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                                         & nümero 2
 
                                         & enero de 1994
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                                        e d i c i ó n   d i g i t a l
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      ¿ dirigen ?    ->   daniel bugallo y horacio moreno
      ¿ edita ?      ->   martín salías
      ¿ dispersa ?   ->   fernando bonsembiante
      ¿ adoctrina ?  ->   tarik carson da silva
 
 
      octetos             título                                autor
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       9999        bruce en la casetera                   pablo muñoz
        888        análogos y therbligs      josé luis zárate herrera
        777       extraños en el paraíso                 damon knight
       5555          narrar la violencia              pablo alabarces
       6666              la luna                       marta agostini
       3333         desfile de carrozas         carlos pérez rassetti
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                            {
              esta edición virtual corresponde
             parcialmente al material publicado
               en la edición original y física
                         de OM #3
                            }
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      ¿ contactos ?
      -> martín salías en FidoNet  4:901/303.11
      -> fernando bonsembiante en InterNet  fernando@ubik.satlink.net
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      -Ï---------------------------------------¦
       ¦ Bruce en la casetera
       ¦
       ¦ Pablo J. Muñoz
       ¦
 
 
      Mariano Necochea se convirtió, durante esa jornada, en héroe. Su
      uniforme militar adquirió el aroma a pólvora  y sangre reseca,
      licuado producido por el enfrentamiento.
 
      -Hey, te estoy hablando.
      -No seas tonto. ¿Qué querés? ¿Qué  te conteste?. Si  apenas tiene
      noventa días- repuso la madre del niño, irónicamente. Pero él,
      embobado padre  primerizo, siguió jugueteando con el pequeño  ser,
      todo ojos y asombro frente al mundo.
 
      La lucha, el ejemplo del coraje y la estupidez humana, pasó  a la
      historia, léase a los libros de texto y al mármol como la batalla
      de Junín. Necochea se ganó un lugar en el diccionario.
 
      A las seis de la mañana, Papá dormido se levantó a  preparar el
      desayuno. El primer día de escuela de Nicolás, y su madre, volando
      de fiebre. Seguro una gripe.
 
      Balneario. Treinta  mil trescientos noventa y tres habitantes
      según un acartonado censo. Pequeña ciudad, pujante en fecha
      estival. Playas  hermosas, aguas verdes. Bosques de árboles
      castaño claros, con tintes rojizos. Largos y delgados. Necochea...
 
      -Este año pienso veranear en...
      -¡Shhhh, callate!- interrumpió  el padre.  Nicolás lo miró  con
      rabia. ¿No veía que  estaba  hablando con Giselle?.
      El locutor que se metía por la TV, parecía un muerto...
 
      Se revolvió entre las sábanas. La enferma luz del velador le
      apuntó directo a los ojos entrecerrados. Realizando un esfuerzo
      considerable, contando con la herida debajo de las costillas,
      manoteó el despertador colocado sobre el cajón de manzanas, que
      cumplía la función de  mesa de luz. Seis y media. Debía ser de día
      afuera. Intentó volver a dormir, por lo menos hasta las ocho, hora
      en que se levantaba Marisol. Ocho en punto, día a día, el desayuno
      compuesto de galletitas mohosas y manteca rancia. El café,
      infaltable  complemento, había sido reemplazado por los pocos
      saquitos de té que  quedaban en toda la casa. ¿Cuánto hacía que el
      tarro de café molido había tocado fondo? Días.
          Nico volvió a abrir los ojos. La amarillenta luz del velador
      le permitió  observar el cuarto  en penumbras, las paredes
      cubiertas de posters y, en una esquina del cuarto, el estereo.
          Se sentó al borde de la cama, con su pie izquierdo tanteó el
      piso de cemento buscando las zapatillas. Al fin las encontró
      debajo de la cama. Tocó las sábanas celestes, húmedas, pegajosas.
      Debía haber sudado mucho durante la noche ¿qué otra cosa se podría
      esperar? Debían hacer alrededor de cuarenta grados, como mínimo,
      dentro del cuarto.
          Decidió prepararse por sí mismo el desayuno, luego se lo
 
 

      llevaría a Marisol y al Tano.
          Pasó por la puerta que daba al baño y recién ahí notó que su
      pantalón piyama también estaba pegoteado. No era sudor. Aunque no
      recordaba con claridad lo que había soñado la noche anterior,
      seguro había sido un tanto excitante. Se rascó la barba de tres
      días. El Tano se iba a enojar al ver cuanto había crecido. Decidió
      afeitarsela.
          Manteca rancia, sacó una buena cantidad con el cuchillo, luego
      la untó en la galletita. Tenía gran variedad, la suficiente como
      para pasar el resto del verano, aunque no el otoño. Después
      verían.
          La tetera lo terminó de despertar, se sirvió el té caliente,
      hirviendo. Entre galleta y galleta encendió el doble casetera. Por
      lo menos seguía con vida, música. Aunque la cinta no era muy
      buena. Nico recordó que en su casa de Buenos Aires le esperaba el
      compact, ¡qué sonido!
          Casi las siete, Nico guardó la manteca en la heladera y fue a
      la pieza a ponerse una camisa y un jean. Pasó al lado de Marisol.
      Dormía sobre un vetusto sofá de principios de siglo. Casi cien
      años y seguía aguantando. Nico detuvo su vista en el rostro rosado
      de la chica. Verdaderamente hermoso.
          Por debajo de la lona que servía de manta, se marcaban las
      curvas que delineaban su cuerpo. Nico nunca había tenido una chica
      como ella. En cierta forma ahora tampoco la tenía. Marisol era
      independiente, no le pertenecía a nadie.
          Marisol pareció darse cuenta de que alguien la estaba mirando
      y se incorporó de un salto.
      -¡Boludo! -le gritó a Nico- Me asustaste.
      "Asustarte. ¿Quién podía ser sino el Tano o yo? Nadie más estaba
      en Necochea este verano".
      -Perdoná...
      -¿Qué hora es, Nico? -preguntó Marisol mientras se incorporaba. La
      camiseta naranja se le pegaba al cuerpo como una segunda piel,
      también ella estaba sudada.
      -Son casi las siete.
      -¿Las siete? ¿Desde cuándo te levantás tan temprano? -Marisol le
      habló con tono agresivo. Esa actitud la había tomado, y asumido,
      desde que se había enterado lo que pasaba con el Tano. Nico la
      comprendía, la única mina en kilómetros cuadrados y debía pasar
      quien sabe cuanto tiempo con dos gays. A él le ofendía esa
      palabra. "¡Mierda!". ¿Por qué la pronunciaba con tanto odio? No
      podía culparla, a él mismo le asqueaba la situación. El Tano tenía
      la culpa de todo. Suya había sido la idea de ir a esa casa en
      Necochea. Nico (pensaba él mismo) no tenía ninguna culpa. Todo el
      mundo había cambiado después del día Rojo. ¿Qué valores podían
      sobrevivir a la radiación?.
          ¿Qué podía hacer él? Sólo tenía veintidós. Toda una vida sin
      nada, vacía. Nunca más una familia, un trabajo, una mujer.
          Esa primavera había aguantado estoicamente. Sólo una vez en
      todo diciembre había sentido la necesidad de masturbarse. ¿Qué
      había pasado?.
      -Me levanté porque estaba muerto de calor -dijo Nico.
      -Cierto, tenés razón -contestó Marisol mientras se despegaba la
      camiseta adherida por el sudor. -Me voy a dar un baño antes de
      desayunar.
      -Buena idea, creo que también me voy a dar uno. Con la poca agua
      que queda.
          Marisol se le quedó mirando fijo. Al fin le volvió a hablar,
 
 

      con el mismo tono agresivo de  hacía unos momentos.
      -¿Querés bañarte conmigo? ¿O te da asco?
      Nico bajó la vista.
      -Vení, ¿o le debés fidelidad al Tano? -Marisol se quitó la
      camiseta delante de Nico, entró en la bañera. Nico la siguió con
      la mirada.
      -Pobre nene, Marisol es mala con él -entonó la chica mientras
      comenzaba a arrojarse la escasa agua que contenía el bidón.  -Es
      mejor que vaya a que lo consuele su macho.
          "Sos una basura", pensó Nico. Ella bien sabía que el nunca
      había renunciado a su virilidad, al rol de hombre. Creía, quería
      creerlo, que esa relación no lo degradaba de su carácter
      masculino. Creía... Recordó ¿qué podía saber él que pronto
      aparecería una chica, venida del desierto de muerte? Tevé muerta,
      gente muerta. Una noche de verano, el Tano lo tomó por el hombro.
 
      Nico se estremeció. Los dos meses y pico que había convivido con
      el Tano le habían bastado para sospechar su secreto.
          Esa noche, el Tano no pronunció palabra alguna, ni surgió
      ningún hilo de conversación tendido por Nico. Sólo cenaban, el
      único ruido, el entrechocar de tenedor y cuchillo. Conservas, dos
      latas de Coca para tomar, las últimas.
          Cuando el Tano le puso la mano en el hombro, Nico sintió un
      escalofrío en la nuca. Había sido la noche más larga de su vida.
      Acostado junto al Tano, no pudo conciliar el sueño. Quiso una y
      cien veces convencerse que él seguía siendo hombre. Otras tantas
      que todo había sido un sueño o producto de una  indigestión.
      Siguió sin poder dormir. Continuó mirando el techo, lejano,
      oscuro, con un cigarrillo entre los dedos, intentando no pensar.
      Lloró, lloró por este nuevo mundo que tenía por delante. Lloró por
      el pasado. Tanta ley, tanto pensamiento, todo enterrado por el día
      Rojo.
 
      Marisol apagó la "ducha". El agua corriente era cosa del pasado.
      La "ducha", el bidón con agua y embudo en su boca. Agua. Habían
      llegado los tres a la conclusión de que el agua se les acabaría.
      Racionándola o no. Muerte en otoño, o en el fin del verano. ¿Qué
      más da?.
          Dejó el bidón medio vacío junto a la bañera. El bidón llenado
      con agua radioactiva. Veneno residual.
          "Bruce y su banda de la calle E". Uno de los pocos casetes que
      no lo cansaban. Así y todo debía ser la vigésima vez que lo pasaba
      en el doble casetera en lo que iba de la semana. Tomó entre los
      dedos la birome azul que usaba el Tano para escribir un compendio
      de estupideces. En Navidad se le habían acabado los Marlboro. La
      birome no se fumaba, pero mantenía sus dedos nerviosos con algo
      para entretenerse.
      -Grande, Boss -dijo por lo bajo.
          "Seguro que en estos momentos debés haber cagado como media
      humanidad, ¿no?". Pensó Nico. El Boss siguió desgranando "Nacido
      para correr". Correr. Nico deseaba con toda su alma abrir la
      puerta de la casa de verano y correr. Hacerlo sin frenar, hasta
      llegar a la playa y revolcarse en la arena. Bañarse en las aguas
      frescas y verdes.
          El típico ruido alertó a Nico que la cinta se había acabado.
      Mierda. La oiría por vigésima primera vez. Marisol salió del
      cuarto de baño con la toalla verde cubriendo su cuerpo. Nico se
      alejó de la sala donde estaba el estereo. Al pasar junto a la
 
 

      chica, la miró de reojo, pero no le dijo nada ni se detuvo. Entró
      en la pieza que le pertenecía al Tano, en otros tiempos, el garage
      de la casa.
          Se sentó a los pies de la cama. El Tano yacía tranquilamente
      durmiendo, ajeno al calor, a la podredumbre, a la pesadilla.
      "Verdaderamente parece que el Tano está veraneando como cualquier
      otro año", concluyó.
          Excepto el zumbido del ventilador y un circunstancial casete,
      ningún ruido jodía la paz enfermiza del refugio. Pero algo comenzó
      a oirse en esos momentos: un gruñido. ¿Marisol protestando?.
          No, no era Marisol. La chica entró en la pieza, sin ocultar el
      asco que le daba ver el cuadro del fiel amante sentado junto al
      lecho de su durmiente pareja. "Muy romántico", se dijo Marisol.
      -Decile a tu hombre que se deje de roncar.
      -¿Roncar?
      -¿No ves que...? -Nico no necesitó responder. El Tano dormía
      profundamente, pero no roncaba.
      -Nico -la voz de Marisol pareció menos segura que un momento
      atrás. -Viene del comedor.
          Nico tomó la delantera, el ruido iba in crescendo. Del apuro,
      Nico se llevó por delante el vetusto sillón del comedor. Marisol
      lo alcanzó enseguida. El ruido indiscutiblemente venía de ese
      lugar de la casa.
          Si uno observaba el exterior, cosa improbable, podía llegar a
      esperar que se abrieran los cielos y descendieran ángeles de
      púrpuras túnicas; Nico y Marisol se hubieran extrañado mucho menos
      que con ese ruido... ¿Cuántas veces lo habían oído? Cientos. Pero
      ese verano había pensado que jamás volverían a oir la voz de un
      locutor por la radio.
          El mismo, comprobó Nico, había tocado por accidente el dial de
      la radio en vez de apagar el equipo.
          En el rostro de Marisol no quedaban rastros de enojo,
      acostumbrado estado de ánimo en los últimos días. Sólo se notaba
      su asombro y desconcierto. Hasta esa mañana todo lo que quedaba
      del otro lado de los muros de la casa significaba rostizamiento y
      gusanos. Pero ahí estaba la voz ronca desafiando la muerte.
          La voz seguía hablando, pero por más que Marisol y Nico
      intentaran entender no pudieron hacerlo. Siquiera extraer un par
      de palabras sueltas de toda esa vorágine de palabras y frases
      confusas, distorsionadas por la estática.
          Marisol se incorporó, se frotó los ojos, dueños de bolsas
      color lila, -demasiadas para su corta edad- y se alejó de la sala
      dejándolo a Nico, solo, junto al estereo.
 
      El año había comenzado mal, el brindis del treinta y uno Nico lo
      realizó con el Tano y un vaso de agua. Apenas doce meses atrás
      brindaba con la familia, sidra fresca y pan dulce. Poco a poco su
      mente comenzó a aceptar lo del Tano. Hasta que pasó.
          El ruido de un coche acercándose sobresaltó a ambos. El Tano,
      con mas curiosidad que miedo, se animó a asomarse al exterior. El
      viejo torino había chocado contra la cerca que rodeaba la casa.
      Nico recordó paso por paso lo que sucedió después. El Tano
      desapareció por un instante, enseguida volvió a entrar llevando
      entre sus brazos a una chica. No pasaba los dieciocho. Tenía una
      cara perfecta, lástima el corte en la ceja que sangraba tanto.
 
      Marisol, como todos los días, tomó un libro de la biblioteca y se
      puso a leer. El Tano por su parte se dedicó toda la tarde a jugar
 
 

      con la Commodore.
          PICK... PICK... TOUUUP. Los bichos de Marte derribaron su
      nave. Le quedaban dos vidas más. A menos que superara los quince
      mil puntos.
          PICK... PICK... CLARK...
          Diez mil.
          A lo mejor le ganaba a la maldita ciento veintiocho.
          Nico permanecía frente al estereo. El ruido gutural seguía
      oyéndose, fuerte, desesperado, casi se podía jurar que era una voz
      humana intentado hablar. Sólo que la interferencia seguía
      impidiendo descifrar lo que decía. Y ya habían pasado varias horas
      desde el inicio de la sorprendente transmisión.
          Algo. Nico creyó captar una palabra coherente. Dos. Si su
      mente no se le había secado mucho por el abrazo del sol asesino de
      ese verano, el estereo había escupido un "por favor", un
      "contestar al...". Pero el PICK... PICK... TOUUUP no ayudaba para
      nada. Se sumaba a la interferencia, pareja, asfixiante, y apagaba
      la voz del locutor. El locutor, porque era una voz masculina.
          Nico creyó estar enloqueciendo. Donde el oía un locutor, sólo
      se emitía un sonido gutural, agresivo, ininteligible.
          PICK... PICK... CLARK.
      -¡Boludo! ¡Te podés dejar de joder con esa Commodore! Pocas veces
      Nico se enojaba de  tal forma. Pero algo le decía que el estereo
      le podía ayudar. Que esa voz  podía dar un nuevo aliciente para
      vivir el verano de Necochea.
 
          Marisol.
          Dieciocho años.
          Recuperó la conciencia en poco tiempo, y en menos aún explicó
      su vida y obra al reducido auditorio que representaban unos
      asombrados Tano y Nico. No esperaban ver a nadie más con vida.
      Después de la Roja Primavera.
          La chica pareció simpatizar con Nico, casi enseguida.
          La noche estrellada devolvió un manto de olvido sobre la
      charla furtiva del Tano y Nico.
      -No quiero presionarla. Va a ser mejor para ella que terminemos lo
      nuestro -murmuró Nico. Y abrigó la esperanza de un sí por
      contestación.
          El Tano puso mala cara.
      -Aunque sea por un tiempo, para que ella lo entienda.
      -¿Qué carajo tiene que entender? -el Tano parecía enojado.
      Demasiado, lo suficiente para elevar su voz y ser escuchado por
      Marisol, que intentaba dormir. Su primera noche en Necochea.
      -Para ella va a ser difícil convivir con dos...
      -¿Maricas? -acotó el Tano. -¿Para ella o para vos? Te gusta la
      putita ¿no?.
          Nico se le quedó mirando, sorprendido. No tanto por el enojo
      del Tano, producto de los celos, sino por la acusación. Sí, le
      gustaba la chica. Era hermosa, después de todo él era un hombre.
      Si ella hubiera aparecido un tiempo atrás. Mierda. Quería borrarlo
      todo. Matar al Tano y con él al pecado que lo angustiaba. Pero
      algo se lo impedía. Una voz constante que no le dejaba
      abandonarlo.
 
