
  caigo en desgracia, y sigo la tradición, nadie sabrá que los hijos de
  mis hijos ocuparán mi puesto, el cual a su vez, fue de los abuelos de
  mis padres. Con otro nombre, claro está. No tenemos el orgullo de los
  apellidos ilustres, de "sangre", como en otras épocas. Hemos perdido
  los gustos superfluos, forzados por la vieja "revolución" (pero, la
  naturaleza humana no puede cambiar). Y esto justifica que utilice
  ahora palabras que ya no se usan y que sólo existen en los Archivos de
  Seguridad, que únicamente los elegidos podemos revisar. Entonces,
  podríamos recordar lo que significaba: protesta, burócrata, adulterio,
  riqueza, individualismo, huelga, libertad, privilegio, totalitarismo,
  etcétera. O las frases soberbias para el oído: Sociedad sin
  Privilegiados, Sociedad Democrática, Solidaridad Social, Libertad o
  Muerte.
      En los anales del Consejo, de modo paulatino, pude observar las
  órdenes de anulaciones de las palabras, y siempre, como prefacio, lo
  siguiente: "Sin otra alternativa política, por el bien del pueblo y de
  su libertad...". Por ejemplo: protesta fue abatida al anularse
  privilegio o injusticia; burócrata fue utilizada en la antigüedad para
  denigrar a los heroicos mártires del Consejo, y hoy es una
  palabra-muestra de la ruindad en que habían caído los pueblos del
  pasado, poseídos por la envidia; huelga fue muerta, felizmente;
  libertad e individualismo han sido dejadas de lado, por si fuera
  necesario volver a utilizarlas (en verdad, la libertad, cosa tan
  imprecisa, es inconcebible como arma para batir al Bien); arte fue
  integrada a psicosis, y los que sufren de esto siempre terminan en los
  Hospitales de Seguridad, o, más eficazmente, y para mi gusto, sin
  trabajo ni medios de vida, ni sendas para la expresión (pues en los
  Hospitales aún tenemos que matarles el hambre); privilegio fue quemada
  por inservible, o sea, servible sólo a los psicóticos; un caso raro
  ocurrió con totalitarismo, que luego de brindarnos un gran servicio
  pasó al Museo, junto a la bomba atómica; riqueza, lo mismo, es un
 

  término inservible, inexpresivo, que no califica nada, salvo una
  revelación punible: la envidia, pues solamente a una sabandija enferma
  le puede importar que otro ser humano pase gozando de lo mejor toda la
  vida; luego, en el campo de lo menor están las palabras de índole
  glandular, como celos, sexo, adulterio, himeneo, etcétera, todas
  igualmente en el cajón de la podredumbre.
      (Cansado, termino esta digresión, bastante necesaria para el
  entendimiento del informe. Cambian tantas cosas en cien años.)
      Mi libre albedrío me permitiría continuar con mis recuerdos, pero
  no obligaré nadie a la triste tarea de perseguir elucubraciones sin
  mayor ilación, sin el realismo en boga para uso de informes rigurosos
  (ya no existen relatos o literaturas anarquizantes).
      Así es que volviendo a la anécdota inicial, el "hombre fuerte" de
  los paranoicos se llamaba Deimos. Por esas cosas de la vida, aparte de
  su inferioridad hereditaria que quiso discutir por medio de las armas,
  tuvo un problema personal conmigo. Mi psiquis sutil nunca pudo
  soportarlo, en imagen viva, o recuerdo. Yo soy achaparrado, camino con
  los pies abiertos, tengo la piel extremadamente blanca, las caderas
  anchas, el pecho totalmente atrofiado, y, por encima, un vientre
  indomable. Deimos no salió como nosotros; la Naturaleza, una vez más,
  discriminó con alevosía.
      En mi vigésimo aniversario me hicieron miembro del Consejo. Dos
  años después logré, por un toma y daca hábilmente ejercitado por mi
  padre, el puesto de reproductor, que fue siempre una tarea para los
  favorecidos por la Naturaleza. (Por aquellos años, en lo único que
  pensaba era en penetrar hembras, para lo cual me munía del mayor
  disimulo imaginable; pues estricta y solamente eso ocupaba mi mente
  todo el tiempo, y, paradójicamente, pese a mi vientre, me desempeñaba
  como un padrillo.) Mi padre se dio cuenta, y logró que el Consejo de
  Seguridad Nacional tomara algunas decisiones, decretara algunas
  excepciones, etcétera.
