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¦ Bruce en la casetera
¦
¦ Pablo J. Muñoz
¦
Mariano Necochea se convirtió,
durante esa jornada, en héroe. Su
uniforme militar adquirió
el aroma a pólvora y sangre reseca,
licuado producido por el enfrentamiento.
-Hey, te estoy hablando.
-No seas tonto. ¿Qué
querés? ¿Qué te conteste?. Si apenas tiene
noventa días- repuso la madre
del niño, irónicamente. Pero él,
embobado padre primerizo,
siguió jugueteando con el pequeño ser,
todo ojos y asombro frente al mundo.
La lucha, el ejemplo del coraje
y la estupidez humana, pasó a la
historia, léase a los libros
de texto y al mármol como la batalla
de Junín. Necochea se ganó
un lugar en el diccionario.
A las seis de la mañana,
Papá dormido se levantó a preparar el
desayuno. El primer día de
escuela de Nicolás, y su madre, volando
de fiebre. Seguro una gripe.
Balneario. Treinta mil trescientos
noventa y tres habitantes
según un acartonado censo.
Pequeña ciudad, pujante en fecha
estival. Playas hermosas,
aguas verdes. Bosques de árboles
castaño claros, con tintes
rojizos. Largos y delgados. Necochea...
-Este año pienso veranear
en...
-¡Shhhh, callate!- interrumpió
el padre. Nicolás lo miró con
rabia. ¿No veía que
estaba hablando con Giselle?.
El locutor que se metía por
la TV, parecía un muerto...
Se revolvió entre las sábanas.
La enferma luz del velador le
apuntó directo a los ojos
entrecerrados. Realizando un esfuerzo
considerable, contando con la herida
debajo de las costillas,
manoteó el despertador colocado
sobre el cajón de manzanas, que
cumplía la función
de mesa de luz. Seis y media. Debía ser de día
afuera. Intentó volver a
dormir, por lo menos hasta las ocho, hora
en que se levantaba Marisol. Ocho
en punto, día a día, el desayuno
compuesto de galletitas mohosas
y manteca rancia. El café,
infaltable complemento, había
sido reemplazado por los pocos
saquitos de té que
quedaban en toda la casa. ¿Cuánto hacía que el
tarro de café molido había
tocado fondo? Días.
Nico volvió
a abrir los ojos. La amarillenta luz del velador
le permitió observar
el cuarto en penumbras, las paredes
cubiertas de posters y, en una esquina
del cuarto, el estereo.
Se sentó
al borde de la cama, con su pie izquierdo tanteó el
piso de cemento buscando las zapatillas.
Al fin las encontró
debajo de la cama. Tocó las
sábanas celestes, húmedas, pegajosas.
Debía haber sudado mucho
durante la noche ¿qué otra cosa se podría
esperar? Debían hacer alrededor
de cuarenta grados, como mínimo,
dentro del cuarto.
Decidió
prepararse por sí mismo el desayuno, luego se lo
llevaría a Marisol y al Tano.
Pasó
por la puerta que daba al baño y recién ahí notó
que su
pantalón piyama también
estaba pegoteado. No era sudor. Aunque no
recordaba con claridad lo que había
soñado la noche anterior,
seguro había sido un tanto
excitante. Se rascó la barba de tres
días. El Tano se iba a enojar
al ver cuanto había crecido. Decidió
afeitarsela.
Manteca
rancia, sacó una buena cantidad con el cuchillo, luego
la untó en la galletita.
Tenía gran variedad, la suficiente como
para pasar el resto del verano,
aunque no el otoño. Después
verían.
La tetera
lo terminó de despertar, se sirvió el té caliente,
hirviendo. Entre galleta y galleta
encendió el doble casetera. Por
lo menos seguía con vida,
música. Aunque la cinta no era muy
buena. Nico recordó que en
su casa de Buenos Aires le esperaba el
compact, ¡qué sonido!
Casi las
siete, Nico guardó la manteca en la heladera y fue a
la pieza a ponerse una camisa y
un jean. Pasó al lado de Marisol.
Dormía sobre un vetusto sofá
de principios de siglo. Casi cien
años y seguía aguantando.
Nico detuvo su vista en el rostro rosado
de la chica. Verdaderamente hermoso.
Por debajo
de la lona que servía de manta, se marcaban las
curvas que delineaban su cuerpo.
Nico nunca había tenido una chica
como ella. En cierta forma ahora
tampoco la tenía. Marisol era
independiente, no le pertenecía
a nadie.
Marisol
pareció darse cuenta de que alguien la estaba mirando
y se incorporó de un salto.
-¡Boludo! -le gritó
a Nico- Me asustaste.
"Asustarte. ¿Quién
podía ser sino el Tano o yo? Nadie más estaba
en Necochea este verano".
-Perdoná...
-¿Qué hora es, Nico?
-preguntó Marisol mientras se incorporaba. La
camiseta naranja se le pegaba al
cuerpo como una segunda piel,
también ella estaba sudada.
-Son casi las siete.
-¿Las siete? ¿Desde
cuándo te levantás tan temprano? -Marisol le
habló con tono agresivo.
Esa actitud la había tomado, y asumido,
desde que se había enterado
lo que pasaba con el Tano. Nico la
comprendía, la única
mina en kilómetros cuadrados y debía pasar
quien sabe cuanto tiempo con dos
gays. A él le ofendía esa
palabra. "¡Mierda!". ¿Por
qué la pronunciaba con tanto odio? No
podía culparla, a él
mismo le asqueaba la situación. El Tano tenía
la culpa de todo. Suya había
sido la idea de ir a esa casa en
Necochea. Nico (pensaba él
mismo) no tenía ninguna culpa. Todo el
mundo había cambiado después
del día Rojo. ¿Qué valores podían
sobrevivir a la radiación?.
¿Qué
podía hacer él? Sólo tenía veintidós.
Toda una vida sin
nada, vacía. Nunca más
una familia, un trabajo, una mujer.
Esa primavera
había aguantado estoicamente. Sólo una vez en
todo diciembre había sentido
la necesidad de masturbarse. ¿Qué
había pasado?.
-Me levanté porque estaba
muerto de calor -dijo Nico.
-Cierto, tenés razón
-contestó Marisol mientras se despegaba la
camiseta adherida por el sudor.
-Me voy a dar un baño antes de
desayunar.
-Buena idea, creo que también
me voy a dar uno. Con la poca agua
que queda.
Marisol
se le quedó mirando fijo. Al fin le volvió a hablar,
con el mismo tono agresivo de
hacía unos momentos.
-¿Querés bañarte
conmigo? ¿O te da asco?
Nico bajó la vista.
-Vení, ¿o le debés
fidelidad al Tano? -Marisol se quitó la
camiseta delante de Nico, entró
en la bañera. Nico la siguió con
la mirada.
-Pobre nene, Marisol es mala con
él -entonó la chica mientras
comenzaba a arrojarse la escasa
agua que contenía el bidón. -Es
mejor que vaya a que lo consuele
su macho.
"Sos una
basura", pensó Nico. Ella bien sabía que el nunca
había renunciado a su virilidad,
al rol de hombre. Creía, quería
creerlo, que esa relación
no lo degradaba de su carácter
masculino. Creía... Recordó
¿qué podía saber él que pronto
aparecería una chica, venida
del desierto de muerte? Tevé muerta,
gente muerta. Una noche de verano,
el Tano lo tomó por el hombro.
Nico se estremeció. Los dos
meses y pico que había convivido con
el Tano le habían bastado
para sospechar su secreto.
Esa noche,
el Tano no pronunció palabra alguna, ni surgió
ningún hilo de conversación
tendido por Nico. Sólo cenaban, el
único ruido, el entrechocar
de tenedor y cuchillo. Conservas, dos
latas de Coca para tomar, las últimas.
Cuando el
Tano le puso la mano en el hombro, Nico sintió un
escalofrío en la nuca. Había
sido la noche más larga de su vida.
Acostado junto al Tano, no pudo
conciliar el sueño. Quiso una y
cien veces convencerse que él
seguía siendo hombre. Otras tantas
que todo había sido un sueño
o producto de una indigestión.
Siguió sin poder dormir.
Continuó mirando el techo, lejano,
oscuro, con un cigarrillo entre
los dedos, intentando no pensar.
Lloró, lloró por este
nuevo mundo que tenía por delante. Lloró por
el pasado. Tanta ley, tanto pensamiento,
todo enterrado por el día
Rojo.
Marisol apagó la "ducha".
El agua corriente era cosa del pasado.
La "ducha", el bidón con
agua y embudo en su boca. Agua. Habían
llegado los tres a la conclusión
de que el agua se les acabaría.
Racionándola o no. Muerte
en otoño, o en el fin del verano. ¿Qué
más da?.
Dejó
el bidón medio vacío junto a la bañera. El bidón
llenado
con agua radioactiva. Veneno residual.
"Bruce y
su banda de la calle E". Uno de los pocos casetes que
no lo cansaban. Así y todo
debía ser la vigésima vez que lo pasaba
en el doble casetera en lo que iba
de la semana. Tomó entre los
dedos la birome azul que usaba el
Tano para escribir un compendio
de estupideces. En Navidad se le
habían acabado los Marlboro. La
birome no se fumaba, pero mantenía
sus dedos nerviosos con algo
para entretenerse.
-Grande, Boss -dijo por lo bajo.
"Seguro
que en estos momentos debés haber cagado como media
humanidad, ¿no?". Pensó
Nico. El Boss siguió desgranando "Nacido
para correr". Correr. Nico deseaba
con toda su alma abrir la
puerta de la casa de verano y correr.
Hacerlo sin frenar, hasta
llegar a la playa y revolcarse en
la arena. Bañarse en las aguas
frescas y verdes.
El típico
ruido alertó a Nico que la cinta se había acabado.
Mierda. La oiría por vigésima
primera vez. Marisol salió del
cuarto de baño con la toalla
verde cubriendo su cuerpo. Nico se
alejó de la sala donde estaba
el estereo. Al pasar junto a la
chica, la miró de reojo, pero
no le dijo nada ni se detuvo. Entró
en la pieza que le pertenecía
al Tano, en otros tiempos, el garage
de la casa.
Se sentó
a los pies de la cama. El Tano yacía tranquilamente
durmiendo, ajeno al calor, a la
podredumbre, a la pesadilla.
"Verdaderamente parece que el Tano
está veraneando como cualquier
otro año", concluyó.
Excepto
el zumbido del ventilador y un circunstancial casete,
ningún ruido jodía
la paz enfermiza del refugio. Pero algo comenzó
a oirse en esos momentos: un gruñido.
¿Marisol protestando?.
No, no era
Marisol. La chica entró en la pieza, sin ocultar el
asco que le daba ver el cuadro del
fiel amante sentado junto al
lecho de su durmiente pareja. "Muy
romántico", se dijo Marisol.
-Decile a tu hombre que se deje
de roncar.
-¿Roncar?
-¿No ves que...? -Nico no
necesitó responder. El Tano dormía
profundamente, pero no roncaba.
-Nico -la voz de Marisol pareció
menos segura que un momento
atrás. -Viene del comedor.
Nico tomó
la delantera, el ruido iba in crescendo. Del apuro,
Nico se llevó por delante
el vetusto sillón del comedor. Marisol
lo alcanzó enseguida. El
ruido indiscutiblemente venía de ese
lugar de la casa.
Si uno observaba
el exterior, cosa improbable, podía llegar a
esperar que se abrieran los cielos
y descendieran ángeles de
púrpuras túnicas;
Nico y Marisol se hubieran extrañado mucho menos
que con ese ruido... ¿Cuántas
veces lo habían oído? Cientos. Pero
ese verano había pensado
que jamás volverían a oir la voz de un
locutor por la radio.
El mismo,
comprobó Nico, había tocado por accidente el dial de
la radio en vez de apagar el equipo.
En el rostro
de Marisol no quedaban rastros de enojo,
acostumbrado estado de ánimo
en los últimos días. Sólo se notaba
su asombro y desconcierto. Hasta
esa mañana todo lo que quedaba
del otro lado de los muros de la
casa significaba rostizamiento y
gusanos. Pero ahí estaba
la voz ronca desafiando la muerte.
La voz seguía
hablando, pero por más que Marisol y Nico
intentaran entender no pudieron
hacerlo. Siquiera extraer un par
de palabras sueltas de toda esa
vorágine de palabras y frases
confusas, distorsionadas por la
estática.
Marisol
se incorporó, se frotó los ojos, dueños de bolsas
color lila, -demasiadas para su
corta edad- y se alejó de la sala
dejándolo a Nico, solo, junto
al estereo.
El año había comenzado
mal, el brindis del treinta y uno Nico lo
realizó con el Tano y un
vaso de agua. Apenas doce meses atrás
brindaba con la familia, sidra fresca
y pan dulce. Poco a poco su
mente comenzó a aceptar lo
del Tano. Hasta que pasó.
El ruido
de un coche acercándose sobresaltó a ambos. El Tano,
con mas curiosidad que miedo, se
animó a asomarse al exterior. El
viejo torino había chocado
contra la cerca que rodeaba la casa.
Nico recordó paso por paso
lo que sucedió después. El Tano
desapareció por un instante,
enseguida volvió a entrar llevando
entre sus brazos a una chica. No
pasaba los dieciocho. Tenía una
cara perfecta, lástima el
corte en la ceja que sangraba tanto.
Marisol, como todos los días,
tomó un libro de la biblioteca y se
puso a leer. El Tano por su parte
se dedicó toda la tarde a jugar
con la Commodore.
PICK...
PICK... TOUUUP. Los bichos de Marte derribaron su
nave. Le quedaban dos vidas más.
A menos que superara los quince
mil puntos.
PICK...
PICK... CLARK...
Diez mil.
A lo mejor
le ganaba a la maldita ciento veintiocho.
Nico permanecía
frente al estereo. El ruido gutural seguía
oyéndose, fuerte, desesperado,
casi se podía jurar que era una voz
humana intentado hablar. Sólo
que la interferencia seguía
impidiendo descifrar lo que decía.
Y ya habían pasado varias horas
desde el inicio de la sorprendente
transmisión.
Algo. Nico
creyó captar una palabra coherente. Dos. Si su
mente no se le había secado
mucho por el abrazo del sol asesino de
ese verano, el estereo había
escupido un "por favor", un
"contestar al...". Pero el PICK...
PICK... TOUUUP no ayudaba para
nada. Se sumaba a la interferencia,
pareja, asfixiante, y apagaba
la voz del locutor. El locutor,
porque era una voz masculina.
Nico creyó
estar enloqueciendo. Donde el oía un locutor, sólo
se emitía un sonido gutural,
agresivo, ininteligible.
PICK...
PICK... CLARK.
-¡Boludo! ¡Te podés
dejar de joder con esa Commodore! Pocas veces
Nico se enojaba de tal forma.
Pero algo le decía que el estereo
le podía ayudar. Que esa
voz podía dar un nuevo aliciente para
vivir el verano de Necochea.
Marisol.
Dieciocho
años.
Recuperó
la conciencia en poco tiempo, y en menos aún explicó
su vida y obra al reducido auditorio
que representaban unos
asombrados Tano y Nico. No esperaban
ver a nadie más con vida.
Después de la Roja Primavera.
La chica
pareció simpatizar con Nico, casi enseguida.
La noche
estrellada devolvió un manto de olvido sobre la
charla furtiva del Tano y Nico.
-No quiero presionarla. Va a ser
mejor para ella que terminemos lo
nuestro -murmuró Nico. Y
abrigó la esperanza de un sí por
contestación.
El Tano
puso mala cara.
-Aunque sea por un tiempo, para
que ella lo entienda.
-¿Qué carajo tiene
que entender? -el Tano parecía enojado.
Demasiado, lo suficiente para elevar
su voz y ser escuchado por
Marisol, que intentaba dormir. Su
primera noche en Necochea.
-Para ella va a ser difícil
convivir con dos...
-¿Maricas? -acotó
el Tano. -¿Para ella o para vos? Te gusta la
putita ¿no?.
Nico se
le quedó mirando, sorprendido. No tanto por el enojo
del Tano, producto de los celos,
sino por la acusación. Sí, le
gustaba la chica. Era hermosa, después
de todo él era un hombre.
Si ella hubiera aparecido un tiempo
atrás. Mierda. Quería borrarlo
todo. Matar al Tano y con él
al pecado que lo angustiaba. Pero
algo se lo impedía. Una voz
constante que no le dejaba
abandonarlo.
La luz titiló hasta apagarse.