      La luz titiló hasta apagarse.
          Otra bombita menos. Habría que bancarse la luz del farol en el
      comedor. ¿De qué servía un equipo generador de energía propio si
      no había bombitas? Nico se dio de cabeza contra la pared, la
 
 

      materia encefálica realizó por una décima de segundo una danza
      epiléptica. Volvió a sentarse en el suelo, ahora con los ojos bien
      abiertos, se había quedado dormido. Era tarde, pero aún seguían
      los gruñidos, el aullido de la doble casetera. ¿Cuándo iba a
      terminar esa sucesión de quejas inconexas, de gritos de mudo?
      Largó la birome con la que había jugueteado todo el día. Su mano
      suave, joven, con manchas, se dirigió al equipo.
          Apagarlo. Terminar con ese rito estúpido. La letanía del
      mogólico. No llegó a apagar el estereo. Su mano, propia, tan
      propia, lo horrorizó. Las manchas de tono amarillento. El cáncer
      de piel crecía. Lo único que cobraba vida ese verano.
          Nunca se hablaba del cáncer en la casa. Todos lo padecerían
      tarde o temprano. A menos que la comida se terminara antes.
          Cosquilleo. Ultimamente no sentía la mano, lejana, doblemente
      forastera. Pero allí la sintió. Lo sintió. El Ser Comedor de
      Células reptando, tejido epitelial, células, alimento y camino. La
      implosión de la Vida en su cuerpo.
 
      -¡No!.
          La mano de la chica buscó el cierre del jean.
      -No.
          Las palabras de Nico se ahogaron, boca, labios, saliva.
          Escena cortada, volvía a sentir el calor abrasador en su
      vientre y le daba la bienvenida. Deseaba nuevamente sentirlo,
      sentirse vivo. Dolor. Placer. Semánticamente opuestos,
      prácticamente complementados.
          El Tano entró en la pieza de Marisol.
          El cuchillo oxidado se destacaba en su mano.
          Nico saltó de la cama deshecha.
      -¿Qué carajo estás haciendo?
          Miedo en la voz. El Tano está loco.
      -Dejá a esa puta.
          Miedo. sudor frío. Promete por miedo, ¿por miedo? Nunca lo
      supo.
      -Nunca más Tano, perdoname. Te lo prometo Tano -su voz se
      entrecorta. Flaquea. Un hilo lastimoso.
          El cuchillo se clava en la puerta del placard.
          Esa vez Marisol se enteró de la verdad.
 
      -¡Papá!
          Marisol grita como una nena. Momentos en que no supera los
      seis años. Se abraza al estereo. Apoya su rostro mojado en
      lágrimas contra el parlante. La radio es su hogar. Unirse. Papá,
      mamá, pareja, amigos. Instinto gregario que soportó hasta el día
      Rojo.
      -Pa... -Marisol mira a un Nico asombrado, con los ojos llorosos.
      Tan brillantes como si estuvieran atacados por la fiebre.
      -Sol, ¿qué te pasa? -Nico, con temor, le acariciaba la cabeza. Con
      temor intenta consolar a la nena, no ya a esa adolescente
      resentida y amarga. A la niña con miedo. Se despertó asustada,
      papá no estaba al lado de su cama. ¿Dónde está papá?.
      -Nico -ni siquiera puede hablar, se atraganta. -No estoy loca -le
      separa la mano, no con desdén, con ansiedad. -Ni-co, es la voz de
      papá.
          El mira el estereo. ¿La voz de qué papá?. Si los gruñidos...
          No más gruñidos, la voz angustiada pide despertar.
          "Donde... Transmite Radio Omega -Omega, la última letra
      griega, la última emisora de la tragedia griega. -Estoy vivo...
 
 

      Deseo comunicarme... Llámenme... ".
          Comunicarme. Llámenme, voz ronca, parece más un maniático que
      un hombre desesperado. Si no hubiera pasado la Primavera Roja,
      hubiera creído que un demente había copado la emisora.
      -Llámenme al 0240 58... -Llamen. Un teléfono. ¿Cuánto haría que
      estaba esperando al lado del tubo? ¿Solamente ellos podrían
      intentar comunicarse? ¿Nadie más?. -No es papá concluyó
      tristemente Marisol. Parece que finalmente despertó del sueño
      febril. Su rostro joven aunque ojeroso, marcada  su parte
      izquierda por la almohada, regalo del sueño, tomó un cariz
      blanquecino. Lechoso. Extraño.
          No tiene rastros de sangre esa cara. Sangre es vida. Vida es
      su padre. No, la voz ronca no es su padre. Nico volvió a
      acariciarla, sus dedos amarillentos jugaron con el ensortijado,
      engrasado, cabello.
      -Creí -la voz es un susurro. -Parecía la voz de papá. ¡Fui una
      boluda! -la mujer se enoja con la nena. La nena despertó. El
      adulto rechaza los miedos y sentimientos infantiles.
      -Todo pasó -susurra Nico.
          Marisol acomoda su cabeza en el hombro de Nico.
      -Abrazame -pide.
          Nico lo hace. ¿Cómo negarse?
          Marisol, cuerpo de mujer, llora como una niña.
          La radio de fondo.
 
      Se reitera el pedido.
          Igual, con la misma desesperación.
          Demasiado igual, es una grabación.
          Es posible que el tipo se haya descerrajado un tiro hace
      tiempo.
          Marisol volvió a dormirse.
          El Tano es mudo testigo de la escena. Nico lo mira, ve la ira
      en esos ojos oscuros, negros, malignos. Con su propia mirada, le
      pide, ruega, que no haga un drama precisamente allí. Cuando la
      nena está descansando.
          Portazo. El Tano se encerró en su habitación, con llave. Nico
      deja a Marisol en su propia cama. No tiene ganas de dormir esa
      noche, por el contrario, vuelve al living y toma el teléfono.
      Disca, hacía mucho que había dejado de discar. La mayoría de las
      líneas estaban cortadas y, aparte, no queda nadie que pueda
      contestar del otro lado. Salvo el tipo Omega.
          0240 5846.
          Llama.
          Preeen... preeen.
          Nico se sobresalta, un frío viento recorre su piel. Meses sin
      oir ese sonido antes tan común, vulgar. Al comienzo del verano
      había llamado días y días sin parar, descansando sólo un par de
      horas, todos los números que encontró en la guía. Llamó hasta
      enloquecer, llamó hasta asquearse del llanto y la amargura. Todos
      los números de la guía. Todos vacíos, faltos de vida. Siempre en
      silencio, salvo esta vez. Preeen.
          Preeen... Hermoso. Agua de vida. Siguió oyéndolo un buen rato.
      "Dios, no" pensó. Miró, angustiado. El hermoso preeen siguió
      sonando en el living. ¿Qué esperaba?.
          Nadie podía levantar el tubo del otro lado.
          Dejó el auricular al lado del teléfono.
          Preeen...
          Lentamente hunde la cara en sus manos, y se dispone a esperar
 
 

      el amanecer. Ese amanecer vedado por las ventanas tapiadas, cueva
      de los hombrecitos miedosos como ratas. Agazapados, protegidos en
      el refugio.
          La llamada se prolongó toda la noche.
 
      La pantalla del tevé color mostró la imagen saturada de azul. Sony
      Crocket incautando un cargamento de estupefacientes. Pasta,
      dólares. El día Rojo  había sido más efectivo que la división del
      vicio.
          Nico apagó el trendset. Lentamente, siguiendo el ritual
      pagano, el video casete salió del grabador. Las tres películas que
      había en la casa habían sido vistas por Nico una centena de veces.
      "Mierda", pensó. Cuanto daría por ir al cine. Antes, cuando
      Marisol no había llegado, el Tano se sentaba frente a él y
      parloteaban sobre la primavera tan especial y sus consecuencias.
      Momentos en que la pesadilla recién nacía, momentos en los que la
      tragedia revestía un misticismo y cierto patético encanto.
      -Los misiles nunca llegaron aquí, al cono sur. En realidad
      -comenzó a disertar el Tano-ellos no tiraron más que una mínima
      cantidad, creo.
          "Creo. No sabés nada, pero me jodés con tu monólogo", pensó
      Nico. Está anocheciendo. Hace dos semanas que la casa de veraneo
      es el refugio, el bastión contra los bichos radioactivos.
      -Acá llegó la radiación ¿entendés? No vamos a morir desintegrados,
      volados. Nos va a matar el cáncer u otra yerba.
          "Qué bueno, me quedo más tranquilo". Nico encendió un
      cigarrillo, la perorata parecía que iba a extenderse más de lo
      normal.
      -¿Sabés lo que me preocupa?
          Siempre el Tano incluía en la disertación a su compañero,
      aunque Nico no prestara la mas mínima atención.
      -... el famoso invierno nuclear. No se dio del todo. Las tierras
      deben de estar muertas, pero el cielo... no está cubierto por la
      ceniza, el sol sigue quemando. Hasta demasiado.
          Nico sigue oyendo lo que dice el Tano, pero intercala en su
      mente las imágenes del anterior veraneo. También en Necochea. El
      sol quemaba. Pero no rostizaba.
      -De vez en cuando llueven cenizas, pero creo que las bombas
      produjeron una disminución significativa de la capa de...
          "El sol alumbraba", recordó Nico. Lentamente una sonrisa
      comenzó a vislumbrarse en su cara. Buen veraneo había sido el
      último. Las cenizas del cigarrillo cayendo sobre su mano,
      levemente, quemándolo, lo volvieron a la realidad.
      - ...ozono. Por eso los rayos son tan intensos. Nada los detiene,
      fijate que el...
 
      Nico nunca pudo entender cuál era la razón para que al Tano le
      interesaran todos los porques de las cosas.
          Era más importante la solución aunque en este caso no la
      había.
          El Tano se sentó en el suelo, junto a las piernas de Nico. Su
      rostro parecía más sombrío que lo normal.
      -¿Te gusta la puta?
          Sorpresa. Todavía seguía con ese tema.
      -¿Te excita o no? -atacó el Tano.
      -No quiero hablar de eso.
      -Yo sí -el Tano estaba en uno de sus malos momentos. Seguro había
      acumulado toda la carga de celos producidos por la escena
 
 

      anterior. Marisol descansando en los brazos de Nico. Y ahora había
      estallado.
      -No quiero hablar de eso.
      -¿No?... ¿Y por qué? No sos el único en esta casa.
      -Ya sé, está Marisol -dijo Nico cortadamente.
      -Me refería a mí... sabés que...
      -Se que tenés unos celos de la gran puta. -Nico se estaba enojando
      también. -¿O no?.
          El Tano se incorporó. Comenzó a caminar rodeando el sillón
      donde estaba sentado Nico.
      -Nicolás, es ella o yo.
          El Tano estaba diciendo incoherencias.
      -¿Qué pensás hacer con Marisol? ¿Tirarla a la basura?.
      -Como vino se puede ir -el Tano no era el mismo. ¿Qué había muerto
      dentro de él? ¿Se olvidaba qué había arriesgado su vida no hacía
      mucho tiempo, saliendo al exterior, para entrar a la chica
      herida?.
      -Afuera no se puede vivir.
      -Acá adentro tampoco -repuso el Tano.
          El reloj de la pared voló pasando cerca de la cabeza de Nico,
      y terminó su carrera estrellándose contra el modular.
      -Tano, cortala, ¿por qué no rompés la radio y así nos jodemos
      todavía un poco más? ¿Eh?.
      -Se terminó, Nico.
          El resto del día el Tano desapareció, Nico supuso que se había
      encerrado en el altillo.
 
      -¿Está enojado? -Marisol parecía haber perdido un poco el tono
      hiriente que la caracterizaba.
          Nico sin mirarla le contestó:
      -Se le va a pasar.
      -¿Y si no?
      -Yo que sé -Nico mantenía fija la vista en las piezas sueltas del
      reloj estrellado. Nunca había sido bueno para las reparaciones
      pero era uno de los dos únicos relojes en toda la casa que andaban
      bien. Hasta el enojo del Tano.
          El reloj, la hora, el único contacto con el pasado caliente,
      reciente, añorado.
      -No me pienso ir -Marisol lo dijo con tono firme.
          Irse era morir en el exterior.
 
      Es de madrugada.
          El reloj, arreglado por Nico, marca las cuatro.
          Sábanas pegoteadas, la superficie blanca se adhiere como una
      segunda piel al cuerpo sudado de Nico. Una sobrepiel que tapa
      todos los poros, absorbe el sudor, pero no deja pasar el aire. El
      mínimo aire vital para respirar en esa noche de casi cuarenta y
      cinco grados. Un aire enviciado, contaminado, mínimamente aliviado
      por los extractores. El aire putrefacto de meses de encierro. El
      aire de vida que choca con el exterior envenenado.
      -¡Basta...! -el grito, la súplica estalla en sus oídos. Nico,
      aturdido por el grito extraño y por la noche abrasadora, se pone
      de pie no sin cierta dificultad. El pedido se repite, viene del
      sofá donde duerme Marisol.
          Marisol es una estatua viva.
          Perfecta, hermosa, sangrante.
          Todo el cuadro se presenta en fracciones de segundo en la
      retina de Nico.
 
 

          Marisol, diosa mártir sangrando, un Tano enloquecido
      golpeándola brutalmente.
          Putaaa... Insultándola. Puta... Grita el asesino. La diosa
      gime.
          La siguiente trompada dio directamente en el rostro de Nico,
      que se interpuso rápidamente entre el loco y Marisol. El Tano se
      quedó congelado. La sangre brotando del labio de Nico. El pobre
      niño seducido por la diosa.
      -Tano, pará... La vas a matar -Nico golpea con todas sus fuerzas
      al hombretón.
          Nunca más grande, nunca más bestia. Tan dócil y débil en las
      noches... El Tano se retira, pero antes mira su obra.
          La diosa niña yace en el piso, rodeada por un charco púrpura.
      Casi muerta. El Tano ya se fue al altillo. En el silencio de la
      noche, sólo perturbado por el gemido de Marisol, se oye con
      claridad el ruido del pasador.
          El Tano, la bestia arrepentida, se encerró en su madriguera.
 
      Muchas veces notó Nico que el Tano pasaba horas en el altillo.
          La puerta abierta, Nico miró a uno y otro lado. Libros, más
      libros y anotaciones. Se sintió un extranjero. Un profanador de un
      mundo mágico, pero ajeno. El mundo personal e íntimo de su
      compañero. No tocó nada, nunca volvió a entrar hasta esa
      madrugada.
          Cuatro y media.
          Marisol descansa en el cuarto de Nico. Los golpes le dejarán
      cicatriz, pero va a vivir. Más, es muy probable que al amanecer
      recobre la conciencia.
          Los escalones que llevan al altillo crujen demasiado, les
      queda poca vida, esta vez el altillo, la madriguera del Tano, no
      le parece mágico. Todo es un caos. Libros y papeles tapizan el
      piso. El antiguo escritorio, predilecto del Tano, está partido en
      dos. Sus cajones arrojados al otro lado del cuarto en penumbras.
      El caos es muerte. Muerte violenta.
          En medio del destrozo un cuerpo musculoso está sentado en el
      suelo. En cuclillas, temblando.
          Nico se le acerca lentamente, se sienta junto a él.
      -¿Por qué? -murmura.
          El rostro lleno de sangre seca de la chica, lo mira. El Tano
      le clava sus ojos profundos.
      -Ni... -las palabras se traban en su boca. El Tano es una cosa
      sangrante, sudada, deshecha, no una persona. -Nico, yo también
      perdí todo... soy parte de este infierno, creí al principio que me
      volvería loco... -su voz, recia pero mucho más suave que antes,
      sigue intentado desesperadamente buscar la comprensión, el perdón
      luego de la travesura.   -Sos lo único que me mantuvo vivo. Sin
      vos me hubiera matado hace tiempo, y ahora ella... -Pese a la
      vergüenza, el odio persiste intacto. Su boca reseca continua
      disculpándose, explicando lo irracional, aunque su puño volvería a
      caer gustoso contra el rostro de Marisol. -Me quiere sacar lo
      último que me queda. ¿Entendés?.
          Nico rodea con un brazo la espalda del Tano. Acaricia su
      cabello. El rostro mojado del hombrón se apoya contra el pecho del
      joven. Nico murmura. Intenta tranquilizarlo, acariciándole el
      cabello pegoteado por el calor, grasoso por la escasez de agua. Y
      le clava las tijeras en la nuca.
 
      Dos tostadas de pan cien veces recalentado, los últimos gramos de
 
 

      manteca rancia, y el té, agua coloreada, puestos en la bandeja,
      son las primeras cosas que ve Marisol al despertar. Le duele todo
      el cuerpo, se toca con cuidado el rostro, la piel agrietada,
      amorotonada, choca con la yema de sus dedos. Logra contener el
      llanto, se mira en el espe-jo, tuvo suerte de sobrevivir.
          Sale descalza de la pieza. La remera, única ropa, le llega
      hasta las rodillas.
          En la cocina hay ruidos. Se detiene. Teme volver a encontrarse
      con el Tano. Pero no, es Nico.
          Nico la saluda.
      -¿Desayunaste bien?
          Marisol lo abraza. Recuerda en lo profundo de su mente que
      Nico le salvó la vida. Llora.
      -Todo pasó, Marisol, ¿eh?.
      -¿Y él?
          Nico la mira fijamente.
      -Lo maté.
          Golpe fuerte, el mundo le da vueltas a Marisol.
      -Muerto...
      -Sí, Sol. Nunca más te va a pegar.
      -Lo mataste.
      -Bien muerto, ¿no entendés?, te elegí a vos, nena.
      -A mi. -Marisol se sienta en una banqueta. Se mira instintivamente
      la pierna. El tono amarillento, escamoso, no responde a la paliza
      de la noche anterior. Es la enfermedad.
      -A mi.
          Nico no responde, el tono de voz de Marisol...
      -¿A mi?, ¿dejándome vivir en el infierno?.
      -Sol, por favor... -Nico no entiende.
      -Permitiendo que me coma la mierda de la radioactividad -Marisol
      eleva el tono de voz.
      -Sol, calmate. ¿Comiste todo?, ¿tenés sed? te doy otro té... -Nico
      quiere calmarla.
      -Nico, no mientas -Marisol no está dispuesta a cambiar de tema.
      -No lo mataste por mi, lo mataste por que lo querías demasiado
      como para verlo sufrir.
          Nico se va a la cocina.
      -No tengo porque oir esas boludeces.
      -¡Nico, me vas a oir! -la voz de Marisol escapa a la cocina, para
      retumbar en toda la casa. -Lo mataste por piedad. Para terminar
      con su sufrimiento.
      -¡Basta!.
      -No, no me callo. Lo hiciste para que no viviera lo que se
      viene... Hambre... Podredumb...
          Nico se toma la cabeza. ¡Callate!. Le duelen los oídos de
      apretarselos.
      -No, Nico. Vos no me elegiste. Lo elegiste a él.
 