      En el presente, a los dieciséis años los muchachos son llevados al
  Centro Médico y se los hace copular con algunos animales de porte y
  cobijo soberbios. Se los examina cuidadosamente. A muchos se les
  cortan las membranas de los pies y las manos (palmípedos a la espera
  de la caída de la cuarta Luna), se los circuncida, si el instrumental
  sexual lo amerita. También se les revisa el cráneo, por el asunto de
  la calvicie o el grado de atrofiamiento de orejas; casi demás está
  decir que lo primero que se computa es el atrofiamiento posible de
  testículos, situación que haría innecesaria la inoculación que los
  dejará estériles de por vida. Solamente los perfectos fecundarán.
  Esto, según la Ley. Como es natural, hay excepciones. Yo siempre fui
  calvo, bastante raquítico, en más de un aspecto, como les confesé;
  pero, eso sí, jamás di tregua en aquello que ustedes imaginarán. Soy
  un fenómeno para los médicos. Pero no voy a hablar de mí, el curso de
  los hechos tal vez lo esté haciendo con delicadeza.
      Deimos, con su alevosa perfección, también estaba dotado para
  gestiones de la libido; quizá como yo. Los médicos militares son
  hombres, y los hombres se pudren más o menos como otras cosas vivas.
  Además, se equivocan. Yo fui en lugar de Deimos; aunque, tuve que
  exponerme al castigo y secretamente desnudo al reconocimiento de los
  cofrades políticos de mi padre, a la comprobación efectiva de mi ruda
  acción frente al cobijo de una memorable ternerita (todo ello
  documentado en video), y guardar las apariencias frente a la opinión
  pública por algún tiempo.
      A Deimos, en cambio, se lo trató bien; lo inyectaron, y, para
  resumir, no creo que haya sentido nada. Luego lo supo. El Consejo
  había condenado a toda su familia a llevar de por vida las cabezas
  rapadas y teñidas, a causa del pasado paterno. Tal vez, por esto se
  rebelaron, y lo difundieron a los cuatro vientos, con un rencor
  imaginable. Tal vez, Deimos ya se había solazado con los goces del
  forniqueo antes de lo permitido, y tras la esterilización se ejercitó
  en la aritmética calculando las eyaculaciones que habría de perder por
 

  el resto de su abyecta existencia. ¿Quién lo sabe?
      Unos años después, Deimos comenzó a conspirar de la única forma
  posible: con el silencio, con la envidia, con la mala voluntad. (Según
  informes de Inteligencia, usaba una peluca pelirroja de uso común hace
  algunos siglos.) Por fortuna, algún demiurgo nos concedió la gracia de
  que el silencio no sugiera nada a energúmenos embotados
  psicológicamente. La protesta fue arrastrada por el tiempo, una vez
  más, cubriéndose de sangre y polvo, solitaria, viéndole siempre la
  espalda a la solidaridad esperada. Se le adhirieron apenas unos gatos
  locos, como siempre.
      Pasaron los años y yo, en mi tarea de reproductor, ejemplo para la
  especie, mantuve a mi pesar cierto vínculo mental con este individuo y
  su familia. Un vínculo enfermizo, que siempre me dañó la psiquis.
  Pensé redimirlo con una confusa piedad, hacerlo comprender que podía
  ser heroico el hecho de lamer unos pies, de rendirse ante lo
  inevitable, ante la fuerza de la Naturaleza. Pero fue imposible para
  él observar la vida con ese espíritu. Yo, en su lugar, tendría similar
  incapacidad.
      Entonces mi tiempo transcurría en el Moulin de Engendración. Tenía
  un pequeño grupo de cincuenta soldados bajo mi mando. Me alimentaban
  con los mejores nutrientes, me examinaban cada semana, me calmaban
  todos los caprichos y gustos. Eso sí, debía eyacular todos los días
  con un mecanismo que es un maravilloso ritual. Las hermosas mujeres
  jóvenes eran llevadas a las antecámaras. Mis acólitos las excitaban
  con maestría. Cuando lograban llegar a la cresta, las conducían a mi
  lecho, donde yo en general acababa la faena. Muy pocas veces me
  ocupaba del prefacio y del acabar. Si algo fallaba, siempre había de
  mi esperma en los émbolos del Banco del Consejo.
      La elección era sencilla. Diariamente iban los estetas por los
  barrios escogiendo a las hembras más jóvenes y bellas, casadas o no.
  Por Ley podían ser hasta de treinta años. Y por Ley los reproductores
  no podíamos elegir, sino servirnos de lo que viniera. Pero los del
  Consejo tenemos alguna responsabilidad superior ante la gente. Yo las
  elegía con amor, oculto detrás de los vastas ventanas espejo, mientras
  ellas se bañaban dócilmente.