Otra bombita
menos. Habría que bancarse la luz del farol en el
comedor. ¿De qué servía
un equipo generador de energía propio si
no había bombitas? Nico se
dio de cabeza contra la pared, la
materia encefálica realizó
por una décima de segundo una danza
epiléptica. Volvió
a sentarse en el suelo, ahora con los ojos bien
abiertos, se había quedado
dormido. Era tarde, pero aún seguían
los gruñidos, el aullido
de la doble casetera. ¿Cuándo iba a
terminar esa sucesión de
quejas inconexas, de gritos de mudo?
Largó la birome con la que
había jugueteado todo el día. Su mano
suave, joven, con manchas, se dirigió
al equipo.
Apagarlo.
Terminar con ese rito estúpido. La letanía del
mogólico. No llegó
a apagar el estereo. Su mano, propia, tan
propia, lo horrorizó. Las
manchas de tono amarillento. El cáncer
de piel crecía. Lo único
que cobraba vida ese verano.
Nunca se
hablaba del cáncer en la casa. Todos lo padecerían
tarde o temprano. A menos que la
comida se terminara antes.
Cosquilleo.
Ultimamente no sentía la mano, lejana, doblemente
forastera. Pero allí la sintió.
Lo sintió. El Ser Comedor de
Células reptando, tejido
epitelial, células, alimento y camino. La
implosión de la Vida en su
cuerpo.
-¡No!.
La mano
de la chica buscó el cierre del jean.
-No.
Las palabras
de Nico se ahogaron, boca, labios, saliva.
Escena cortada,
volvía a sentir el calor abrasador en su
vientre y le daba la bienvenida.
Deseaba nuevamente sentirlo,
sentirse vivo. Dolor. Placer. Semánticamente
opuestos,
prácticamente complementados.
El Tano
entró en la pieza de Marisol.
El cuchillo
oxidado se destacaba en su mano.
Nico saltó
de la cama deshecha.
-¿Qué carajo estás
haciendo?
Miedo en
la voz. El Tano está loco.
-Dejá a esa puta.
Miedo. sudor
frío. Promete por miedo, ¿por miedo? Nunca lo
supo.
-Nunca más Tano, perdoname.
Te lo prometo Tano -su voz se
entrecorta. Flaquea. Un hilo lastimoso.
El cuchillo
se clava en la puerta del placard.
Esa vez
Marisol se enteró de la verdad.
-¡Papá!
Marisol
grita como una nena. Momentos en que no supera los
seis años. Se abraza al estereo.
Apoya su rostro mojado en
lágrimas contra el parlante.
La radio es su hogar. Unirse. Papá,
mamá, pareja, amigos. Instinto
gregario que soportó hasta el día
Rojo.
-Pa... -Marisol mira a un Nico asombrado,
con los ojos llorosos.
Tan brillantes como si estuvieran
atacados por la fiebre.
-Sol, ¿qué te pasa?
-Nico, con temor, le acariciaba la cabeza. Con
temor intenta consolar a la nena,
no ya a esa adolescente
resentida y amarga. A la niña
con miedo. Se despertó asustada,
papá no estaba al lado de
su cama. ¿Dónde está papá?.
-Nico -ni siquiera puede hablar,
se atraganta. -No estoy loca -le
separa la mano, no con desdén,
con ansiedad. -Ni-co, es la voz de
papá.
El mira
el estereo. ¿La voz de qué papá?. Si los gruñidos...
No más
gruñidos, la voz angustiada pide despertar.
"Donde...
Transmite Radio Omega -Omega, la última letra
griega, la última emisora
de la tragedia griega. -Estoy vivo...
Deseo comunicarme... Llámenme...
".
Comunicarme.
Llámenme, voz ronca, parece más un maniático que
un hombre desesperado. Si no hubiera
pasado la Primavera Roja,
hubiera creído que un demente
había copado la emisora.
-Llámenme al 0240 58... -Llamen.
Un teléfono. ¿Cuánto haría que
estaba esperando al lado del tubo?
¿Solamente ellos podrían
intentar comunicarse? ¿Nadie
más?. -No es papá concluyó
tristemente Marisol. Parece que
finalmente despertó del sueño
febril. Su rostro joven aunque ojeroso,
marcada su parte
izquierda por la almohada, regalo
del sueño, tomó un cariz
blanquecino. Lechoso. Extraño.
No tiene
rastros de sangre esa cara. Sangre es vida. Vida es
su padre. No, la voz ronca no es
su padre. Nico volvió a
acariciarla, sus dedos amarillentos
jugaron con el ensortijado,
engrasado, cabello.
-Creí -la voz es un susurro.
-Parecía la voz de papá. ¡Fui una
boluda! -la mujer se enoja con la
nena. La nena despertó. El
adulto rechaza los miedos y sentimientos
infantiles.
-Todo pasó -susurra Nico.
Marisol
acomoda su cabeza en el hombro de Nico.
-Abrazame -pide.
Nico lo
hace. ¿Cómo negarse?
Marisol,
cuerpo de mujer, llora como una niña.
La radio
de fondo.
Se reitera el pedido.
Igual, con
la misma desesperación.
Demasiado
igual, es una grabación.
Es posible
que el tipo se haya descerrajado un tiro hace
tiempo.
Marisol
volvió a dormirse.
El Tano
es mudo testigo de la escena. Nico lo mira, ve la ira
en esos ojos oscuros, negros, malignos.
Con su propia mirada, le
pide, ruega, que no haga un drama
precisamente allí. Cuando la
nena está descansando.
Portazo.
El Tano se encerró en su habitación, con llave. Nico
deja a Marisol en su propia cama.
No tiene ganas de dormir esa
noche, por el contrario, vuelve
al living y toma el teléfono.
Disca, hacía mucho que había
dejado de discar. La mayoría de las
líneas estaban cortadas y,
aparte, no queda nadie que pueda
contestar del otro lado. Salvo el
tipo Omega.
0240 5846.
Llama.
Preeen...
preeen.
Nico se
sobresalta, un frío viento recorre su piel. Meses sin
oir ese sonido antes tan común,
vulgar. Al comienzo del verano
había llamado días
y días sin parar, descansando sólo un par de
horas, todos los números
que encontró en la guía. Llamó hasta
enloquecer, llamó hasta asquearse
del llanto y la amargura. Todos
los números de la guía.
Todos vacíos, faltos de vida. Siempre en
silencio, salvo esta vez. Preeen.
Preeen...
Hermoso. Agua de vida. Siguió oyéndolo un buen rato.
"Dios, no" pensó. Miró,
angustiado. El hermoso preeen siguió
sonando en el living. ¿Qué
esperaba?.
Nadie podía
levantar el tubo del otro lado.
Dejó
el auricular al lado del teléfono.
Preeen...
Lentamente
hunde la cara en sus manos, y se dispone a esperar
el amanecer. Ese amanecer vedado
por las ventanas tapiadas, cueva
de los hombrecitos miedosos como
ratas. Agazapados, protegidos en
el refugio.
La llamada
se prolongó toda la noche.
La pantalla del tevé color
mostró la imagen saturada de azul. Sony
Crocket incautando un cargamento
de estupefacientes. Pasta,
dólares. El día Rojo
había sido más efectivo que la división del
vicio.
Nico apagó
el trendset. Lentamente, siguiendo el ritual
pagano, el video casete salió
del grabador. Las tres películas que
había en la casa habían
sido vistas por Nico una centena de veces.
"Mierda", pensó. Cuanto daría
por ir al cine. Antes, cuando
Marisol no había llegado,
el Tano se sentaba frente a él y
parloteaban sobre la primavera tan
especial y sus consecuencias.
Momentos en que la pesadilla recién
nacía, momentos en los que la
tragedia revestía un misticismo
y cierto patético encanto.
-Los misiles nunca llegaron aquí,
al cono sur. En realidad
-comenzó a disertar el Tano-ellos
no tiraron más que una mínima
cantidad, creo.
"Creo. No
sabés nada, pero me jodés con tu monólogo", pensó
Nico. Está anocheciendo.
Hace dos semanas que la casa de veraneo
es el refugio, el bastión
contra los bichos radioactivos.
-Acá llegó la radiación
¿entendés? No vamos a morir desintegrados,
volados. Nos va a matar el cáncer
u otra yerba.
"Qué
bueno, me quedo más tranquilo". Nico encendió un
cigarrillo, la perorata parecía
que iba a extenderse más de lo
normal.
-¿Sabés lo que me
preocupa?
Siempre
el Tano incluía en la disertación a su compañero,
aunque Nico no prestara la mas mínima
atención.
-... el famoso invierno nuclear.
No se dio del todo. Las tierras
deben de estar muertas, pero el
cielo... no está cubierto por la
ceniza, el sol sigue quemando. Hasta
demasiado.
Nico sigue
oyendo lo que dice el Tano, pero intercala en su
mente las imágenes del anterior
veraneo. También en Necochea. El
sol quemaba. Pero no rostizaba.
-De vez en cuando llueven cenizas,
pero creo que las bombas
produjeron una disminución
significativa de la capa de...
"El sol
alumbraba", recordó Nico. Lentamente una sonrisa
comenzó a vislumbrarse en
su cara. Buen veraneo había sido el
último. Las cenizas del cigarrillo
cayendo sobre su mano,
levemente, quemándolo, lo
volvieron a la realidad.
- ...ozono. Por eso los rayos son
tan intensos. Nada los detiene,
fijate que el...
Nico nunca pudo entender cuál
era la razón para que al Tano le
interesaran todos los porques de
las cosas.
Era más
importante la solución aunque en este caso no la
había.
El Tano
se sentó en el suelo, junto a las piernas de Nico. Su
rostro parecía más
sombrío que lo normal.
-¿Te gusta la puta?
Sorpresa.
Todavía seguía con ese tema.
-¿Te excita o no? -atacó
el Tano.
-No quiero hablar de eso.
-Yo sí -el Tano estaba en
uno de sus malos momentos. Seguro había
acumulado toda la carga de celos
producidos por la escena
anterior. Marisol descansando en
los brazos de Nico. Y ahora había
estallado.
-No quiero hablar de eso.
-¿No?... ¿Y por qué?
No sos el único en esta casa.
-Ya sé, está Marisol
-dijo Nico cortadamente.
-Me refería a mí...
sabés que...
-Se que tenés unos celos
de la gran puta. -Nico se estaba enojando
también. -¿O no?.
El Tano
se incorporó. Comenzó a caminar rodeando el sillón
donde estaba sentado Nico.
-Nicolás, es ella o yo.
El Tano
estaba diciendo incoherencias.
-¿Qué pensás
hacer con Marisol? ¿Tirarla a la basura?.
-Como vino se puede ir -el Tano
no era el mismo. ¿Qué había muerto
dentro de él? ¿Se
olvidaba qué había arriesgado su vida no hacía
mucho tiempo, saliendo al exterior,
para entrar a la chica
herida?.
-Afuera no se puede vivir.
-Acá adentro tampoco -repuso
el Tano.
El reloj
de la pared voló pasando cerca de la cabeza de Nico,
y terminó su carrera estrellándose
contra el modular.
-Tano, cortala, ¿por qué
no rompés la radio y así nos jodemos
todavía un poco más?
¿Eh?.
-Se terminó, Nico.
El resto
del día el Tano desapareció, Nico supuso que se había
encerrado en el altillo.
-¿Está enojado? -Marisol
parecía haber perdido un poco el tono
hiriente que la caracterizaba.
Nico sin
mirarla le contestó:
-Se le va a pasar.
-¿Y si no?
-Yo que sé -Nico mantenía
fija la vista en las piezas sueltas del
reloj estrellado. Nunca había
sido bueno para las reparaciones
pero era uno de los dos únicos
relojes en toda la casa que andaban
bien. Hasta el enojo del Tano.
El reloj,
la hora, el único contacto con el pasado caliente,
reciente, añorado.
-No me pienso ir -Marisol lo dijo
con tono firme.
Irse era
morir en el exterior.
Es de madrugada.
El reloj,
arreglado por Nico, marca las cuatro.
Sábanas
pegoteadas, la superficie blanca se adhiere como una
segunda piel al cuerpo sudado de
Nico. Una sobrepiel que tapa
todos los poros, absorbe el sudor,
pero no deja pasar el aire. El
mínimo aire vital para respirar
en esa noche de casi cuarenta y
cinco grados. Un aire enviciado,
contaminado, mínimamente aliviado
por los extractores. El aire putrefacto
de meses de encierro. El
aire de vida que choca con el exterior
envenenado.
-¡Basta...! -el grito, la
súplica estalla en sus oídos. Nico,
aturdido por el grito extraño
y por la noche abrasadora, se pone
de pie no sin cierta dificultad.
El pedido se repite, viene del
sofá donde duerme Marisol.
Marisol
es una estatua viva.
Perfecta,
hermosa, sangrante.
Todo el
cuadro se presenta en fracciones de segundo en la
retina de Nico.
Marisol,
diosa mártir sangrando, un Tano enloquecido
golpeándola brutalmente.
Putaaa...
Insultándola. Puta... Grita el asesino. La diosa
gime.
La siguiente
trompada dio directamente en el rostro de Nico,
que se interpuso rápidamente
entre el loco y Marisol. El Tano se
quedó congelado. La sangre
brotando del labio de Nico. El pobre
niño seducido por la diosa.
-Tano, pará... La vas a matar
-Nico golpea con todas sus fuerzas
al hombretón.
Nunca más
grande, nunca más bestia. Tan dócil y débil en las
noches... El Tano se retira, pero
antes mira su obra.
La diosa
niña yace en el piso, rodeada por un charco púrpura.
Casi muerta. El Tano ya se fue al
altillo. En el silencio de la
noche, sólo perturbado por
el gemido de Marisol, se oye con
claridad el ruido del pasador.
El Tano,
la bestia arrepentida, se encerró en su madriguera.
Muchas veces notó Nico que
el Tano pasaba horas en el altillo.
La puerta
abierta, Nico miró a uno y otro lado. Libros, más
libros y anotaciones. Se sintió
un extranjero. Un profanador de un
mundo mágico, pero ajeno.
El mundo personal e íntimo de su
compañero. No tocó
nada, nunca volvió a entrar hasta esa
madrugada.
Cuatro y
media.
Marisol
descansa en el cuarto de Nico. Los golpes le dejarán
cicatriz, pero va a vivir. Más,
es muy probable que al amanecer
recobre la conciencia.
Los escalones
que llevan al altillo crujen demasiado, les
queda poca vida, esta vez el altillo,
la madriguera del Tano, no
le parece mágico. Todo es
un caos. Libros y papeles tapizan el
piso. El antiguo escritorio, predilecto
del Tano, está partido en
dos. Sus cajones arrojados al otro
lado del cuarto en penumbras.
El caos es muerte. Muerte violenta.
En medio
del destrozo un cuerpo musculoso está sentado en el
suelo. En cuclillas, temblando.
Nico se
le acerca lentamente, se sienta junto a él.
-¿Por qué? -murmura.
El rostro
lleno de sangre seca de la chica, lo mira. El Tano
le clava sus ojos profundos.
-Ni... -las palabras se traban en
su boca. El Tano es una cosa
sangrante, sudada, deshecha, no
una persona. -Nico, yo también
perdí todo... soy parte de
este infierno, creí al principio que me
volvería loco... -su voz,
recia pero mucho más suave que antes,
sigue intentado desesperadamente
buscar la comprensión, el perdón
luego de la travesura.
-Sos lo único que me mantuvo vivo. Sin
vos me hubiera matado hace tiempo,
y ahora ella... -Pese a la
vergüenza, el odio persiste
intacto. Su boca reseca continua
disculpándose, explicando
lo irracional, aunque su puño volvería a
caer gustoso contra el rostro de
Marisol. -Me quiere sacar lo
último que me queda. ¿Entendés?.
Nico rodea
con un brazo la espalda del Tano. Acaricia su
cabello. El rostro mojado del hombrón
se apoya contra el pecho del
joven. Nico murmura. Intenta tranquilizarlo,
acariciándole el
cabello pegoteado por el calor,
grasoso por la escasez de agua. Y
le clava las tijeras en la nuca.
Dos tostadas de pan cien veces recalentado,
los últimos gramos de
manteca rancia, y el té, agua
coloreada, puestos en la bandeja,
son las primeras cosas que ve Marisol
al despertar. Le duele todo
el cuerpo, se toca con cuidado el
rostro, la piel agrietada,
amorotonada, choca con la yema de
sus dedos. Logra contener el
llanto, se mira en el espe-jo, tuvo
suerte de sobrevivir.
Sale descalza
de la pieza. La remera, única ropa, le llega
hasta las rodillas.
En la cocina
hay ruidos. Se detiene. Teme volver a encontrarse
con el Tano. Pero no, es Nico.
Nico la
saluda.
-¿Desayunaste bien?
Marisol
lo abraza. Recuerda en lo profundo de su mente que
Nico le salvó la vida. Llora.