 
                                         & ¦
                                         & Pablo Muñoz, 1989.¦
                                        ¦-----------------------------Ï-
 
 
 
 
 

      -Ï---------------------------------------¦
       ¦ Análogos y therbligs
       ¦
       ¦ José Luis Zárate Herrera
       ¦
 
                                   3ª mención Concurso
                                   de cuentos inéditos
                                  Premio Más Allá 1990
 
 
      "Los estaba engañando"
          En apariencia José 099 era igual a los otros mil trabajadores
      de la Fábrica de Aldehídos Aromáticos. Delgado, con ojos grandes,
      manos nudosas, menudo. Todo ello sintomático de su alimentación
      basada en Nutrientes Biogenerables. Reciclaje. Lo más económico.
      Los movimientos de José se acoplaban a los de sus compañeros.
      Estiraba una mano hacia una palanca mientras mil manos se alzaban
      al mismo tiempo. Daba un paso y los otros mil también. Una imagen
      de movimiento que era infinidad de imágenes iguales. Pero había
      una diferencia.
          "Los estaba engañando"
          Hora de comer. Mil pipetas salieron de las máquinas a
      incrustarse con precisión en la carótida de cada uno de los
      trabajadores. Múltiples y los mismos obreros conectaron el botón
      izquierdo. La comida fluyó, líquida e incolora. Chasquidos al
      unísono al conectarse el switch 6. La música subliminal de
      Satisfacción Corporal. Los excrementos son recogidos en una bolsa
      transparente que deberá ser entregada antes de salir de la
      Fábrica. La una. Las dos. Falta poco. Las tres. Las cuatro. Las
      pipetas se retiran a sus lugares, susurrando. Pasa el supervisor,
      como una sombra. Las cinco. Hora de descansar. Fin de jornada.
      José 099 trata de convertir sus ojos en cristales opacos. Como los
      demás arrastra los pies lentamente y se une al coro de balbuceos
      mientras siente la humedad de su saliva recorrerle el mentón. No
      importa. No mientras pueda seguir engañándolos. Todos usan zapatos
      de metal y plástico, pantalones impermeables, camiseta sin mangas,
      un casco analógico. Chapotea en las calles anegadas de lluvia
      mientras se dirige al atestado metro. No sonríe. No es feliz. Los
      otros sí. El está consciente de no estarlo y ello lo pone de un
      estupendo humor y a su pesar sonríe, feliz. Pero no por el casco.
      No por eso.
          "Los estaba engañando"
          Sí, tan fácil. Una falla insignificante. Una chispa repentina
      que hizo que perdiera la sincronización. El, como hombre de una
      vida feliz, desapareció. En cambio, se halló frente a una máquina
      y una rutina de movimientos tan conocida que podía realizarse
      inconscientemente. Tardó unos segundos en comprender que su casco
      había dejado de funcionar. Una falla, una chispa y ahora era
      diferente a sus compañeros, que seguían soñando. Se preguntó qué.
      No lo mismo que él, o no de igual manera. Si bien ellos
      continuaban con esa expresión ausente era imposible que todos
      tuvieran la misma ilusión. Si se esforzaba un poco, José recordaba
      hechos únicos e importantes que, de cierta forma, dictaron sus
      sueños y fantasías. Su infancia en el Bloque Educativo y, sobre
      todo, esa adolescencia fugaz que fue rota por su ingreso en la
      Fábrica y su primer casco analógico. Apenas se lo puso y fue
 
 

      conectado dejó de ser el José 099 que era. La máquina interfería
      los impulsos eléctricos del cerebro provocando alucinaciones,
      haciéndole vivir una vida diferente a la real, onírica, analógica,
      con todo aquello que, según él, era indispensable para ser feliz.
      Así pues, los sueños de los otros deberían satisfacer a quienes
      los tenían, cumplir cada deseo individual.
          En ese instante pudo ver, a través de la ventanilla sucia, el
      lugar a dónde se dirigían. No pudo creer que fuera verdadero. No
      tenía nada en común con la casa a la cual llegaba cada tarde.
      Algunas luces mortecinas intentaban romper la monocorde oscuridad
      que se adhería a los edificios llenos de cristales rotos y cuartos
      infestados de cucarachas e insectos. José cerró los ojos y por un
      segundo recordó la ilusión dictada por el casco: la casa
      higiénica, las paredes blancas, el aire acondicionado. En cambio
      estaba rodeado del hedor a heces, sudor humano, descomposición,
      ratas, agua encenagada.
          ¿Dónde estaba?
          En la realidad. Por un tiempo lo sospechó. El casco dejaba
      algunas lagunas en su visión onírica. Su vida analógica se llenó
      de contradicciones sin importancia. Se fue volviendo gris mientras
      los circuitos se fundían lentamente. Un error. Eso era la
      realidad. Un error.
          Tenía que hacer algo. No bastaba ya con engañar a la Fábrica,
      al supervisor, a sus compañeros. Pero no hoy. Mañana. Ahora
      necesitaba dormir. Tener sueños reales, descansar del movimiento
      continuo. Y a pesar de no estar en la vida fácil analógica,
      durmió...
 
          Las manos se hundieron en la máquina como si esta fuera humo,
      un reflejo. José 099 trató entonces de apoyarse en la barandilla
      que lo rodeaba pero sólo halló el vacío. Los pies se hundían en la
      nada. No se encontraba ya en la Fábrica sino en un mar. Un océano
      compuesto de nieblas e ilusiones que se dispersaban por un viento
      que tomaba fuerza y hacía desaparecer todo. José vio el abismo
      bajo él. La muerte. Antes de que pudiera gritar, el viento que
      deshacía las quimeras lo tomó, para hacerlo desaparecer con la
      Fábrica y el mundo.
          Le dolía el cuerpo. Eso lo despertó. Un dolor sordo, pequeño,
      constante. Algo le decía que siempre lo había portado y nunca
      cesaba. El dolor de los músculos agotados. Pudo verse las manos y
      los dedos que se achataban, las callosidades circulares en las
      yemas, sus dedos deformados. Se puso de pie y se desnudó para
      observar su cuerpo. La insición quirúrgica en el pecho para la
      pipeta, en donde ésta era insertada. Un latigazo eléctrico
      recibido quién sabe cuando y que nunca se borraría. Las costillas
      sobresalientes. Se metió el dedo en la boca sin encontrar dientes,
      sólo pequeños montículos cerrados, apenas rastros cariados de los
      colmillos. Graznó:
          -Soy... José... Cero... 99...
          Lo cual fue suficiente para asustarlo. Su voz tenía un tono
      gravoso, cortante, inseguro. Por ello supo que llevaba años sin
      hablar. Y sin embargo, en la vida analógica del casco él era un
      hombre de voz agradable, una sonrisa seductora. José 099 sonrió.
      En el reflejo del cristal una rata de ojos rojizos y piel
      amarillenta también sonrió. Apartó la vista. La realidad.
          Pensó en las pesadillas. En ese sueño propio, no comunal o
      inducido por el casco y aún así terrible, maldito sueño.
          Faltaban dos horas para ingresar de nuevo a la Fábrica. Era
 
 

      tiempo de huir. Recordó que le habían hablado, una vez, en
      susurros de niños, de un terrible secreto: al otro lado de la
      montaña vivían los Hombres Parias, inadaptados que habían formado
      una sociedad que ignoraba todas las pautas de la Sociedad de la
      Fábrica. En ese entonces, niños, se estremecieron ante ese
      pensamiento, imaginando bestias de forma humana. Para el José
      099 de ahora fueron hombres cuerdos. Las bestias los habían
      devorado ya y no lo sabían. Con sólo llegar a las montañas...
          No, eso era una ilusión. En toda la ciudad únicamente se
      encontraban los alimentos en un lugar: la Fábrica. Era imposible
      alejarse tanto de ella sin comer. Y para comer debía trabajar. Y
      sólo en la Fábrica recibiría la ración diaria. Y sin dientes y con
      unas manos débiles era imposible conseguir alimentos propios. No
      en un lugar lleno de construcciones, en donde lo último de los
      bosques fue derribado medio siglo atrás. Y los perros
      representaban más un peligro que una posible fuente de comida.
      Pero no podía continuar día tras día siguiendo ciegamente los
      movimientos sincronizados, los "therbligs" enseñados desde su
      niñez. Había pasado mucho tiempo desde que saliera del Bloque
      Educativo y aún recordaba la hipnolección: Los "therbligs" son los
      Movimientos Mínimos Necesarios para efectuar un trabajo
      consumiendo el menor tiempo posible con la mayor eficacia...
          Múltiples, moviendo su cuerpo al unísono con mil cuerpos. No
      sería posible sobrevivir mentalmente a esa rutina sin el casco
      analógico, y él no deseaba el casco, no esos sueños de comodidad.
          "Los estaba engañando"
          Algo debía hacer. Algo.
 
 
          Lo supo a la hora de la salida. Aliados. Alguien como él.
      Tendría una oportunidad. Era Día de Sexo. Según la vida analógica
      se encontraba con una amiga que en los últimos años había
      aprendido en mil lugares diferentes todo lo posible del acto
      sexual, lo justo para la amplia experiencia de él. Una larga
      noche cálida. Ese día, en el metro, multitud de hombres dijeron al
      unísono, agradablemente sorprendidos:
          -¡Elba...! ¡Elba 875...! ¡Tanto tiempo sin verte!
          José escuchaba la plática coral y seguía con la vista la
      expresión sonriente de sus compañeros. Mil erecciones contra mil
      pantalones impermeables. El metro no siguió la ruta acostumbrada.
      Fue a parar a una especie de estadio techado en donde,
      equidistantes, había camas, tantas que no hizo siquiera el intento
      de contarlas. No era difícil imaginar el por qué del Día del Sexo.
      Aquí se gestarían las nuevas generaciones de obreros.
          En ese instante llegaron las mujeres sonrientes. Cada hombre
      junto a la cama, desnudándose. Las tomaron por la cintura y
      haciendo las mismas caricias empezaron a quitarles la ropa.
          José pensó: "Therbligs, también aquí". Miró a la mujer de pie
      junto a su cama. Era fea. Sin dientes. Y esperaba ser amada
      expertamente.
          -Oscar- dijo, insegura.
          José se abandonó al Movimiento Mínimo Necesario y empezó a
      hacerle el amor. Al penetrarla un suspiro general recorrió el
      estadio. Crujidos iguales, camas quejándose con una voz de muelles
      oxidados. Ella empezó a gemir, como las otras. El olor era
      insoportable. José sintió deseos de vomitar, pero continuó.
          "Los estaba engañando"
          En el momento del orgasmo, de golpe, José le quitó el casco.
 
 

      La mujer sólo fue consciente del semen golpeando su interior antes
      de comprender que ya no estaba en la playa, bajo el sol, con un
      hombre fuerte y musculoso. No importaba. No en ese instante
      mientras que, con los ojos cerrados, se entregaba a las
      sensaciones.
          Pasaron varios minutos.
          -Estas despierta- dijo él.
          Ella abrió los ojos. Miró a su alrededor. La noche, para los
      análogos, apenas había comenzado. En diversas camas se
      representaba el mismo acto. En todas la misma acción. Ella gritó.
      Gritó. Gritó...
 
 
          José 099 le dio un golpe. Dada su condición física no fue muy
      fuerte. Ella continuaba gritando. Se miraba el cuerpo desnudo y
      las llagas en los brazos, sus miembros deformados, las manos
      nudosas y el horrible hombre sobre ella. El olor, los ruidos
      húmedos, los quejidos múltiples. Gritaba... como último recurso
      José le puso de nuevo el casco. Ella sonrió. Los ojos se
      vidriaron. No perdió la sonrisa.
          -Oscar- susurró -acabo de tener una pesadilla espantosa...
          La pequeña mano sobre el cuerpo del hombre buscaba.
 
          Esa noche la Fábrica se deshacía. José 099 también. El viento
      arreciaba y él se convirtió en humo, niebla, recuerdo, un sueño
      que se acaba.
 
          La pipeta salió y fue a incrustarse al pecho de José. Este
      observaba fluir el líquido. Tenía veinticuatro horas de vida.
      Hasta entonces no necesitaba otra dosis. Ignoraba que tanto
      resistiría sin ella. No mucho, pensó ¿qué hacer? ¿qué hacer?
 
 
          Al día siguiente José se dijo que la única manera de salir de
      ahí era mediante la acción directa. El todo por el todo. El
      supervisor de la Fábrica no poseía un casco analógico. Era una
      persona importante. Un dirigente con sueños propios. No lo pensó
      dos veces. La pipeta se había marchado unos minutos antes. El
      supervisor no esperaría ninguna agresión. No de los obreros con
      sus cascos. Pero ignoraba que José era diferente.
          "Los estaba engañando".
          José saltó la barandilla y sus huesos débiles estuvieron a
      punto de astillarse cuando libró los dos metros que lo separaban
      del piso. Se movió rápidamente, con seguridad. Fue cosa de un
      segundo llegar al supervisor y tomarlo por el cuello grasoso.
      Ignoraba si sus dedos tuvieran la fuerza necesaria para matarlo
      pero así lo creyó. Mil manos se movieron hacia una palanca.
      Arrastró a su víctima por los pasillos mientras ésta le explicaba
      cómo funcionaba el auto aéreo, después, simplemente le rompió el
      cuello. José deseaba ver por última vez la Fabrica, pero de
      pronto, las luces se extinguieron y una alarma empezó  sonar en
      alguna parte. Aún así pudo llegar al auto aéreo. Despegó. José
      podía escuchar el siseo de mil camisetas corriendo por mil
      espaldas secas. Mil dedos en el interruptor. Dejaba atrás muchas
      cosas. Sexo en el estadio que sobrevoló camino a las montañas. Una
      Fábrica que se pierde a lo lejos. Un metro que no es más que un
      gusano arrastrándose entre excrementos, edificios que se
      derrumban.
 
 

 
 
          Existían los Hombres Parias. Existía el Paraíso. Un alimento
      que no era sintético, un mundo donde no había cascos analógicos.
      José 099 empezó a aprender una vida nueva en una sociedad nueva.
      Por contraste a la que abandonó esta era perfecta. Su cuerpo fue
      recuperándose y una dentadura postiza hizo de nuevo agradable su
      rostro. El constante uso de la voz le quitó el aspecto gravoso que
      tenía. El único problema eran las constantes pesadillas sobre la
      Fábrica y el viento. Después de una cacería a través de bosques
      infinitos, cuando tuvieron listo el plan para tomar por asalto a
      la Fábrica, en esa ocasión que engañaron a una patrulla de
      reconocimiento; después de todos esos actos gloriosos: la
      pesadilla.
          Los psicólogos del lugar dijeron que ésta era la forma en la
      cual sus recuerdos dolorosos se sublimaban. No les creyó porque
      sabía la verdadera razón de la pesadilla. La sabía. Y aún así dejó
      que la Sociedad de los Hombres Parias lo absorbiera. Pensó mucho
      en la mujer aquella del Día del Sexo y en la forma en que se negó
      a abandonar sus sueños. Se acostó con mujeres que tenían orgasmos
      propios sin seguir el ritmo de los "therbligs". Y soñaba con el
      viento. No es que importara. Era feliz.
 
 
          José 099 deslizó la mano derecha, en un Movimiento Mínimo
      Necesario perfecto, un "therblig" impecable. Mil manos se
      deslizaron. José 099 movió la palanca pintada de verde. Mil
      palancas se elevaron. José 099 era feliz. Todos eran felices. Los
      cascos analógicos funcionaban a la perfección. como siempre.
          Mil manos apretaron otro botón...
 