      Falta decir que las mujeres están disponibles, si valen
  físicamente algo, de esa edad a esa edad, para la conservación de una
  especie pura. Yo no insistiría acá en que fueran, también, puras en lo
  ideológico. Aunque dos tendencias han sido y son enemigas aciagas de
  la Humanidad: la diversidad de ideas y de razas. Ya en la Epoca
  Moderna los grandes políticos construyeron un dogma con esta verdad; a
  pesar de la vieja denigración de los últimos intelectuales cagatintas
  que logramos suprimir para siempre.
      Deimos tenía dos hermanas opulentas, no en cerebro, pero sí en
  largas pelambreras (me encargué personalmente de que a ellas no las
  afeitaran ni tiñeran) y carnes  agradablemente torneadas. Yo las
  cubría a voluntad. Aunque eran rebeldes y apretaban las piernas, o
  cerraban los ojos mirando con asco hacia otro lado, yo me sentía
  demostrador de la fuerza, de la fuerza de la tendencia natural, del
  ser de las cosas. (Debo confesar, eran de las pocas mujeres que me
  producían una tremenda y dolorosa dilatación vascular, produciéndome
  luego una lenta recuperación glandular.)
      Así experimentaba yo, en un semi secreto, sensaciones que los
  ejecutivos del Consejo no sospechaban. Aunque tampoco podrían creerlo,
  por mi aspecto, si es que tuvieran intención de censurármelo.
      De esta manera, pasó la omnipotencia de mi padre a mí, como la mía
  pasará a mis reproducciones. No hablaré de nuestras hembras
  personales, que llevan un velo y son animales exclusivos de los jefes,
  y que cumplen, digamos, con un rito social, nada más.
      A raíz de este sistema, Deimos  fue "progresando". Creyó que toda
  protesta legal sería inútil y desdeñó todos los privilegios ofrecidos
  por el Sistema. Aunó muchos envenenados de envidia, muchos cabezas
  teñida, como él. Tal vez, instigado por el ejemplo del padre, se
 

  levantó en armas junto a estos desgraciados y a otros traidores y
  disidentes ocultos, revelando así una vez más los peligros de la
  corrosiva enfermedad.
      Su padre en otro tiempo había huido con otros a los montes, y allí
  se  habían transformado en bichos. El Consejo de Seguridad no accionó
  contra ellos; esperaban que se murieran de hambre y de soledad (no
  lograban la solidaridad ni de los perros salvajes). Luego, en cambio,
  los científicos experimentaron nuevas armas. Los ubicaron por medio de
  soplones bien pagados y les lanzaron los microbios. Meses después, los
  científicos captaron espantosos rugidos en la zona, y lugares de la
  jungla donde la vegetación había muerto como si la hubiera barrido la
  radiación. Luego lanzaron hidrógeno líquido, gas mostaza, residuos de
  uranio.
      Durante dos o tres años la jungla fue un centro de experimentación
  que la gente podía observar al detalle por la televisión. Cuando hubo
  silencio, entraron las brigadas con los trajes especiales. La
  vegetación, en efecto, había evolucionado de un modo asombroso. En lo
  alto de las sierras, en varias grutas, los encontramos uno a uno,
  metamorfoseados en gigantes amebas de tres o cuatro metros. Estaban
  adheridos a las paredes, y respiraban contrayendo unas enormes aletas
  transparentes, en cuyo interior había piedras, tierra negra, hierros
  retorcidos y oxidados, y libros, curiosamente.
      Es fácil imaginar el espectáculo que constituyó el hecho para los
  millones de televidentes ablandados por los habilidosos comunicadores,
  mantenidos en vilo durante días de lavaje mental continuo.
      Así finalizó aquel individuo extravagante, padre de crianza del
  "ciudadano" Deimos. Tal vez, al fin, la crianza sí sea lo que hace al
  hombre. Nadie niega que Deimos fue hijo de su padre, educado por fuera
  con los principios de Libertad de la Nación, en las escuelas de la
  Nación, sin embargo, fue aleccionado por dentro hacia la envidia y la
  violencia.
      Deimos tuvo la habilidad de conseguirse una mujer espléndida
  (ignoro como la consolaría), persona que tuvo seis hijos míos. A esta
  hembra, irresistiblemente -lo reconozco- tuve que cubrirla de forma
  malvada, muchas veces, por indomable. Tenía unas nalgas formidables y
  tan fuertes que me hizo recurrir a formas heterodoxas. Luego de un
  tiempo, noté que el odio  menguaba en sus ojos de potra. Además, qué
  placer memorable me proporcionó siempre, aunque luego de esas
  secciones los dos quedáramos con las glándulas exhaustas y,
  seguramente, con asco de la vida.