-Todo pasó, Marisol, ¿eh?.
-¿Y él?
Nico la
mira fijamente.
-Lo maté.
Golpe fuerte,
el mundo le da vueltas a Marisol.
-Muerto...
-Sí, Sol. Nunca más
te va a pegar.
-Lo mataste.
-Bien muerto, ¿no entendés?,
te elegí a vos, nena.
-A mi. -Marisol se sienta en una
banqueta. Se mira instintivamente
la pierna. El tono amarillento,
escamoso, no responde a la paliza
de la noche anterior. Es la enfermedad.
-A mi.
Nico no
responde, el tono de voz de Marisol...
-¿A mi?, ¿dejándome
vivir en el infierno?.
-Sol, por favor... -Nico no entiende.
-Permitiendo que me coma la mierda
de la radioactividad -Marisol
eleva el tono de voz.
-Sol, calmate. ¿Comiste todo?,
¿tenés sed? te doy otro té... -Nico
quiere calmarla.
-Nico, no mientas -Marisol no está
dispuesta a cambiar de tema.
-No lo mataste por mi, lo mataste
por que lo querías demasiado
como para verlo sufrir.
Nico se
va a la cocina.
-No tengo porque oir esas boludeces.
-¡Nico, me vas a oir! -la
voz de Marisol escapa a la cocina, para
retumbar en toda la casa. -Lo mataste
por piedad. Para terminar
con su sufrimiento.
-¡Basta!.
-No, no me callo. Lo hiciste para
que no viviera lo que se
viene... Hambre... Podredumb...
Nico se
toma la cabeza. ¡Callate!. Le duelen los oídos de
apretarselos.
-No, Nico. Vos no me elegiste. Lo
elegiste a él.
&
¦
&
Pablo Muñoz, 1989.¦
¦-----------------------------Ï-
-Ï---------------------------------------¦
¦ Análogos y
therbligs
¦
¦ José Luis
Zárate Herrera
¦
3ª mención Concurso
de cuentos inéditos
Premio Más Allá 1990
"Los estaba engañando"
En apariencia
José 099 era igual a los otros mil trabajadores
de la Fábrica de Aldehídos
Aromáticos. Delgado, con ojos grandes,
manos nudosas, menudo. Todo ello
sintomático de su alimentación
basada en Nutrientes Biogenerables.
Reciclaje. Lo más económico.
Los movimientos de José se
acoplaban a los de sus compañeros.
Estiraba una mano hacia una palanca
mientras mil manos se alzaban
al mismo tiempo. Daba un paso y
los otros mil también. Una imagen
de movimiento que era infinidad
de imágenes iguales. Pero había
una diferencia.
"Los estaba
engañando"
Hora de
comer. Mil pipetas salieron de las máquinas a
incrustarse con precisión
en la carótida de cada uno de los
trabajadores. Múltiples y
los mismos obreros conectaron el botón
izquierdo. La comida fluyó,
líquida e incolora. Chasquidos al
unísono al conectarse el
switch 6. La música subliminal de
Satisfacción Corporal. Los
excrementos son recogidos en una bolsa
transparente que deberá ser
entregada antes de salir de la
Fábrica. La una. Las dos.
Falta poco. Las tres. Las cuatro. Las
pipetas se retiran a sus lugares,
susurrando. Pasa el supervisor,
como una sombra. Las cinco. Hora
de descansar. Fin de jornada.
José 099 trata de convertir
sus ojos en cristales opacos. Como los
demás arrastra los pies lentamente
y se une al coro de balbuceos
mientras siente la humedad de su
saliva recorrerle el mentón. No
importa. No mientras pueda seguir
engañándolos. Todos usan zapatos
de metal y plástico, pantalones
impermeables, camiseta sin mangas,
un casco analógico. Chapotea
en las calles anegadas de lluvia
mientras se dirige al atestado metro.
No sonríe. No es feliz. Los
otros sí. El está
consciente de no estarlo y ello lo pone de un
estupendo humor y a su pesar sonríe,
feliz. Pero no por el casco.
No por eso.
"Los estaba
engañando"
Sí,
tan fácil. Una falla insignificante. Una chispa repentina
que hizo que perdiera la sincronización.
El, como hombre de una
vida feliz, desapareció.
En cambio, se halló frente a una máquina
y una rutina de movimientos tan
conocida que podía realizarse
inconscientemente. Tardó
unos segundos en comprender que su casco
había dejado de funcionar.
Una falla, una chispa y ahora era
diferente a sus compañeros,
que seguían soñando. Se preguntó qué.
No lo mismo que él, o no
de igual manera. Si bien ellos
continuaban con esa expresión
ausente era imposible que todos
tuvieran la misma ilusión.
Si se esforzaba un poco, José recordaba
hechos únicos e importantes
que, de cierta forma, dictaron sus
sueños y fantasías.
Su infancia en el Bloque Educativo y, sobre
todo, esa adolescencia fugaz que
fue rota por su ingreso en la
Fábrica y su primer casco
analógico. Apenas se lo puso y fue
conectado dejó de ser el José
099 que era. La máquina interfería
los impulsos eléctricos del
cerebro provocando alucinaciones,
haciéndole vivir una vida
diferente a la real, onírica, analógica,
con todo aquello que, según
él, era indispensable para ser feliz.
Así pues, los sueños
de los otros deberían satisfacer a quienes
los tenían, cumplir cada
deseo individual.
En ese instante
pudo ver, a través de la ventanilla sucia, el
lugar a dónde se dirigían.
No pudo creer que fuera verdadero. No
tenía nada en común
con la casa a la cual llegaba cada tarde.
Algunas luces mortecinas intentaban
romper la monocorde oscuridad
que se adhería a los edificios
llenos de cristales rotos y cuartos
infestados de cucarachas e insectos.
José cerró los ojos y por un
segundo recordó la ilusión
dictada por el casco: la casa
higiénica, las paredes blancas,
el aire acondicionado. En cambio
estaba rodeado del hedor a heces,
sudor humano, descomposición,
ratas, agua encenagada.
¿Dónde
estaba?
En la realidad.
Por un tiempo lo sospechó. El casco dejaba
algunas lagunas en su visión
onírica. Su vida analógica se llenó
de contradicciones sin importancia.
Se fue volviendo gris mientras
los circuitos se fundían
lentamente. Un error. Eso era la
realidad. Un error.
Tenía
que hacer algo. No bastaba ya con engañar a la Fábrica,
al supervisor, a sus compañeros.
Pero no hoy. Mañana. Ahora
necesitaba dormir. Tener sueños
reales, descansar del movimiento
continuo. Y a pesar de no estar
en la vida fácil analógica,
durmió...
Las manos
se hundieron en la máquina como si esta fuera humo,
un reflejo. José 099 trató
entonces de apoyarse en la barandilla
que lo rodeaba pero sólo
halló el vacío. Los pies se hundían en la
nada. No se encontraba ya en la
Fábrica sino en un mar. Un océano
compuesto de nieblas e ilusiones
que se dispersaban por un viento
que tomaba fuerza y hacía
desaparecer todo. José vio el abismo
bajo él. La muerte. Antes
de que pudiera gritar, el viento que
deshacía las quimeras lo
tomó, para hacerlo desaparecer con la
Fábrica y el mundo.
Le dolía
el cuerpo. Eso lo despertó. Un dolor sordo, pequeño,
constante. Algo le decía
que siempre lo había portado y nunca
cesaba. El dolor de los músculos
agotados. Pudo verse las manos y
los dedos que se achataban, las
callosidades circulares en las
yemas, sus dedos deformados. Se
puso de pie y se desnudó para
observar su cuerpo. La insición
quirúrgica en el pecho para la
pipeta, en donde ésta era
insertada. Un latigazo eléctrico
recibido quién sabe cuando
y que nunca se borraría. Las costillas
sobresalientes. Se metió
el dedo en la boca sin encontrar dientes,
sólo pequeños montículos
cerrados, apenas rastros cariados de los
colmillos. Graznó:
-Soy...
José... Cero... 99...
Lo cual
fue suficiente para asustarlo. Su voz tenía un tono
gravoso, cortante, inseguro. Por
ello supo que llevaba años sin
hablar. Y sin embargo, en la vida
analógica del casco él era un
hombre de voz agradable, una sonrisa
seductora. José 099 sonrió.
En el reflejo del cristal una rata
de ojos rojizos y piel
amarillenta también sonrió.
Apartó la vista. La realidad.
Pensó
en las pesadillas. En ese sueño propio, no comunal o
inducido por el casco y aún
así terrible, maldito sueño.
Faltaban
dos horas para ingresar de nuevo a la Fábrica. Era
tiempo de huir. Recordó que
le habían hablado, una vez, en
susurros de niños, de un
terrible secreto: al otro lado de la
montaña vivían los
Hombres Parias, inadaptados que habían formado
una sociedad que ignoraba todas
las pautas de la Sociedad de la
Fábrica. En ese entonces,
niños, se estremecieron ante ese
pensamiento, imaginando bestias
de forma humana. Para el José
099 de ahora fueron hombres cuerdos.
Las bestias los habían
devorado ya y no lo sabían.
Con sólo llegar a las montañas...
No, eso
era una ilusión. En toda la ciudad únicamente se
encontraban los alimentos en un
lugar: la Fábrica. Era imposible
alejarse tanto de ella sin comer.
Y para comer debía trabajar. Y
sólo en la Fábrica
recibiría la ración diaria. Y sin dientes y con
unas manos débiles era imposible
conseguir alimentos propios. No
en un lugar lleno de construcciones,
en donde lo último de los
bosques fue derribado medio siglo
atrás. Y los perros
representaban más un peligro
que una posible fuente de comida.
Pero no podía continuar día
tras día siguiendo ciegamente los
movimientos sincronizados, los "therbligs"
enseñados desde su
niñez. Había pasado
mucho tiempo desde que saliera del Bloque
Educativo y aún recordaba
la hipnolección: Los "therbligs" son los
Movimientos Mínimos Necesarios
para efectuar un trabajo
consumiendo el menor tiempo posible
con la mayor eficacia...
Múltiples,
moviendo su cuerpo al unísono con mil cuerpos. No
sería posible sobrevivir
mentalmente a esa rutina sin el casco
analógico, y él no
deseaba el casco, no esos sueños de comodidad.
"Los estaba
engañando"
Algo debía
hacer. Algo.
Lo supo
a la hora de la salida. Aliados. Alguien como él.
Tendría una oportunidad.
Era Día de Sexo. Según la vida analógica
se encontraba con una amiga que
en los últimos años había
aprendido en mil lugares diferentes
todo lo posible del acto
sexual, lo justo para la amplia
experiencia de él. Una larga
noche cálida. Ese día,
en el metro, multitud de hombres dijeron al
unísono, agradablemente sorprendidos:
-¡Elba...!
¡Elba 875...! ¡Tanto tiempo sin verte!
José
escuchaba la plática coral y seguía con la vista la
expresión sonriente de sus
compañeros. Mil erecciones contra mil
pantalones impermeables. El metro
no siguió la ruta acostumbrada.
Fue a parar a una especie de estadio
techado en donde,
equidistantes, había camas,
tantas que no hizo siquiera el intento
de contarlas. No era difícil
imaginar el por qué del Día del Sexo.
Aquí se gestarían
las nuevas generaciones de obreros.
En ese instante
llegaron las mujeres sonrientes. Cada hombre
junto a la cama, desnudándose.
Las tomaron por la cintura y
haciendo las mismas caricias empezaron
a quitarles la ropa.
José
pensó: "Therbligs, también aquí". Miró a la
mujer de pie
junto a su cama. Era fea. Sin dientes.
Y esperaba ser amada
expertamente.
-Oscar-
dijo, insegura.
José
se abandonó al Movimiento Mínimo Necesario y empezó
a
hacerle el amor. Al penetrarla un
suspiro general recorrió el
estadio. Crujidos iguales, camas
quejándose con una voz de muelles
oxidados. Ella empezó a gemir,
como las otras. El olor era
insoportable. José sintió
deseos de vomitar, pero continuó.
"Los estaba
engañando"
En el momento
del orgasmo, de golpe, José le quitó el casco.
La mujer sólo fue consciente
del semen golpeando su interior antes
de comprender que ya no estaba en
la playa, bajo el sol, con un
hombre fuerte y musculoso. No importaba.
No en ese instante
mientras que, con los ojos cerrados,
se entregaba a las
sensaciones.
Pasaron
varios minutos.
-Estas despierta-
dijo él.
Ella abrió
los ojos. Miró a su alrededor. La noche, para los
análogos, apenas había
comenzado. En diversas camas se
representaba el mismo acto. En todas
la misma acción. Ella gritó.
Gritó. Gritó...
José
099 le dio un golpe. Dada su condición física no fue muy
fuerte. Ella continuaba gritando.
Se miraba el cuerpo desnudo y
las llagas en los brazos, sus miembros
deformados, las manos
nudosas y el horrible hombre sobre
ella. El olor, los ruidos
húmedos, los quejidos múltiples.
Gritaba... como último recurso
José le puso de nuevo el
casco. Ella sonrió. Los ojos se
vidriaron. No perdió la sonrisa.
-Oscar-
susurró -acabo de tener una pesadilla espantosa...
La pequeña
mano sobre el cuerpo del hombre buscaba.
Esa noche
la Fábrica se deshacía. José 099 también. El
viento
arreciaba y él se convirtió
en humo, niebla, recuerdo, un sueño
que se acaba.
La pipeta
salió y fue a incrustarse al pecho de José. Este
observaba fluir el líquido.
Tenía veinticuatro horas de vida.
Hasta entonces no necesitaba otra
dosis. Ignoraba que tanto
resistiría sin ella. No mucho,
pensó ¿qué hacer? ¿qué hacer?
Al día
siguiente José se dijo que la única manera de salir de
ahí era mediante la acción
directa. El todo por el todo. El
supervisor de la Fábrica
no poseía un casco analógico. Era una
persona importante. Un dirigente
con sueños propios. No lo pensó
dos veces. La pipeta se había
marchado unos minutos antes. El
supervisor no esperaría ninguna
agresión. No de los obreros con
sus cascos. Pero ignoraba que José
era diferente.
"Los estaba
engañando".
José
saltó la barandilla y sus huesos débiles estuvieron a
punto de astillarse cuando libró
los dos metros que lo separaban
del piso. Se movió rápidamente,
con seguridad. Fue cosa de un
segundo llegar al supervisor y tomarlo
por el cuello grasoso.
Ignoraba si sus dedos tuvieran la
fuerza necesaria para matarlo
pero así lo creyó.
Mil manos se movieron hacia una palanca.
Arrastró a su víctima
por los pasillos mientras ésta le explicaba
cómo funcionaba el auto aéreo,
después, simplemente le rompió el
cuello. José deseaba ver
por última vez la Fabrica, pero de
pronto, las luces se extinguieron
y una alarma empezó sonar en
alguna parte. Aún así
pudo llegar al auto aéreo. Despegó. José
podía escuchar el siseo de
mil camisetas corriendo por mil
espaldas secas. Mil dedos en el
interruptor. Dejaba atrás muchas
cosas. Sexo en el estadio que sobrevoló
camino a las montañas. Una
Fábrica que se pierde a lo
lejos. Un metro que no es más que un
gusano arrastrándose entre
excrementos, edificios que se
derrumban.
Existían
los Hombres Parias. Existía el Paraíso. Un alimento
que no era sintético, un
mundo donde no había cascos analógicos.
José 099 empezó a
aprender una vida nueva en una sociedad nueva.
Por contraste a la que abandonó
esta era perfecta. Su cuerpo fue
recuperándose y una dentadura
postiza hizo de nuevo agradable su
rostro. El constante uso de la voz
le quitó el aspecto gravoso que
tenía. El único problema
eran las constantes pesadillas sobre la
Fábrica y el viento. Después
de una cacería a través de bosques
infinitos, cuando tuvieron listo
el plan para tomar por asalto a
la Fábrica, en esa ocasión
que engañaron a una patrulla de
reconocimiento; después de
todos esos actos gloriosos: la
pesadilla.
Los psicólogos
del lugar dijeron que ésta era la forma en la
cual sus recuerdos dolorosos se
sublimaban. No les creyó porque
sabía la verdadera razón
de la pesadilla. La sabía. Y aún así dejó
que la Sociedad de los Hombres Parias
lo absorbiera. Pensó mucho
en la mujer aquella del Día
del Sexo y en la forma en que se negó
a abandonar sus sueños. Se
acostó con mujeres que tenían orgasmos
propios sin seguir el ritmo de los
"therbligs". Y soñaba con el
viento. No es que importara. Era
feliz.