                                         & ¦
                                       José Luis Zárate Herrera, 1990.¦
                                   ¦----------------------------------Ï-
 
 
 
 
 

      -Ï---------------------------------------¦
       ¦ Extraños en el paraíso
       ¦
       ¦ Damon Knight
       ¦
 

 
      El nombre del planeta era Paraíso. Alguna vez se había llamado de
      otra manera, pero ya nadie recordaba cómo.
          Desde aquella distancia era un cálido globo azul salpicado de
      nubes y sumido en la obscuridad. Selby lo veía en el holotubo, no
      directamente, porque no había ventanas en la cabina de aislación,
      pero pensó saber cómo se habían sentido los primeros en llegar,
      noventa años antes, viéndolo por primera vez después del largo
      viaje. El mismo se sentía de esa manera; había estado tres meses
      en aislación médica en el satélite de entrada, aguardando llegar a
      un lugar con el que había soñado esperanzadamente toda su vida: un
      lugar sin enfermedades, sin violencia, un mundo que nunca había
      conocido el pecado de Caín.
          Selby (Licenciado Howard W.) era un hombre delgado, algo calvo
      en sus cuarenta, irlandés, alcohólico reformado, poeta fracasado,
      profesor de literatura inglesa de la Universidad de Toronto. Uno
      de sus intereses particulares era la obra de Eleanor Petryk, la
      poeta lírica expatriada que vivió en Paraíso por treinta años, los
      últimos diez en silencio. Luego de la muerte de Petryk en el 2106,
      pidió un permiso a la Fundación Internacional para escribir una
      biografía definitiva de la autora,  y luego de dos años de
      negociación finalmente logró ganar la entrada a Paraíso. Esta iba
      a ser, lo sabía, la experiencia de su vida.
          Los paraisanos habían bombeado afuera toda su sangre,
      reemplazándola con algo que, según ellos aseguraban, era
      igualmente eficiente para transportar oxígeno, pero no así un
      medio apetitoso para los microbios. Tomaron muestras de los
      fluidos de su cuerpo y de su carne, de aquí y allá. Fue examinado
      por una docena de máquinas, y le dieron inyecciones para unas
      veinte enfermedades y parásitos que dijeron que traía. Sus caras,
      en el holotubo, sonreían piadosamente cuando él les dijo que había
      tenido una hoja sanitaria limpia cuando lo chequearon en Houston.
          Fue como estar en un hospital, salvo que sólo lo tocaban
      máquinas, y veía caras humanas únicamente en el holotubo. Había
      pasado el tiempo leyendo y viendo documentales enlatados de gente
      saludable y feliz jugando bajo la dorada luz del sol. Sus caras
      eran suaves, sus ojos brillantes. El mensaje de las películas era
      siempre el mismo: cuán felices eran los paraisanos, cuán
      satisfechas sus vidas, cuán orgullosos se sentían del mundo que
      estaban construyendo.
          Los libros eran algo más informativos. El planeta tenía dos
      grandes continentes, uno habitado, el otro desierto (aunque desde
      el espacio se veía exactamente igual que el otro), más algunas
      pocas cadenas de islas, rocosas e inhabitables. El desfasaje del
      eje era de siete grados. Las estaciones, suaves. El planeta,
      geológicamente inactivo; no había volcanes, y los terremotos eran
      desconocidos. Las colinas, bajas y redondeadas, no ofrecían ningún
      impedimento a la circulación global del aire. La tierra era rica.
      Y no había enfermedades.
          Aquella mañana, después de su desayuno de hospital,
 
 

      consistente en jugo de naranja, avena y tostadas, le anunciaron
      que sería liberado a mediodía. Y fue también como en un hospital;
      ya eran las dos en punto y él seguía ahí.
          -Señor Selby.
          Se volvió y vio a la mujer sonriendo en el holotubo.
          -¿Si?
          -Ya estamos listos para recibirlo. ¿Puede pasar a la antesala?
          -Con el mayor de los placeres.
          La puerta giró, él entró y la puerta se cerró detrás suyo. La
      ropa que traía cuando llegó estaba en un rack; había sido lavada
      e, indudablemente, desinfectada. Observado por un ojo en la pared,
      se quitó el pijama y se vistió. Se sentía como un inválido,
      después de una larga enfermedad; los zapatos y el cinturón ya eran
      objetos poco familiares.
          La puerta exterior se abrió. Más allá estaba parada la
      enfermera, con su cofia verde y una sonrisa esplendorosa; detrás
      de ella había un hombre de mameluco amarillo.
          -Selby, soy John Ledbitter. Lo llevaré abajo en cuanto
      complete esto.
          Había tres formularios para firmar, con varias copias.
      -Gracias, señor Selby- dijo la enfermera. -Fue un placer tenerlo
      con nosotros. Esperamos que disfrute su estadía en Paraíso.
          -Gracias.
          -Por favor- contestó, en lugar de "de nada"; era una
      contracción de "Por favor, ni lo mencione", pero era difícil
      acostumbrarse.
          -Por aquí-. Siguió a Ledbitter por un largo corredor en el que
      no se cruzaron con nadie. Se metieron en un ascensor. -Sujétese,
      por favor-. Selby pasó los brazos por las cintas. El ascensor
      cayó; cuando se detuvo, estaban flotando, sin peso.
          Ledbitter lo tomó del codo para ayudarlo a salir de la caja.
      Campanillas de alarma sonaban en algún lado. -Por aquí-. Se
      impulsaron a lo largo de una cuerda hasta la cabina de salto, un
      cubículo tan grande como la habitación de hospital de Selby. -Por
      favor, recuéstese ahí.
          Se tendieron lado a lado en unas camillas estrechas. Ledbitter
      acomodó los rieles. -Piernas y brazos al costado, por favor, la
      cabeza derecha. Asegúrese de estar cómodo. ¿Listo?
          -Sí.
          Ledbitter abrió la caja de control a su lado, mirando los
      instrumentos en el techo. -Cuando diga tres...- dijo -Uno...
      dos...
          Selby sintió un súbito incremento de peso mientras el satélite
      aceleraba hasta sincronizarse con la velocidad de rotación del
      planeta. Después de un rato, las luces de control parpadearon, la
      camilla se pegoteó contra él. Estaban en Paraíso.

 
          Las cajas de salto, más precisamente dispositivos
      Henderson-Rosemberg, habían hecho los viajes interplanetarios e
      interestelares casi instantáneos -no del todo porque los vectores
      en las estaciones de envío y recepción tenían que ser
      sincronizados-. El problema era que no se podía ir a un lugar si
      antes no iba alguien a instalar una estación receptora. Esto
      significaba que la exploración interestelar había procedido por
      los métodos convencionales: la impulsión Taylor primero, luego los
      generadores de impulso; los viajes de reconocimiento, incluso a
      las estrellas cercanas, tomaron veinte años o más. Paraíso,
 
 

      colonizado hacía noventa años por una secta Genésica de Estados
      Unidos, fue el primer planeta del tipo de la Tierra descubierto;
      continuaba siendo el único, y estaba fuera de los límites de las
      influencias terrestres, excepto en ocasiones especiales. No había
      mucho que el gobierno pudiera hacer al respecto.
 

          Una mujer uniformada, que dijo haber sido asignada como su
      guía, lo tomó a su cargo. Su nombre era Helga Sonnstein. Estaba
      magníficamente construída, tenía la piel tersa y rozagante, como
      todos los demás paraisanos que había visto.
          Caminaron hasta el hotel por calles limpias, debajo de los
      monorieles, que se lanzaban graciosamente sobre sus cabezas. Los
      pasajeros iban bien vestidos; algunos miraron a Selby con
      curiosidad. El aire era tan puro y fresco que simplemente respirar
      era un placer. El cielo sobre los edificios blancos era azul como
      el huevo de un gorrión. Se sintió tanto o más desorientado de lo
      que esperaba.
          Ya en su cuarto, buscó el código de Karen McMorrow. Su cara en
      el holotubo era amable, pero no sonreía.
          -Bienvenido a Paraíso, señor Selby. ¿Está disfrutando su
      visita?
          -Mucho, muchísimo.
          -¿Cuándo le gustaría venir a la casa?
          -Cuando a usted le resulte conveniente señorita McMorrow.
          -Lamentablemente, tengo algunos asuntos familiares que
      atender. ¿Estará bien en dos o tres días?
          -Perfecto. Tengo algunas otras personas que entrevistar, y me
      gustaría ver algo de la ciudad mientras estoy aquí.
          -Entonces, hasta pronto. Disculpe la demora.
          -Por favor- dijo Selby.
          Esa tarde la señorita Sonnstein lo llevó a dar una vuelta por
      la ciudad. Y era todo cierto. Los paraisanos eran todos felices,
      saludables, enérgicos y joviales. Nunca había visto tantos rostros
      suaves, tantos ojos límpidos y sonrisas brillantes. Aún los
      pacientes del hospital se veían sanos. La mayor parte eran
      víctimas de accidentes -piernas fracturadas, cortaduras. Empezaba
      a comprender como era vivir en un mundo donde no había
      enfermedades infecciosas.
          Le gustaban los paraisanos -eran inmensamente amistosos,
      cálidos y extrovertidos. Era imposible que no cayeran bien. Y a la
      vez los envidiaba y se sentía resentido. Entendía por qué, pero no
      podía evitarlo.
          El segundo día habló con el editor de Eleanor Petryk en la
      agencia de publicaciones del estado, un hombre amable llamado
      Truro, que lo llevó a almorzar y le regaló una copia elegantemente
      encuadernada de la recopilación de poemas de Petryk.
          Durante el almuerzo -truchas de lago, aparentemente un manjar
      local, tanto como en Norteamérica- Truro lo interrogó acerca de su
      perfil académico, sus escritos, sus planes para el futuro.
          -Realmente nos gustaría publicar su libro sobre Eleanor- dijo.
      -De hecho, si fuera posible, nos haría muy felices publicarlo
      primero aquí.
          Selby explicó sus arreglos con MacMillan Schuster. Truro
      insistió -Pero todavía no hay contrato ¿no?
          Intrigado por el rumbo que estaba tomando la conversación,
      admitió que no lo había.
          -Bien, veremos cómo se desarrollan las cosas- dijo Truro. De
 
 

      vuelta en la oficina, le mostró fotos de Petryk tomadas después de
      la más famosa, la única que había aparecido en la Tierra. Era una
      mujer de rostro delgado, de apariencia frágil. Su cabello estaba
      un poco más gris, su cara más marcada -más triste, quizás.
          -¿Hay alguna obra que permanezca inédita?- preguntó Selby
          -Nada que ella haya querido preservar. Era muy selectiva, y
      por supuesto sus poemas se vendían bastante bien aquí; no tanto
      como en la Tierra, pero le permitieron una vida cómoda.
          -¿Qué hay sobre el silencio, los últimos diez años?
          -Fue su elección. Ella no quiso escribir más poesía. En cambio
      volvió a la escultura; sobre todo a las tallas en madera. Las verá
      cuando vaya a la casa de campo.
          Finalmente Truro arregló para que viera a Peter Hargrove, el
      marido de quien Eleanor Petryk se había divorciado. Hargrove
      rondaba los setenta, tenía el cabello blanco y el rostro rojizo.
      Era el oficial a cargo de lo que denominaban Programa de las
      Nuevas Tierras: ciudades satélite que estaban siendo construídas
      por equipos de jóvenes voluntarios -el terreno vacío y estéril era
      transformado en plantaciones de tipo terrestre-. Hargrove tenía un
      gran entusiasmo al hablar de todo esto.
          Con cierta dificultad, Selby llevó la conversación hacia
      Eleanor.
          -¿Cómo logró ella la autorización para vivir en Paraíso, señor
      Hargrove? Siempre me resultó curioso.
          -Nuestra política ha sido admitir ocasionalmente inmigrantes,
      cuando consideramos que poseen algo de lo que nosotros carecemos.
      Muy ocasionalmente. No hacemos publicidad al respecto. Estoy
      seguro que lo comprende.
          -Si, por supuesto- Selby reordenó sus pensamientos.
          -¿Cómo era ella durante los últimos diez años?
          -No lo sé. Nos divorciamos unos cinco años antes de eso. Yo
      volví a casarme. Eleanor, en cambio, permaneció sumamente aislada.
          Cuando Selby se levantó para marcharse, Hargrove preguntó
      -¿Tiene una hora, más o menos? Me gustaría mostrarle algo.
          Subieron a un cómodo coche de cuatro asientos y se dirigieron
      al norte, a través del distrito comercial, luego por calles
      suburbanas. Hargrove estacionó y bajaron por un caminito de tierra
      hasta pasar un montón de granjas. El cielo era de un azul
      inocente, el sol quemaba. Un insecto zumbó detrás del oído de
      Selby; se dio vuelta y vio que era una abeja. Delante había un
      campo de maíz.
          Las olas verdes ondulaban desde ellos hasta el horizonte,
      agitándose en el viento. Cada tallo, cada hoja, era perfecto.
          -Sin maleza- dijo Selby.
          Hargrove sonrió con satisfacción. -Esa es la mejor parte-
      dijo. -No hay malezas, porque las plantas terráqueas envenenan el
      terreno para ellas. No  sólo eso: tampoco hay pestes, hongos o
      plagas. Los organismos nativos son incompatibles. No podemos
      comerlos, y ellos no pueden comernos a nosotros.
          -Parece muy antiséptico- dijo Selby.
          -Bueno, podrá parecerle extraño, pero la palabra viene del
      griego sepsis, que significa "podrido". No creo que debamos
      disculparnos por estar en contra de la putrefacción. Llegamos aquí
      sin traer ninguna enfermedad o parásito de la Tierra, y eso
      significa que nada puede atacarnos. Puede llevar cientos de miles
      de años a los organismos locales adaptarse a nosotros, si lo hacen
      alguna vez.
          -¿Y entonces?
 
 

          -Hargrove se encogió de hombros -Tal vez podamos encontrar
      otro planeta.
          -¿Y qué pasa si no hay otro apropiado sin colonizar? ¿No
      encontraron éste por suerte?
          -No fue suerte. Fue el deseo de Dios, Selby.

 
          Hargrove le había dado los nombres de cuatro amigos de Petryk
      que todavía vivían. Después de una cuantas charlas por holo, Selby
      arregló para encontrarse con todos en la casa de Mark Andrevon, un
      novelista famoso en Paraíso en los sesenta (ese año, según la
      cuenta paraisana, era el 91 D.A.). Los otros eran Theodore
      Bonwait, un pintor; Alice Orr, poetisa y ceramista; y Ruth-Joan
      Wellman, otra poetisa.
          Al comienzo de la noche, Andrevon estuvo un poco pesado sobre
      el rechazo que había sufrido por parte de la Unión del Habla
      Inglesa; habló con gran detalle sobre sus honores en la literatura
      y las ediciones de sus obras. Esto ya lo conocía Selby; sabía que
      Andrevon era muy poco leído ahora, incluso allí. Se dedicó a
      calmar al autor disgustado y encauzar la conversación hacia los
      primeros años de Eleanor en Paraíso.
          -Los poetas realmente no se toleran mucho unos a otros; aunque
      estoy segura que usted ya sabe esto, Selby- dijo Ruth-Joan Wellman
      -Sin embargo, lo pasábamos muy bien juntos. En esa época todos
      éramos jóvenes y desconocidos, y solíamos juntarnos a cocinar
      spaghetti... ese tipo de cosas... Entonces Ellie se casó, y...
          -¿El señor Hargrove la alejó de sus amigos?
          -Algo así- dijo Theodore Bonwait -Bueno, surgieron cosas que
      demandaban su tiempo, también. El apego duró al principio. Nos
      veíamos ocasionalmente, en fiestas y presentaciones, todo eso.
          -¿Cómo era ella en esa época? ¿Me lo pueden contar? Me refiero
      a la impresión de ustedes.
          Pensaron un rato. Talentosa, acordaron, un poco ida en
      cuestiones prácticas (-Por eso pareció tan bueno para ella casarse
      con Potter- dijo Alice Orr -, pero no dio resultado-), muy afable
      a veces, pero siempre una crítica de lengua muy afilada. Selby
      tomó nota de todo. Les preguntó donde había vivido cada uno, donde
      se habían conocido, en qué años. Tres de ellos recordaron que
      tenían algunas cartas de Petryk, y prometieron enviarle algunas
      copias.

 
          Aproximadamente un día después, Truro lo llamó y le pidió que
      fuera a la oficina. Selby sintió que algo raro flotaba en el aire.
          -Selby- dijo Truro -, usted sabrá que los visitantes de su
      tipo son tan infrecuentes que sentimos que debemos sacarles cuanto
      provecho podamos. Este es un mundo joven, no hemos brindado tanta
      atención como debiéramos a la literatura y a los asuntos
      artísticos. Me pregunto si ha pensado alguna vez en permanecer con
      nosotros.
          El corazón le pegó un salto -¿Quiere decir permanentemente?-
      dijo -Nunca pensé que hubiera la más mínima posibilidad.
          -Bueno, estuve charlando con Potter Hargrove, y él piensa que
      algo podría arreglarse. Esto es confidencial, por supuesto, y no
      quiero que se apure. Piénselo bien.
          -Realmente no sé qué decir. Estoy sorprendido. Quiero decir...
      estaba seguro de haber ofendido al señor Hargrove.
          -Ah, no, él quedó muy bien impresionado. Le gusta su especie.
 
 

          -¿Perdón?
          -¿No usan esa expresión? Su, ¿cómo decirlo? habilidad para
      defender su propia posición. El es de la vieja generación, hijo de
      un pionero. Ellos respetan a alguien que habla de frente.
          Selby, ya en la calle, sintió una increíble alegría. ¿De los
      billones de personas en la Tierra, a cuántas les habían ofrecido
      semejante oportunidad?
          Más tarde, con Helga Sonnstein, visitó una escuela primaria.
          -¿Alguna vez se resfrió?- le preguntó una niña de ocho años,
      muy seria.
          -Si, mucha veces.
          -¿Cómo es?
          -Bueno, te pica la nariz, toses y estornudas un montón, y tu
      cabeza se siente como inflada. A veces te da fiebre, y te duelen
      los huesos.
          -Eso es horrible- dijo ella, y su carita expresó algo entre la
      compasión y la incredulidad.
          Es cierto, era horrible, y un resfrío es lo de menos. "No es
      peor que un mal resfrío", solía decir la gente sobre la sífilis.
      Gracias a Dios ella no preguntó acerca de eso.
          Se sintió saludable él mismo, y efectivamente lo era -aún
      antes de los tratamientos de los paraisanos, siempre se había
      considerado un individuo sano. Pero su historia clínica, sin
      embargo, sería vista como un catálogo de horrores por esta gente
      -gripes, anginas, una meningitis cerebro espinal una vez, varios
      virus, descomposturas intestinales varias (algo que debe esperarse
      al viajar). Uno lo toma como viene -todas esas caídas y achaques-
      son parte del juego. ¿Cómo se sentiría volver a todo aquello
      ahora?