      Al fin, tuve que retirarme, como ordena la Naturaleza. Me contraté
  cuando ya estaba harto de mujeres, con las glándulas prematuramente
  envejecidas. Supongo que debo confesar que estuve invadido por la idea
  de abrir mis glúteos a algún hombre y renacer flagelado por la nueva
  experiencia. Pero, las tareas políticas en el Consejo no lo
  permitirían, y yo podría darle semejante oportunidad a mis oponentes
  naturales. El  compromiso con mi pueblo y la política ejecutiva
  siempre fueron superiores a mis pulsiones glandulares.
      En el presente, me agobian las tareas sucias de la Sección
  Seguridad. Los métodos más modernos de persecución y descubrimiento de
  conspiradores se deben a mis modestas ideas.  Enfermos paranoicos,
  visionarios, tarados innatos, ratones intelectuales, criminales, etc.
  Lo más tedioso es la delicada tarea de persecución, el uso de "guantes
  blancos", la manera de ficharlos para que no les den trabajo, ni forma
  alguna de reunión o expresión, etc.
      Explicaré ahora las vicisitudes de Inteligencia que condujeron a
  la desaparición del señor Deimos y su camarilla de sabandijas.
      Naturalmente, estaban al acecho de una oportunidad. La crisis de
  la carne, por ejemplo. Los enfermos mermaron con el verano y la poca
  humedad, la Sección Alimenticia contribuyó con la negligencia
  burocrática, los de los frigoríficos se vieron estancados sin carne
  que enlatar. También se empezaron a acabar las reservas enlatadas.
  Faenamos a los de los presidios de alta seguridad, luego a los de los
 

  presidios menores, a los de los hospitales de recuperación
  psiquiátrica, etc. No recuerdo cuánto duró esta emergencia; pero el
  asunto empezó a escurrirse cuando algunos oficiales de Seguridad, por
  su cuenta, empezaron a faenar en los barrios bajos. Decretamos algunos
  degüellos sumarios, para recordarles la disciplina, pero los hombres
  no se sostenían. Salían por las noches y, usando el armamento del
  cuerpo, carneaban, a  veces, solamente para hacerse de un pernil
  entrado en grasa, o un par de senos desmesurados que antes habían
  violado.
      Mi desesperado plan, presentado al Consejo, fue el siguiente. Los
  subversivos estaban fichados, como es obvio. De pronto, publicaron un
  artículo en el diario Verdad Republicana. Virulento, contra el
  Consejo. Al día siguiente, replicamos denunciando a los conspiradores.
  No podíamos permitir un regreso a la Epoca Moderna, el retorno a la
  anarquía, a la libertad mal entendida, etc. Los muchachos de la
  televisión hicieron el resto. Hubo acusados, documentos de la
  conspiración. Se ofrecieron recompensas. Mis hombres las cobraron y
  delataron a conspiradores. Dimos la oportunidad a éstos para que
  huyeran. Así esperábamos ahorrarle dinero al Consejo, matándolos sin
  juicio alguno, y toda esa farsa de justicia tan absurda y obsoleta hoy
  en día como necesaria en el pasado hipócrita.
      No hubo trastornos. Los muchachos huyeron. Matamos en su misma
  casa a uno u otro que no quiso huir. La televisión no cesó de informar
  al pueblo. Había novedad y promesa de sangre. La gente estaba
  exacerbada de odio, y canalizaron su odio por allí, como siempre.
  Mencionábamos la palabra Nación, Patria, República.
      Cortarle el cuello a Deimos fue una de las sensaciones más
  extrañas que tuve en mi vida. Hubo cierta similitud familiar;
  anteriormente, mi padre fue contra su padre, luego me cupo no ser
  menos..
      Lo mandé colgar de las patas (ya no eran pies humanos). Yo estaba
  dentro del auto, detrás de los vidrios oscuros, con el aparato en la
  mano, dando las órdenes. Luego salí del auto. El tiento le cortó la
  piel de los tobillos y resbaló quejoso en el palo verde que lo
  resistía. Sus brazos, cubiertos de harapos se balancearon un buen
  rato, ayudados por el viento de la sierra. Extendí la mano y me dieron
  la navaja. Había alrededor mucha gente. Oficiales, soldados, mirones y
  nuestros soplones campesinos. La cabeza de Deimos, peluda, sucia de
  tierra, resistía sin fuerza. Me reí, como a veces en los entierros me
  reía, sin saber por qué precisamente, y Deimos me miró  entreabriendo
  sus abotagados párpados. Hice una señal y entonces pusieron el balde.