José
099 deslizó la mano derecha, en un Movimiento Mínimo
Necesario perfecto, un "therblig"
impecable. Mil manos se
deslizaron. José 099 movió
la palanca pintada de verde. Mil
palancas se elevaron. José
099 era feliz. Todos eran felices. Los
cascos analógicos funcionaban
a la perfección. como siempre.
Mil manos
apretaron otro botón...
&
¦
José Luis Zárate Herrera, 1990.¦
¦----------------------------------Ï-
-Ï---------------------------------------¦
¦ Extraños en
el paraíso
¦
¦ Damon Knight
¦
El nombre del planeta era Paraíso.
Alguna vez se había llamado de
otra manera, pero ya nadie recordaba
cómo.
Desde aquella
distancia era un cálido globo azul salpicado de
nubes y sumido en la obscuridad.
Selby lo veía en el holotubo, no
directamente, porque no había
ventanas en la cabina de aislación,
pero pensó saber cómo
se habían sentido los primeros en llegar,
noventa años antes, viéndolo
por primera vez después del largo
viaje. El mismo se sentía
de esa manera; había estado tres meses
en aislación médica
en el satélite de entrada, aguardando llegar a
un lugar con el que había
soñado esperanzadamente toda su vida: un
lugar sin enfermedades, sin violencia,
un mundo que nunca había
conocido el pecado de Caín.
Selby (Licenciado
Howard W.) era un hombre delgado, algo calvo
en sus cuarenta, irlandés,
alcohólico reformado, poeta fracasado,
profesor de literatura inglesa de
la Universidad de Toronto. Uno
de sus intereses particulares era
la obra de Eleanor Petryk, la
poeta lírica expatriada que
vivió en Paraíso por treinta años, los
últimos diez en silencio.
Luego de la muerte de Petryk en el 2106,
pidió un permiso a la Fundación
Internacional para escribir una
biografía definitiva de la
autora, y luego de dos años de
negociación finalmente logró
ganar la entrada a Paraíso. Esta iba
a ser, lo sabía, la experiencia
de su vida.
Los paraisanos
habían bombeado afuera toda su sangre,
reemplazándola con algo que,
según ellos aseguraban, era
igualmente eficiente para transportar
oxígeno, pero no así un
medio apetitoso para los microbios.
Tomaron muestras de los
fluidos de su cuerpo y de su carne,
de aquí y allá. Fue examinado
por una docena de máquinas,
y le dieron inyecciones para unas
veinte enfermedades y parásitos
que dijeron que traía. Sus caras,
en el holotubo, sonreían
piadosamente cuando él les dijo que había
tenido una hoja sanitaria limpia
cuando lo chequearon en Houston.
Fue como
estar en un hospital, salvo que sólo lo tocaban
máquinas, y veía caras
humanas únicamente en el holotubo. Había
pasado el tiempo leyendo y viendo
documentales enlatados de gente
saludable y feliz jugando bajo la
dorada luz del sol. Sus caras
eran suaves, sus ojos brillantes.
El mensaje de las películas era
siempre el mismo: cuán felices
eran los paraisanos, cuán
satisfechas sus vidas, cuán
orgullosos se sentían del mundo que
estaban construyendo.
Los libros
eran algo más informativos. El planeta tenía dos
grandes continentes, uno habitado,
el otro desierto (aunque desde
el espacio se veía exactamente
igual que el otro), más algunas
pocas cadenas de islas, rocosas
e inhabitables. El desfasaje del
eje era de siete grados. Las estaciones,
suaves. El planeta,
geológicamente inactivo;
no había volcanes, y los terremotos eran
desconocidos. Las colinas, bajas
y redondeadas, no ofrecían ningún
impedimento a la circulación
global del aire. La tierra era rica.
Y no había enfermedades.
Aquella
mañana, después de su desayuno de hospital,
consistente en jugo de naranja, avena
y tostadas, le anunciaron
que sería liberado a mediodía.
Y fue también como en un hospital;
ya eran las dos en punto y él
seguía ahí.
-Señor
Selby.
Se volvió
y vio a la mujer sonriendo en el holotubo.
-¿Si?
-Ya estamos
listos para recibirlo. ¿Puede pasar a la antesala?
-Con el
mayor de los placeres.
La puerta
giró, él entró y la puerta se cerró detrás
suyo. La
ropa que traía cuando llegó
estaba en un rack; había sido lavada
e, indudablemente, desinfectada.
Observado por un ojo en la pared,
se quitó el pijama y se vistió.
Se sentía como un inválido,
después de una larga enfermedad;
los zapatos y el cinturón ya eran
objetos poco familiares.
La puerta
exterior se abrió. Más allá estaba parada la
enfermera, con su cofia verde y
una sonrisa esplendorosa; detrás
de ella había un hombre de
mameluco amarillo.
-Selby,
soy John Ledbitter. Lo llevaré abajo en cuanto
complete esto.
Había
tres formularios para firmar, con varias copias.
-Gracias, señor Selby- dijo
la enfermera. -Fue un placer tenerlo
con nosotros. Esperamos que disfrute
su estadía en Paraíso.
-Gracias.
-Por favor-
contestó, en lugar de "de nada"; era una
contracción de "Por favor,
ni lo mencione", pero era difícil
acostumbrarse.
-Por aquí-.
Siguió a Ledbitter por un largo corredor en el que
no se cruzaron con nadie. Se metieron
en un ascensor. -Sujétese,
por favor-. Selby pasó los
brazos por las cintas. El ascensor
cayó; cuando se detuvo, estaban
flotando, sin peso.
Ledbitter
lo tomó del codo para ayudarlo a salir de la caja.
Campanillas de alarma sonaban en
algún lado. -Por aquí-. Se
impulsaron a lo largo de una cuerda
hasta la cabina de salto, un
cubículo tan grande como
la habitación de hospital de Selby. -Por
favor, recuéstese ahí.
Se tendieron
lado a lado en unas camillas estrechas. Ledbitter
acomodó los rieles. -Piernas
y brazos al costado, por favor, la
cabeza derecha. Asegúrese
de estar cómodo. ¿Listo?
-Sí.
Ledbitter
abrió la caja de control a su lado, mirando los
instrumentos en el techo. -Cuando
diga tres...- dijo -Uno...
dos...
Selby sintió
un súbito incremento de peso mientras el satélite
aceleraba hasta sincronizarse con
la velocidad de rotación del
planeta. Después de un rato,
las luces de control parpadearon, la
camilla se pegoteó contra
él. Estaban en Paraíso.
Las cajas
de salto, más precisamente dispositivos
Henderson-Rosemberg, habían
hecho los viajes interplanetarios e
interestelares casi instantáneos
-no del todo porque los vectores
en las estaciones de envío
y recepción tenían que ser
sincronizados-. El problema era
que no se podía ir a un lugar si
antes no iba alguien a instalar
una estación receptora. Esto
significaba que la exploración
interestelar había procedido por
los métodos convencionales:
la impulsión Taylor primero, luego los
generadores de impulso; los viajes
de reconocimiento, incluso a
las estrellas cercanas, tomaron
veinte años o más. Paraíso,
colonizado hacía noventa años
por una secta Genésica de Estados
Unidos, fue el primer planeta del
tipo de la Tierra descubierto;
continuaba siendo el único,
y estaba fuera de los límites de las
influencias terrestres, excepto
en ocasiones especiales. No había
mucho que el gobierno pudiera hacer
al respecto.
Una mujer
uniformada, que dijo haber sido asignada como su
guía, lo tomó a su
cargo. Su nombre era Helga Sonnstein. Estaba
magníficamente construída,
tenía la piel tersa y rozagante, como
todos los demás paraisanos
que había visto.
Caminaron
hasta el hotel por calles limpias, debajo de los
monorieles, que se lanzaban graciosamente
sobre sus cabezas. Los
pasajeros iban bien vestidos; algunos
miraron a Selby con
curiosidad. El aire era tan puro
y fresco que simplemente respirar
era un placer. El cielo sobre los
edificios blancos era azul como
el huevo de un gorrión. Se
sintió tanto o más desorientado de lo
que esperaba.
Ya en su
cuarto, buscó el código de Karen McMorrow. Su cara en
el holotubo era amable, pero no
sonreía.
-Bienvenido
a Paraíso, señor Selby. ¿Está disfrutando su
visita?
-Mucho,
muchísimo.
-¿Cuándo
le gustaría venir a la casa?
-Cuando
a usted le resulte conveniente señorita McMorrow.
-Lamentablemente,
tengo algunos asuntos familiares que
atender. ¿Estará bien
en dos o tres días?
-Perfecto.
Tengo algunas otras personas que entrevistar, y me
gustaría ver algo de la ciudad
mientras estoy aquí.
-Entonces,
hasta pronto. Disculpe la demora.
-Por favor-
dijo Selby.
Esa tarde
la señorita Sonnstein lo llevó a dar una vuelta por
la ciudad. Y era todo cierto. Los
paraisanos eran todos felices,
saludables, enérgicos y joviales.
Nunca había visto tantos rostros
suaves, tantos ojos límpidos
y sonrisas brillantes. Aún los
pacientes del hospital se veían
sanos. La mayor parte eran
víctimas de accidentes -piernas
fracturadas, cortaduras. Empezaba
a comprender como era vivir en un
mundo donde no había
enfermedades infecciosas.
Le gustaban
los paraisanos -eran inmensamente amistosos,
cálidos y extrovertidos.
Era imposible que no cayeran bien. Y a la
vez los envidiaba y se sentía
resentido. Entendía por qué, pero no
podía evitarlo.
El segundo
día habló con el editor de Eleanor Petryk en la
agencia de publicaciones del estado,
un hombre amable llamado
Truro, que lo llevó a almorzar
y le regaló una copia elegantemente
encuadernada de la recopilación
de poemas de Petryk.
Durante
el almuerzo -truchas de lago, aparentemente un manjar
local, tanto como en Norteamérica-
Truro lo interrogó acerca de su
perfil académico, sus escritos,
sus planes para el futuro.
-Realmente
nos gustaría publicar su libro sobre Eleanor- dijo.
-De hecho, si fuera posible, nos
haría muy felices publicarlo
primero aquí.
Selby explicó
sus arreglos con MacMillan Schuster. Truro
insistió -Pero todavía
no hay contrato ¿no?
Intrigado
por el rumbo que estaba tomando la conversación,
admitió que no lo había.
-Bien, veremos
cómo se desarrollan las cosas- dijo Truro. De
vuelta en la oficina, le mostró
fotos de Petryk tomadas después de
la más famosa, la única
que había aparecido en la Tierra. Era una
mujer de rostro delgado, de apariencia
frágil. Su cabello estaba
un poco más gris, su cara
más marcada -más triste, quizás.
-¿Hay
alguna obra que permanezca inédita?- preguntó Selby
-Nada que
ella haya querido preservar. Era muy selectiva, y
por supuesto sus poemas se vendían
bastante bien aquí; no tanto
como en la Tierra, pero le permitieron
una vida cómoda.
-¿Qué
hay sobre el silencio, los últimos diez años?
-Fue su
elección. Ella no quiso escribir más poesía. En cambio
volvió a la escultura; sobre
todo a las tallas en madera. Las verá
cuando vaya a la casa de campo.
Finalmente
Truro arregló para que viera a Peter Hargrove, el
marido de quien Eleanor Petryk se
había divorciado. Hargrove
rondaba los setenta, tenía
el cabello blanco y el rostro rojizo.
Era el oficial a cargo de lo que
denominaban Programa de las
Nuevas Tierras: ciudades satélite
que estaban siendo construídas
por equipos de jóvenes voluntarios
-el terreno vacío y estéril era
transformado en plantaciones de
tipo terrestre-. Hargrove tenía un
gran entusiasmo al hablar de todo
esto.
Con cierta
dificultad, Selby llevó la conversación hacia
Eleanor.
-¿Cómo
logró ella la autorización para vivir en Paraíso,
señor
Hargrove? Siempre me resultó
curioso.
-Nuestra
política ha sido admitir ocasionalmente inmigrantes,
cuando consideramos que poseen algo
de lo que nosotros carecemos.
Muy ocasionalmente. No hacemos publicidad
al respecto. Estoy
seguro que lo comprende.
-Si, por
supuesto- Selby reordenó sus pensamientos.
-¿Cómo
era ella durante los últimos diez años?
-No lo sé.
Nos divorciamos unos cinco años antes de eso. Yo
volví a casarme. Eleanor,
en cambio, permaneció sumamente aislada.
Cuando Selby
se levantó para marcharse, Hargrove preguntó
-¿Tiene una hora, más
o menos? Me gustaría mostrarle algo.
Subieron
a un cómodo coche de cuatro asientos y se dirigieron
al norte, a través del distrito
comercial, luego por calles
suburbanas. Hargrove estacionó
y bajaron por un caminito de tierra
hasta pasar un montón de
granjas. El cielo era de un azul
inocente, el sol quemaba. Un insecto
zumbó detrás del oído de
Selby; se dio vuelta y vio que era
una abeja. Delante había un
campo de maíz.
Las olas
verdes ondulaban desde ellos hasta el horizonte,
agitándose en el viento.
Cada tallo, cada hoja, era perfecto.
-Sin maleza-
dijo Selby.
Hargrove
sonrió con satisfacción. -Esa es la mejor parte-
dijo. -No hay malezas, porque las
plantas terráqueas envenenan el
terreno para ellas. No sólo
eso: tampoco hay pestes, hongos o
plagas. Los organismos nativos son
incompatibles. No podemos
comerlos, y ellos no pueden comernos
a nosotros.
-Parece
muy antiséptico- dijo Selby.
-Bueno,
podrá parecerle extraño, pero la palabra viene del
griego sepsis, que significa "podrido".
No creo que debamos
disculparnos por estar en contra
de la putrefacción. Llegamos aquí
sin traer ninguna enfermedad o parásito
de la Tierra, y eso
significa que nada puede atacarnos.
Puede llevar cientos de miles
de años a los organismos
locales adaptarse a nosotros, si lo hacen
alguna vez.
-¿Y
entonces?
-Hargrove
se encogió de hombros -Tal vez podamos encontrar
otro planeta.
-¿Y
qué pasa si no hay otro apropiado sin colonizar? ¿No
encontraron éste por suerte?
-No fue
suerte. Fue el deseo de Dios, Selby.
Hargrove
le había dado los nombres de cuatro amigos de Petryk
que todavía vivían.
Después de una cuantas charlas por holo, Selby
arregló para encontrarse
con todos en la casa de Mark Andrevon, un
novelista famoso en Paraíso
en los sesenta (ese año, según la
cuenta paraisana, era el 91 D.A.).
Los otros eran Theodore
Bonwait, un pintor; Alice Orr, poetisa
y ceramista; y Ruth-Joan
Wellman, otra poetisa.
Al comienzo
de la noche, Andrevon estuvo un poco pesado sobre
el rechazo que había sufrido
por parte de la Unión del Habla
Inglesa; habló con gran detalle
sobre sus honores en la literatura
y las ediciones de sus obras. Esto
ya lo conocía Selby; sabía que
Andrevon era muy poco leído
ahora, incluso allí. Se dedicó a
calmar al autor disgustado y encauzar
la conversación hacia los
primeros años de Eleanor
en Paraíso.
-Los poetas
realmente no se toleran mucho unos a otros; aunque
estoy segura que usted ya sabe esto,
Selby- dijo Ruth-Joan Wellman
-Sin embargo, lo pasábamos
muy bien juntos. En esa época todos
éramos jóvenes y desconocidos,
y solíamos juntarnos a cocinar
spaghetti... ese tipo de cosas...
Entonces Ellie se casó, y...
-¿El
señor Hargrove la alejó de sus amigos?
-Algo así-
dijo Theodore Bonwait -Bueno, surgieron cosas que
demandaban su tiempo, también.
El apego duró al principio. Nos
veíamos ocasionalmente, en
fiestas y presentaciones, todo eso.
-¿Cómo
era ella en esa época? ¿Me lo pueden contar? Me refiero
a la impresión de ustedes.
Pensaron
un rato. Talentosa, acordaron, un poco ida en
cuestiones prácticas (-Por
eso pareció tan bueno para ella casarse
con Potter- dijo Alice Orr -, pero
no dio resultado-), muy afable
a veces, pero siempre una crítica
de lengua muy afilada. Selby
tomó nota de todo. Les preguntó
donde había vivido cada uno, donde
se habían conocido, en qué
años. Tres de ellos recordaron que
tenían algunas cartas de
Petryk, y prometieron enviarle algunas
copias.
Aproximadamente
un día después, Truro lo llamó y le pidió que
fuera a la oficina. Selby sintió
que algo raro flotaba en el aire.