 
          Helga Sonnstein lo llevó a la universidad, le presentó un
      montón de gente, y lo dejó allí a pasar la tarde. Selby habló con
      la cabeza del departamento de Inglés, un hombre bastante simpático
      llamado Quincy; no hablaron nada que sugiriera que le estaba
      ofreciendo un trabajo por si él decidía quedarse, pero su instinto
      le dijo que estaba siendo inspeccionado con ese propósito.
          Finalmente fue de visita al museo de historia natural y habló
      con un profesor, de apellido Morrison, especialista en formas de
      vida nativa.
          Las plantas y los animales de Paraíso no tenían nada que ver
      con los de la Tierra. Los "árboles" eran cosas escamosas,
      terminadas en bulbos, algunos con frondosas copas ondulando veinte
      metros hacia arriba, otros con hojas como copas que giraban
      individualmente para seguir el sol. No había predadores grandes,
      según aseguró Morrison; era perfectamente seguro internarse en los
      montes, si uno iba bien provisto para no quedarse sin comida.
      Había pequeños y activos animales de hocico chato trepándose por
      los bosques o deambulando por el piso, y había cosas que no eran
      exactamente insectos; una especie tenía un ala longitudinal como
      una semilla de arce -se arroja rotando desde la copa de los
      árboles, comiendo otras criaturas aéreas en el camino, y luego
      trepa nuevamente.
          De la especie dominante, los aborígenes, el departamento de
      Morrison sólo tenía huesos, pero todavía ninguna reconstrucción.
      Ellos iban erguidos, medían alrededor de un metro y medio, tenían
      cráneos grandes, y probablemente eran mamíferos. Las cavidades
      oculares de los cráneos eran profundas; los huesos de los pies,
 
 

      peculiares, terminados como los cascos de los caballos o las
      cabras. -Creo que me doy una idea de cómo lucían- dijo Selby.
          Morrison sonrió. Era un hombre bajito con un gran bigote
      rizado. -No muy atractivos, me temo. Tenemos sus tallas en piedra,
      y algunas pinturas rupestres e inscripciones.- Le mostró un álbum
      de fotografías. Las tallas, que parecían de granito, mostraban
      criaturas angulosas, de hocico prominente. Las pinturas eran lo
      mismo, pero la expresión de los ojos empezaba a ser humana.
      Alrededor de algunas de las imágenes había columnas de caracteres
      escritos como grupos cuneiformes algo desprolijos.
          -¿No pueden traducir esto?
          -No sin una piedra Rosetta. Esa es la lástima... si hubiésemos
      llegado un poco antes, nada más.
          -¿Cuánto hace que murieron?
          -Probablemente no más de unos siglos. Encontramos sus
      esqueletos enterrados en los troncos de los árboles. Muy bien
      conservados. Acerca de lo que pasó hay varias teorías. La cosa más
      plausible es una plaga, pero alguna gente cree que hubo un cambio
      climático.
          Después, Selby fue a ver el laboratorio de genética. Le
      explicaron que estaban trabajando en algunas alteraciones en el
      sistema inmunológico, que según esperaban, les permitirían, en
      unos trece años, abandonar los tratamientos alérgicos a los que
      los niños debían someterse en cuanto dejaban la cuna. -Aquí hay
      otra cosa interesante- dijo la jefa del departamento, una rubia
      apellidada Reynolds. Le mostró unas filas de jaulas con conejos
      blancos. La luz del sol entraba a través de la puerta abierta; más
      allá había un muelle de carga, donde un hombre con una grúa
      acarreaba fardos de pasto.
          -Estos son Lyman blancos, una especie común- dijo la señorita
      Reynolds -¿nota algo extraño en ellos?
          -Parecen muy saludables- contestó él.
          -¿Nada más?
          -No.
          Ella sonrió. -Estos conejos fueron inoculados con material
      genético formado por trozos de ADN de los organismos nativos. El
      objetivo es ver si podemos hacerlos digerir las proteínas locales.
      Tuvimos éxito sólo en parte, pero sucedió algo totalmente
      inesperado. Parece que interrumpimos una serie de puntos que ponen
      en marcha el proceso de crecimiento. Los conejos no envejecen
      después de llegar a la madurez. Este par, y esos de la jaula que
      sigue, tienen veinte años.
          -¿Conejos inmortales?
          -No, no podemos decir tal cosa. Lo que sabemos es que han
      vivido veinte años. Eso es tres veces más de lo normal. Veremos
      que pasa en otros cincuenta o cien años.
          Mientras salían de la sala, Selby preguntó -¿Están pensando en
      aplicar este descubrimiento en los seres humanos?
          -Lo discutimos. Todavía no sabemos lo suficiente. Tratamos de
      reproducir el efecto en monos rhesus, pero por ahora sin éxito.
          -Y si encontraran que este proceso se puede aplicar sobre la
      gente, ¿creen que sería  correcto?
          Ella se detuvo y lo encaró. -Sí, ¿por qué no? Si usted
      estuviera mal y enfermo, entendería que no quisiera vivir mucho
      tiempo. Pero si está feliz y aún fuera productivo, ¿por qué no?
      ¿Por qué la gente debe volverse vieja y morir?
          Parecía esperar su aprobación. Selby dijo -Pero, si nadie
      muriese jamás, deberían parar de tener hijos. El espacio llegaría
 
 

      a ser insuficiente.
          Ella volvió a sonreír. -Este es un mundo muy grande, Selby.
          Vio en los ojos de Claire Reynolds un cierto interés
      cauteloso; ya lo había percibido antes en las mujeres paraisanas,
      incluida Helga Sonnstein. No sabía cómo tomarlo. El era más bajo
      que el promedio paraisano masculino, no tan robusto; y había
      tenido que ser purgado de alrededor de una docena de enfermedades
      antes de poder poner un sólo pie en Paraíso. Tal vez era eso: tal
      vez él era más interesante para las mujeres por ser distinto a
      todos los hombres que conocían.
          Al día siguiente llamó al instituto para invitar a la señorita
      Reynolds a cenar. Su rostro en el tubo parecía sorprendido, luego
      gustoso. -Si, sería muy agradable- contestó.
          Una hora más tarde recibió un llamado de parte de Karen
      McMorrow; ya estaba desocupada para recibirlo en la casa de campo,
      y estaría dispuesta a verlo esa misma tarde. Selby debió reconocer
      la fuerza de esa ley universal que tiende a satisfacer los deseos
      de uno en el momento menos conveniente; llamó al laboratorio, dejó
      un mensaje de disculpas, y abordó el tren suburbano hacia el
      pueblo donde Eleanor Petryk había vivido y fallecido.
          El tren, un cilindro transparente suspendido sobre pilares,
      corría cuesta arriba y abajo por las laderas de las colinas. Las
      ventanas de cristal estaban abiertas; el dulce perfume de las
      flores se colaba dentro, y detrás suyo, un olor más oscuro, poco
      familiar y molesto. Selby sintió una emoción excitante al notar
      que estaba mirando el paisaje con nuevos ojos, ya no como un
      turista sino como alguien que puede llegar a hacer de esa extraña
      tierra su nuevo hogar.
          Pasaron kilómetro tras kilómetro de zonas de cultivo -maíz,
      soja, luego sembradíos de porotos y arvejas; más tarde campos sin
      cultivar y áreas de pasto en las que se divisaban rastros de las
      ruinas enterradas.
          Después de un rato los cultivos empezaron a desaparecer, y
      Selby vio los montes por primera vez. Las altísimas y frondosas
      plantas parecían anacronismos del Carbonífero. Los bosques
      empezaban al borde de la llanura como si hubieran sido cortados
      con un cuchillo.
          Provo era actualmente un pueblo de unas cien mil personas;
      cuando Eleanor Petryk llegó a vivir allí, era apenas un cruce de
      caminos al filo del monte. Bajó del tren a media tarde. Una mujer
      de azul se adelantó -¿El señor Selby?
          -Si.
          -Soy Karen McMorrow. ¿Cómo fue el viaje?
          -Formidable.
          Ella era un poco mayor de lo que le había parecido en el
      holotubo, sobre el final de los cincuenta y pico, tal vez. -Por
      favor, venga conmigo.- Aquí no había monorieles; ella tenía un
      pequeño coche de impulsión. Se deslizaron desde la calle principal
      hasta un camino de asfalto que corría entre hileras de arces
      gigantes.
          -¿Usted fue la acompañante de la señora Petryk durante sus
      últimos años?
          -Secretaria.Asistente.- sonrió brevemente.
          -¿Tenía muchos amigos en Provo?
          -No. Ninguno. Era una persona muy reservada. Aquí estamos.-
      Detuvo el coche; estaban en una angosta senda con malvas sobre
      ambos lados.
          La casa era una construcción de madera pintada de un blanco
 
 

      suave, medio oculta por siemprevivas. La señorita McMorrow abrió
      la puerta y lo invitó a entrar. Había un aroma fresco, algo
      rancio, el olor de una casa deshabitada.
          La sala estaba dominada por una maciza mesa de café
      aparentemente tallada a partir de la sección longitudinal de un
      tronco. En el medio, en un espacio hueco, había una vasija de
      piedra, y dentro de la vasija, tres huesos tallados.
          -¿Es de madera nativa?- preguntó Selby, encorvándose para
      pasar su mano por la superficie lustrada.
          -Si, la llamamos Cedro, aunque no se parece en nada al de la
      Tierra. En realidad ni siquiera es un árbol. Es la primer pieza
      que talló; hay otras en el taller, por aquí.
          El taller, un cobertizo adosado a la casa, estaba atestado de
      tallas, algunas más altas que Selby, otras tan pequeñas que cabían
      en la palma de la mano. Las más grandes eran formas atormentadas,
      mitad humanas y mitad árboles. Las más pequeñas, animales y niños.
          -No sabíamos nada acerca de esto- dijo Selby, -Sólo que ella
      se había vuelto prácticamente muda. ¿Nunca le explicó por qué?
          -Fue su elección.
          Fueron al estudio de Petryk. Los libros estaban en anaqueles
      con puertas de vidrio, y en los estantes había libros y cajas con
      grabaciones. En el borde de la ventana había un jarrón con
      capullos de cerezo.
          -¿Aquí es donde ella escribía?
          -Si. Siempre a mano, aquí, en la mesa. Escribía con lápiz, en
      papel amarillo. Decía que lo poemas no podían ser escritos a
      máquina.
          -¿Y todos sus papeles están aquí?
          -Si, en estos gabinetes. Treinta años de trabajo. ¿Quiere
      revisarlos?
          -Claro, estaría muy agradecido.
          -Déjeme mostrarle antes donde va a comer y dormir, y después
      puede empezar. Yo voy a venir una vez por día para ver como le va.

 
          En las gabinetes había miles de páginas manuscritas -tesoros,
      incluyendo diez borradores del famoso poema "Caminando el río".
      Selby se zambulló en ellos metódicamente, uno a uno, tomando
      copiosas notas. Trabajó hasta que ya no pudo ver las páginas, y
      cayó a la cama exhausto cada noche.
          Al tercer día, la señorita McMorrow lo llevó a recorrer los
      bosques. Alrededor se sentía un aroma ácido. El camino de tierra,
      como tal, terminaba después de un par de kilómetros; desde allí
      siguieron caminando. -Eleanor solía venir aquí a acampar.- dijo
      ella, -A veces por una semana o más. Ella amaba la soledad-. A la
      sombra de las altas formas que no eran árboles, la tierra estaba
      cubierta de algo que no era pasto y algo que no eran helechos. El
      silencio era profundo. Rastros débiles corrían en ambas
      direcciones. -¿Son huellas de animales?- preguntó Selby.
          -No. Ella las hizo. Ya están creciendo de nuevo. No hay
      animales grandes en Paraíso.
          -Tampoco vi ninguno pequeño.
          A través de la vegetación divisó montones de piedra sobre una
      colina. -¿Qué es eso?
          -Ruinas aborígenes. Las hay por todos los bosques.
          Ella lo siguió mientras se trepaba. Las piedras cortadas
      formaban un complejo de alrededor de doscientos metros. Selby se
      agachó para observar a través de una entrada. Los aborígenes
 
 

      habían sido gente pequeña.
          En un rincón de las ruinas había una figura de piedra volcada,
      de unos diez metros de largo. El musgo crecía sobre ella, pero
      pudo ver que la cara había sido partida, como si le hubieran dado
      con una maza.
          -Cuánto podrían habernos enseñado...- murmuró Selby.
          -¿Qué nos hubieran enseñado?
          -Lo que es ser humano, tal vez.
          -Creo que eso es algo que debemos decidir nosotros mismos.
          Pasaron seis semanas. Selby era consciente de que ahora sabía
      más acerca de Eleanor Petryk que cualquiera en la Tierra, y aún
      así, seguía sin comprenderla del todo. Por las noche, a veces
      entraba en el taller y observaba las atormentadas figuras.
      Obviamente ella se había dedicado a ellas para hacer algo, porque
      ya no podía escribir más. ¿Pero por qué el silencio?
          Casi al final, al fondo del último gabinete, Selby encontró un
      curioso poema.
 
 
      XC
 
      Languidecen al llegar la luz
      Oye los anillos susurrar desde los pinos
      Si; cada criatura huye asustada
      Años faltan para el fin de la noche
 
      Nada queda de ellos, se esparcen en el mar
      Infierno, tu no escuchas sus súplicas
      Que el arrepentimiento no llega a tus alturas
      Usará la Tierra cuanta chance tenga
 
      Ilustres caballeros, deponed vuestras lanzas
      Lujuriosamente, gozará el premio robado
      Al menos si responden a mi escrito
 
      Recordaremos todos contar los años
      Ojos y voces están vacíos
      Nada hay sino muerte al llegar esa noche
 
 
          Selby lo miró como si fuera un enigma. Se trataba de un
      soneto, al parecer, una forma caída en el olvido hacía siglos, y a
      la que, hasta donde él sabía, Petryk nunca había recurrido antes
      en su vida. Lo más curioso era que un poema absolutamente torpe,
      una rima pueril. Petryk no podía ser culpable de él, y sin embargo
      ahí estaba, escrito con su letra.
          En un arrebato de comprensión, miró las letras iniciales de
      cada verso. El poema era un acróstico, otra forma perdida.
      Contenía un mensaje, y por eso el poema era tan malo -quizás
      deliberadamente.
          Lo leyó de nuevo. El significado era increíble pero claro.
      Ellos habían bombardeado el planeta -probablemente el otro
      continente, el que decían que estaba dominado por el desierto.
      Seguramente fue así. Las ráfagas radiactivas debieron acabar con
      los aborígenes de allí, y el breve invierno nuclear se ocupó del
      resto. Y el título, "XC" -en números romanos, otro arte perdido-.
      Noventa años.
          En su angustia, había otra frase rara que todavía no
 
 

      comprendía: "Oye los anillos susurrar", cuando la palabra esperada
      hubiera sido "hojas". ¿Por qué anillos?
          De repente entendió. Fue hasta el otro cuarto y miró la mesa
      de café. En la cavidad, la vasija con los huesos tallados.
      Alrededor, los anillos. Había una rajadura en donde el tronco
      había sido cortado, ahuecado; pero había igual había sido un árbol
      grande. Contó los anillos por fuera de la cicatriz: el primero era
      finísimo, pero allí estaba. Todos juntos sumaban noventa.
          Los nativos habían enterrado a sus muertos en cámaras cortadas
      en la madera de árboles vivos. Petryk debía haber encontrado éste
      en una de sus expediciones. Y había dejado la evidencia aquí,
      donde cualquiera pudiera verla.
          Esa noche Selby pensó en Eleanor Petryk, tendida insomne en
      esa casa. ¿Qué podía hacer uno con este conocimiento? Su respuesta
      había sido el silencio, diez años de silencio, hasta su muerte.
      Pero había dejado el mensaje detrás suyo, porque no podía soportar
      el mutismo. La maldijo por su debilidad; ¿nunca había imaginado la
      carga que dejaba al hombre que leyera su mensaje, ese hombre que
      por su asquerosa mala suerte era él mismo?
          Por la mañana llamó a la señorita McMorrow y le dijo que
      estaba listo para irse. Ella lo despidió por el tubo, y el partió
      de regreso a la ciudad, mirando hacia afuera la amargura de las
      heridas que los aborígenes habían dejado en los valles.
          Hizo las rondas de saludos a la gente que había conocido. En
      el laboratorio de genética, un joven amable le dijo que la
      señorita Reynolds no estaba. -Ella debe haber salido por el fin de
      semana, pero no estoy seguro. Si me espera aquí unos minutos,
      trataré de encontrarla.
          Hacía un lindo día, y la puerta trasera estaba abierta. Afuera
      había una pick-up a impulso parada, vacía.
          Selby miró a los conejos en sus jaulas. Estaba pensando en
      algo que había leído en uno de los viejos libros que tenía Eleanor
      Petryk, un tratado de matemáticas. "Los números de Fibonacci
      fueron inventados por el matemático italiano del siglo trece
      basándose en un modelo del crecimiento de la población de los
      conejos. Sus presunciones eran: 1) a los conejos les lleva un mes
      desde el nacimiento alcanzar la madurez; 2) un mes después de
      alcanzar la madurez, y cada mes siguiente, cada par de conejos
      produce otro par de conejos; y 3) los conejos nunca mueren."
          Como en un sueño, Selby destrabó las jaulas y tomó dos de los
      animalitos, uno gordo, el otro flaco y jovencito. Los puso entre
      sus brazos, cálidos y temblorosos. Subió a la pick-up con ellos y
      condujo hacia el norte, pasando los campos de maíz, hasta llegar
      al borde de los cultivos. Caminó bajo la vegetación hasta un claro
      donde crecían briznas tiernas. Puso los conejos en el suelo. Ellos
      olisquearon alrededor sospechosamente. Uno pegó un salto, luego el
      otro. Inmediatamente desaparecieron de su vista.
          Selby se sentía como si la sangre se le escarchara en las
      venas. Estaba exaltado y espantado, todo a la vez. Condujo la
      pick-up hacia la ruta y la dejó estacionada fuera del pueblo.
      Ahora estaba helado y no se sentía nada bien.
          Desde el hotel hizo los arreglos para su partida. Helga
      Sonnstein lo acompañó hasta la terminal de salto. -Adiós, señor
      Selby. Espero que haya tenido una estadía agradable.
          -Fue tremendamente iluminadora, gracias.
          -Por favor- dijo ella.
          Llovía en Houston, donde Selby compró, por razones
      sentimentales, una botella de Old Space Ranger. El negocio estaba
 
 

      lleno de gente y hedía; tres tipos tosían como si sus pulmones
      estuvieran ardiendo. Caía nieve negra sobre Toronto. Selby se
      abandonó a sí mismo en su departamento, sintiéndose como si nunca
      se hubiese ido. Sacó la botella de su equipaje, llenó un vaso, y
      se sentó un rato mirándolo. Sus notas y las copias de los papeles
      de Petryk estaban en el portafolios, monumentos a un libro que
      ahora sabía que nunca sería escrito. La perrada del "XC" corría
      por su cabeza. Dos líneas, realmente, no eran tan malas:
 
      Ojos y voces están vacíos
      Nada hay sino muerte a la llegada de esa noche
 
                                         & ¦
                                         & Damon Knight, 1987.¦
                                          Traducción de Martín Salías.¦
                                    ¦---------------------------------Ï-
 
 
 
 
 

      -Ï---------------------------------------¦
       ¦ Narrar la violencia:
       ¦ Del eternauta a la operación masacre
       ¦
       ¦ Pablo Alabarces
       ¦
 
 
                                         & Conferencia presentada en la
                                         & Primera Convención de CF y F
                                        del Cono Sur -ConSur I-, Bs.As.,
                                         23 al 27 de septiembre de 1991
 
 
                      «El héroe mayor de la aventura argentina
                      es un sobreviviente; el narrador que ha escrito
                      las mayores aventuras de ese héroe y de
                      otros tantos es un desaparecido.»
 