  Lo tomé de los cabellos, bastante pegajosos, con hojas e insectos, y
  tiré un poco. Una garra me tocó, sin llegar a arañarme, y entonces le
  abrí el brazo y vi el músculo gris, y entonces la garra de uñas sucias
  se puso quieta. No quise alargar el hecho. Fue un tajo seco, generoso.
  Saltó un chorro caliente y me manchó el pantalón; fue el primer chorro
  oscuro, casi quemante. Luego, la sangre, cada vez más débil, invadió
  su barba, sus aún estúpidos ojos azules, su pelo largo y enmarañado,
  posiblemente seductor de hembras sin mucho seso. El balde retuvo
  bastante, no había lugar para el desperdicio.
      Lo último que vi de su cuerpo laxo, fue su sexo, corto y casi
  grueso, levemente colgante hacia un costado. ¡Dios, pensé, ya no
  ofendería a nadie! Tuve un impulso hacia él, fueron unos segundos,
  nada más. Algo extraño. Luego observé, a través de mis anteojos
  oscuros, a mis hombres, a los soplones, que me observaban en silencio.
      Debo decir que la emoción de desangrar a un hombre, de perseguirlo
  hasta ello, de imponer el más alto valor en nombre del bien de la
  familia y de la totalidad patriótica, de la paz y de la democracia, de
  la justa propiedad privada, en fin, y que  por añadidura pueda saciar
  el hambre de la gente, es algo inefable. El pequeño detalle posterior,
  de que se lo coma asado, condimentado, o simplemente de que se lo
  "sienta", es un pormenor desdeñable.
      A veces, en mis tribulaciones, he comparado la sensación por el
 

  deber cumplido, con la percepción de la magia del espíritu humano que
  nos toma cuando uno es aclamado por un millón de personas ciegas,
  excitadas, violentamente ensoberbecidas, en un glorioso discurso
  patriótico. Demás está pensar que sé con perfección que no todos
  pueden experimentar esto último (razonablemente, no todos pueden ser
  números uno). Pero sí pueden experimentar algo similar: la sensación
  del olvido absoluto en el orgasmo de más sublime labrado.
      Pienso que tal vez en esas percepciones tan refinadas, en el poder
  de captarlas, resida nuestra grandeza, rara, discutible, envidiada y
  sufrida. Hablo de los que tenemos responsabilidades. Los líderes. De
  todo, reverbera una gloria casi eterna, que se pierde en el pasado de
  la humanidad, donde conviven la aclamación, la fama ubicua, la espada
  infinita bautizada con sangre, el cúmulo del goce, padre y maestro de
  los que siempre estaremos encima.
      Proclamo esto, que será un documento histórico, como signo de mi
  respeto por el futuro de la Humanidad, y la más alta aspiración de los
  corazones ávidos de felicidad y comprensión de la Naturaleza. Creo que
  he cumplido, con obediencia y humildad. Fui homicida para imponer el
  bien y la paz en la Nación, como forniqué para preservar de la nada a
  la especie. Mi instinto y mi deber morirán enlazados. Y que no vaya el
  futuro a confundir amor por la  verdad con puntos débiles o
  nauseabunda rebeldía. Admito que pueda haber algún mareo producido por
  el fragor de la lucha y el correr de la sangre, alguna falta de
  objetividad. Pero, en la lucha letal contra la herencia reaccionaria
  de un demonio con cabeza de hidra, que es la vieja Envidia, ¿quién
  aseguraría una infalibilidad de juicio?
      Además, ruego a Dios que la conciencia popular del futuro perdone
  la efusión y pasión del caso. La justicia y el bien en nombre de Dios
  nos elevarán, libres de todo baldón por el trabajo bien realizado.
 
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                                         & Tarik Carson, 1992 ¦
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  ã+Ï+Ï+Ï+Ï+Ï©    nave circular, de andré carneiro     iÏ+Ï+Ï+Ï+Ï+Ï+Ϧ
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  ã+Ï+Ï+Ï+Ï+ÏÁ el rostro de jaldabaoth, guillermo höhn ãÏ+Ï+Ï+Ï+Ï+Ï+Ϧ
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  +Î+Î+Î+Î+Φ¦         sensex, de eduardo carletti     ¦+Î+Î+Î+Î+Î+Î+Â
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  +Î+Î+Î+Î+Φ astronautas y gitanos, de michael bishop  +Î+Î+Î+Î+Î+Î+Â
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