-Selby-
dijo Truro -, usted sabrá que los visitantes de su
tipo son tan infrecuentes que sentimos
que debemos sacarles cuanto
provecho podamos. Este es un mundo
joven, no hemos brindado tanta
atención como debiéramos
a la literatura y a los asuntos
artísticos. Me pregunto si
ha pensado alguna vez en permanecer con
nosotros.
El corazón
le pegó un salto -¿Quiere decir permanentemente?-
dijo -Nunca pensé que hubiera
la más mínima posibilidad.
-Bueno,
estuve charlando con Potter Hargrove, y él piensa que
algo podría arreglarse. Esto
es confidencial, por supuesto, y no
quiero que se apure. Piénselo
bien.
-Realmente
no sé qué decir. Estoy sorprendido. Quiero decir...
estaba seguro de haber ofendido
al señor Hargrove.
-Ah, no,
él quedó muy bien impresionado. Le gusta su especie.
-¿Perdón?
-¿No
usan esa expresión? Su, ¿cómo decirlo? habilidad para
defender su propia posición.
El es de la vieja generación, hijo de
un pionero. Ellos respetan a alguien
que habla de frente.
Selby, ya
en la calle, sintió una increíble alegría. ¿De
los
billones de personas en la Tierra,
a cuántas les habían ofrecido
semejante oportunidad?
Más
tarde, con Helga Sonnstein, visitó una escuela primaria.
-¿Alguna
vez se resfrió?- le preguntó una niña de ocho años,
muy seria.
-Si, mucha
veces.
-¿Cómo
es?
-Bueno,
te pica la nariz, toses y estornudas un montón, y tu
cabeza se siente como inflada. A
veces te da fiebre, y te duelen
los huesos.
-Eso es
horrible- dijo ella, y su carita expresó algo entre la
compasión y la incredulidad.
Es cierto,
era horrible, y un resfrío es lo de menos. "No es
peor que un mal resfrío",
solía decir la gente sobre la sífilis.
Gracias a Dios ella no preguntó
acerca de eso.
Se sintió
saludable él mismo, y efectivamente lo era -aún
antes de los tratamientos de los
paraisanos, siempre se había
considerado un individuo sano. Pero
su historia clínica, sin
embargo, sería vista como
un catálogo de horrores por esta gente
-gripes, anginas, una meningitis
cerebro espinal una vez, varios
virus, descomposturas intestinales
varias (algo que debe esperarse
al viajar). Uno lo toma como viene
-todas esas caídas y achaques-
son parte del juego. ¿Cómo
se sentiría volver a todo aquello
ahora?
Helga Sonnstein
lo llevó a la universidad, le presentó un
montón de gente, y lo dejó
allí a pasar la tarde. Selby habló con
la cabeza del departamento de Inglés,
un hombre bastante simpático
llamado Quincy; no hablaron nada
que sugiriera que le estaba
ofreciendo un trabajo por si él
decidía quedarse, pero su instinto
le dijo que estaba siendo inspeccionado
con ese propósito.
Finalmente
fue de visita al museo de historia natural y habló
con un profesor, de apellido Morrison,
especialista en formas de
vida nativa.
Las plantas
y los animales de Paraíso no tenían nada que ver
con los de la Tierra. Los "árboles"
eran cosas escamosas,
terminadas en bulbos, algunos con
frondosas copas ondulando veinte
metros hacia arriba, otros con hojas
como copas que giraban
individualmente para seguir el sol.
No había predadores grandes,
según aseguró Morrison;
era perfectamente seguro internarse en los
montes, si uno iba bien provisto
para no quedarse sin comida.
Había pequeños y activos
animales de hocico chato trepándose por
los bosques o deambulando por el
piso, y había cosas que no eran
exactamente insectos; una especie
tenía un ala longitudinal como
una semilla de arce -se arroja rotando
desde la copa de los
árboles, comiendo otras criaturas
aéreas en el camino, y luego
trepa nuevamente.
De la especie
dominante, los aborígenes, el departamento de
Morrison sólo tenía
huesos, pero todavía ninguna reconstrucción.
Ellos iban erguidos, medían
alrededor de un metro y medio, tenían
cráneos grandes, y probablemente
eran mamíferos. Las cavidades
oculares de los cráneos eran
profundas; los huesos de los pies,
peculiares, terminados como los cascos
de los caballos o las
cabras. -Creo que me doy una idea
de cómo lucían- dijo Selby.
Morrison
sonrió. Era un hombre bajito con un gran bigote
rizado. -No muy atractivos, me temo.
Tenemos sus tallas en piedra,
y algunas pinturas rupestres e inscripciones.-
Le mostró un álbum
de fotografías. Las tallas,
que parecían de granito, mostraban
criaturas angulosas, de hocico prominente.
Las pinturas eran lo
mismo, pero la expresión
de los ojos empezaba a ser humana.
Alrededor de algunas de las imágenes
había columnas de caracteres
escritos como grupos cuneiformes
algo desprolijos.
-¿No
pueden traducir esto?
-No sin
una piedra Rosetta. Esa es la lástima... si hubiésemos
llegado un poco antes, nada más.
-¿Cuánto
hace que murieron?
-Probablemente
no más de unos siglos. Encontramos sus
esqueletos enterrados en los troncos
de los árboles. Muy bien
conservados. Acerca de lo que pasó
hay varias teorías. La cosa más
plausible es una plaga, pero alguna
gente cree que hubo un cambio
climático.
Después,
Selby fue a ver el laboratorio de genética. Le
explicaron que estaban trabajando
en algunas alteraciones en el
sistema inmunológico, que
según esperaban, les permitirían, en
unos trece años, abandonar
los tratamientos alérgicos a los que
los niños debían someterse
en cuanto dejaban la cuna. -Aquí hay
otra cosa interesante- dijo la jefa
del departamento, una rubia
apellidada Reynolds. Le mostró
unas filas de jaulas con conejos
blancos. La luz del sol entraba
a través de la puerta abierta; más
allá había un muelle
de carga, donde un hombre con una grúa
acarreaba fardos de pasto.
-Estos son
Lyman blancos, una especie común- dijo la señorita
Reynolds -¿nota algo extraño
en ellos?
-Parecen
muy saludables- contestó él.
-¿Nada
más?
-No.
Ella sonrió.
-Estos conejos fueron inoculados con material
genético formado por trozos
de ADN de los organismos nativos. El
objetivo es ver si podemos hacerlos
digerir las proteínas locales.
Tuvimos éxito sólo
en parte, pero sucedió algo totalmente
inesperado. Parece que interrumpimos
una serie de puntos que ponen
en marcha el proceso de crecimiento.
Los conejos no envejecen
después de llegar a la madurez.
Este par, y esos de la jaula que
sigue, tienen veinte años.
-¿Conejos
inmortales?
-No, no
podemos decir tal cosa. Lo que sabemos es que han
vivido veinte años. Eso es
tres veces más de lo normal. Veremos
que pasa en otros cincuenta o cien
años.
Mientras
salían de la sala, Selby preguntó -¿Están pensando
en
aplicar este descubrimiento en los
seres humanos?
-Lo discutimos.
Todavía no sabemos lo suficiente. Tratamos de
reproducir el efecto en monos rhesus,
pero por ahora sin éxito.
-Y si encontraran
que este proceso se puede aplicar sobre la
gente, ¿creen que sería
correcto?
Ella se
detuvo y lo encaró. -Sí, ¿por qué no? Si usted
estuviera mal y enfermo, entendería
que no quisiera vivir mucho
tiempo. Pero si está feliz
y aún fuera productivo, ¿por qué no?
¿Por qué la gente
debe volverse vieja y morir?
Parecía
esperar su aprobación. Selby dijo -Pero, si nadie
muriese jamás, deberían
parar de tener hijos. El espacio llegaría
a ser insuficiente.
Ella volvió
a sonreír. -Este es un mundo muy grande, Selby.
Vio en los
ojos de Claire Reynolds un cierto interés
cauteloso; ya lo había percibido
antes en las mujeres paraisanas,
incluida Helga Sonnstein. No sabía
cómo tomarlo. El era más bajo
que el promedio paraisano masculino,
no tan robusto; y había
tenido que ser purgado de alrededor
de una docena de enfermedades
antes de poder poner un sólo
pie en Paraíso. Tal vez era eso: tal
vez él era más interesante
para las mujeres por ser distinto a
todos los hombres que conocían.
Al día
siguiente llamó al instituto para invitar a la señorita
Reynolds a cenar. Su rostro en el
tubo parecía sorprendido, luego
gustoso. -Si, sería muy agradable-
contestó.
Una hora
más tarde recibió un llamado de parte de Karen
McMorrow; ya estaba desocupada para
recibirlo en la casa de campo,
y estaría dispuesta a verlo
esa misma tarde. Selby debió reconocer
la fuerza de esa ley universal que
tiende a satisfacer los deseos
de uno en el momento menos conveniente;
llamó al laboratorio, dejó
un mensaje de disculpas, y abordó
el tren suburbano hacia el
pueblo donde Eleanor Petryk había
vivido y fallecido.
El tren,
un cilindro transparente suspendido sobre pilares,
corría cuesta arriba y abajo
por las laderas de las colinas. Las
ventanas de cristal estaban abiertas;
el dulce perfume de las
flores se colaba dentro, y detrás
suyo, un olor más oscuro, poco
familiar y molesto. Selby sintió
una emoción excitante al notar
que estaba mirando el paisaje con
nuevos ojos, ya no como un
turista sino como alguien que puede
llegar a hacer de esa extraña
tierra su nuevo hogar.
Pasaron
kilómetro tras kilómetro de zonas de cultivo -maíz,
soja, luego sembradíos de
porotos y arvejas; más tarde campos sin
cultivar y áreas de pasto
en las que se divisaban rastros de las
ruinas enterradas.
Después
de un rato los cultivos empezaron a desaparecer, y
Selby vio los montes por primera
vez. Las altísimas y frondosas
plantas parecían anacronismos
del Carbonífero. Los bosques
empezaban al borde de la llanura
como si hubieran sido cortados
con un cuchillo.
Provo era
actualmente un pueblo de unas cien mil personas;
cuando Eleanor Petryk llegó
a vivir allí, era apenas un cruce de
caminos al filo del monte. Bajó
del tren a media tarde. Una mujer
de azul se adelantó -¿El
señor Selby?
-Si.
-Soy Karen
McMorrow. ¿Cómo fue el viaje?
-Formidable.
Ella era
un poco mayor de lo que le había parecido en el
holotubo, sobre el final de los
cincuenta y pico, tal vez. -Por
favor, venga conmigo.- Aquí
no había monorieles; ella tenía un
pequeño coche de impulsión.
Se deslizaron desde la calle principal
hasta un camino de asfalto que corría
entre hileras de arces
gigantes.
-¿Usted
fue la acompañante de la señora Petryk durante sus
últimos años?
-Secretaria.Asistente.-
sonrió brevemente.
-¿Tenía
muchos amigos en Provo?
-No. Ninguno.
Era una persona muy reservada. Aquí estamos.-
Detuvo el coche; estaban en una
angosta senda con malvas sobre
ambos lados.
La casa
era una construcción de madera pintada de un blanco
suave, medio oculta por siemprevivas.
La señorita McMorrow abrió
la puerta y lo invitó a entrar.
Había un aroma fresco, algo
rancio, el olor de una casa deshabitada.
La sala
estaba dominada por una maciza mesa de café
aparentemente tallada a partir de
la sección longitudinal de un
tronco. En el medio, en un espacio
hueco, había una vasija de
piedra, y dentro de la vasija, tres
huesos tallados.
-¿Es
de madera nativa?- preguntó Selby, encorvándose para
pasar su mano por la superficie
lustrada.
-Si, la
llamamos Cedro, aunque no se parece en nada al de la
Tierra. En realidad ni siquiera
es un árbol. Es la primer pieza
que talló; hay otras en el
taller, por aquí.
El taller,
un cobertizo adosado a la casa, estaba atestado de
tallas, algunas más altas
que Selby, otras tan pequeñas que cabían
en la palma de la mano. Las más
grandes eran formas atormentadas,
mitad humanas y mitad árboles.
Las más pequeñas, animales y niños.
-No sabíamos
nada acerca de esto- dijo Selby, -Sólo que ella
se había vuelto prácticamente
muda. ¿Nunca le explicó por qué?
-Fue su
elección.
Fueron al
estudio de Petryk. Los libros estaban en anaqueles
con puertas de vidrio, y en los
estantes había libros y cajas con
grabaciones. En el borde de la ventana
había un jarrón con
capullos de cerezo.
-¿Aquí
es donde ella escribía?
-Si. Siempre
a mano, aquí, en la mesa. Escribía con lápiz, en
papel amarillo. Decía que
lo poemas no podían ser escritos a
máquina.
-¿Y
todos sus papeles están aquí?
-Si, en
estos gabinetes. Treinta años de trabajo. ¿Quiere
revisarlos?
-Claro,
estaría muy agradecido.
-Déjeme
mostrarle antes donde va a comer y dormir, y después
puede empezar. Yo voy a venir una
vez por día para ver como le va.
En las gabinetes
había miles de páginas manuscritas -tesoros,
incluyendo diez borradores del famoso
poema "Caminando el río".
Selby se zambulló en ellos
metódicamente, uno a uno, tomando
copiosas notas. Trabajó hasta
que ya no pudo ver las páginas, y
cayó a la cama exhausto cada
noche.
Al tercer
día, la señorita McMorrow lo llevó a recorrer los
bosques. Alrededor se sentía
un aroma ácido. El camino de tierra,
como tal, terminaba después
de un par de kilómetros; desde allí
siguieron caminando. -Eleanor solía
venir aquí a acampar.- dijo
ella, -A veces por una semana o
más. Ella amaba la soledad-. A la
sombra de las altas formas que no
eran árboles, la tierra estaba
cubierta de algo que no era pasto
y algo que no eran helechos. El
silencio era profundo. Rastros débiles
corrían en ambas
direcciones. -¿Son huellas
de animales?- preguntó Selby.
-No. Ella
las hizo. Ya están creciendo de nuevo. No hay
animales grandes en Paraíso.
-Tampoco
vi ninguno pequeño.
A través
de la vegetación divisó montones de piedra sobre una
colina. -¿Qué es eso?
-Ruinas
aborígenes. Las hay por todos los bosques.
Ella lo
siguió mientras se trepaba. Las piedras cortadas
formaban un complejo de alrededor
de doscientos metros. Selby se
agachó para observar a través
de una entrada. Los aborígenes
habían sido gente pequeña.
En un rincón
de las ruinas había una figura de piedra volcada,
de unos diez metros de largo. El
musgo crecía sobre ella, pero
pudo ver que la cara había
sido partida, como si le hubieran dado
con una maza.
-Cuánto
podrían habernos enseñado...- murmuró Selby.
-¿Qué
nos hubieran enseñado?
-Lo que
es ser humano, tal vez.
-Creo que
eso es algo que debemos decidir nosotros mismos.
Pasaron
seis semanas. Selby era consciente de que ahora sabía
más acerca de Eleanor Petryk
que cualquiera en la Tierra, y aún
así, seguía sin comprenderla
del todo. Por las noche, a veces
entraba en el taller y observaba
las atormentadas figuras.
Obviamente ella se había
dedicado a ellas para hacer algo, porque
ya no podía escribir más.
¿Pero por qué el silencio?
Casi al
final, al fondo del último gabinete, Selby encontró un
curioso poema.
XC
Languidecen al llegar la luz
Oye los anillos susurrar desde los
pinos
Si; cada criatura huye asustada
Años faltan para el fin de
la noche
Nada queda de ellos, se esparcen
en el mar
Infierno, tu no escuchas sus súplicas
Que el arrepentimiento no llega
a tus alturas
Usará la Tierra cuanta chance
tenga
Ilustres caballeros, deponed vuestras
lanzas
Lujuriosamente, gozará el
premio robado
Al menos si responden a mi escrito
Recordaremos todos contar los años
Ojos y voces están vacíos
Nada hay sino muerte al llegar esa
noche
Selby lo
miró como si fuera un enigma. Se trataba de un
soneto, al parecer, una forma caída
en el olvido hacía siglos, y a
la que, hasta donde él sabía,
Petryk nunca había recurrido antes
en su vida. Lo más curioso
era que un poema absolutamente torpe,
una rima pueril. Petryk no podía
ser culpable de él, y sin embargo
ahí estaba, escrito con su
letra.
En un arrebato
de comprensión, miró las letras iniciales de
cada verso. El poema era un acróstico,
otra forma perdida.
Contenía un mensaje, y por
eso el poema era tan malo -quizás
deliberadamente.
Lo leyó
de nuevo. El significado era increíble pero claro.
Ellos habían bombardeado
el planeta -probablemente el otro
continente, el que decían
que estaba dominado por el desierto.