                      Juan Gelman
 
 
      Nunca es malo recordar los itinerarios y las deudas intelectuales.
          La idea original para este trabajo surgió en una charla con
      Víctor Pesce, mientras revisábamos puntos comunes en nuestra
      pasión por la obra de Rodolfo Walsh. Allí Víctor comentaba acerca
      de varias posibilidades de trabajo que surgían en la investigación
      sobre Walsh: y una de ellas era la concordancia cronológica que
      existía entre las obras de Walsh y Oesterheld, entre Operación
      masacre y El Eternauta, en especial, dos obras mayores en la
      historia de la literatura argentina, y con particular énfasis en
      el contexto de la narrativa que se produce entre la caída de los
      gobiernos peronistas: en 1955 y en 1976. Ambas se sumergen en la
      violencia, y en el espacio de la ciudad, me recordaba Víctor.
      Habría que trabajarlo, respondía yo.
          La siguiente escala se dio hace un par de meses: Juan
      Etchegoyen, uno de los organizadores de este encuentro, me
      acercaba la propuesta de preparar un trabajo. "Hay mucho interés
      en Oesterheld", me sugería, quizás pensando en sus gustos
      particulares antes que en los colectivos. "Tengo el tema", le
      contesté: "Walsh y Oesterheld. ¿Te parece?". Le pareció. Lo que me
      permitió también a mí pensar en mis gustos particulares.
          Lo que sigue será entonces más un ejercicio de repensar
      pasiones. A las que no renuncio. Es indudable que imponerse la
      obligación de volver al Eternauta es un trabajo para nada reñido
      con el placer. Aunque rever la narrativa de esos años acerque, en
      demasiadas ocasiones, muchos dolores para nada cerrados. Por eso
      la cita de Gelman que abre la exposición; es imposible olvidar que
      estos dos grandes narradores están desaparecidos, que sólo es
      posible releerlos. Como a Haroldo Conti.
 
      1.
 
      Mientras revisaba todo lo que podía sobre Oesterheld, encontré un
      número del diario Página/12 de hace dos años donde una serie de
      textos recordaban la figura de nuestro autor. Tamaña sorpresa fue
      hallar, entre ellos, una nota de Miguel Briante donde surgía, como
 
 

      leit motiv, la comparación de Oesterheld con Walsh (siempre es
      descorazonante darse cuenta en medio de un trabajo, que uno jamás
      podrá ser original). Sin embargo, las relaciones que Briante
      señalaba eran muy particulares. Las enumero:
 
          a.- La casa de Juan Salvo, el Eternauta, estaba en Vicente
      López. La casa de donde son llevados los fusilados de José León
      Suárez estaba en Florida, a poca distancia.
          b.- La pertenencia humilde de algunos personajes centrales del
      Eternauta, fundamentalmente Franco, el tornero, transformado en
      héroe en el devenir de la trama. Los personajes de Walsh, personas
      reales con carne, hueso y número de documento, son en su gran
      mayoría de extracción media-baja y baja.
          c.- El personaje de Mosca, periodista que participa en las
      batallas contra la invasión de los Ellos, prefigura al
      periodista-Walsh que pasa a la acción para poder dar testimonio,
      para poder respaldar su palabra.
          d.- La reivindicación del héroe grupal que Oesterheld
      desarrolla en textos posteriores es similar a la que Walsh hace en
      gran parte de su obra. En sus últimos textos, en su etapa de
      clandestinidad antes de ser secuestrado, Walsh defiende frente a
      la cúpula montonera la necesidad del repliegue para salvar a la
      gente de la nueva operación masacre que se entreveía. Esta es la
      línea más productiva de las señaladas.
 
          La ligazón que Briante señalaba permite ser más estrechamente
      anudada. Hay una comunidad más fuerte entre dos textos tan
      cruciales como Operación Masacre y El Eternauta que la mera
      acumulación de indicios coincidentes. Más aún: entre ambas
      figuras, entre ambas trayectorias, entre ambas obras.
 
      2.
 
      Sospecho que la razón crucial para poder relacionar a Oesterheld
      con Walsh pasa por una cuestión genérica. De género. De género
      narrativo. Ambos son narradores, poderosos narradores. Figuras
      descollantes en este metièr de enganchar lectores hasta la última
      página.
          Pero debo entender narrador en un sentido más amplio que lo
      genérico. En un sentido de modo: el modo narrativo frente al modo
      argumentativo. Si me pego a la preceptiva literaria, ambos
      practican formas distintas de la producción discursiva: Walsh
      oscila entre el cuento clásico y el reportaje periodístico (el
      gran reportaje en la tradición que los norteamericanos inventan en
      la década del '50), entre el relato policial y la crónica de
      non-fiction; Oesterheld se dedica a guionar historietas, y algunos
      de sus guiones los noveliza para entrar en un circuito más
      clásicamente literario (aunque excéntrico, como discutiremos más
      adelante)
          Debo despegarme de la división del trabajo literario para
      entender que ambos practican, en última instancia, el mismo tipo
      de operación discursiva: narrar, relatar experiencias reales o
      ficticias, como forma fuerte de los procesos de asignación social
      de sentido. como dice Hayden White:
 
          "La narrativa bien puede ser considerada como una solución al
      problema de cómo traducir lo sabido a lo contable, al problema de
      modelar la experiencia humana en una forma asimilable a
 
 

      estructuras de significado que son generalmente humanas más que
      específicamente culturales.
          "La narrativa es un metacódigo, un universal humano sobre cuya
      base pueden transmitirse mensajes transculturales acerca de la
      naturaleza de una realidad compartida."
 
      (White, 1981)
 
 
      Esto es: narrar se constituye en una operación privilegiada entre
      los procesos por los cuales una sociedad se explica, para sí y
      para su memoria, su pasado, su presente, e incluso su futuro. La
      operación narrativa puede, en consecuencia, articularse,
      actualizarse en formas distintas, en géneros discursivos (en
      términos de Bajtín) distintos: desde el chiste hasta la novela,
      desde el cuento popular hasta la investigación periodística, desde
      el romancero hasta la ciencia-ficción. Pero siempre la trama
      básica es idéntica: la actitud narrativa. En esta mirada, poca
      diferencia hace el encontrarse con una historieta o con una
      investigación por entregas, con la ficción especulativa o con la
      realidad más dura.
          De allí proviene un renuncio y una lectura. El renuncio: no
      miro al Eternauta como historieta, como discurso con autonomía y
      especificidad semiológica, como lenguaje. Largos y productivos son
      los análisis que en la Argentina han hecho de la historieta un
      género rastrillado, adecuadamente descrito (pienso en Massotta,
      Steimberg et alter). La lectura: salteo la propiedad de los
      discursos y pienso su funcionamiento cultural. La línea que en
      magníficos trabajos ha desarrollado Juan Sasturain: la historieta
      tiene una especificidad semiológica, pero también una puesta en
      relación dentro de las formaciones culturales contemporáneas. Y en
      particular en la Argentina. Prefiero leer entonces la producción
      historietística de Oesterheld y los textos de Walsh como nudos
      centrales en un conjunto discursivo que, desde el '55 hasta el
      '76, se interroga repetida e insistentemente por su contexto, su
      pasado y su proyecto.
          ¿Nudos centrales? Sí, más allá de los reiteradamente invocados
      gustos personales. No apelo a justificaciones inmanentes, tales
      como la discutible calidad de la escritura de nuestros autores. Es
      más perentoria aún, como justificativo de mi apelación, la
      presencia del Eternauta y de Operación Masacre en el imaginario de
      la mayoría de los lectores, no necesariamente especializados, de
      la Argentina contemporánea.
 
      3.
 
      ¿Qué narran los textos? Narran la violencia, los héroes comunes
      que surgen en las circunstancias excepcionales, el espacio
      cotidiano de la ciudad ocupado por las fuerzas del Mal, por ellos.
      Narran la aparición en escena de una Argentina que es
      definitivamente distinta.
          Las diferencias que se pueden señalar son referenciales. Y de
      nuevo entra lo genérico. Walsh cuenta hechos que son reales, que
      reclaman leerse como reales, pero que permiten leerse como
      ficticios: el lugar del periodismo. Oesterheld instaura el espacio
      de la ciencia-ficción, de lo prospectivo: al situar la acción en
      1963, cuatro años después de su momento de enunciación, categoriza
      la trama como ficticia; pero en la sucesión de detalles que
 
 

      remiten a un espacio y una cultura reconocible, cotidiana, nos
      abre la ilusión de lo referencial. Cruces que entrelazan campos no
      tan separables.
 
          (Intermezzo) La ciencia ficción de Oesterheld se caracteriza
      por la falta de ciencia. Sólo se encuadra en la categoría genérica
      por su actitud prospectiva, especulativa: imagina lo que va a
      pasar, el futuro; recorre, además, el tópico de la invasión que
      Wells, Herbert George o Welles, Orson habían transitado. Pero la
      mirada hacia el futuro admite otro encuadre; la profecía. En 1957
      Oesterheld adelanta el terror que la violencia del poderoso
      impondría con efectiva realidad en 1976. Walsh también asume esa
      mirada: podemos perfectamente leer en su Operación Masacre el
      ejercicio de las futuras masacres. No soy para nada original en
      este planteo: Rogelio García Lupo apunta en 1984 que para el
      lector joven pos-dictadura, los fusilamientos de 1956 son apenas
      treinta y seis muertos.
 
          Esa relación con lo cotidiano, la situación excepcional que
      surge de las prácticas más usuales (recuerdo: la nevada que
      inaugura la invasión en El Eternauta se produce en medio de una
      partida de truco; la aparición de la policía en Operación Masacre
      se da durante la audición colectiva de una pelea de Lausse) es uno
      de los contactos más fructíferos. Los personajes de ambos textos
      remiten a seres conocidos, conocibles; como señalaba antes, los
      personajes de Walsh son personas no ficticias; pero los de
      Oesterheld, puramente imaginarios, no son ilusorios. Además
      voluntaria o fortuitamente, los seres de Oesterheld recorren todo
      el espinel sociológico: el pequeño industrial Salvo, el jubilado
      Polsky, el intelectual Favalli, el empleado Lucas, el obrero
      Franco, el periodista Mosca, el joven Pablo. Todos ellos permiten
      el reconocimiento y la identificación inmediata: cualquiera es uno
      de nosotros.
          Cualquiera es un héroe. Sasturain señala que una de las
      grandes innovaciones de Oesterheld es esta creación de héroes no
      excepcionales, a partir de hombres comunes, ante las
      circunstancias excepcionales.
 
          "De la 'situación Robinsoniana' inicial a la 'situación de
      combate' que surge de la invasión, hay un cambio cualitativo que
      Oesterheld va descubriendo junto con sus personajes al
      acompañarlos coherente, amorosamente. Allí se le revelan en toda
      su grandeza, en toda su humanidad. algo que le pasó a Walsh y a
      Cortázar en Operación Masacre y Los Premios."
      (Sasturain, 1985)
 
          Frente al Mal que inunda violentamente la ciudad, Oesterheld
      descubre al héroe colectivo, forjado en la solidaridad, donde la
      necesidad de sobrevivir crea hombres excepcionales. En Walsh, el
      Mal que derrama la violencia exige refugiarse en los otros, los
      privados de palabra y de sentido; allí encuentra las posibilidades
      de escritura que en la policial al estilo inglés de sus primeros
      textos ya no podía hallar. En otro lugar desarrollé la idea de que
      Operación Masacre abre un campo inmenso para los textos
      walshianos, el que lo llevará a las alturas de "Esa mujer" o
      "Cartas". Ese campo es tanto el de la pluralidad de discursos (de
      lo periodístico a lo narrativo clásico) como el del descubrimiento
      de los sectores populares como hacedores de la historia.
 
 

          Hay otra pauta común: el tratamiento de las criaturas, la
      relación de nuestros autores con la vida de sus
      personas/personajes. Sasturain decía: "amorosamente". Podemos
      precisar: tanto Walsh como Oesterheld leen sus anécdotas desde la
      tradición del humanismo. En Oesterheld esa matriz es fácilmente
      reconocible: la amistad como marca fundamental en todos sus grupos
      (y no pienso sólo en El Eternauta, también en Sargento Kirk, en
      Ticonderoga), el amor por los seres queridos, por la familia
      (Salvo, Elena, Martita). En Walsh, apenas es preciso revisar sus
      prólogos a las repetidas ediciones de Operación Masacre,
      especialmente los de las primeras, antes que su proceso radical de
      politización encubra las motivaciones iniciales: el reclamo
      walshiano es por la justicia, porque es intolerable para el género
      humano que el poder fusile a quince inocentes. O a quince
      culpables, porque quitar la vida siempre es intolerable. frente al
      poder, frente al eterno problema del poder, ambos escritores
      esgrimen una tradición de los valores de la vida. Porque el poder
      (sea el Mal, los Ellos, la dictadura) acarrea la muerte, que
      siempre es inútil.
 
      4.
 
      Hay otro eje que quiero señalar en esta lectura, en relación con
      lo que antes señalaba respecto del funcionamiento cultural de los
      textos. Es la común pertenencia de ambos autores al aparato
      productivo de la industria cultural.
          Rodolfo Walsh comienza su trabajo intelectual desde una
      posición absolutamente integrada al funcionamiento de la industria
      cultural argentina: corrector de pruebas y luego traductor,
      fundamentalmente de novelas policiales, para editorial Hachette,
      más tarde notero de Leoplán, periodista de actualidad para
      Panorama. No es el intelectual clásico, universitario, solamente
      escritor o practicante de géneros de prestigio. Aún cuando,
      avanzados los '60, sea reconocido como escritor en el sentido
      convencional del término (autor de libros, único objetivo legible
      en nuestra cultura tan marcada por la escritura y la escuela) se
      le seguirá reclamando el género burgués, prestigioso o definitivo
      por excelencia: la novela. Ni Borges se salvará de ese
      preconcepto: aunque la obra de Borges, ensayo, poesía, cuento, se
      encarrile más cómodamente por los andariveles de la cultura culta.
          El caso de Oesterheld es similar, o peor: su producción es
      enteramente historietística, pautada y reglada por los cánones de
      los géneros masivos. Lo señalaba más arriba: cuando novelice sus
      guiones (la serie del Sargento Kirk, por ejemplo), apenas
      conseguirá ingresar a un circuito igualmente excéntrico, el de las
      novelitas de kiosco.
          Pero vuelvo a Sasturain:
 
          "Oesterheld encarna, con justeza, a ese intelectual que encara
      sin prejuicio ni seudónimo la creación seriada y pautada por las
      reglas y convenciones de los medios y géneros populares -la
      marginalidad es un término ambiguo, implica la relación tangencial
      respecto de un centro reconocido...- y encuentra allí una
      identidad y una comunicación genuina."
 
      (Sasturain, 1985)
 
 
 
 

          Es decir: trabajar en la industria cultural no significa, en
      ambos casos, las limitaciones de pautas y convenciones. Porque por
      un lado ambos, Walsh y Oesterheld, explotan esas mismas
      limitaciones, las tensionan con materiales nuevos, exploran lo
      límites de lo decible, de lo escribible. Desde el periodismo se
      puede forjar una denuncia poderosa; desde la historieta se pueden
      reformular las estructuras míticas de la aventura, el héroe y el
      malvado americano hasta llegar a su inversión de sentido.
          Y por otro, la industria cultural abre a otro público, que
      tanto puede ser lector como protagonista de sus aventuras. Dice
      Oesterheld:
 
          "La historieta es un género mayor. Hay que ver con qué
      criterio definimos lo mayor y lo menor. Para mí, género mayor es
      el que tiene una audiencia mayor. Y yo tengo una audiencia mucho
      mayor que Borges, lejos."
 