Seguramente fue así. Las
ráfagas radiactivas debieron acabar con
los aborígenes de allí,
y el breve invierno nuclear se ocupó del
resto. Y el título, "XC"
-en números romanos, otro arte perdido-.
Noventa años.
En su angustia,
había otra frase rara que todavía no
comprendía: "Oye los anillos
susurrar", cuando la palabra esperada
hubiera sido "hojas". ¿Por
qué anillos?
De repente
entendió. Fue hasta el otro cuarto y miró la mesa
de café. En la cavidad, la
vasija con los huesos tallados.
Alrededor, los anillos. Había
una rajadura en donde el tronco
había sido cortado, ahuecado;
pero había igual había sido un árbol
grande. Contó los anillos
por fuera de la cicatriz: el primero era
finísimo, pero allí
estaba. Todos juntos sumaban noventa.
Los nativos
habían enterrado a sus muertos en cámaras cortadas
en la madera de árboles vivos.
Petryk debía haber encontrado éste
en una de sus expediciones. Y había
dejado la evidencia aquí,
donde cualquiera pudiera verla.
Esa noche
Selby pensó en Eleanor Petryk, tendida insomne en
esa casa. ¿Qué podía
hacer uno con este conocimiento? Su respuesta
había sido el silencio, diez
años de silencio, hasta su muerte.
Pero había dejado el mensaje
detrás suyo, porque no podía soportar
el mutismo. La maldijo por su debilidad;
¿nunca había imaginado la
carga que dejaba al hombre que leyera
su mensaje, ese hombre que
por su asquerosa mala suerte era
él mismo?
Por la mañana
llamó a la señorita McMorrow y le dijo que
estaba listo para irse. Ella lo
despidió por el tubo, y el partió
de regreso a la ciudad, mirando
hacia afuera la amargura de las
heridas que los aborígenes
habían dejado en los valles.
Hizo las
rondas de saludos a la gente que había conocido. En
el laboratorio de genética,
un joven amable le dijo que la
señorita Reynolds no estaba.
-Ella debe haber salido por el fin de
semana, pero no estoy seguro. Si
me espera aquí unos minutos,
trataré de encontrarla.
Hacía
un lindo día, y la puerta trasera estaba abierta. Afuera
había una pick-up a impulso
parada, vacía.
Selby miró
a los conejos en sus jaulas. Estaba pensando en
algo que había leído
en uno de los viejos libros que tenía Eleanor
Petryk, un tratado de matemáticas.
"Los números de Fibonacci
fueron inventados por el matemático
italiano del siglo trece
basándose en un modelo del
crecimiento de la población de los
conejos. Sus presunciones eran:
1) a los conejos les lleva un mes
desde el nacimiento alcanzar la
madurez; 2) un mes después de
alcanzar la madurez, y cada mes
siguiente, cada par de conejos
produce otro par de conejos; y 3)
los conejos nunca mueren."
Como en
un sueño, Selby destrabó las jaulas y tomó dos de
los
animalitos, uno gordo, el otro flaco
y jovencito. Los puso entre
sus brazos, cálidos y temblorosos.
Subió a la pick-up con ellos y
condujo hacia el norte, pasando
los campos de maíz, hasta llegar
al borde de los cultivos. Caminó
bajo la vegetación hasta un claro
donde crecían briznas tiernas.
Puso los conejos en el suelo. Ellos
olisquearon alrededor sospechosamente.
Uno pegó un salto, luego el
otro. Inmediatamente desaparecieron
de su vista.
Selby se
sentía como si la sangre se le escarchara en las
venas. Estaba exaltado y espantado,
todo a la vez. Condujo la
pick-up hacia la ruta y la dejó
estacionada fuera del pueblo.
Ahora estaba helado y no se sentía
nada bien.
Desde el
hotel hizo los arreglos para su partida. Helga
Sonnstein lo acompañó
hasta la terminal de salto. -Adiós, señor
Selby. Espero que haya tenido una
estadía agradable.
-Fue tremendamente
iluminadora, gracias.
-Por favor-
dijo ella.
Llovía
en Houston, donde Selby compró, por razones
sentimentales, una botella de Old
Space Ranger. El negocio estaba
lleno de gente y hedía; tres
tipos tosían como si sus pulmones
estuvieran ardiendo. Caía
nieve negra sobre Toronto. Selby se
abandonó a sí mismo
en su departamento, sintiéndose como si nunca
se hubiese ido. Sacó la botella
de su equipaje, llenó un vaso, y
se sentó un rato mirándolo.
Sus notas y las copias de los papeles
de Petryk estaban en el portafolios,
monumentos a un libro que
ahora sabía que nunca sería
escrito. La perrada del "XC" corría
por su cabeza. Dos líneas,
realmente, no eran tan malas:
Ojos y voces están vacíos
Nada hay sino muerte a la llegada
de esa noche
&
¦
&
Damon Knight, 1987.¦
Traducción de Martín Salías.¦
¦---------------------------------Ï-
-Ï---------------------------------------¦
¦ Narrar la violencia:
¦ Del eternauta a la
operación masacre
¦
¦ Pablo Alabarces
¦
&
Conferencia presentada en la
&
Primera Convención de CF y F
del Cono Sur -ConSur I-, Bs.As.,
23 al 27 de septiembre de 1991
«El héroe mayor de la aventura argentina
es un sobreviviente; el narrador que ha escrito
las mayores aventuras de ese héroe y de
otros tantos es un desaparecido.»
Juan Gelman
Nunca es malo recordar los itinerarios
y las deudas intelectuales.
La idea
original para este trabajo surgió en una charla con
Víctor Pesce, mientras revisábamos
puntos comunes en nuestra
pasión por la obra de Rodolfo
Walsh. Allí Víctor comentaba acerca
de varias posibilidades de trabajo
que surgían en la investigación
sobre Walsh: y una de ellas era
la concordancia cronológica que
existía entre las obras de
Walsh y Oesterheld, entre Operación
masacre y El Eternauta, en especial,
dos obras mayores en la
historia de la literatura argentina,
y con particular énfasis en
el contexto de la narrativa que
se produce entre la caída de los
gobiernos peronistas: en 1955 y
en 1976. Ambas se sumergen en la
violencia, y en el espacio de la
ciudad, me recordaba Víctor.
Habría que trabajarlo, respondía
yo.
La siguiente
escala se dio hace un par de meses: Juan
Etchegoyen, uno de los organizadores
de este encuentro, me
acercaba la propuesta de preparar
un trabajo. "Hay mucho interés
en Oesterheld", me sugería,
quizás pensando en sus gustos
particulares antes que en los colectivos.
"Tengo el tema", le
contesté: "Walsh y Oesterheld.
¿Te parece?". Le pareció. Lo que me
permitió también a
mí pensar en mis gustos particulares.
Lo que sigue
será entonces más un ejercicio de repensar
pasiones. A las que no renuncio.
Es indudable que imponerse la
obligación de volver al Eternauta
es un trabajo para nada reñido
con el placer. Aunque rever la narrativa
de esos años acerque, en
demasiadas ocasiones, muchos dolores
para nada cerrados. Por eso
la cita de Gelman que abre la exposición;
es imposible olvidar que
estos dos grandes narradores están
desaparecidos, que sólo es
posible releerlos. Como a Haroldo
Conti.
1.
Mientras revisaba todo lo que podía
sobre Oesterheld, encontré un
número del diario Página/12
de hace dos años donde una serie de
textos recordaban la figura de nuestro
autor. Tamaña sorpresa fue
hallar, entre ellos, una nota de
Miguel Briante donde surgía, como
leit motiv, la comparación
de Oesterheld con Walsh (siempre es
descorazonante darse cuenta en medio
de un trabajo, que uno jamás
podrá ser original). Sin
embargo, las relaciones que Briante
señalaba eran muy particulares.
Las enumero:
a.- La casa
de Juan Salvo, el Eternauta, estaba en Vicente
López. La casa de donde son
llevados los fusilados de José León
Suárez estaba en Florida,
a poca distancia.
b.- La pertenencia
humilde de algunos personajes centrales del
Eternauta, fundamentalmente Franco,
el tornero, transformado en
héroe en el devenir de la
trama. Los personajes de Walsh, personas
reales con carne, hueso y número
de documento, son en su gran
mayoría de extracción
media-baja y baja.
c.- El personaje
de Mosca, periodista que participa en las
batallas contra la invasión
de los Ellos, prefigura al
periodista-Walsh que pasa a la acción
para poder dar testimonio,
para poder respaldar su palabra.
d.- La reivindicación
del héroe grupal que Oesterheld
desarrolla en textos posteriores
es similar a la que Walsh hace en
gran parte de su obra. En sus últimos
textos, en su etapa de
clandestinidad antes de ser secuestrado,
Walsh defiende frente a
la cúpula montonera la necesidad
del repliegue para salvar a la
gente de la nueva operación
masacre que se entreveía. Esta es la
línea más productiva
de las señaladas.
La ligazón
que Briante señalaba permite ser más estrechamente
anudada. Hay una comunidad más
fuerte entre dos textos tan
cruciales como Operación
Masacre y El Eternauta que la mera
acumulación de indicios coincidentes.
Más aún: entre ambas
figuras, entre ambas trayectorias,
entre ambas obras.
2.
Sospecho que la razón crucial
para poder relacionar a Oesterheld
con Walsh pasa por una cuestión
genérica. De género. De género
narrativo. Ambos son narradores,
poderosos narradores. Figuras
descollantes en este metièr
de enganchar lectores hasta la última
página.
Pero debo
entender narrador en un sentido más amplio que lo
genérico. En un sentido de
modo: el modo narrativo frente al modo
argumentativo. Si me pego a la preceptiva
literaria, ambos
practican formas distintas de la
producción discursiva: Walsh
oscila entre el cuento clásico
y el reportaje periodístico (el
gran reportaje en la tradición
que los norteamericanos inventan en
la década del '50), entre
el relato policial y la crónica de
non-fiction; Oesterheld se dedica
a guionar historietas, y algunos
de sus guiones los noveliza para
entrar en un circuito más
clásicamente literario (aunque
excéntrico, como discutiremos más
adelante)
Debo despegarme
de la división del trabajo literario para
entender que ambos practican, en
última instancia, el mismo tipo
de operación discursiva:
narrar, relatar experiencias reales o
ficticias, como forma fuerte de
los procesos de asignación social
de sentido. como dice Hayden White:
"La narrativa
bien puede ser considerada como una solución al
problema de cómo traducir
lo sabido a lo contable, al problema de
modelar la experiencia humana en
una forma asimilable a
estructuras de significado que son
generalmente humanas más que
específicamente culturales.
"La narrativa
es un metacódigo, un universal humano sobre cuya
base pueden transmitirse mensajes
transculturales acerca de la
naturaleza de una realidad compartida."
(White, 1981)
Esto es: narrar se constituye en
una operación privilegiada entre
los procesos por los cuales una
sociedad se explica, para sí y
para su memoria, su pasado, su presente,
e incluso su futuro. La
operación narrativa puede,
en consecuencia, articularse,
actualizarse en formas distintas,
en géneros discursivos (en
términos de Bajtín)
distintos: desde el chiste hasta la novela,
desde el cuento popular hasta la
investigación periodística, desde
el romancero hasta la ciencia-ficción.
Pero siempre la trama
básica es idéntica:
la actitud narrativa. En esta mirada, poca
diferencia hace el encontrarse con
una historieta o con una
investigación por entregas,
con la ficción especulativa o con la
realidad más dura.
De allí
proviene un renuncio y una lectura. El renuncio: no
miro al Eternauta como historieta,
como discurso con autonomía y
especificidad semiológica,
como lenguaje. Largos y productivos son
los análisis que en la Argentina
han hecho de la historieta un
género rastrillado, adecuadamente
descrito (pienso en Massotta,
Steimberg et alter). La lectura:
salteo la propiedad de los
discursos y pienso su funcionamiento
cultural. La línea que en
magníficos trabajos ha desarrollado
Juan Sasturain: la historieta
tiene una especificidad semiológica,
pero también una puesta en
relación dentro de las formaciones
culturales contemporáneas. Y en
particular en la Argentina. Prefiero
leer entonces la producción
historietística de Oesterheld
y los textos de Walsh como nudos
centrales en un conjunto discursivo
que, desde el '55 hasta el
'76, se interroga repetida e insistentemente
por su contexto, su
pasado y su proyecto.
¿Nudos
centrales? Sí, más allá de los reiteradamente invocados
gustos personales. No apelo a justificaciones
inmanentes, tales
como la discutible calidad de la
escritura de nuestros autores. Es
más perentoria aún,
como justificativo de mi apelación, la
presencia del Eternauta y de Operación
Masacre en el imaginario de
la mayoría de los lectores,
no necesariamente especializados, de
la Argentina contemporánea.
3.
¿Qué narran los textos?
Narran la violencia, los héroes comunes
que surgen en las circunstancias
excepcionales, el espacio
cotidiano de la ciudad ocupado por
las fuerzas del Mal, por ellos.
Narran la aparición en escena
de una Argentina que es
definitivamente distinta.
Las diferencias
que se pueden señalar son referenciales. Y de
nuevo entra lo genérico.
Walsh cuenta hechos que son reales, que
reclaman leerse como reales, pero
que permiten leerse como
ficticios: el lugar del periodismo.
Oesterheld instaura el espacio
de la ciencia-ficción, de
lo prospectivo: al situar la acción en
1963, cuatro años después
de su momento de enunciación, categoriza
la trama como ficticia; pero en
la sucesión de detalles que
remiten a un espacio y una cultura
reconocible, cotidiana, nos
abre la ilusión de lo referencial.
Cruces que entrelazan campos no
tan separables.
(Intermezzo)
La ciencia ficción de Oesterheld se caracteriza
por la falta de ciencia. Sólo
se encuadra en la categoría genérica
por su actitud prospectiva, especulativa:
imagina lo que va a
pasar, el futuro; recorre, además,
el tópico de la invasión que
Wells, Herbert George o Welles,
Orson habían transitado. Pero la
mirada hacia el futuro admite otro
encuadre; la profecía. En 1957
Oesterheld adelanta el terror que
la violencia del poderoso
impondría con efectiva realidad
en 1976. Walsh también asume esa
mirada: podemos perfectamente leer
en su Operación Masacre el
ejercicio de las futuras masacres.
No soy para nada original en
este planteo: Rogelio García
Lupo apunta en 1984 que para el
lector joven pos-dictadura, los
fusilamientos de 1956 son apenas
treinta y seis muertos.
Esa relación
con lo cotidiano, la situación excepcional que
surge de las prácticas más
usuales (recuerdo: la nevada que
inaugura la invasión en El
Eternauta se produce en medio de una
partida de truco; la aparición
de la policía en Operación Masacre
se da durante la audición
colectiva de una pelea de Lausse) es uno
de los contactos más fructíferos.
Los personajes de ambos textos
remiten a seres conocidos, conocibles;
como señalaba antes, los
personajes de Walsh son personas
no ficticias; pero los de
Oesterheld, puramente imaginarios,
no son ilusorios. Además
voluntaria o fortuitamente, los
seres de Oesterheld recorren todo
el espinel sociológico: el
pequeño industrial Salvo, el jubilado
Polsky, el intelectual Favalli,
el empleado Lucas, el obrero
Franco, el periodista Mosca, el
joven Pablo. Todos ellos permiten
el reconocimiento y la identificación
inmediata: cualquiera es uno
de nosotros.
Cualquiera
es un héroe. Sasturain señala que una de las
grandes innovaciones de Oesterheld
es esta creación de héroes no
excepcionales, a partir de hombres
comunes, ante las
circunstancias excepcionales.
"De la 'situación
Robinsoniana' inicial a la 'situación de
combate' que surge de la invasión,
hay un cambio cualitativo que
Oesterheld va descubriendo junto
con sus personajes al
acompañarlos coherente, amorosamente.
Allí se le revelan en toda
su grandeza, en toda su humanidad.
algo que le pasó a Walsh y a
Cortázar en Operación
Masacre y Los Premios."
(Sasturain, 1985)
Frente al
Mal que inunda violentamente la ciudad, Oesterheld
descubre al héroe colectivo,
forjado en la solidaridad, donde la
necesidad de sobrevivir crea hombres
excepcionales. En Walsh, el
Mal que derrama la violencia exige
refugiarse en los otros, los
privados de palabra y de sentido;
allí encuentra las posibilidades
de escritura que en la policial
al estilo inglés de sus primeros
textos ya no podía hallar.
En otro lugar desarrollé la idea de que
Operación Masacre abre un
campo inmenso para los textos
walshianos, el que lo llevará
a las alturas de "Esa mujer" o
"Cartas". Ese campo es tanto el
de la pluralidad de discursos (de
lo periodístico a lo narrativo
clásico) como el del descubrimiento
de los sectores populares como hacedores
de la historia.
Hay otra
pauta común: el tratamiento de las criaturas, la
relación de nuestros autores
con la vida de sus
personas/personajes. Sasturain decía:
"amorosamente". Podemos
precisar: tanto Walsh como Oesterheld
leen sus anécdotas desde la
tradición del humanismo.
En Oesterheld esa matriz es fácilmente
reconocible: la amistad como marca
fundamental en todos sus grupos
(y no pienso sólo en El Eternauta,
también en Sargento Kirk, en
Ticonderoga), el amor por los seres
queridos, por la familia
(Salvo, Elena, Martita). En Walsh,
apenas es preciso revisar sus
prólogos a las repetidas
ediciones de Operación Masacre,
especialmente los de las primeras,
antes que su proceso radical de
politización encubra las
motivaciones iniciales: el reclamo
walshiano es por la justicia, porque
es intolerable para el género
humano que el poder fusile a quince
inocentes. O a quince
culpables, porque quitar la vida
siempre es intolerable. frente al
poder, frente al eterno problema
del poder, ambos escritores
esgrimen una tradición de
los valores de la vida. Porque el poder
(sea el Mal, los Ellos, la dictadura)
acarrea la muerte, que
siempre es inútil.
4.
Hay otro eje que quiero señalar
en esta lectura, en relación con
lo que antes señalaba respecto
del funcionamiento cultural de los
textos. Es la común pertenencia
de ambos autores al aparato
productivo de la industria cultural.
Rodolfo
Walsh comienza su trabajo intelectual desde una
posición absolutamente integrada
al funcionamiento de la industria
cultural argentina: corrector de
pruebas y luego traductor,
fundamentalmente de novelas policiales,
para editorial Hachette,
más tarde notero de Leoplán,
periodista de actualidad para
Panorama. No es el intelectual clásico,
universitario, solamente
escritor o practicante de géneros
de prestigio. Aún cuando,
avanzados los '60, sea reconocido
como escritor en el sentido
convencional del término
(autor de libros, único objetivo legible
en nuestra cultura tan marcada por
la escritura y la escuela) se
le seguirá reclamando el
género burgués, prestigioso o definitivo
por excelencia: la novela. Ni Borges
se salvará de ese
preconcepto: aunque la obra de Borges,
ensayo, poesía, cuento, se
encarrile más cómodamente
por los andariveles de la cultura culta.
El caso
de Oesterheld es similar, o peor: su producción es
enteramente historietística,
pautada y reglada por los cánones de
los géneros masivos. Lo señalaba
más arriba: cuando novelice sus
guiones (la serie del Sargento Kirk,
por ejemplo), apenas
conseguirá ingresar a un
circuito igualmente excéntrico, el de las
novelitas de kiosco.
Pero vuelvo
a Sasturain:
"Oesterheld
encarna, con justeza, a ese intelectual que encara
sin prejuicio ni seudónimo
la creación seriada y pautada por las
reglas y convenciones de los medios
y géneros populares -la
marginalidad es un término
ambiguo, implica la relación tangencial
respecto de un centro reconocido...-
y encuentra allí una
identidad y una comunicación
genuina."
(Sasturain, 1985)
Es decir:
trabajar en la industria cultural no significa, en
ambos casos, las limitaciones de
pautas y convenciones. Porque por
un lado ambos, Walsh y Oesterheld,
explotan esas mismas
limitaciones, las tensionan con
materiales nuevos, exploran lo
límites de lo decible, de
lo escribible. Desde el periodismo se
puede forjar una denuncia poderosa;
desde la historieta se pueden
reformular las estructuras míticas
de la aventura, el héroe y el
malvado americano hasta llegar a
su inversión de sentido.
Y por otro,
la industria cultural abre a otro público, que
tanto puede ser lector como protagonista
de sus aventuras. Dice
Oesterheld:
"La historieta
es un género mayor. Hay que ver con qué
criterio definimos lo mayor y lo
menor. Para mí, género mayor es
el que tiene una audiencia mayor.
Y yo tengo una audiencia mucho
mayor que Borges, lejos."
(en Saccomano y Trillo, 1989)
Un apoyo:
Walsh y Oesterheld, cada uno, son protagonistas de
experiencias innovadoras en el campo
de los proyectos editoriales
argentinos. Oesterheld funda editorial
Frontera en 1957,
alternativizando los grandes pulpos
editoriales argentinos y a los
syndicates americanos. Walsh, por
su parte, en 1959 es cofundador
de Prensa Latina, la primera agencia
noticiosa orientada a
reorientar el flujo informativo
latinoamericano: ser productores
de nuestra propia información.
Y en 1968 dirigirá el semanario de
la Confederación General
del Trabajo de los Argentinos, para
proponer desde allí otra
lectura de la realidad que la de la gran
prensa argentina.
Ambos, en
suma, no excluyen a la industria cultural, no la
apocalitizan: proponen, desde su
interior, las formas de
establecer "otra comunicación,
más genuina" con un público que
debe seguir siendo masivo.
5.
Dije más arriba que las trayectorias
de Rodolfo Walsh y Héctor
Germán Oesterheld también
son comparables. En términos puntuales,
sabida es la historia de ambos:
integran la organización
Montoneros en los años '70,
son desaparecidos en 1977 con poco
tiempo de diferencia.
Pero la
similitud más rastreable no pasa por las militancias
políticas (que entrega la
agregada coincidencia de un común pasado
antiperonista). Pasa por su producción
textual. Es legible en los
textos de Walsh y Oesterheld una
progresiva politización, en
consenso con la que se produce en
toda la sociedad argentina en
los '60, lo que se ha llamado la
"radicalización y
nacionalización" de las capas
medias. En particular en Oesterheld,
es sugestiva la comparación
de las ediciones del Eternauta, la
original de 1957 y la nueva versión
que dibuja Alberto Breccia en
1969 para la revista Gente, acortada
y abortada por decisión de la
editorial. Si la historieta gana
en calidad (del sencillo e
inocente dibujo de Solano López
al poderoso trazo de Breccia),
también gana en explicitación.
La pregunta que conmueve a Salvo y
Favalli en 1957 ("¿que harán
los países desarrollados para
salvarnos?") se transforma en desilusión
concreta en 1969: nada,
porque nos han vendido, porque nos
han traicionado, porque los
amigos son en realidad imperios,
dominadores, que entregan a los
pueblos subdesarrollados a cambio
de su bienestar y seguridad.
Frente a ello, la respuesta colectiva
adquiere otro sentido más:
no sólo el amor por las criaturas,
la amistad y la solidaridad,
sino también la respuesta
política frente al poderoso, la
revolución. Esa progresiva
radicalización de Oesterheld/Eternauta
lo llevará, en la continuación
de 1976-1977, a justificar la
muerte de los amigos y familiares
(¡Elena y Martita!) en pos de la
salvación colectiva. Y es
la parte que menos me gusta de
Oesterheld.
En Walsh,
se puede leer algo similar. La cita de Eliot que
abría Operación Masacre
de 1957 y 1964 ("una lluvia de sangre ha
bañado mi rostro...") da
lugar a la confesión del comisario
Rodríguez Moreno, que conduce
al pelotón de fusilamiento; la falta
de referencias a los otros fusilados,
el general Valle y sus
sublevados, para remarcar la arbitrariedad
de los hechos en las
primeras ediciones, cede ante un
capítulo que justifica la
ejecución de Aramburu desde
la edición de 1972: y la saga de los
irlandeses, las entrañables
historias del internado, culminan en
la paliza que el celador Gielty
le propina al tío Malcolm, el
salvador, mientras el narrador nos
dice:
"...y mientras
Malcolm se doblaba tras una mueca de sorpresa y
de dolor, el pueblo aprendió,
y mientras Gielty lo arrastraba en
la punta de sus puños como
en los cuernos de un toro, el pueblo
aprendió que estaba solo,
y cuando los puñetazos que sonaban en la
tarde abrieron una llaga incurable
en la memoria, el pueblo
aprendió que estaba solo
y que debía pelear por sí mismo, y
después que las figuras se
perdieron en los límites del parque, el
pueblo aprendió que estaba
solo y que debía pelear por sí mismo y
que de su propia entraña
sacaría los medios, el silencio, la
astucia y la fuerza, mientras un
último golpe lanzaba al querido
tío Malcolm del otro lado
de la cerca donde permaneció insensible
y un héroe en la mitad del
camino."
(Walsh, 1981, p.482-483)
El héroe
individual ha sido vencido, sólo es posible el héroe
colectivo, o la formación
especial. Para ambos: además de narrar,
además de contribuir a explicar
y dar sentido, es preciso pasar a
la acción. Para Walsh, eso
significará el silencio: desde 1967 no
publica nunca más relatos.
Desde 1971, tampoco firma notas. Hasta
la Carta a la Junta Militar, en
1977.
6.
Cierro. Creo haber mostrado, sin
agotarlos, los ejes que nos
permiten pensar en la profunda relación
legible entre los textos
de Rodolfo J. Walsh y Héctor
Germán Oesterheld. No en la
pretensión de la comparación
por la comparación misma, sino en la
idea de un clima similar, una atmósfera
común; en la idea de un
país que pide ser narrado
y al que dos de sus grandes
intelectuales transforman en texto,
en experiencia compartible en
la lectura.
Pero prefiero
retomar el comienzo y recordar la última
inscripción de ambos, la
inscripción no textual sino
abrumadoramente corporal, la inscripción,
paradójica, de su
desaparición. Recuerdo: ambos
fueron desaparecidos, muy
presumiblemente muertos por la dictadura.
No son grandes por eso,
sino antes de eso. La desaparición
de Walsh y Oesterheld no es el
gesto que los sacraliza, es apenas
el gesto que los silencia, para
dejarnos una vez más tan
solos.
Y prefiero
imaginar, saber, ya que hemos recordado su
militancia partidaria, que no desaparecen
como mártires de una
organización que los ha traicionado,
sino como narradores,
explicadores, cuenteros. Dadores
de sentido, en una tierra que no
tiene más remedio que extrañarlos.
&
¦
&
Pablo Alabarces, 1991.¦
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Pesce, Buenos Aires, Puntosur.
&
¦
¦---------------------------------Ï-
-Ï---------------------------------------¦
¦ La luna
¦
¦ Marta Agostini
¦
1º premio compartido del concurso de
cuentos breves de CF y F 1990 / 1991
El niño jugaba con unas piedritas
en la entrada de la caverna. En
el cielo gris plomizo estallaban
destellos blanquecinos que lo
cegaban de vez en cuando. El silencio
era total, ni siquiera la
suave caída de las piedritas
lo perturbaba. Los movimientos del
niño eran lentos, desganados,
en el aire denso sin temperatura, ni
olor.
Las piedras
caían y volvían a caer sin ruido en un suelo tan
gris como ellas.
Presintió
la presencia del desconocido y giró la cabeza
alerta. Sus ojos blancos miraron
sin ver hacia el lugar de la
aparición. Sorprendido, entró
a la caverna, tratando de avanzar
por el túnel laberíntico
tantas veces recorrido. Pero algo no
funcionaba. La ansiedad lo hacía
confundir y perder su
sensibilidad. Entró equivocadamente
por salones plateados y en los
de granito blanco hasta que por
fin encontró a su madre que, al
instante, se volvió para
recibirlo. La tocó con los dedos rápido
para transmitirle su miedo y su
urgencia y sólo recibió una
respuesta: "Llegó el momento".
La presión
de la yema de los dedos de su madre fue más firme y
cálida que de costumbre.
En un segundo supo como si siempre lo
hubiera sabido, que a su edad los
niños debían separarse de sus
padres biológicos y partir
a centros comunitarios de educación;
que así fue y así
sería por el resto de los siglos.
Sus ojos,
como pequeñas esferas espejadas, giraron en un
movimiento brusco, buscando algo
a qué aferrarse, su cama
marmórea, sus piedras de
diferentes tamaños, la túnica blanca de
su madre.
Pero sabía
que no tenía escapatoria. El desconocido,
gigantesco, de piel tan cetrina
como la de ellos, ya estaba
detrás esperándolo.
Sus dedos se rozaron con los de su madre en
un gesto profundo de despedida,
sus ojos se buscaron, mirándose
sin verse como siempre, y una tristeza
resignada los invadió...
Ahora, parado
ante la caverna, temo entrar.
Todo está
igual, las rocas inmóviles, el cielo pétreo y mi
madre...
Recorro
los pasillos como un caleidoscopio de grises, negros,
blancos y plateados, y sé
que me estoy acercando. ella ya está
expectante frente a la entrada del
salón. Está igual a como la
recordaba. Durante un largo rato
nos tocamos suavemente
reconociéndonos; su orgullo,
mi progreso, nuestra nostalgia.
De pronto,
siento su presión más prolongada en mi frente y la
Revelación me lastima.
Yo volví
cumpliendo un ciclo.
Mi madre
se desintegra lentamente cumpliendo el suyo.
&n
¦
&
Marta Agostini, 1990.¦
¦-----------------------------Ï-
-Ï---------------------------------------¦
¦ Desfile de Carrozas
¦
¦ Carlos Pérez
Rasetti
¦
Los muchachos de la Escuela Técnica
encontraron la fotografía de
un submarino atómico en una
revista de actualidad de los meses
precedentes. Hablaron con el Jefe
de Taller para que los ayudara y
pidieron permiso a Rectoría
para trabajar en el galpón del colegio
los fines de semana, y en las horas
libres.
Buscaron
la caldera de una vieja locomotora inglesa que habían
visto en los patios del ferrocarril.
Pidieron un camión municipal,
una grúa de Y.C.F., montaron
la caldera sobre un remolque y la
llevaron al galpón de los
talleres. cerraron el portón y la
miraron satisfechos. Las franjas
de luz descendían de los
ventanucos del techo y se detenían
en el cilindro negro. Tenía
aquel aspecto definitivo y rotundo
de las viejas máquinas
inglesas.
Con hierro
de construcción soldaron las armazones para darle
forma de submarino en la proa y
en la popa. Hicieron de la misma
manera la torreta, que fijaron arriba
del cilindro, sobre un
agujero de tamaño regular
donde había estado la toma de agua y que
ahora serviría para el ingreso
de los tripulantes. Forraron los
armazones con cartón y los
pintaron. Pintaron también en la
torreta las siglas que identificaban
al submarino en la foto.
Disimularon la plataforma del remolque
con olas de arpillera
teñida de verde.
Entonces
invitaron a algunas amigas de los otros colegios para
que opinaran sobre el casco del
submarino terminado. Sólo algunas,
las más cercanas, para no
violar el rito del secreto. Aparecieron
por el galpón durante la
tarde. Caminaron alrededor de esa porción
rectangular de mar sobre ruedas,
quebrando sin ruido los haces de
luz. O se sentaron, contra el hombro
de algún chico, sobre el
banco de carpintería o la
bancada del torno. Miraban seriamente
con los libros afirmados contra
el pecho y el guardapolvo
desprendido bajo la campera; juzgaban
con las manos apoyadas en
los extremos sueltos de la bufanda,
la cintura quebrada, los
vaqueros llenos. La aprobación
fue unánime, efusiva y cariñosa.
Los muchachos
pensaron agregar algún tipo de simulacro
tecnológico que maravillara
a los espectadores. Instalaron un
periscopio rebatible hecho de caños
galvanizados, con un codo en
el extremo superior y el detalle
de una lente de plástico
recortada con cuidado. Un misil
de cartón con esqueleto de alambre
y ojiva colorada, capaz de asomar
por la torreta más de medio
cuerpo y volver a almacenarse activado
desde el interior mediante
una manivela y dos poleas. Una luz
roja intermitente que se
encendía cuando comenzaba
la escena del misil, y cuatro faros de
automóvil en las esquinas,
camuflados entre las olas tiesas, para
destacar las dos siluetas de la
nave.
Finalmente
designaron entre ellos al capitán, al primer
oficial y cuatro tripulantes. Confeccionaron
las gorras con
cartulina y diseñaron un
uniforme evidente: remeras y pantalones
blancos y seis camperas azules que
consiguieron entre los del
curso, para el frío que suele
quedar en las noches de septiembre.
El día
del estudiante amaneció fresco y luminoso. Temprano, en
medio de la calle vacía,
unos pocos obreros municipales terminaban
de ajustar las guirnaldas de bombitas
que cruzaban la avenida San
Martín. Sobre la vereda de
la Municipalidad habían armado la
estructura tubular de un palco para
las autoridades. En el medio
de la baranda, mirando a la plaza,
donde se enlazaban con un moño
los extremos de un largo pabellón,
ubicaron el escudo de la
ciudad.