      (en Saccomano y Trillo, 1989)
 
 
          Un apoyo: Walsh y Oesterheld, cada uno, son protagonistas de
      experiencias innovadoras en el campo de los proyectos editoriales
      argentinos. Oesterheld funda editorial Frontera en 1957,
      alternativizando los grandes pulpos editoriales argentinos y a los
      syndicates americanos. Walsh, por su parte, en 1959 es cofundador
      de Prensa Latina, la primera agencia noticiosa orientada a
      reorientar el flujo informativo latinoamericano: ser productores
      de nuestra propia información. Y en 1968 dirigirá el semanario de
      la Confederación General del Trabajo de los Argentinos, para
      proponer desde allí otra lectura de la realidad que la de la gran
      prensa argentina.
          Ambos, en suma, no excluyen a la industria cultural, no la
      apocalitizan: proponen, desde su interior, las formas de
      establecer "otra comunicación, más genuina" con un público que
      debe seguir siendo masivo.
 
      5.
 
      Dije más arriba que las trayectorias de Rodolfo Walsh y Héctor
      Germán Oesterheld también son comparables. En términos puntuales,
      sabida es la historia de ambos: integran la organización
      Montoneros en los años '70, son desaparecidos en 1977 con poco
      tiempo de diferencia.
          Pero la similitud más rastreable no pasa por las militancias
      políticas (que entrega la agregada coincidencia de un común pasado
      antiperonista). Pasa por su producción textual. Es legible en los
      textos de Walsh y Oesterheld una progresiva politización, en
      consenso con la que se produce en toda la sociedad argentina en
      los '60, lo que se ha llamado la "radicalización y
      nacionalización" de las capas medias. En particular en Oesterheld,
      es sugestiva la comparación de las ediciones del Eternauta, la
      original de 1957 y la nueva versión que dibuja Alberto Breccia en
      1969 para la revista Gente, acortada y abortada por decisión de la
      editorial. Si la historieta gana en calidad (del sencillo e
      inocente dibujo de Solano López al poderoso trazo de Breccia),
      también gana en explicitación. La pregunta que conmueve a Salvo y
      Favalli en 1957 ("¿que harán los países desarrollados para
      salvarnos?") se transforma en desilusión concreta en 1969: nada,
 
 

      porque nos han vendido, porque nos han traicionado, porque los
      amigos son en realidad imperios, dominadores, que entregan a los
      pueblos subdesarrollados a cambio de su bienestar y seguridad.
      Frente a ello, la respuesta colectiva adquiere otro sentido más:
      no sólo el amor por las criaturas, la amistad y la solidaridad,
      sino también la respuesta política frente al poderoso, la
      revolución. Esa progresiva radicalización de Oesterheld/Eternauta
      lo llevará, en la continuación de 1976-1977, a justificar la
      muerte de los amigos y familiares (¡Elena y Martita!) en pos de la
      salvación colectiva. Y es la parte que menos me gusta de
      Oesterheld.
          En Walsh, se puede leer algo similar. La cita de Eliot que
      abría Operación Masacre de 1957 y 1964 ("una lluvia de sangre ha
      bañado mi rostro...") da lugar a la confesión del comisario
      Rodríguez Moreno, que conduce al pelotón de fusilamiento; la falta
      de referencias a los otros fusilados, el general Valle y sus
      sublevados, para remarcar la arbitrariedad de los hechos en las
      primeras ediciones, cede ante un capítulo que justifica la
      ejecución de Aramburu desde la edición de 1972: y la saga de los
      irlandeses, las entrañables historias del internado, culminan en
      la paliza que el celador Gielty le propina al tío Malcolm, el
      salvador, mientras el narrador nos dice:
 
          "...y mientras Malcolm se doblaba tras una mueca de sorpresa y
      de dolor, el pueblo aprendió, y mientras Gielty lo arrastraba en
      la punta de sus puños como en los cuernos de un toro, el pueblo
      aprendió que estaba solo, y cuando los puñetazos que sonaban en la
      tarde abrieron una llaga incurable en la memoria, el pueblo
      aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo, y
      después que las figuras se perdieron en los límites del parque, el
      pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y
      que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la
      astucia y la fuerza, mientras un último golpe lanzaba al querido
      tío Malcolm del otro lado de la cerca donde permaneció insensible
      y un héroe en la mitad del camino."
 
      (Walsh, 1981, p.482-483)
 
 
          El héroe individual ha sido vencido, sólo es posible el héroe
      colectivo, o la formación especial. Para ambos: además de narrar,
      además de contribuir a explicar y dar sentido, es preciso pasar a
      la acción. Para Walsh, eso significará el silencio: desde 1967 no
      publica nunca más relatos. Desde 1971, tampoco firma notas. Hasta
      la Carta a la Junta Militar, en 1977.
 
      6.
 
      Cierro. Creo haber mostrado, sin agotarlos, los ejes que nos
      permiten pensar en la profunda relación legible entre los textos
      de Rodolfo J. Walsh y Héctor Germán Oesterheld. No en la
      pretensión de la comparación por la comparación misma, sino en la
      idea de un clima similar, una atmósfera común; en la idea de un
      país que pide ser narrado y al que dos de sus grandes
      intelectuales transforman en texto, en experiencia compartible en
      la lectura.
          Pero prefiero retomar el comienzo y recordar la última
      inscripción de ambos, la inscripción no textual sino
 
 

      abrumadoramente corporal, la inscripción, paradójica, de su
      desaparición. Recuerdo: ambos fueron desaparecidos, muy
      presumiblemente muertos por la dictadura. No son grandes por eso,
      sino antes de eso. La desaparición de Walsh y Oesterheld no es el
      gesto que los sacraliza, es apenas el gesto que los silencia, para
      dejarnos una vez más tan solos.
          Y prefiero imaginar, saber, ya que hemos recordado su
      militancia partidaria, que no desaparecen como mártires de una
      organización que los ha traicionado, sino como narradores,
      explicadores, cuenteros. Dadores de sentido, en una tierra que no
      tiene más remedio que extrañarlos.
 
 
                                         & ¦
                                         & Pablo Alabarces, 1991.¦
                                     ¦--------------------------------Ï-
 
 
 
 
 
 
 

 
      -Ï---------------------------------------¦
       ¦  Bibliografía:
       ¦
 
      BRIANTE, Miguel (1989): "La galera del tiempo", en Página/12,
      Buenos Aires, 26/11/1989, p.21 (especial dedicado a Oesterheld).
      FORD, Aníbal (1972): "Walsh: la reconstrucción de los hechos", en
      AA.VV.: Nueva Novela Latinoamericana 2, Buenos Aires, Paidós,
      p.272 (reeditado en FORD, Aníbal: Desde la orilla de la ciencia,
      Buenos Aires, Puntosur, 1987).
          (1985): "Literatura, crónica y periodismo", en FORD, RIVERA y
      ROMANO: Medios de comunicación y cultura popular, Buenos Aires,
      Legasa, p.218.
          (1991): "Cultura popular y (medios de) comunicación", en
      Cuadernos de Comunicación y Cultura, 1, Buenos Aires.
      GELMAN, Juan (1989): "La parábola del sobreviviente y el
      desaparecido", en Página/12, op.cit. p.23.
      PESCE, Víctor (1987): "Rodolfo Jorge Walsh, el problemático
      ejercicio de la literatura", estudio preliminar a WALSH, Rodolfo:
      Cuento para tahúres y otros relatos policiales, Buenos Aires,
      Puntosur, p.205.
          (1991)"Rodolfo Jorge Walsh, el problemático ejercicio del
      relato", en AA.VV.: Los héroes difíciles. Literatura policial en
      la Argentina y en Italia, Buenos Aires, Corregidor, p.95.
      RAMA, Angel (1983): "Rodolfo Walsh: La narrativa en el conflicto
      de las culturas", en Literatura y clase social, México, folios,
      p.195. También en Rouquié, alan (comp.): Argentina hoy, Buenos
      Aires, siglo XXI, 1982, pp.249-279, como "La narrativa en el
      conflicto de las culturas". Original en Escritura, 2, Caracas,
      julio-diciembre 1976, como "Rodolfo Walsh: el conflicto de
      culturas en la Argentina".
      RIVERA, Jorge b.: "Las litaraturas marginales". 1900-1970, en
      Capítulo, Historia de la Literatura Argentina, 109, Buenos Aires,
      CEAL, 1981.
      ROMANO, Eduardo (1983): "Sobre héroes y tumbas, en sus contextos",
      en Cuadernos Hispanoamericanos, 391-393, enero-marzo.
          (1986): "Introducción" a Romano (comp.): El cuento argentino
      (vol.1) 1955-1970, buenos Aires, Eudeba, colección Literatura
      Actual.
      SACCOMANNO, Guillermo y TRILLO, Carlos (1982): "Una revista fresca
      y una historieta podrida", prólogo a OESTERHELD, Héctor Germán, y
      BRECCIA, Alberto: El Eternauta, Los libros de Humor/3, Buenos
      Aires, De la Urraca, pp.5-13.
          (1989): "Palabras de un guionista", entrevista a Oesterheld en
      Página/12, op.cit., p.22-23.
      SASTURAIN, Juan (1984): "Los caminos de la aventura", en
      Clarín/Cultura y Nación, Buenos Aires, 29/11/1984, p.1-3.
          (1985): "Oesterheld y el héroe nuevo", en Especial Oesterheld
      (1952-1964), el libro de fierro/1, buenos Aires, De la Urraca,
      septiembre 1985, p.3 y ss.
          (1986): "Indice de la ironía y la aventura", en Tiempo
      Argentino/Cultura, Buenos Aires, 20/4/1986, p.2 y ss.
          (1988): "El sargento Kirk cabalga de nuevo", estudio
      posliminar a OESTERHELD, Germán: Sargento Kirk, Buenos Aires,
      Puntosur, 1988, 9.180 y ss.
      WHITE, Hayden: "The Value of Narrativity in the representation of
 
 

      Reality", en AA.VV.: On Narrative, edición de W.J.T. Mitchell,
      Chicago, the University of Chicago Press, 1981, pp. 1-24.
 
      OESTERHELD, Héctor Germán:
 
          OESTERHELD, Héctor Germán, y SOLANO LOPEZ (1957-1975): El
      eternauta, Buenos Aires, Record, 1975.
          OESTERHELD, Héctor Germán, y BRECCIA, ALberto (1969-1982): El
      eternauta, Los libros de Humor/3, Buenos Aires, De la Urraca, 982.
          OESTERHELD, Héctor Germán, y SOLANO LOPEZ (1976-1983): El
      eternauta, segunda parte, Buenos Aires, Record, 1983.
          OESTERHELD, Héctor Germán: Especial Oesterheld (1952-1964), el
      libro de Fierro/1, Buenos Aires, De la Urraca, septiembre 1985.
          OESTERHELD, Héctor Germán (1956-1988): Sargento Kirk: Muerte
      en el desierto/Hermanos de sangre, Buenos Aires, Puntosur, 1988.
 
      WALSH, Rodolfo J.:
 
          1953a: Diez cuentos policiales argentinos, buenos Aires,
      Hachette, Evasión, 1953.
          1953b: Variaciones en rojo, Buenos Aires, Hachette, Serie
      Naranja.
          1957: Operación Masacre, un proceso que no ha sido clausurado,
      Buenos Aires, 1957; como Operación Masacre y el expediente
      Livraga. Con la prueba judicial que conmovió al país, Buenos
      Aires, Continental service, 1964; como Operación Masacre, buenos
      Aires, Jorge Alvarez, 1969; Buenos Aires, De la Flor, 1972 y ss.
          1973: El caso Satanowsky, Buenos Aires, De la Flor.
          1965: Los oficios terrestres, Buenos Aires, Jorge Alvarez,
      Colección nuevos narradores argentinos; también Buenos aires, De
      la Flor, 1986.
          1967: Un kilo de oro, Buenos Aires, Jorge Alvarez; también
      Buenos Aires, de la Flor, 1985.
          1969: ¿Quién mató a Rosendo? en Buenos Aires, Tiempo
      contemporáneo; también Buenos Aires, De la Flor, 1984.
          1981: Obra literaria completa, México, Siglo XXI.
          1987: Cuanto para tahúres y otros relatos policiales,
      compilación de Víctor Pesce, Buenos Aires, Puntosur.
                                         & ¦
                                    ¦---------------------------------Ï-
 
 
 
 
 

      -Ï---------------------------------------¦
       ¦ La luna
       ¦
       ¦ Marta Agostini
       ¦
 
 

                       1º premio compartido del concurso de
                       cuentos breves de CF y F 1990 / 1991
 

 
      El niño jugaba con unas piedritas en la entrada de la caverna. En
      el cielo gris plomizo estallaban destellos blanquecinos que lo
      cegaban de vez en cuando. El silencio era total, ni siquiera la
      suave caída de las piedritas lo perturbaba. Los movimientos del
      niño eran lentos, desganados, en el aire denso sin temperatura, ni
      olor.
          Las piedras caían y volvían a caer sin ruido en un suelo tan
      gris como ellas.
          Presintió la presencia del desconocido y giró la cabeza
      alerta. Sus ojos blancos miraron sin ver hacia el lugar de la
      aparición. Sorprendido, entró a la caverna, tratando de avanzar
      por el túnel laberíntico tantas veces recorrido. Pero algo no
      funcionaba. La ansiedad lo hacía confundir y perder su
      sensibilidad. Entró equivocadamente por salones plateados y en los
      de granito blanco hasta que por fin encontró a su madre que, al
      instante, se volvió para recibirlo. La tocó con los dedos rápido
      para transmitirle su miedo y su urgencia y sólo recibió una
      respuesta: "Llegó el momento".
          La presión de la yema de los dedos de su madre fue más firme y
      cálida que de costumbre. En un segundo supo como si siempre lo
      hubiera sabido, que a su edad los niños debían separarse de sus
      padres biológicos y partir a centros comunitarios de educación;
      que así fue y así sería por el resto de los siglos.
          Sus ojos, como pequeñas esferas espejadas, giraron en un
      movimiento brusco, buscando algo a qué aferrarse, su cama
      marmórea, sus piedras de diferentes tamaños, la túnica blanca de
      su madre.
          Pero sabía que no tenía escapatoria. El desconocido,
      gigantesco, de piel tan cetrina como la de ellos, ya estaba
      detrás esperándolo. Sus dedos se rozaron con los de su madre en
      un gesto profundo de despedida, sus ojos se buscaron, mirándose
      sin verse como siempre, y una tristeza resignada los invadió...
 

 
          Ahora, parado ante la caverna, temo entrar.
          Todo está igual, las rocas inmóviles, el cielo pétreo y mi
      madre...
          Recorro los pasillos como un caleidoscopio de grises, negros,
      blancos y plateados, y sé que me estoy acercando. ella ya está
      expectante frente a la entrada del salón. Está igual a como la
      recordaba. Durante un largo rato nos tocamos suavemente
      reconociéndonos; su orgullo, mi progreso, nuestra nostalgia.
          De pronto, siento su presión más prolongada en mi frente y la
 
 

      Revelación me lastima.
          Yo volví cumpliendo un ciclo.
          Mi madre se desintegra lentamente cumpliendo el suyo.
 