A la tarde
algunos agentes de tránsito anunciaban con
gentileza a los automovilistas la
prohibición de estacionar sobre
San Martín hasta Roca y por
Roca cinco cuadras más hacia el norte.
Encendieron
las luces de colores cuando todavía el sol
iluminaba de un amarillo exaltado
las fachadas que dan sobre la
vereda del sur, y la calle estaba
cruzada de sombras con los
bordes brillantes. Grupos de personas
empezaban a juntarse en las
esquinas de la plaza y en las galerías
del centro. Los chicos de
los colegios salían y entraban
en las confiterías de Roca y San
Martín, improvisando círculos
de sillas alrededor de las mesas y
andaban entre los grupos con derroche
de gestos y voces.
Cerca de
las seis, mientras se apagaba el brillo de las
paredes y se diluía el contorno
de las sombras, empezó a notarse
crecer el número de los vehículos
estacionados en las calles
laterales. Los agentes de tránsito
cortaban el tráfico sobre San
Martín y sobre Roca y los
grupos de personas de las esquinas
fueron desparramándose en
las bocacalles. De a poco, conjuntos
heterogéneos fueron cerrando
la hilera inquieta entre esquina y
esquina. Padres con sus hijos pequeños
sobre los hombros,
corriendo alrededor, escapándose
para la calle, ancianas
protegidas con tapados que estuvieron
de moda hace veinte años,
viejos que se frotan las manos,
un cura rodeado de muchachos,
señoras que se encuentran.
Encendieron
el alumbrado público. Las calles laterales se
habían convertido en playas
de estacionamiento. Las chicas de la
secundaria recorrían la hilera
de espectadores caminando por la
calle del brazo, buscándose
y encontrándose, desatando un grupo,
enlazando otro. Un agente hacía
señas de ir por la vereda. El
bullicio crecía con la oscuridad;
por los altoparlantes difundían
música de cuartetos.
Cerca de
las ocho de la noche comenzó el desfile. Pasó un
patrullero a media marcha, con las
luces girando y la sirena
encendida. Atrás, encabezando
el desfile, avanzaba la banda el
regimiento ejecutando una marcha
militar. De tres en fondo,
abiertas las columnas por la avenida
San Martín, entre los
aplausos del público, los
músicos llegaron hasta el palco oficial,
hicieron conversión a la
derecha y sin dejar de tocar, se ubicaron
a un costado. Los altoparlantes
anunciaban las primeras carrozas
destacando su ingenio y belleza,
indicando la escuela y el curso
que las había realizado.
La gente aplaudía, hacía comentarios, se
asomaba a la calle para ver los
carromatos que venían más atrás,
los chicos correteaban a la par
de un Pato Donald rígido y
gigante, algunas mujeres comentaban
el sacrificado atuendo de las
reinas de los diversos colegios,
algunos hombres les daban la
razón, mirando.
Ahora pasaban
saludando, sentadas sobre la superficie
brillante y arrugada de un plato
volador, tres marcianitas verdes
enfundadas en mallas de gimnasia,
con pasamontañas y antenas al
tono, largas y bamboleantes. Arrastrada
por una camioneta blanca
apareció en la esquina la
carroza del submarino atómico. Los que
estaban más cerca la vieron
doblar cuando todavía aplaudían a las
marcianitas. Mientras miraban el
cilindro negro fueron
silenciándose las palmas,
los comentarios se apagaron, los chicos
que incursionaban en la calle saltaron
rápidamente al cordón de
la vereda, algunos hasta se aferraron
a los pantalones de sus
padres. Los muchachos y las chicas
que charlaban detrás de la
hilera del público se fueron
arrimando para ver. El silencio
avanzó lentamente por la
avenida junto con la carroza hacia la
zona del palco. El locutor dejó
de hablar sorprendido por su
propia voz, se asomó en la
tarima y estiró el cuello para ver qué
pasaba más adelante. Detrás
del submarino el público había
interrumpido el desfile. Caminaba
detrás de la carroza a una
distancia prudente y constante.
el capitán y un marinero que
estaban asomados a la torreta miraban
los ojos de los que los
seguían, de la gente que
se tomaba del brazo, de los muchachos que
se querían adelantar al círculo
de espectadores que se estrechaba
atrás como una estela que
se cierra. Cuando estuvieron a la altura
del palco, la camioneta que arrastraba
el carromato tuvo que
detenerse. También delante
el público había ido estrechándose
hasta cerrar el paso. El chofer
bajó de la camioneta como para
decir algo, pero se quedó
parado con la mano en el picaporte. Los
instrumentos de la banda fueron
dejando de tocar, primero los
redoblantes y el bombo, después
la hilera de los bronces y el
clarinete, por último la
tuba y los saxofones que ejecutaban con
más concentración
y fueron advertidos por el enflaquecimiento de
la música. Varios agentes
de tránsito y dos policías que estaban
frente al palco quedaron encerrados
entre el submarino y la gente.
Las autoridades se miraron con turbación.
Los dos tripulantes de
la torreta apenas asomaban los ojos
y las gorras; enseguida
desaparecieron en el interior cerrando
la escotilla que produjo
un ruido sordo, porque era de madera.
Se notó porque fue el último
sonido. después el silencio
fue completo en las siluetas
iluminadas del submarino, en sus
olas fijas, entre las personas
del palco, entre los integrantes
de la banda del regimiento, en el
círculo compacto de personas
inmóviles, en las bocinas de los
altavoces colgadas de los postes
del alumbrado, en las ventanas de
las casas y los edificios de la
avenida, en la noche llena de
luces de colores.
Un nene
de tres o cuatro años se escurrió por entre las
piernas de la gente, corrió
al medio de la calle, se detuvo para
tomar fuerzas y arrojó una
piedra. El casco del submarino retumbó
con un largo clank. Un hombre joven
se adelantó hasta el chofer de
la camioneta, lo empujó y
cerró la puerta de un golpe. Uno de
los policías quiso intervenir.
La gente empezó a gritarle. Los
agentes de tránsito trataron
de contener a la multitud. Empezaron
a caer sobre ellos y el submarino
objetos contundentes, fragmentos
de baldosas, cáscaras de
reboque, toscas. Las protestas crecían,
la gente gesticulaba. Estalló
el parabrisas de la camioneta. Un
policía enarboló su
bastón; los que estaban más cerca se lanzaron
sobre él, lo apretaron contra
el piso, se lo quitaron. El círculo
se rompió, la gente se abalanzaba
sobre el submarino. Pasaron por
encima de los agentes de tránsito.
Los integrantes de la banda
intentaron interponerse, hicieron
frente a los exaltados
blandiendo sus instrumentos. El
que se había apoderado del bastón
del vigilante rompía con
dedicación los faros de la camioneta
cuando le abollaron la cabeza de
un trompetazo. El gordo del
tambor inmovilizó a tres
muchachos ensartándolos en el parche. Al
clarinete lo agarraron entre varias
señoras y le partieron la
música en la cabeza. Otra
señora de edad trataba de abrirse paso
con sus dos nietos por encima de
los cuerpos caídos, desenredando
brazos, tratando de llegar al submarino.
Más de un agente de
tránsito terminó tragándose
el silbato y un señor bajito caminaba
en círculos, con los brazos
extendidos y la tuba puesta de
sombrero. Algunos hombres que llegaron
hasta el carromato
empezaban a arrancar los cartones
de la proa, mientras con la otra
mano trataban de contener los golpes
de trombón y de trompeta que
les descargaban. Refugiado debajo
del carromato, un pibe de
vaqueros y campera negra reventaba
las cubiertas a navajazos. Las
olas verdes volaban fragmentadas
por encima de sus cabezas, y los
golpes en el casco de hierro sonaban
sordamente hasta que otro
ruido, el estampido de dos disparos,
produjo un silencio que
permitió ver cómo
se encendía intermitente la luz roja de la
torreta. Apareció lentamente
la cabeza colorada del misil, asomó
la mitad del fuselaje y lo vieron
desprenderse del submarino
arrastrando las cuerdas y las poleas
que lo activaban. sin ruido,
sin humo, como un globo alargado
y de cartón, se elevó
verticalmente hasta convertirse
en un punto lejano en la vista de
todos, y desaparecer. Al rato sintieron
un silbido que se
aproximaba creciendo. Después
ya no sintieron nada más y en la
ciudad se instaló un atardecer
suplementario, breve, luminoso,
ubicuo.
La ciudad
de Río Gallegos ya no existe. Ustedes la ven en los
noticieros de la televisión
y cada tanto aparece en algunos de los
diarios una que otra novedad de
aquí. Pero no existe más. Los
aviones de las líneas aéreas
siguen cumpliendo sus escalas en el
aeropuerto, pero es un simulacro.
Aun los pasajeros que descienden
y se toman un taxi para llegar a
la ciudad son sorprendidos en su
buena fe. Saludan a parientes contratados
al efecto y se alojan
con ellos en casas de utilería.
Visitan confiterías que sólo
tienen fachada y un museo de objetos
apócrifos. Por lo menos una
vez se conmueven por la pobreza
del barrio chileno.
Designaron
chicos para vender el diario muertos de frío en las
mañanas de invierno, votantes
para las elecciones, maestros para
aparentar escuelas. Pusieron barro
para que las calles parezcan
verdaderas y encargaron a alguien
que escriba cartas con letras
diversas y comunique operaciones
comerciales a las centrales de
los bancos que alguna vez estuvieron
aquí.
La ficción
es hermética y no logra infiltrarla esta hilera de
letras guardadas en un papel. Pero
seguiremos narrando la
historia, porfiando para obtener
una desprolijidad, un error de
ortografía, una mancha en
la página, alguna ruptura que denuncie
la verdad de estas palabras, que
fracture los soportes de la
escenografía desplomando
fachadas como naipes en el solar desierto
poblado de radioactividad.
&
¦
&
Carlos Pérez Rasetti, 1991.¦
¦---------------------------------Ï-
-Ï---------------------------------------¦
¦ Antropozoides
¦
¦ Héctor Vucetich
¦
He vuelto a soñar con los
antropozoides: fueron como siempre
amables y amistosos, pero sus palabras
y sus gestos de cariño me
sumergieron poco a poco en un terror
cerval. Por la mañana sólo
recordaba cosas agradables. No comprendo
cómo seres tan atractivos
pueden asustarme hasta el punto
de despertar gritando como un
chico.
· · ·
Vino a verme
Jorge Arrastía. Me gusta charlar con él, aunque
me aburra un poco, porque esos puntos
de vista tan diferentes y
cínicos que tiene, me fascinan
y asustan a la vez. Va a publicar
otro volumen de poesía hermética
y prometió leerme algunos
fragmentos. Después bromeó
sobre mi celibato: me dolió que lo
hiciera pero, con algún tacto,
evité que habláramos de Sofía.
· · ·
De nuevo
la misma pesadilla, el mismo miedo: los antropozoides
hablando acompasadamente a mi alrededor.
Sólo recuerdo con nitidez
su voz cantarina: nada de sus palabras
que pueda explicar mi
terror.
· · ·
Otra conversación
con Arrastía: como siempre, muy original y
un poco secante. Está corrigiendo
las pruebas de su libro y me
leyó algunos poemas. Sigue
asustándome lo que puede decir en unos
versos que no comprendo. Es extraño
cómo cambiamos: cuando
adolescentes, él era el punto
de la barra y nosotros lo
asustábamos, pero terminó
siendo el más piola y se llevó a Sofía.
Tal vez haya sido porque él
es el único de nosotros que no ha
cambiado: cínico e ingenuo
como un adolescente. ¿Quién más puede
combinar la sensibilidad de un poeta
con la dureza de un banquero?
· · ·
Otra vez
los antropozoides: esta vez recitaron Gondwana, uno
de los poemas de Arrastía,
con su voz cantarina. No lo recuerdo,
aunque sé que me produjo
el mismo temor que los demás.
· · ·
Hablé
con Arrastía de Gondwana; se rió un poco, me regaló
el
manuscrito dedicado y lo leyó
en voz alta. Concentrado, no se dio
cuenta de mi turbación, pero
Sofía la advirtió y trató de
tranquilizarme. Cuando le dije que
me había emocionado el regalo,
ella misma lo guardó en un
sobre que besé al llegar a casa, pero
la emoción que sentí
fue el miedo.
· · ·
Los antropozoides
han invadido mis sueños: dialogo con ellos
varias veces cada noche hasta que
me despierto gritando de terror.
La poesía parece contenerlos:
recito los versos de Gondwana hasta
que carecen de sentido.
· · ·
Lo odio
intensamente: su poesía cerrada, su adolescencia
perpetua, los atrajeron hacia nosotros.
Y Sofía...
· · ·
Mis pesadillas
invaden lentamente mi vigilia: ellos me
controlan poco a poco pero yo los
conozco cada noche más. Tienen
sed de poesía y de belleza,
y la sacian viajando de universo en
universo a través de los
sueños. Encontraron su puerta de entrada
a nuestro Cosmos en mi amor por
Sofía, y sólo se detienen ante los
oscuros versos de Gondwana, que
se han convertido en mi obsesión.
· · ·
Sólo
yo, sólo Gondwana: nada más puede mantener cerrada la
puerta que les da entrada a este
universo.
· · ·
gondwana
Temblando como dos sienes heridas,
vacío ya de estatuas en un
tiempo glacial:
vacío ya de ortigas y de
anteojos.
Suyas son las sombras vertidas en
el polvo:
suyos son fuego, sangre y cálidos
labios temblorosos. Vacío
de cuchillos
y besos en el Cosmos: desintegrados
terrores de esplendor y miseria.
Ayer lloró la gente por las
calles:
sin embargo hoy el Cosmos
recupera temblores de látigos
y sangre
No hay lágrimas para describir
esa tristeza
El polvo nacerá de dioses
muertos
que bajo un cielo azul
su sangre en el vacío ya
derraman.
Más allá ya no hay
vida: me sonríe
sin embargo y tienta. No debo pasar,
no quiero
recordar y levantar el velo:
quede un sueño de dientes
y cuchillos.
· · ·
Los antropozoides
se han apoderado de mi alma y ahora
controlan casi todas mis acciones.
Sólo puedo refugiarme en la
imagen de Sofía algunas veces:
lo único en el Cosmos que aún es
mío.
· · ·
Sofía
no se imagina por qué no los visito: me telefoneó para
invitarme a cenar. Me dolió
rechazar su invitación groseramente,
pero no quiero que él se
acerque a los antropozoides: la puerta se
abriría si lo percibiesen
y la debo mantener cerrada.
· · ·
Por la tarde
llovió y la puerta se entreabrió por un momento,
pero recitando a gritos el poema,
logré que volviera a cerrarse.
Después me eché a
llorar pero no me alivié: sedientos de belleza,
ellos cantaron mi fracaso.
· · ·
Arrastía
me trajo su libro de poemas. Fríamente, invocó
nuestra amistad para prohibirme
que hablase con Sofía. Entonces lo
injurié, luchamos por ella
y la puerta se abrió de par en par: los
antropozoides entraron y se fueron
con él cuando ganó la pelea.
Ahora crecerán en sus sueños
y a través de sus versos van a
infestar las noches de los hombres.
· · ·
He perdido
la poesía, el amor, el Cosmos: sólo vale el vacío.
· · ·
Tardíamente,
sigo el único camino razonable porque este
universo ya no es mío. Aunque
los antropozoides me dominen, tengo
una pequeña libertad. Lo
que elija, carece de importancia para
ellos pero no para mí: me
decido por el cianuro, que es indoloro y
rápido.
&
¦
&
1991, Héctor Vucetich.¦
¦---------------------------------Ï-
En próximos números
de:
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¦
_ |_ _ _ /_
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|_| | | |_| /
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¦--------------------------------------¦
¦ e d i
c i ó n d i g i t a l ¦
¦ &nbs
¦
¦¦¦¦¦¦¦¦¦¦¦¦¦¦¦¦¦¦¦¦¦¯¯¯¯¯¯¯¯
+-----------+ +--------------¦
+-------------------+
+-----+
¦
Ogedinrof
+------------¦
++
Tarik Carson
+-----Después del naufragio de un espacionavío
------------------+
¦ Gustavo Fredes Pérez del Cerro++
El rostro de Jaldabaoth--------------------¦
¦
Guillermo Enrique Höhn¦
+-----------¦
¦ +---------+--------------Nave circular
¦
Cruzado¦
¦ ¦
André Carneiro ¦
Daniel Vázquez
¦ ++
+---+ +---+
+--------------¦ ++
Astronautas y gitanos
Hacia lo fantástico hiperreal
+---------Michael Bishop
Luigi Volta---+
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+---------------------+
+--------+