                                         &n ¦
                                         & Marta Agostini, 1990.¦
                                        ¦-----------------------------Ï-
 
 
 
 
 

      -Ï---------------------------------------¦
       ¦ Desfile de Carrozas
       ¦
       ¦ Carlos Pérez Rasetti
       ¦
 
      Los muchachos de la Escuela Técnica encontraron la fotografía de
      un submarino atómico en una revista de actualidad de los meses
      precedentes. Hablaron con el Jefe de Taller para que los ayudara y
      pidieron permiso a Rectoría para trabajar en el galpón del colegio
      los fines de semana, y en las horas libres.
          Buscaron la caldera de una vieja locomotora inglesa que habían
      visto en los patios del ferrocarril. Pidieron un camión municipal,
      una grúa de Y.C.F., montaron la caldera sobre un remolque y la
      llevaron al galpón de los talleres. cerraron el portón y la
      miraron satisfechos. Las franjas de luz descendían de los
      ventanucos del techo y se detenían en el cilindro negro. Tenía
      aquel aspecto definitivo y rotundo de las viejas máquinas
      inglesas.
          Con hierro de construcción soldaron las armazones para darle
      forma de submarino en la proa y en la popa. Hicieron de la misma
      manera la torreta, que fijaron arriba del cilindro, sobre un
      agujero de tamaño regular donde había estado la toma de agua y que
      ahora serviría para el ingreso de los tripulantes. Forraron los
      armazones con cartón y los pintaron. Pintaron también en la
      torreta las siglas que identificaban al submarino en la foto.
      Disimularon la plataforma del remolque con olas de arpillera
      teñida de verde.
          Entonces invitaron a algunas amigas de los otros colegios para
      que opinaran sobre el casco del submarino terminado. Sólo algunas,
      las más cercanas, para no violar el rito del secreto. Aparecieron
      por el galpón durante la tarde. Caminaron alrededor de esa porción
      rectangular de mar sobre ruedas, quebrando sin ruido los haces de
      luz. O se sentaron, contra el hombro de algún chico, sobre el
      banco de carpintería o la bancada del torno. Miraban seriamente
      con los libros afirmados contra el pecho y el guardapolvo
      desprendido bajo la campera; juzgaban con las manos apoyadas en
      los extremos sueltos de la bufanda, la cintura quebrada, los
      vaqueros llenos. La aprobación fue unánime, efusiva y cariñosa.
          Los muchachos pensaron agregar algún tipo de simulacro
      tecnológico que maravillara a los espectadores. Instalaron un
      periscopio rebatible hecho de caños galvanizados, con un codo en
      el extremo superior y el detalle de una lente de plástico
      recortada con cuidado. Un misil de cartón con esqueleto de alambre
      y ojiva colorada, capaz de asomar por la torreta más de medio
      cuerpo y volver a almacenarse activado desde el interior mediante
      una manivela y dos poleas. Una luz roja intermitente que se
      encendía cuando comenzaba la escena del misil, y cuatro faros de
      automóvil en las esquinas, camuflados entre las olas tiesas, para
      destacar las dos siluetas de la nave.
          Finalmente designaron entre ellos al capitán, al primer
      oficial y cuatro tripulantes. Confeccionaron las gorras con
      cartulina y diseñaron un uniforme evidente: remeras y pantalones
      blancos y seis camperas azules que consiguieron entre los del
      curso, para el frío que suele quedar en las noches de septiembre.
          El día del estudiante amaneció fresco y luminoso. Temprano, en
      medio de la calle vacía, unos pocos obreros municipales terminaban
 
 

      de ajustar las guirnaldas de bombitas que cruzaban la avenida San
      Martín. Sobre la vereda de la Municipalidad habían armado la
      estructura tubular de un palco para las autoridades. En el medio
      de la baranda, mirando a la plaza, donde se enlazaban con un moño
      los extremos de un largo pabellón, ubicaron el escudo de la
      ciudad.
          A la tarde algunos agentes de tránsito anunciaban con
      gentileza a los automovilistas la prohibición de estacionar sobre
      San Martín hasta Roca y por Roca cinco cuadras más hacia el norte.
          Encendieron las luces de colores cuando todavía el sol
      iluminaba de un amarillo exaltado las fachadas que dan sobre la
      vereda del sur, y la calle estaba cruzada de sombras con los
      bordes brillantes. Grupos de personas empezaban a juntarse en las
      esquinas de la plaza y en las galerías del centro. Los chicos de
      los colegios salían y entraban en las confiterías de Roca y San
      Martín, improvisando círculos de sillas alrededor de las mesas y
      andaban entre los grupos con derroche de gestos y voces.
          Cerca de las seis, mientras se apagaba el brillo de las
      paredes y se diluía el contorno de las sombras, empezó a notarse
      crecer el número de los vehículos estacionados en las calles
      laterales. Los agentes de tránsito cortaban el tráfico sobre San
      Martín y sobre Roca y los grupos de personas de las esquinas
      fueron desparramándose en las bocacalles. De a poco, conjuntos
      heterogéneos fueron cerrando la hilera inquieta entre esquina y
      esquina. Padres con sus hijos pequeños sobre los hombros,
      corriendo alrededor, escapándose para la calle, ancianas
      protegidas con tapados que estuvieron de moda hace veinte años,
      viejos que se frotan las manos, un cura rodeado de muchachos,
      señoras que se encuentran.
          Encendieron el alumbrado público. Las calles laterales se
      habían convertido en playas de estacionamiento. Las chicas de la
      secundaria recorrían la hilera de espectadores caminando por la
      calle del brazo, buscándose y encontrándose, desatando un grupo,
      enlazando otro. Un agente hacía señas de ir por la vereda. El
      bullicio crecía con la oscuridad; por los altoparlantes difundían
      música de cuartetos.
          Cerca de las ocho de la noche comenzó el desfile. Pasó un
      patrullero a media marcha, con las luces girando y la sirena
      encendida. Atrás, encabezando el desfile, avanzaba la banda el
      regimiento ejecutando una marcha militar. De tres en fondo,
      abiertas las columnas por la avenida San Martín, entre los
      aplausos del público, los músicos llegaron hasta el palco oficial,
      hicieron conversión a la derecha y sin dejar de tocar, se ubicaron
      a un costado. Los altoparlantes anunciaban las primeras carrozas
      destacando su ingenio y belleza, indicando la escuela y el curso
      que las había realizado. La gente aplaudía, hacía comentarios, se
      asomaba a la calle para ver los carromatos que venían más atrás,
      los chicos correteaban a la par de un Pato Donald rígido y
      gigante, algunas mujeres comentaban el sacrificado atuendo de las
      reinas de los diversos colegios, algunos hombres les daban la
      razón, mirando.
          Ahora pasaban saludando, sentadas sobre la superficie
      brillante y arrugada de un plato volador, tres marcianitas verdes
      enfundadas en mallas de gimnasia, con pasamontañas y antenas al
      tono, largas y bamboleantes. Arrastrada por una camioneta blanca
      apareció en la esquina la carroza del submarino atómico. Los que
      estaban más cerca la vieron doblar cuando todavía aplaudían a las
      marcianitas. Mientras miraban el cilindro negro fueron
 
 

      silenciándose las palmas, los comentarios se apagaron, los chicos
      que incursionaban en la calle saltaron rápidamente al cordón de
      la vereda, algunos hasta se aferraron a los pantalones de sus
      padres. Los muchachos y las chicas que charlaban detrás de la
      hilera del público se fueron arrimando para ver. El silencio
      avanzó lentamente por la avenida junto con la carroza hacia la
      zona del palco. El locutor dejó de hablar sorprendido por su
      propia voz, se asomó en la tarima y estiró el cuello para ver qué
      pasaba más adelante. Detrás del submarino el público había
      interrumpido el desfile. Caminaba detrás de la carroza a una
      distancia prudente y constante. el capitán y un marinero que
      estaban asomados a la torreta miraban los ojos de los que los
      seguían, de la gente que se tomaba del brazo, de los muchachos que
      se querían adelantar al círculo de espectadores que se estrechaba
      atrás como una estela que se cierra. Cuando estuvieron a la altura
      del palco, la camioneta que arrastraba el carromato tuvo que
      detenerse. También delante el público había ido estrechándose
      hasta cerrar el paso. El chofer bajó de la camioneta como para
      decir algo, pero se quedó parado con la mano en el picaporte. Los
      instrumentos de la banda fueron dejando de tocar, primero los
      redoblantes y el bombo, después la hilera de los bronces y el
      clarinete, por último la tuba y los saxofones que ejecutaban con
      más concentración y fueron advertidos por el enflaquecimiento de
      la música. Varios agentes de tránsito y dos policías que estaban
      frente al palco quedaron encerrados entre el submarino y la gente.
      Las autoridades se miraron con turbación. Los dos tripulantes de
      la torreta apenas asomaban los ojos y las gorras; enseguida
      desaparecieron en el interior cerrando la escotilla que produjo
      un ruido sordo, porque era de madera. Se notó porque fue el último
      sonido. después el silencio fue completo en las siluetas
      iluminadas del submarino, en sus olas fijas, entre las personas
      del palco, entre los integrantes de la banda del regimiento, en el
      círculo compacto de personas inmóviles, en las bocinas de los
      altavoces colgadas de los postes del alumbrado, en las ventanas de
      las casas y los edificios de la avenida, en la noche llena de
      luces de colores.
          Un nene de tres o cuatro años se escurrió por entre las
      piernas de la gente, corrió al medio de la calle, se detuvo para
      tomar fuerzas y arrojó una piedra. El casco del submarino retumbó
      con un largo clank. Un hombre joven se adelantó hasta el chofer de
      la camioneta, lo empujó y cerró la puerta de un golpe. Uno de
      los policías quiso intervenir. La gente empezó a gritarle. Los
      agentes de tránsito trataron de contener a la multitud. Empezaron
      a caer sobre ellos y el submarino objetos contundentes, fragmentos
      de baldosas, cáscaras de reboque, toscas. Las protestas crecían,
      la gente gesticulaba. Estalló el parabrisas de la camioneta. Un
      policía enarboló su bastón; los que estaban más cerca se lanzaron
      sobre él, lo apretaron contra el piso, se lo quitaron. El círculo
      se rompió, la gente se abalanzaba sobre el submarino. Pasaron por
      encima de los agentes de tránsito. Los integrantes de la banda
      intentaron interponerse, hicieron frente a los exaltados
      blandiendo sus instrumentos. El que se había apoderado del bastón
      del vigilante rompía con dedicación los faros de la camioneta
      cuando le abollaron la cabeza de un trompetazo. El gordo del
      tambor inmovilizó a tres muchachos ensartándolos en el parche. Al
      clarinete lo agarraron entre varias señoras y le partieron la
      música en la cabeza. Otra señora de edad trataba de abrirse paso
      con sus dos nietos por encima de los cuerpos caídos, desenredando
 
 

      brazos, tratando de llegar al submarino. Más de un agente de
      tránsito terminó tragándose el silbato y un señor bajito caminaba
      en círculos, con los brazos extendidos y la tuba puesta de
      sombrero. Algunos hombres que llegaron hasta el carromato
      empezaban a arrancar los cartones de la proa, mientras con la otra
      mano trataban de contener los golpes de trombón y de trompeta que
      les descargaban. Refugiado debajo del carromato, un pibe de
      vaqueros y campera negra reventaba las cubiertas a navajazos. Las
      olas verdes volaban fragmentadas por encima de sus cabezas, y los
      golpes en el casco de hierro sonaban sordamente hasta que otro
      ruido, el estampido de dos disparos, produjo un silencio que
      permitió ver cómo se encendía intermitente la luz roja de la
      torreta. Apareció lentamente la cabeza colorada del misil, asomó
      la mitad del fuselaje y lo vieron desprenderse del submarino
      arrastrando las cuerdas y las poleas que lo activaban. sin ruido,
      sin humo, como un globo alargado y de cartón, se elevó
      verticalmente hasta convertirse en un punto lejano en la vista de
      todos, y desaparecer. Al rato sintieron un silbido que se
      aproximaba creciendo. Después ya no sintieron nada más y en la
      ciudad se instaló un atardecer suplementario, breve, luminoso,
      ubicuo.
 
          La ciudad de Río Gallegos ya no existe. Ustedes la ven en los
      noticieros de la televisión y cada tanto aparece en algunos de los
      diarios una que otra novedad de aquí. Pero no existe más. Los
      aviones de las líneas aéreas siguen cumpliendo sus escalas en el
      aeropuerto, pero es un simulacro. Aun los pasajeros que descienden
      y se toman un taxi para llegar a la ciudad son sorprendidos en su
      buena fe. Saludan a parientes contratados al efecto y se alojan
      con ellos en casas de utilería. Visitan confiterías que sólo
      tienen fachada y un museo de objetos apócrifos. Por lo menos una
      vez se conmueven por la pobreza del barrio chileno.
          Designaron chicos para vender el diario muertos de frío en las
      mañanas de invierno, votantes para las elecciones, maestros para
      aparentar escuelas. Pusieron barro para que las calles parezcan
      verdaderas y encargaron a alguien que escriba cartas con letras
      diversas y comunique operaciones comerciales a las centrales de
      los bancos que alguna vez estuvieron aquí.
          La ficción es hermética y no logra infiltrarla esta hilera de
      letras guardadas en un papel. Pero seguiremos narrando la
      historia, porfiando para obtener una desprolijidad, un error de
      ortografía, una mancha en la página, alguna ruptura que denuncie
      la verdad de estas palabras, que fracture los soportes de la
      escenografía desplomando fachadas como naipes en el solar desierto
      poblado de radioactividad.
 
                                         & ¦
                                         & Carlos Pérez Rasetti, 1991.¦
                                    ¦---------------------------------Ï-
 
 
 
 
 
 

      -Ï---------------------------------------¦
       ¦ Antropozoides
       ¦
       ¦ Héctor Vucetich
       ¦
 
 
      He vuelto a soñar con los antropozoides: fueron como siempre
      amables y amistosos, pero sus palabras y sus gestos de cariño me
      sumergieron poco a poco en un terror cerval. Por la mañana sólo
      recordaba cosas agradables. No comprendo cómo seres tan atractivos
      pueden asustarme hasta el punto de despertar gritando como un
      chico.
 
      · · ·
 
          Vino a verme Jorge Arrastía. Me gusta charlar con él, aunque
      me aburra un poco, porque esos puntos de vista tan diferentes y
      cínicos que tiene, me fascinan y asustan a la vez. Va a publicar
      otro volumen de poesía hermética y prometió leerme algunos
      fragmentos. Después bromeó sobre mi celibato: me dolió que lo
      hiciera pero, con algún tacto, evité que habláramos de Sofía.
 
      · · ·
 
          De nuevo la misma pesadilla, el mismo miedo: los antropozoides
      hablando acompasadamente a mi alrededor. Sólo recuerdo con nitidez
      su voz cantarina: nada de sus palabras que pueda explicar mi
      terror.
 
      · · ·
 
          Otra conversación con Arrastía: como siempre, muy original y
      un poco secante. Está corrigiendo las pruebas de su libro y me
      leyó algunos poemas. Sigue asustándome lo que puede decir en unos
      versos que no comprendo. Es extraño cómo cambiamos: cuando
      adolescentes, él era el punto de la barra y nosotros lo
      asustábamos, pero terminó siendo el más piola y se llevó a Sofía.
      Tal vez haya sido porque él es el único de nosotros que no ha
      cambiado: cínico e ingenuo como un adolescente. ¿Quién más puede
      combinar la sensibilidad de un poeta con la dureza de un banquero?
 
      · · ·
 
          Otra vez los antropozoides: esta vez recitaron Gondwana, uno
      de los poemas de Arrastía, con su voz cantarina. No lo recuerdo,
      aunque sé que me produjo el mismo temor que los demás.
 
      · · ·
 
          Hablé con Arrastía de Gondwana; se rió un poco, me regaló el
      manuscrito dedicado y lo leyó en voz alta. Concentrado, no se dio
      cuenta de mi turbación, pero Sofía la advirtió y trató de
      tranquilizarme. Cuando le dije que me había emocionado el regalo,
      ella misma lo guardó en un sobre que besé al llegar a casa, pero
      la emoción que sentí fue el miedo.
 
 

 
      · · ·
 
          Los antropozoides han invadido mis sueños: dialogo con ellos
      varias veces cada noche hasta que me despierto gritando de terror.
      La poesía parece contenerlos: recito los versos de Gondwana hasta
      que carecen de sentido.
 
      · · ·
 
          Lo odio intensamente: su poesía cerrada, su adolescencia
      perpetua, los atrajeron hacia nosotros. Y Sofía...
 
      · · ·
 
          Mis pesadillas invaden lentamente mi vigilia: ellos me
      controlan poco a poco pero yo los conozco cada noche más. Tienen
      sed de poesía y de belleza, y la sacian viajando de universo en
      universo a través de los sueños. Encontraron su puerta de entrada
      a nuestro Cosmos en mi amor por Sofía, y sólo se detienen ante los
      oscuros versos de Gondwana, que se han convertido en mi obsesión.
 
      · · ·
 
          Sólo yo, sólo Gondwana: nada más puede mantener cerrada la
      puerta que les da entrada a este universo.
 
      · · ·
 
      gondwana
 
      Temblando como dos sienes heridas,
      vacío ya de estatuas en un tiempo glacial:
      vacío ya de ortigas y de anteojos.
 
      Suyas son las sombras vertidas en el polvo:
      suyos son fuego, sangre y cálidos
      labios temblorosos. Vacío de cuchillos
      y besos en el Cosmos: desintegrados
      terrores de esplendor y miseria.
 
      Ayer lloró la gente por las calles:
      sin embargo hoy el Cosmos
      recupera temblores de látigos y sangre
      No hay lágrimas para describir esa tristeza
      El polvo nacerá de dioses muertos
      que bajo un cielo azul
      su sangre en el vacío ya derraman.
 
      Más allá ya no hay vida: me sonríe
      sin embargo y tienta. No debo pasar, no quiero
      recordar y levantar el velo:
      quede un sueño de dientes y cuchillos.
 
      · · ·
 
          Los antropozoides se han apoderado de mi alma y ahora
      controlan casi todas mis acciones. Sólo puedo refugiarme en la
 
 

      imagen de Sofía algunas veces: lo único en el Cosmos que aún es
      mío.
 
      · · ·
 
          Sofía no se imagina por qué no los visito: me telefoneó para
      invitarme a cenar. Me dolió rechazar su invitación groseramente,
      pero no quiero que él se acerque a los antropozoides: la puerta se
      abriría si lo percibiesen y la debo mantener cerrada.
 
      · · ·
 
          Por la tarde llovió y la puerta se entreabrió por un momento,
      pero recitando a gritos el poema, logré que volviera a cerrarse.
      Después me eché a llorar pero no me alivié: sedientos de belleza,
      ellos cantaron mi fracaso.
 
      · · ·
 
          Arrastía me trajo su libro de poemas. Fríamente, invocó
      nuestra amistad para prohibirme que hablase con Sofía. Entonces lo
      injurié, luchamos por ella y la puerta se abrió de par en par: los
      antropozoides entraron y se fueron con él cuando ganó la pelea.
      Ahora crecerán en sus sueños y a través de sus versos van a
      infestar las noches de los hombres.
 
      · · ·
 
          He perdido la poesía, el amor, el Cosmos: sólo vale el vacío.
 
      · · ·
 
          Tardíamente, sigo el único camino razonable porque este
      universo ya no es mío. Aunque los antropozoides me dominen, tengo
      una pequeña libertad. Lo que elija, carece de importancia para
      ellos pero no para mí: me decido por el cianuro, que es indoloro y
      rápido.
 
 
                                         & ¦
                                         & 1991, Héctor Vucetich.¦
                                   ¦---------------------------------Ï-
 
 
 
 
 

 
 
      En próximos números de:
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